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Al final del trayecto, mayo de 1941

 

Vivien hizo andando la última parte del viaje. El tren estaba abarrotado de soldados y londinenses de gesto cansado; le tocó ir de pie, pero alguien le cedió un asiento. Conllevaba ciertas ventajas, comprendió, tener el aspecto de haber sido rescatada de entre los escombros de un bombardeo. Un niño iba sentado en el asiento de enfrente, con una maleta en el regazo y una jarra que agarraba con fuerza en una mano. Contenía, qué curioso, un pececito rojo y, cada vez que el tren frenaba, aceleraba o paraba con una sacudida en una vía muerta a la espera de que pasase una alerta, el agua se lanzaba contra el cristal y el niño levantaba la jarra para comprobar que el pez no sufría un ataque de pánico. ¿Los peces sufrían ataques de pánico? Vivien estaba segura de que no, aunque la idea de estar atrapada en una jarra de cristal la agobió de tal modo que le resultó difícil respirar.

Cuando no miraba al pez, el niño observaba a Vivien con unos ojos azules enormes y tristes que recorrían sus heridas y ese abrigo blanco, a pesar de que la primavera tocaba a su fin. Vivien sonrió levemente cuando sus miradas se cruzaron, una hora después de comenzar el viaje, y el niño hizo lo mismo, pero fue una sonrisa breve. Entre los otros pensamientos que inundaban su mente y luchaban por su atención, figuraba la cuestión de quién era el muchacho y por qué viajaba solo en plena guerra, pero no se lo preguntó: estaba demasiado nerviosa para hablar y temía delatarse.

Un autobús salía hacia el pueblo cada media hora (al acercarse a la estación escuchó a un par de ancianas maravilladas de su sorprendente puntualidad), pero Vivien decidió caminar. No lograba quitarse de encima la sensación de que solo estaría a salvo si no dejaba de moverse.

Un automóvil aminoró la marcha detrás de ella y todos los nervios del cuerpo de Vivien se encresparon. Se preguntó si alguna vez dejaría de tener miedo. No hasta que muriese Henry, pensó, pues solo entonces sería libre. El conductor del coche era un hombre de uniforme a quien no reconoció. Se imaginó qué pensaría al verla: una mujer enfundada en un abrigo de invierno, con una cara triste y amoratada y una pequeña maleta, que caminaba sola hacia el pueblo.

—Buenas tardes —dijo el hombre.

Sin girar la cabeza, Vivien asintió a modo de respuesta. Habían pasado casi veinticuatro horas desde que había hablado en voz alta por última vez. Era una convicción absurda, pero no podía librarse de la sensación de que, en cuanto abriese la boca, el juego se acabaría, que Henry la oiría de alguna manera, o quizás uno de sus compinches, y vendría en su busca.



—¿Va al pueblo? —preguntó el conductor.

Vivien asintió de nuevo, pero sabía que, tarde o temprano, iba a tener que responder, aunque solo fuese para demostrarle que no era una espía alemana. Solo le faltaba que la arrastrase a la comisaría un voluntario entusiasta de la Defensa Civil obsesionado con descubrir invasores.

—Puedo llevarla, si quiere —dijo—. Me llamo Richard Hardgreaves.

—No. —Su voz sonó hosca por la falta de uso—. Gracias, pero me gusta caminar.

Fue el hombre quien asintió ahora. Echó un vistazo al camino por el parabrisas antes de girarse hacia Vivien.

—¿Va a visitar a alguien?

—Voy a empezar un nuevo trabajo —dijo—. En la pensión Mar Azul.

—¡Ah! El local de la señora Nicolson. Bueno, entonces nos veremos por el pueblo, señorita...

—Smitham —dijo—. Dorothy Smitham.

—Señorita Smitham —repitió el hombre con una sonrisa—. Estupendo. —Y entonces se despidió con la mano y prosiguió su viaje.

Dorothy siguió el coche con la mirada hasta que desapareció tras la cima de la colina y, a continuación, lloró aliviada. Había hablado y nada terrible había sucedido. Una conversación entera con un desconocido, la mención de un nuevo nombre y el cielo no había caído sobre ella ni la tierra se la había tragado. Tras respirar hondo, cautelosamente, abrió el más leve resquicio a la esperanza: quizás todo iba a salir bien. Quizás le iban a conceder esta segunda oportunidad. El aire olía a sal y a mar, y una bandada de gaviotas trazaba círculos en el cielo lejano. Dorothy Smitham cogió la maleta y siguió avanzando.

 

Al final, fue esa anciana miope de Rillington Place quien le dio la idea. Cuando Vivien abrió los ojos en medio del polvo y los escombros y comprendió que aún estaba, incomprensiblemente, viva, se echó a llorar. Sonaban las sirenas y las voces de unos hombres y mujeres valientes que acudían a apagar el incendio, a atender a los heridos y a llevarse a los muertos. ¿Por qué, se preguntó, no podía ser uno de estos?, ¿por qué la vida no la había dejado marchar?

Ni siquiera estaba malherida: Vivien tenía experiencia en evaluar la gravedad de sus heridas. Algo había caído sobre ella, una puerta, pensó, pero había una brecha y logró zafarse. Se sentó, mareada, en la oscuridad. Hacía frío, un frío que helaba, y Vivien tiritó. No conocía bien la habitación, pero sintió algo peludo bajo la mano (¡el abrigo!) y tiró para desprenderlo de la puerta. Encontró una linterna en el bolsillo y cuando apuntó con esa tenue luz vio que Dolly estaba muerta. Más que muerta: la habían aplastado los ladrillos, el techo de yeso y un enorme baúl de metal que había caído de la buhardilla de arriba.

Vivien se mareó, conmocionada, dolorida y decepcionada por haber fracasado en su intento; se puso en pie. El techo había desaparecido y veía las estrellas en el cielo; las estaba mirando, tambaleándose, mientras se preguntaba cuánto tardaría Henry en encontrarla, cuando oyó a la anciana decir:

—¡La señorita Smitham, la señorita Smitham está viva!

Vivien se volvió hacia la voz, desconcertada, pues sabía que Dolly, sin duda alguna, no estaba viva. Estaba a punto de decirlo, de señalar con el brazo, desorientada, hacia donde estaba Dolly, pero no encontró palabra alguna dentro de la garganta, solo un sonido ronco, prolongado, y la anciana seguía gritando que la señorita Smitham estaba viva, y señalaba a Vivien, quien entonces comprendió el error de la casera.

Era una oportunidad. La cabeza de Vivien era un dolor punzante y sus pensamientos una bruma desordenada, pero vio en el acto que le habían concedido una oportunidad. De hecho, en los desconcertantes momentos que siguieron a la explosión, todo pareció de una sencillez sorprendente. La nueva identidad, la nueva vida, eran tan fáciles de adquirir como el abrigo que se puso en la oscuridad. No haría daño a nadie; no quedaba nadie a quien pudiera hacer daño: Jimmy se había ido, había hecho todo lo que estaba en sus manos por el señor Metcalfe, Dolly Smitham no tenía familia y no quedaba nadie que llorase a Vivien, así que aprovechó la ocasión. Se quitó la alianza de matrimonio y se agazapó en la oscuridad para ponerla en el dedo de Dolly. El ruido se extendía por todas partes, la gente gritaba, las ambulancias iban y venían, los escombros aún rechinaban y se asentaban en la oscuridad humeante, pero Vivien solo oía su propio corazón, que latía sin miedo, decidido. La otra mano de Dolly aún empuñaba la oferta de empleo y Vivien templó los nervios, cogió la carta de la señora Nicolson y se la guardó en un bolsillo del abrigo blanco. Ya había otras cosas ahí: un objeto pequeño y duro y un libro, lo notó al rozarlo con los dedos, pero no miró cuál era.

—¿Señorita Smitham? —Un hombre con casco había apoyado una escalera contra el borde del suelo resquebrajado y subió, de modo que su rostro estaba a la misma altura que ella—. No se preocupe, señorita, vamos a sacarla de aquí. Todo va a salir bien.

Vivien lo miró y se preguntó si por una vez sería cierto.

—Mi amiga —dijo con una voz ronca, utilizando la linterna para indicar el cadáver que yacía en el suelo—. ¿Está...?

El hombre echó un vistazo a Dolly, a esa cabeza aplastada bajo el baúl de metal, a esas extremidades que se extendían en direcciones que no tenían sentido alguno.

—Maldita sea —dijo—, creo que sí. ¿Me podría decir su nombre? ¿Hay alguien a quien debamos llamar?

Vivien asintió.

—Se llama Vivien. Vivien Jenkins y tiene un marido que debería saber que no va a volver a casa.

 

Dorothy Smitham pasó el resto de los años de la guerra haciendo camas y limpiando tras los huéspedes de la pensión de la señora Nicolson. Mantuvo la cabeza gacha, intentó no hacer nada que atrajese una atención indebida, nunca aceptó invitaciones a los bailes. Lavaba, planchaba y barría y, por la noche, cuando cerraba los ojos para dormir, intentaba no ver los ojos de Henry, mirándola en la oscuridad.

De día, mantenía los ojos muy abiertos. Al principio lo veía por todas partes: un hombre que se pavoneaba de un modo familiar al bajar por el embarcadero, unos rasgos maduros y brutales en un desconocido que pasaba, una voz en la multitud que le puso los pelos de punta. Con el tiempo, fue viéndolo menos, lo cual le alegró, si bien nunca bajó la guardia, pues Dorothy sabía que algún día la encontraría (era solo cuestión de tiempo) y tenía la intención de estar preparada.

Solo envió una postal. Tras haber pasado unos seis meses en la pensión Mar Azul, se hizo con la fotografía más bonita que encontró (un gran buque de pasajeros, de los que iban de una parte del mundo a la otra) y escribió al dorso: «Aquí hace un tiempo glorioso. Todo el mundo bien. Por favor, quémalo al recibirlo», y la envió a su querida amiga (su única amiga), Katy Ellis, a Yorkshire.

 

La vida adquirió un ritmo. La señora Nicolson era muy estricta, lo cual convenía a Dorothy: era profundamente terapéutico someterse a la disciplina militar de un servicio de limpieza exigente, y se libró de sus lúgubres recuerdos gracias a la necesidad apremiante de pulir con tanto aceite como fuese posible («pero sin desperdiciarlo, Dorothy: estamos en guerra, ¿no lo sabías?») los pasamanos de las escaleras.

Y entonces, un día de julio de 1944, más o menos un mes después del desembarco de Normandía, Vivien volvió de la tienda para encontrarse con un hombre de uniforme sentado a la mesa de la cocina. Era mayor, por supuesto, y tenía peor aspecto, pero lo reconoció en el acto gracias a esa seria fotografía de juventud que su madre atesoraba en la repisa del comedor. Dorothy había pulido ese cristal muchas veces, y conocía tan bien esa mirada seria, los ángulos de los pómulos y el hoyuelo de la barbilla que se sonrojó al verlo ahí sentado, como si lo hubiese espiado a través de una cerradura durante todos esos años.

—Usted es Stephen —dijo Vivien.

—Lo soy. —Se levantó de un salto para ayudarla con la bolsa de papel.

—Yo soy Dorothy Smitham. Trabajo para su madre. ¿Sabe ella que está aquí?

—No —dijo él—. La puerta lateral estaba abierta, así que he entrado sin llamar.

—Está arriba; voy a ir a...

—No —dijo con rapidez, y su cara se contrajo en una sonrisa avergonzada—. Es decir, es muy amable de su parte, señorita Smitham, y no quiero darle una impresión equivocada. Quiero a mi madre, le debo la vida, pero, si no es molestia para usted, voy a quedarme aquí sentado un ratito a disfrutar de esta tranquilidad, antes de que dé comienzo mi verdadero servicio militar.

Dorothy se rio y eso la tomó por sorpresa. Se dio cuenta de que era la primera vez que reía desde que había venido de Londres. Muchos años más tarde, cuando sus hijos les pedían que contaran la historia (¡otra vez!) de cómo se enamoraron, Stephen y Dorothy Nicolson hablaban de esa noche que se escabulleron para bailar al final del embarcadero. Stephen llevó consigo su viejo gramófono y esquivaron los agujeros de los tablones al compás de By the Light of the Silvery Moon. Más tarde, Dorothy se resbaló y se cayó cuando trataba de hacer equilibrios a lo largo de la barandilla (pausa para una advertencia paternal: «Nunca intentéis hacer equilibrios encima de una barandilla, cielos»), y Stephen, que ni siquiera se quitó los zapatos, se zambulló y la rescató («Y así pesqué a vuestra madre», decía Stephen, y los niños siempre se reían al imaginar a mamá colgada del anzuelo de una caña de pescar), y la pareja se sentó sobre la arena después de aquello, porque era verano y era una noche cálida, y comieron berberechos de un cucurucho de papel y hablaron durante horas, hasta que un sol rosado salió por el horizonte y volvieron paseando a Mar Azul y supieron, sin decirse nada más, que estaban enamorados. Era una de las historias favoritas de los niños, con esa imagen de sus padres caminando por el embarcadero, empapados, su madre, un espíritu libre, su padre, un héroe; pero en el fondo Dorothy sabía que era, en parte, una ficción. Ella quería a su esposo desde mucho antes. Se enamoró de él el primer día, en esa cocina, cuando le hizo reír.

La lista de virtudes de Stephen, si alguna vez le hubiesen pedido escribirla, habría sido larga. Era valiente y protector, y gracioso; se mostraba paciente con su madre, si bien ella era de esas mujeres cuya charla más amable contenía ácido suficiente para arrancar la pintura de las paredes. Tenía manos fuertes y sabía usarlas: podía arreglar casi cualquier cosa, y sabía dibujar (aunque no tan bien como le habría gustado). Era guapo, y tenía una manera de mirarla que la encendía de deseo; era un soñador, pero no tanto como para perderse dentro de sus fantasías. Le encantaba la música y tocaba el clarinete, canciones de jazz que Dorothy adoraba e irritaban a su madre. A veces, mientras Dorothy se sentaba con las piernas cruzadas junto a la ventana de su habitación, para ver cómo tocaba, la señora Nicolson cogía el palo de la escoba abajo y aporreaba el techo, lo que llevaba a Stephen a tocar más fuerte y a Dorothy a reírse tanto que tenía que taparse la boca con ambas manos. Él le hacía sentirse segura.

Lo que encabezaría la lista, sin embargo, lo que valoraba más que nada, era la fortaleza de su carácter. Stephen Nicolson tenía el valor de sus convicciones: nunca consentiría que su amante le doblegase la voluntad, y a Dorothy le gustaba eso; era peligroso, pensaba, ese amor que motivaba a la gente a volverse en contra de sí mismos.

También sabía respetar un secreto.

—No hablas mucho acerca de tu pasado —le dijo una noche, sentados juntos en la arena.

—No.

El silencio se extendió entre ellos con la forma de un signo de interrogación, pero ella no dijo nada más.

—¿Por qué no?

Dorothy suspiró, pero la brisa nocturna del mar atrapó el suspiro y se lo llevó en silencio. Sabía que su madre había estado cuchicheando al oído de Stephen mentiras horribles acerca de su pasado, para convencerlo de que esperase un poco, conociera a otras mujeres, pensara en sentar la cabeza con una bonita muchacha del pueblo, alguien que no tuviese «modales de Londres». Sabía que Stephen le había dicho a su madre que le gustaban los misterios, que la vida sería muy aburrida si supiéramos todo lo que había que saber acerca de una persona antes de cruzar la calle para saludarla. Dorothy dijo:

—Por la misma razón, sospecho, por la que tú no hablas mucho acerca de la guerra.

Él tomó su mano y la besó.

—Lo comprendo.

Sabía que algún día se lo contaría todo, pero debía ir con tiento. Stephen era capaz de ir directo a Londres en busca de Henry. Y Dorothy no estaba dispuesta a perder a otro ser querido a manos de Henry Jenkins.

—Eres un buen hombre, Stephen Nicolson.

Él negaba con la cabeza; Dorothy sintió el movimiento de su frente contra la de ella.

—No —insistió—. Solo un hombre.

Dorothy no discutió, pero tomó su mano y, en medio de la oscuridad, con ternura, apoyó la mejilla sobre su hombro. Había conocido a otros hombres, buenos y malos, y Stephen Nicolson era un hombre bueno. El mejor de todos. Le recordaba a alguien a quien había conocido.

 

Dorothy pensaba en Jimmy, por supuesto, de la misma manera que seguía pensando en sus hermanos y su hermana, en su madre y su padre. Se había ido a vivir con ellos en esa casa de madera cerca del trópico, bien acogido por los Longmeyer que habitaban su mente. No era difícil imaginarlo ahí, más allá del velo; siempre le había recordado a los hombres de su familia. Su amistad había sido una luz entre las tinieblas, había renovado sus esperanzas y tal vez, si hubieran tenido la oportunidad de conocerse mejor, esa amistad se habría transformado en el tipo de amor del que se habla en los libros, ese tipo de amor que había encontrado gracias a Stephen. Pero Jimmy pertenecía a Vivien, y Vivien estaba muerta.

Una vez creyó verlo. Fue unos pocos días después de su boda, cuando ella y Stephen caminaban de la mano a lo largo de la orilla y él se inclinó para besarla en el cuello. Dorothy se rio y se deshizo de su abrazo, dando un salto adelante antes de mirar por encima del hombro para bromear con él. Y entonces notó la presencia de una figura en la playa, muy lejos, observándolos. Se le cortó el aliento al reconocerlo cuando Stephen la alcanzó y la alzó en brazos. Pero había sido solo una jugarreta de su mente, pues cuando se dio la vuelta para mirar de nuevo no había nadie.

 


Capítulo 33

 

 

Greenacres, 2011

 

Su madre había pedido la canción y quería escucharla en la sala de estar. Laurel se ofreció a traer un reproductor de música a la habitación para que no tuviera que moverse, pero la sugerencia fue descartada en el acto y Laurel sabía que discutir no era una buena idea. No con mamá, no esta mañana, que tenía esa mirada de otro mundo. Llevaba así desde hacía dos días, desde que Laurel volvió de Campden Grove y le dijo a su madre lo que había descubierto.

El trayecto desde Londres, largo y lento, incluso con Daphne hablando de Daphne todo el tiempo, no disminuyó un ápice el júbilo de Laurel, y fue a sentarse junto a su madre en cuanto se quedaron a solas. Hablaron, por fin, de todo lo que había sucedido, de Jimmy, de Dolly, de Vivien, y también de la familia Longmeyer en Australia; su madre le contó a Laurel lo culpable que se había sentido siempre por haber ido a ver a Dolly la noche del bombardeo y rogarle que hablasen en casa. «No habría muerto ahí de no ser por mí. Iba al refugio cuando yo llegué». Laurel le recordó que había intentado salvar la vida a Dolly, que fue a prevenirla y que no podía culparse por una bomba alemana que había caído al azar.

Mamá le pidió a Laurel que trajese la fotografía de Jimmy (que no era una copia, sino la original), uno de los pocos vestigios de su pasado que no había encerrado bajo llave. Ahí, sentada junto a su madre, Laurel la había mirado de nuevo, como si fuese la primera vez: la luz del alba después del ataque aéreo, los cristales rotos en primer plano, brillantes como luces diminutas, la personas que salían del refugio, al fondo, en medio del humo.

—Fue un regalo —dijo mamá en voz baja—. Significó mucho para mí cuando me la dio. Fui incapaz de deshacerme de ella.

Ambas lloraron al hablar y Laurel se preguntó en ocasiones, a medida que su madre encontraba nuevas reservas de energía y conversaba, de manera vacilante pero decidida, acerca de lo que había visto y sentido, si esa sucesión de viejos recuerdos, algunos de ellos dolorosos en grado sumo, sería demasiado para su madre; pero, ya fuese por la alegría de oír las noticias sobre Jimmy y su familia o por el alivio de compartir al fin sus secretos, Dorothy pareció revivir. La enfermera les advirtió que no sería duradero, que no se dejasen engañar, y que, cuando llegase, el declive sería súbito; pero también sonrió y les dijo que disfrutasen de la compañía de su madre mientras pudiesen. Y lo hicieron; la rodearon con amor y ruido, y el barullo cascarrabias y feliz de esa vida familiar que Dorothy Nicolson siempre había adorado.

Ahora, mientras Gerry llevaba a mamá al sofá, Laurel recorrió con el dedo los discos del estante, en busca del álbum adecuado. Fue un repaso rápido, pero se detuvo un momento al llegar al de Chris Barber’s Jazz Band y una sonrisa se extendió por su rostro. Era un disco de su padre; Laurel aún recordaba el día que lo trajo a casa. Sacó su clarinete y tocó al compás del solo de Monty Sunshine durante horas, de pie, ahí en medio de la alfombra, deteniéndose de vez en cuando para sacudir la cabeza, maravillado ante el virtuosismo de Monty. Esa noche, durante la cena, su padre se encerró en sí mismo, ajeno al ruido de sus hijas, sentado a la cabecera de la mesa con una sonrisa de plena satisfacción que le iluminaba la cara.

Emocionada por ese recuerdo encantador, Laurel apartó a Monty Sunshine y siguió hurgando entre los discos hasta encontrar el que buscaba, By the Light of the Silvery Moon, de Ray Noble y Snooky Lanson. Miró atrás, al lugar donde Gerry acomodaba a su madre, tirando de la manta con delicadeza para cubrir ese cuerpecillo frágil, y Laurel esperó, pensando que había sido una bendición tenerlo aquí en Greenacres estos últimos días. Fue al único a quien confió la verdad de su pasado. La noche anterior, sentados juntos en la casa del árbol mientras bebían vino tinto y escuchaban una cadena de radio londinense de rockabilly que Gerry había descubierto en internet, charlaron de tonterías, del primer amor y de la vejez y de todo lo que había entre medias.

Cuando hablaron del secreto de su madre, Gerry dijo que no veía razón alguna para decírselo a las otras.

—Nosotros estábamos allí ese día, Lol; es parte de nuestra historia. Rose, Daphne e Iris... —Se encogió de hombros y bebió un sorbo de vino—. Bueno, les podría molestar, ¿y para qué? —Laurel no estaba tan segura. Desde luego, había historias más sencillas de contar; sería arduo de asimilar, especialmente para alguien como Rose. Pero, al mismo tiempo, últimamente Laurel había pensado mucho sobre los secretos, sobre lo difícil que es guardar un secreto, y su tendencia a acechar en silencio bajo la superficie antes de surgir sin previo aviso por una grieta en la voluntad de su dueño. Supuso que tendría que esperar un tiempo y ver cómo iban las cosas.

Gerry, que alzó la vista para mirarla, sonrió y asintió desde donde estaba sentado, cerca de la cabeza de mamá, para indicar que pusiese la canción. Laurel sacó el disco de la funda de papel y lo colocó en el reproductor, tras lo cual situó la aguja en el borde. La apertura del piano llenó los rincones de la habitación silenciosa y Laurel se recostó al otro lado del sofá, con la mano sobre los pies de su madre, y cerró los ojos.

De repente, volvió a tener nueve años. Era una noche de verano de 1954. Laurel llevaba un camisón de manga corta, y la ventana situada por encima de la cama estaba abierta, con la vana esperanza de atraer la fresca brisa nocturna. Con la cabeza sobre la almohada, su pelo largo y liso se extendía tras de ella como un ventilador, y los pies reposaban en el alféizar de la ventana. Mamá y papá habían invitado a unos amigos a cenar y Laurel había permanecido así, tumbada en la oscuridad, durante horas, escuchando las suaves ráfagas de conversación y risas que a veces llegaban entre los suspiros de sus hermanas dormidas. De vez en cuando el olor del humo de tabaco subía por las escaleras y pasaba por la puerta abierta; los cristales entrechocaban en el comedor y Laurel se regodeaba pensando que el mundo de los adultos era cálido y luminoso y aún seguía en movimiento más allá de las paredes de su cuarto.

Al cabo de un tiempo oyó el sonido de las sillas al ser colocadas debajo de la mesa y de pasos en la entrada, y Laurel se imaginó a los hombres estrechándose las manos y a las mujeres besándose en las mejillas mientras decían «Adiós» y «¡Oh! Qué noche tan maravillosa», y prometían repetir la experiencia. Las puertas de los coches se cerraron, los motores ronronearon por el camino a la luz de la luna y, por fin, el silencio y la quietud regresaron a Greenacres.

Laurel esperó a oír los pasos de sus padres en las escaleras al ir a la cama, pero no llegaban y vaciló al borde del sueño, incapaz de abandonarse y dejarse caer en sus redes. Y entonces, a través de los tablones de madera, llegó la risa de una mujer, fresca y placentera, como un trago de agua cuando se tiene sed, y Laurel se desveló. Se incorporó y escuchó más risas, esta vez de papá, seguidas por el sonido de algo pesado al ser movido. Laurel no debería estar levantada tan tarde, a menos que estuviese enferma, necesitase usar el baño o la hubiese despertado una pesadilla, pero no podía cerrar los ojos e ir a dormir, no ahora. Algo ocurría abajo y necesitaba saber qué. Tal vez la curiosidad mató al gato, pero las niñas pequeñas solían ser más afortunadas.

Salió de la cama y caminó de puntillas sobre la alfombra del pasillo, con el camisón rozándole las rodillas. Silenciosa como un ratón, bajó las escaleras a hurtadillas y se detuvo en el rellano cuando oyó la música, tenues compases que provenían del otro lado de la puerta del salón. Laurel bajó el resto de las escaleras deprisa y, tras arrodillarse con sumo cuidado, apretó primero una mano y luego un ojo contra la puerta. Parpadeó contra el ojo de la cerradura y respiró. Habían apartado el sillón de papá a un rincón, de modo que había un amplio espacio libre en el centro del salón, y él y mamá estaban juntos sobre la alfombra, los cuerpos fundidos en un abrazo. La mano de papá era grande y firme en la espalda de mamá y su mejilla descansaba contra la de ella mientras se mecían al compás de la música. Tenía los ojos cerrados y su gesto encendió las mejillas de Laurel, que tragó saliva. Parecía casi que su padre estuviese dolorido y, sin embargo, al mismo tiempo, también exactamente lo contrario. Era papá y no lo era y verlo de ese modo sumió a Laurel en la incertidumbre e incluso se sintió un poco celosa, lo cual fue incapaz de comprender.

La música se animó con un ritmo más vívido y los cuerpos de sus padres se apartaron mientras Laurel observaba. Estaban bailando, bailando de verdad, como en una película, con las manos entrelazadas, y los zapatos se deslizaban y mamá daba vueltas y vueltas bajo el brazo de papá. Las mejillas de mamá estaban sonrosadas y sus rizos parecían más sueltos de lo normal, el tirante del vestido color perla había resbalado un poco por un hombro, y Laurel, a sus nueve años, supo que nunca volvería a ver a nadie tan hermoso aunque viviese cien años.

 

—Lol.

Laurel abrió los ojos. La canción había terminado y el disco seguía girando. Gerry estaba junto a su madre, quien se había quedado dormida, y le acariciaba el pelo con ternura.

—Lol —dijo de nuevo, y algo en esa voz, el tono acuciante, atrajo su atención.

—¿Qué pasa?

Gerry miraba la cara de mamá fijamente y Laurel siguió la dirección de sus ojos. Entonces lo supo. Dorothy no dormía; se había ido.

 

Laurel estaba sentada en el columpio del jardín, bajo el árbol, meciéndose lentamente con un pie. Los Nicolson dedicaron casi toda la mañana a hablar del funeral con el pastor del pueblo, y ahora Laurel pulía el medallón que su madre llevaba siempre. Habían decidido (de manera unánime) enterrarlo con mamá; ella nunca se había interesado por los bienes materiales, pero ese medallón era muy importante para ella y se negaba a quitárselo. «Contiene mis tesoros más preciados», solía decir siempre que surgía el tema, y lo abría para mostrar las fotografías de sus hijos. De niña, a Laurel le encantaba cómo funcionaban esas pequeñas bisagras y el placentero clic del broche al cerrarse.

Lo abrió y lo cerró, observando los rostros jóvenes y sonrientes de sus hermanas, de su hermano y de ella misma, fotografías que había visto cientos de veces; y, en ese momento, notó que una de las piezas ovaladas de cristal tenía una pequeña muesca. Laurel frunció el ceño y pasó el pulgar por ese defecto. El borde de la uña lo enganchó y el cristal (estaba más suelto de lo que pensaba) se soltó y cayó sobre el regazo de Laurel. Sin el cierre, el fino papel fotográfico perdió la tirantez, se curvó en el centro y Laurel pudo ver lo que había debajo. Miró más de cerca, deslizó el dedo por debajo y sacó la fotografía.

Era lo que había pensado. Dentro había otra fotografía, de otros niños, niños de un tiempo remoto. Comprobó el otro lado también, ya impaciente, y apartó el cristal y sacó el retrato de Iris y Rose. Otra foto antigua: otros dos niños. Laurel miró a los cuatro juntos y se le cortó la respiración: la ropa de época, la sugerencia de un inmenso calor en la forma de entrecerrar los ojos ante la cámara, esa particular impaciencia tan obstinada en la cara de la niña más pequeña... Laurel supo quiénes eran estos niños. Eran los Longmeyer de Mount Tamborine, los hermanos y la hermana de mamá, antes del terrible accidente y de que ella se viera en un barco rumbo a Inglaterra, bajo las alas protectoras de Katy Ellis.

Laurel estaba tan abstraída por su hallazgo, preguntándose cómo podría hallar más información acerca de esta familia lejana que acababa de descubrir, que no oyó el coche en el camino hasta que casi llegó a la verja. Habían tenido visitas durante todo el día, que aparecían para darles el pésame, siempre con una anécdota de Dorothy que les hacía sonreír y ante las cuales Rose lloraba aún más, empapando todos esos pañuelos de papel que tuvieron que comprarle. Sin embargo, al observar el coche que se acercaba, Laurel vio que se trataba del cartero.

Se acercó a saludarlo; se había enterado, por supuesto, y le dio el pésame. Laurel se lo agradeció y sonrió cuando el hombre le contó una historia acerca de las sorprendentes habilidades de Dorothy Nicolson con un martillo.

—Era increíble —dijo— cómo clavaba las estacas de la cerca una bella dama como ella, pero sabía muy bien lo que hacía. —Laurel movió la cabeza para acompañar el gesto maravillado del cartero, pero pensaba en esos leñadores de antaño de Mount Tamborine cuando llevó el correo al columpio.

Había una factura de la luz, un panfleto sobre las elecciones locales, además de un sobre de considerable tamaño. Laurel alzó las cejas cuando vio que estaba dirigido a ella. No podía imaginar quién sabría que se encontraba en Greenacres, salvo Claire, que nunca le enviaría una carta mientras existiesen los teléfonos. Dio la vuelta al sobre y vio el remitente: Martin Metcalfe, 25 Campden Grove.

Intrigada, Laurel lo abrió y sacó lo que contenía. Era un folleto, la guía oficial del museo para la exposición de James Metcalfe en el Victoria y Alberto, de hacía diez años. «Pensé que te gustaría. Saludos, Marty», decía la nota pegada en la portada. «P. D.: ¿Por qué no vienes a vernos la próxima vez que pases por Londres?». Laurel pensó que sería una buena idea: le caían bien Karen, Marty y sus hijos, el niño del avión de Lego y de mirada absorta; de una manera extraña, confusa, eran como de la familia, unidos todos ellos por aquellos sucesos fatídicos de 1941.

Hojeó el folleto y admiró una vez más el glorioso talento de James Metcalfe, que había logrado captar más que simples imágenes con la cámara y sabía transmitir un relato con los elementos dispersos de un momento único. Y qué relatos tan importantes: estas fotografías eran el testimonio de una experiencia histórica que casi sería imposible de concebir sin ellas. Se preguntó si Jimmy lo supo; si, al captar esos pequeños ejemplos de sufrimientos y pérdidas, comprendió qué magnífico recuerdo iba a legar al futuro.

Laurel sonrió cuando vio la fotografía de Nella y se detuvo ante una foto suelta, pegada en la parte de atrás, una copia de la que había visto en Campden Grove, el retrato de mamá. Laurel la desprendió, la sostuvo de cerca y contempló cada rasgo de la belleza de su madre. Iba a devolverla a su sitio cuando reparó en la última fotografía del folleto, un autorretrato de James Metcalfe, que databa de 1954.

Experimentó una sensación extraña ante esa imagen, que atribuyó, en un principio, a la importancia crucial que tuvo Jimmy en la vida de su madre, a las cosas que mamá le había dicho acerca de su bondad, acerca de cómo la hizo feliz en esa época tan sombría de su vida. Pero entonces, a medida que miraba, Laurel adquirió la certeza de que se sentía así por otro motivo, un motivo más poderoso, más personal.

Y entonces, de repente, lo recordó.

Laurel se desplomó sobre el asiento y miró al cielo, con una sonrisa amplia e incrédula. Todo se iluminó. Supo por qué el nombre de Vivien la impresionó tanto cuando Rose lo dijo en el hospital; supo cómo había averiguado Jimmy que debía enviar esa tarjeta de agradecimiento para Vivien a nombre de Dorothy Nicolson, a la granja Greenacres; supo por qué sentía esos fugaces déjà vu cuando miraba el sello de la coronación.

Cielo santo (Laurel no pudo evitar reírse), incluso comprendió el enigma del hombre ante la entrada de artistas. Esa misteriosa cita, tan familiar y, aun así, imposible de ubicar. No pertenecía a obra alguna; por eso le había dado tantos quebraderos de cabeza: había rastreado una parte equivocada de su memoria. La cita procedía de un día lejano, de una conversación que había olvidado por completo hasta hoy...

 


Capítulo 34

 

 

Greenacres, 1953

 

Lo mejor de tener ocho años era que Laurel ya podía dar volteretas de verdad. Las había estado practicando durante todo el verano, y, de momento, su mejor marca eran trescientas veintiséis seguidas, desde lo alto del camino hasta el viejo tractor de papá. Esta mañana, sin embargo, se había impuesto un nuevo reto: iba a contar cuántas volteretas hacían falta para dar la vuelta alrededor de la casa, y, por si fuera poco, lo iba a hacer lo más rápido posible.

El problema era la puerta lateral. Cada vez que llegaba (tras cuarenta y siete volteretas, a veces cuarenta y ocho), hacía una marca en la arena, donde las gallinas habían picoteado la hierba, corría a abrir y volvía al mismo sitio. Pero, cuando levantaba las manos, preparada para impulsarse, la puerta ya se había cerrado con un chirrido. Pensó en poner algo para mantenerla abierta, pero las gallinas eran muy pícaras y probablemente aletearían hasta la huerta a la menor oportunidad.

No obstante, no se le ocurría otro modo de completar la vuelta. Se aclaró la garganta, al igual que su maestra, la señorita Plimpton, cada vez que debía hacer un anuncio importante, y dijo: «Escuchad, vosotras —apuntó con el dedo para realzar sus palabras—, voy a dejar esta puerta abierta, pero solo un minuto. Si alguna de vosotras tiene la brillante idea de entrar a escondidas cuando me dé la vuelta, sobre todo a la huerta de papá, os advierto que mamá va a cocinar pollo esta tarde y a lo mejor busca voluntarias».

A mamá ni se le habría ocurrido echar a la olla a una de sus pequeñas (las gallinas con la buena fortuna de haber nacido en la granja Nicolson tenían asegurada la muerte por vejez), pero Laurel no vio motivo alguno para decirles eso.

Cogió las botas de trabajo de papá, al lado de la puerta principal, y las dejó, una junto a la otra, contra la puerta abierta. Constable, el gato, que había observado los acontecimientos desde el umbral de la entrada, maulló para expresar sus reservas respecto al plan, pero Laurel fingió no haberlo oído. Convencida de que la puerta no se cerraría esta vez, reiteró su advertencia a las gallinas y, con una última mirada al reloj, esperó a que el segundero llegara a las doce, gritó «¡Ya!» y comenzó a dar volteretas.

El plan funcionó a las mil maravillas. Iba dando vueltas y más vueltas, con las trenzas arrastrándose por el polvo y luego atizando la espalda como la cola de un caballo: a lo largo del cercado, por la puerta abierta (¡hurra!) y de vuelta al comienzo. Ochenta y nueve volteretas, tres minutos y cuatro segundos exactamente.

Laurel se sintió exultante..., hasta que notó que esas pícaras gallinas habían hecho precisamente lo que les había pedido que no hiciesen. Corrían alborotadas por la huerta de su padre, tiraban el maíz al suelo y lo picoteaban como si no hubiesen comido en todo el día.

—¡Eh! —gritó Laurel—. Vosotras, al corral.

No le hicieron caso, y Laurel caminó decidida, mientras movía los brazos y pisoteaba el suelo, pero se topó con un desdén imperturbable.

Laurel no vio al hombre al principio. No hasta que él dijo: «Hola», y miró hacia arriba y lo vio ahí, cerca de donde papá solía aparcar el viejo Morris.

—Hola —dijo Laurel.

—Pareces un poco enfadada.

—Es que estoy enfadada. Estas se han escapado y se están comiendo todo el maíz de mi papá y me van a echar la culpa.

—Cielos —dijo el hombre—. Parece serio.

—Es que lo es. —El labio inferior amenazó con temblar, pero Laurel no lo consintió.

—Vaya, es un hecho poco conocido, pero yo hablo gallino bastante bien. ¿Por qué no vemos qué podemos hacer para que vuelvan?

Laurel estuvo de acuerdo, y juntos persiguieron las gallinas por toda la huerta, mientras el hombre cloqueaba y Laurel lo miraba por encima del hombro, asombrada. Cuando la última gallina entró en el corral, a salvo tras la puerta cerrada, el hombre incluso ayudó a eliminar las pruebas de las plantas rotas de papá.

—¿Has venido a ver a mis padres? —dijo Laurel, que de repente cayó en la cuenta de que el hombre tendría otro objetivo aparte de ayudarla.

—Eso es —dijo—. Yo conocí a tu madre hace mucho tiempo. Éramos amigos. —El hombre sonrió, y esa sonrisa hizo pensar a Laurel que le caía bien, y no solo por lo de las gallinas.

Al reparar en ello se volvió un poco tímida y dijo:

—Puedes esperar dentro, si quieres. Yo debería estar ordenando.

—Vale. —El hombre la siguió a la casa y se quitó el sombrero al cruzar el umbral. Echó un vistazo al salón y notó, a Laurel no le cupo duda, que papá acababa de pintar las paredes—. ¿Tus padres no están en casa?

—Papá está en el campo y mamá ha ido a pedir prestado un televisor para ver la coronación.

—Ah. Por supuesto. Bueno, seguro que estoy bien aquí, si necesitas seguir ordenando.

Laurel asintió, pero no se movió.

—Voy a ser actriz, ¿sabes? —Sintió la repentina necesidad de contarle a aquel hombre todo acerca de sí misma.

—¿De verdad?

Laurel asintió de nuevo.

—Vaya, entonces tendré que estar pendiente de ti. ¿Crees que vas a actuar en los teatros de Londres?

—¡Oh, sí! —dijo Laurel, que frunció los labios, pensativa, como veía hacer a los adultos—. Creo que muy probablemente.

El hombre había estado sonriendo, pero su expresión cambió entonces, y al principio Laurel pensó que sería por algo que había dicho o hecho. Sin embargo comprendió que ya no la estaba mirando, que tenía la mirada clavada más allá de ella, en la fotografía de la boda de mamá y papá, la que estaba en la mesilla del vestíbulo.

—¿Te gusta? —preguntó.

El hombre no respondió. Se había acercado a la mesilla y sostenía el marco, que miraba como si fuese incapaz de creer lo que veía.

—Vivien —dijo en voz baja, tocando la cara de mamá.

Laurel frunció el ceño, preguntándose qué querría decir.

—Esa es mi mamá —dijo—. Se llama Dorothy.

El hombre miró a Laurel y su boca se abrió como si fuese a decir algo, pero no lo hizo. La cerró de nuevo y una sonrisa apareció en sus labios, una sonrisa divertida, como si acabase de encontrar la respuesta a un rompecabezas y el descubrimiento le entristeciera y alegrara al mismo tiempo. Se puso de nuevo el sombrero y Laurel comprendió que iba a marcharse.

—Mamá no va a tardar —dijo, confundida—. Solo ha ido al pueblo de al lado.

Aun así, el hombre no cambió de opinión y caminó de vuelta a la puerta y salió a la brillante luz del sol, al cenador bajo la glicina. Tendió la mano y le dijo a Laurel:

—Bueno, compañera pastora de gallinas, ha sido un placer conocerte. Que disfrutes de la coronación, ¿vale?

—Vale.

—Por cierto, me llamo Jimmy y voy a buscarte por los escenarios de Londres.

—Yo soy Laurel —dijo ella, y le estrechó la mano—. Nos veremos en los teatros.

El hombre se rio.

—No me cabe duda. Me parece que eres de esas personas que saben escuchar con los oídos, los ojos y el corazón, todos al unísono.

Laurel asintió, dándose importancia.

El hombre había comenzado a marcharse cuando se detuvo de repente y se dio la vuelta por última vez.

—Antes de irme, Laurel, ¿me podrías decir...? Tu papá y tu mamá... ¿son felices?

Laurel arrugó la nariz, sin saber muy bien qué quería decir.

El hombre se explicó:

—¿Hacen bromas juntos y se ríen y bailan y juegan?

Laurel puso los ojos en blanco.

—Ah, sí —dijo—, todo el tiempo.

—¿Y tu papá es amable?

Laurel se rascó la cabeza y asintió.

—Y divertido. La hace reír, y siempre prepara el té, y ¿sabías que una vez le salvó la vida? Así es como se enamoraron: mamá se cayó por un acantilado enorme y estaba muy asustada y sola y supongo que su vida corría peligro, hasta que mi papá se tiró al agua, aunque había tiburones y cocodrilos y creo que hasta piratas, y la rescató.

—¿De verdad?

—Sí. Y después comieron berberechos.

—Vaya, entonces, Laurel —dijo el hombre, Jimmy—, creo que tu papá parece el tipo de hombre que tu mamá se merece.

Y entonces se miró las botas, de esa manera triste y feliz tan suya, y se despidió. Laurel lo observó al marcharse, pero solo un rato, y enseguida comenzó a preguntarse cuántas volteretas harían falta para llegar hasta el arroyo. Y, cuando su madre llegó a casa, y sus hermanas también (con la televisión metida en una caja en el maletero), ya se había olvidado de ese hombre amable que vino un día y la ayudó con las gallinas.

 

Agradecimientos

 

 

He de dar las gracias al inestimable trío de mis primeros lectores, Julia Kretschmer, Davin Patterson y Catherine Milne; mi brillante e inagotable equipo editorial, incluyendo a mi editora, Maria Rejt, Sophie Orme, Liz Cowen y Ali Blackburn en Pan Macmillan, de Gran Bretaña; Christa Munns y Clara Finlay en Allen & Unwin, de Australia; la editora Lisa Keim, Kim Goldstein e Isolda Sauer en Atria, de Estados Unidos; la correctora por excelencia, Lisa Patterson; y a mi editora y gran amiga, Annette Barlow, quien alegremente se alejó de los límites de la razón conmigo.

Estoy enormemente agradecida a mis editores en todo el mundo por su constante apoyo, y a todas las personas de talento que ayudan a convertir mis historias en libros y a sacarlos a la luz. Gracias a todos los libreros, bibliotecarios y lectores que siguen manteniendo la fe; a Wenona Byrne por la infinidad de cosas que hace; a Ruth Hayden, artista e inspiración; y a mi familia y amigos por dejarme desaparecer dentro de mi mundo imaginario y volver a ellos más tarde como si nada hubiera sucedido. Gracias especiales, como siempre, a mi agente, Selwa Anthony, mis preciosos chicos, Oliver y Louis, y, sobre todo, por todo y más, a mi esposo, Davin.

 

He consultado muchas fuentes mientras investigaba y escribía El cumpleaños secreto. Entre las que me han sido de más ayuda estaban: el archivo virtual de la BBC, WW2 People’s War y el Museo Imperial de la Guerra, en Londres; el Museo y Archivo Postal Británico; Black Diamonds: The Rise and Fall of an English Dynasty, de Catherine Bailey; Nella Last’s War: The Second World War Diaries of Housewife, 49, editado por Richard Broad y Suzie Fleming; Debs at War 1939-1945: How Wartime Changed Their Lives, de Anne de Courcy; Wartime Britain 1939-1945, de Juliet Gardiner; The Thirties: An Intimate History, de Juliet Gardiner; Walking the London Blitz, de Clive Harris; Having it so Good: Britain in the Fifties, de Peter Hennessy; Few Eggs and No Oranges: The Diaries of Vere Hodgson 1940-45; How We Lived Then: A History of Everyday Life during the Second World War, de Norman Longmate; Never Had It So Good: 1956-63, de Dominic Sandbrook; The Fortnight in September, de R. C. Sheriff; Our Longest Days: A People’s History of the Second World War, por los escritores de Mass Observation, editado por Sandra Koa Wing; London at War 1939-1945, de Philip Ziegler.

Gracias también a Penny McMahon, en el Museo y Archivo Postal Británico, por responder a mis preguntas acerca de los matasellos; a la buena gente de Transportes de Londres, que me permitieron entrever cómo era una estación de metro en 1940; a John Welham por compartir su notable conocimiento respecto a tantos temas históricos; a Isobel Long por suministrarme información sobre el fascinante mundo de la gestión de archivos y registros; a Clive Harris, quien continúa proporcionando perspicaces respuestas a todas mis consultas sobre la guerra y cuyo recorrido a pie por el Londres de los bombardeos fue la primera inspiración de esta historia; y a Herbert y Rita, de quienes heredé mi amor por el teatro.

 

 

NOTAS


[1] El victory roll era una maniobra acrobática que hacían los aviones aliados en señal de victoria, y que dio nombre a un peinado con grandes bucles y tirabuzones. (N. del E.).

[2] Mr. Punch y Judy son los dos personajes principales de la tradición inglesa de los títeres de cachiporra. A diferencia del resto de tradiciones, Mr. Punch sigue hablando con el peculiar tono de voz que da el uso de la lengüeta; y la historia es cerrada: por lo general se repite sin cambios en todas las representaciones y todos los teatrillos. El argumento es tan violento, con varios asesinatos grotescos y esperpénticos, que, pese a ser una sencilla obra de títeres, claramente teatral y burlesca, su representación ha sido prohibida en varias etapas de la historia inglesa. (N. del E).


Date: 2016-03-03; view: 548


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Londres, 23 de mayo de 1941 | Klischees zum Referieren
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