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Londres, 23 de mayo de 1941

 

Vivien miró el reloj, la puerta de la cafetería y, finalmente, la calle. Jimmy había dicho que a las dos, pero ya eran casi las dos y media y no había ni rastro de él. Quizás hubiese tenido un problema en el trabajo, o quizás con su padre, pero Vivien no lo creía. Su mensaje había sido urgente (necesitaba verla) y lo había entregado mediante un método un tanto críptico; Vivien no podía creer que se hubiese entretenido. Se mordió el labio y volvió a mirar el reloj. Sus ojos recorrieron la taza de té que se había servido hacía quince minutos, la muesca en el borde del platillo, el té ya seco en la cuchara. Echó otro vistazo por la ventana, no vio a nadie que conociese e inclinó el sombrero para ocultarse la cara.

Su mensaje había sido una sorpresa, una sorpresa maravillosa, terrible, turbadora. Cuando le dio el cheque, Vivien creyó que no volvería a verlo. No había sido un truco, un ardid para embaucarlo; Vivien valoraba la vida de Jimmy, si no la propia, demasiado para ello. Su intención había sido la opuesta. Después de oír la historia del doctor Rufus, tras darse cuenta de las posibles repercusiones (para todos ellos) si Henry descubriese su amistad con Jimmy y su trabajo en el hospital del doctor Tomalin, no vio otra alternativa. Y, de hecho, era la alternativa perfecta. Proporcionaba dinero a Dolly y era el tipo de afrenta que más ofendería a un hombre como Jimmy, un hombre de honor, amable y, por tanto, debería ser suficiente para mantenerlo alejado (a salvo) para siempre. Vivien había sido imprudente al permitirle acercarse tanto, debería haberlo sabido; ella misma había provocado esta situación.

De alguna manera, dar el cheque a Jimmy proporcionó a Vivien lo que más quería. Sonrió, solo un poco, al pensarlo. Su amor por Jimmy era generoso: no porque ella fuese buena persona, sino porque debía serlo. Henry nunca permitiría que estuviesen juntos, así que el amor de Vivien adquirió otra forma, la de desearle la mejor vida posible, incluso si ella no podía formar parte de ese futuro. Jimmy y Dolly ahora tenían la libertad de cumplir sus sueños: irse de Londres, casarse, vivir felices para siempre. Y al regalar ese dinero que Henry tan celosamente guardaba, Vivien lo golpeaba de la única manera que podía. Lo descubriría, por supuesto. No era fácil soslayar las estrictas reglas de su herencia, pero a Vivien no le interesaba el dinero ni lo que podía comprar: firmaba lo que Henry le pedía y ella apenas necesitaba cosas. No obstante, Henry se encargaba de saber con precisión qué gastaba y dónde; Vivien iba a pagar un alto precio, al igual que cuando hizo la donación al hospital del doctor Tomalin, pero valía la pena. Oh, sí, le complacía saber que el dinero que tanto deseaba acabaría en manos de otro.



Lo cual no significaba que despedirse de Jimmy no fuese uno de los actos más angustiosos de la vida de Vivien, pues lo había sido. Ahora que esperaba verlo, la alegría palpitaba bajo su piel al imaginar que entraba por esa puerta, con el mechón de pelo moreno sobre los ojos, esa sonrisa que sugería cosas secretas, ante la cual se sentía comprendida y admirada antes de que él dijese una sola palabra: no se podía creer que hubiese encontrado la fuerza para haber venido.

Ahora, en el café, alzó la vista cuando una de las camareras se acercó a su mesa y le preguntó si deseaba algo de comer. Vivien le dijo que no, que por el momento solo quería té. Se le ocurrió que Jimmy quizás hubiese venido y se hubiese ido ya, que no había llegado a tiempo (Henry estaba inusualmente tenso estos días, no había sido fácil escabullirse), pero, cuando le preguntó, la camarera negó con la cabeza.

—Sé quién dice —afirmó—. Un hombre guapo que siempre lleva una cámara. —Vivien asintió—. Llevo un par de días sin verlo, lo siento.

La camarera se fue y Vivien se giró y miró por la ventana de nuevo, a ambos lados de la calle, por si veía a Jimmy o a alguien que estuviese al acecho. Las palabras del doctor Rufus la dejaron conmocionada al principio, pero, de camino a casa de Jimmy, Vivien creyó comprender: la desolación de Dolly al imaginarse rechazada, su sed de venganza, su ardiente deseo de reinventarse y comenzar de nuevo. Había personas, pensó, para quienes un ardid de este tipo sería inconcebible, pero Vivien no era una de ellas. No le resultaba difícil creer que una persona podría llegar a tales extremos si pensaba que así podría escapar; en especial, alguien como Dolly, a la deriva tras la muerte de su familia.

La parte de la historia del doctor Rufus que cortaba como un cuchillo era que Jimmy estuviese involucrado. Vivien se negaba a creer que todo lo que habían compartido había sido una mentira. Sabía que no lo había sido. No importaban los motivos por los cuales Jimmy se acercó a ella ese día en la calle: lo que ambos sentían era real. Su corazón se lo decía, y el corazón de Vivien nunca se equivocaba. Lo supo esa misma noche, en la cantina, cuando vio la fotografía de Nella y exclamó, y Jimmy alzó la vista y sus ojos se encontraron. Lo sabía, también, porque él no se había alejado. Le había dado el cheque (todo lo que Dolly ansiaba y más), pero no se había ido. Jimmy se negaba a dejarla marchar.

Jimmy envió un mensaje mediante una mujer a la que Vivien no conocía, bajita y simpática, que llamó a la puerta del 25 de Campden Grove con una lata en la mano para pedir donaciones al Hospital de Soldados. Vivien estaba a punto de coger el bolso cuando la mujer sacudió la cabeza y susurró que Jimmy necesitaba verla, que la esperaría en el café de la estación el viernes a las dos. Y la mujer desapareció y Vivien sintió el renacer de la esperanza antes de saber cómo contenerla.

Pero (Vivien miró el reloj) ya eran casi las tres; no iba a venir. Lo sabía. Lo había sabido durante la última media hora.

Henry llegaría a casa dentro de una hora y tenía que ocuparse de ciertas cosas antes de que apareciese, esas cosas que él daba por hechas. Vivien se levantó y metió la silla debajo de la mesa. Su decepción era ahora cien veces más desoladora que la última vez que lo vio. Pero no podía esperar más tiempo; ya se había quedado más de lo que era sensato. Vivien pagó la taza de té y, tras recorrer el café con una última mirada, se caló el sombrero y se apresuró hacia Campden Grove.

 

—¿Has salido de paseo?

Vivien se puso rígida en el vestíbulo de entrada; miró por encima del hombro, al otro lado la puerta abierta. Henry se encontraba en el sillón, con las piernas cruzadas, los zapatos negros relucientes, y la observaba por encima de un voluminoso informe del ministerio.

—Yo... —Sus pensamientos se estancaron. Había llegado temprano. Debía darle la bienvenida en la puerta cuando llegaba a casa, ofrecerle un whisky y preguntarle si había tenido un buen día—. Hace un día precioso. No me pude resistir.

—¿Has ido al parque?

—Sí. —Sonrió, tratando de inmovilizar el conejo que saltaba en su pecho—. Los tulipanes están en flor.

—¿De verdad?

—Sí.

Alzó de nuevo el informe, que le cubrió la cara, y Vivien se permitió respirar una vez más. Se quedó donde estaba, pero solo un segundo, para estar segura. Con cuidado de no moverse demasiado rápido, dejó el sombrero en el perchero, se quitó la bufanda y caminó en silencio, lejos.

—¿Has visto a algún amigo mientras estabas fuera? —La voz de Henry la detuvo al pie de las escaleras.

Vivien se dio la vuelta, lentamente; Henry se apoyaba, indiferente, contra la jamba del salón, mesándose el bigote. Había estado bebiendo; lo denotaban sus modales, esa laxitud que Vivien reconocía, que le encogió el estómago con temor. Otras mujeres, lo sabía, pensaban que Henry era atractivo, por esa expresión oscura, casi burlona, por la forma en que sus ojos se clavaban en los de ellas; pero no Vivien. No lo pensó jamás. Desde la noche en que se conocieron, cuando creía estar sola junto al lago, en Nordstrom, y alzó la vista para encontrarlo apoyado contra una pared, observándola mientras fumaba. Había algo en esos ojos al mirarla; lujuria, por supuesto, pero algo más. Se le puso la piel de gallina. Lo vio en sus ojos ahora, una vez más.

—Vaya, Henry, no —dijo, con el tono más ligero que pudo—, claro que no. Ya sabes que no tengo tiempo para ver a mis amigos, no con el trabajo en la cantina.

En la casa reinaba el silencio: abajo la cocinera no estiraba la masa para el pastel de la cena, la doncella no forcejeaba con el cable de la aspiradora. Vivien echaba de menos a Sarah; la pobre chica había llorado, avergonzada y humillada, cuando Vivien los sorprendió juntos esa tarde. Henry se puso furioso, el placer malogrado y la dignidad maltrecha. Para castigar la docilidad de Sarah, la despidió; para castigar a la inoportuna Vivien, la obligó a quedarse.

Y aquí estaban ambos, a solas. Henry y Vivien Jenkins, un hombre y su esposa. «Henry fue uno de mis mejores estudiantes —le dijo su tío al anunciarle lo que los dos hombres habían acordado en su estudio, lleno de humo—. Es un distinguido caballero. Tienes mucha suerte de que se haya interesado por ti».

—Creo que voy a subir a acostarme —dijo, tras una pausa que había parecido interminable.

—¿Cansada, cariño?

—Sí. —Vivien trató de sonreír—. Los bombardeos. Todo Londres está cansado, supongo.

—Sí —Henry se acercó, con labios que sonreían y ojos que no—. Supongo que sí.

 

El puño de Henry alcanzó su oreja izquierda y el zumbido fue ensordecedor. La fuerza del golpe lanzó su rostro contra la pared de la entrada y cayó al suelo. En el acto, Henry estaba encima de ella, agarrando el vestido, sacudiéndola, mientras ese rostro bello se descomponía por la ira y la golpeaba. Gritaba, le salían hilillos de saliva por la boca que caían en la cara de Vivien, en el cuello, y los ojos se le encendían al decirle una y otra vez que ella le pertenecía y siempre le pertenecería, que era su trofeo, que nunca consentiría que otro hombre la tocase, que prefería verla muerta antes que dejarla marchar.

Vivien cerró los ojos; sabía que se volvía loco de furia cuando se negaba a mirarlo. En efecto, la sacudió con más fuerza, la agarró por la garganta, gritó cerca de su oreja.

Al fondo de su mente, Vivien buscó el arroyo, las luces brillantes...

Nunca ofrecía resistencia, ni siquiera cuando sus puños se le hundían en los costados, y esa parte de sí misma, acurrucada en su interior, la esencia de Vivien Longmeyer que había escondido hacía tanto tiempo, forcejeó para liberarse. Su tío habría alcanzado un acuerdo en su estudio lleno de humo, pero Vivien tenía sus motivos para ser tan dócil. Katy había hecho lo posible para que cambiase de opinión, pero Vivien siempre fue terca. Esta era su penitencia, era lo que merecía. Sus puños fueron el motivo por el que la castigaron, el motivo por el que se quedó en casa, el motivo por el que su familia volvió a toda prisa del picnic y se extravió.

Su mente era ya líquida; estaba en el túnel, buceando cada vez más hondo, con brazos y piernas fuertes, que la impulsaban a través del agua hacia casa...

A Vivien no le importaba ser castigada; solo se preguntaba cuándo acabaría. Cuándo acabaría Henry con ella. Porque algún día lo haría, no le cabía duda. Vivien contuvo el aliento, con la esperanza de que fuese ahora. Pues, cada vez que se despertaba y se encontraba aquí, todavía, en la casa de Campden Grove, dentro de ella el abismo de la desesperación se volvía más profundo.

El agua estaba más cálida ahora; estaba cada vez más cerca. A lo lejos, las primeras luces centelleantes. Vivien nadó hacia ellas...

¿Qué sucedería, se preguntó, cuando la matase? Conociendo a Henry, sabía que se aseguraría de que alguien cargase con la culpa. O haría que pareciese un accidente: una caída desafortunada, mala suerte en los ataques aéreos. El lugar equivocado en el momento equivocado, diría la gente, con un movimiento de la cabeza, y Henry sería para siempre el marido devoto y desolado. Quizás escribiría un libro acerca de ello, acerca de una Vivien imaginaria, al igual que el otro, La musa rebelde, sobre esa niña horrible y maleable que ella no reconocía, quien adoraba a su marido escritor y soñaba con vestidos y fiestas.

Las luces ya eran brillantes, estaban más cerca, y Vivien distinguía sus formas relucientes. Sin embargo, miró más allá de ellas; lo que había más allá era lo que buscaba...

La habitación se ladeó. Henry había acabado. La levantó en brazos y Vivien sintió su cuerpo vencido como un muñeco de trapo, inerte en sus brazos. Debería hacerlo ella misma. Coger unas rocas o ladrillos, algo pesado, y guardarlos en los bolsillos; caminar hacia el Serpentine, paso a paso, hasta ver las luces.

Henry besaba su rostro, bañándolo con labios húmedos. La respiración desacompasada, el olor a brillantina y alcohol convertido en sudor.

—Tranquila —dijo—. Te quiero, ya sabes que te quiero, pero cómo me enfureces... No deberías enfadarme de ese modo.

Luces diminutas, muchísimas luces y, al otro lado, Pippin. Se volvió hacia ella y, por primera vez, pareció que podía verla...

Henry la llevó escaleras arriba, como un espeluznante recién casado, y la depositó con delicadeza sobre la cama. Podía hacerlo ella misma. Lo veía con tanta claridad ahora. Ella, Vivien, era la última cosa que podía arrebatarle. Henry le quitó los zapatos y le arregló el pelo, para que cayese uniforme sobre los hombros.

—Tu cara —dijo con tristeza—, tu preciosa cara. —Besó la palma de su mano y la bajó—. Descansa —dijo—. Te sentirás mejor cuando despiertes. —Se agachó y llevó los labios cerca de su oído—. Y no te preocupes por Jimmy Metcalfe. Ya me he encargado de él; está muerto, pudriéndose en el fondo del Támesis. No va a interferir más entre nosotros. —Unos pasos pesados; una puerta que se cerró; una llave que giró en la cerradura.

Pippin levantó la mano, y en parte fue un saludo, en parte un gesto para que se acercase, y Vivien fue hacia él...

 

Se despertó una hora más tarde, en el dormitorio del 25 de Campden Grove, con el sol de la tarde bañándole el rostro. Vivien cerró los ojos de inmediato. El dolor de cabeza palpitaba contra las sienes, bajo las cuencas de los ojos, en la base del cuello. Toda su cabeza parecía una ciruela madura caída al suelo desde las alturas. Yacía inmóvil como una tabla, tratando de recordar qué había ocurrido, por qué le dolía el cuerpo de ese modo espantoso.

Lo recordó a ráfagas, el episodio entero, mezclado, como siempre, con las impresiones de la salvación de su mente bajo el agua. Esos eran siempre los recuerdos más dolorosos: esa lúgubre sensación de bienestar, de nostalgia infinita, más febriles que los recuerdos reales y, aun así, mucho más poderosos.

Vivien hizo una mueca de dolor al mover despacio cada parte de su cuerpo, en un intento de comprobar los daños. Era parte del proceso; Henry esperaba que estuviese «repuesta» cuando llegase a casa; no le gustaba que tardase demasiado en recuperarse. Sus piernas parecían intactas: eso estaba bien, pues las cojeras daban lugar a preguntas incómodas; sus brazos estaban cubiertos de moratones pero no estaban rotos. Un dolor lacerante le recorría la mandíbula, el oído aún zumbaba y un lado de la cara ardía. Eso era inusual. Henry no solía tocarle la cara; tenía cuidado de golpear siempre por debajo del cuello. Ella era su trofeo, nada debía marcarla salvo él, y no le gustaba tener que hacer frente a la evidencia; le recordaba cómo lo había enfurecido, qué decepcionante podía ser. Le gustaba que sus heridas quedasen ocultas bajo la ropa, donde solo ella podía verlas, para recordarle cuánto la amaba..., nunca pegaría a una mujer que no le importase.

Vivien apartó a Henry de sus pensamientos. Algo más trataba de salir a la superficie, algo importante; lo oía como a un mosquito solitario en plena noche, que zumba cerca antes de alejarse, pero no podía atraparlo. Se quedó muy quieta mientras el ruido se acercaba y entonces... Vivien se quedó sin aliento; recordó y se estremeció. Su propio sufrimiento se volvió insignificante. «Y no te preocupes por Jimmy Metcalfe. Ya me he encargado de él; está muerto, pudriéndose en el fondo del Támesis. No va a interferir más entre nosotros».

No lograba respirar. Jimmy... no había ido a la cita de hoy. Lo había esperado, pero no apareció. Jimmy no habría hecho algo así; habría venido de haber podido.

Henry sabía su nombre. Lo había descubierto de alguna manera, se había «encargado» de él. Hubo otros antes, personas que osaron interponerse entre Henry y sus deseos. Nunca lo hacía él mismo, no habría resultado decoroso: Vivien era la única persona que sabía de la crueldad de los puños de Henry. Pero Henry contaba con sus hombres, y Jimmy no había venido.

Un ruido atormentado llenó el aire, el sonido espantoso de un animal herido, y Vivien comprendió que era ella. Se acurrucó sobre un costado y se llevó las manos a la cabeza para aliviar el dolor, y creyó que nunca volvería a moverse.

 

Cuando se despertó, el sol ya no era tan intenso y la habitación había adquirido el tono azulado del comienzo de la noche. Los ojos de Vivien escocían. Había estado llorando mientras dormía, pero ya no sollozaba. Estaba vacía por dentro, desolada. Había desaparecido todo lo bueno del mundo, Henry se había encargado de ello.

¿Cómo lo había averiguado? Tenía sus espías, lo sabía, pero Vivien había tenido cuidado. Había acudido al hospital del doctor Tomalin durante cinco meses sin incidente alguno; había roto el contacto con Jimmy precisamente para que esto no ocurriese; en cuanto el doctor Rufus le habló de las intenciones de Dolly, enseguida supo...

Dolly.

Por supuesto, fue Dolly. Vivien se obligó a recordar los detalles de la conversación con el doctor Rufus; le dijo que Dolly planeaba enviar una fotografía de Vivien y Jimmy junto a una carta que revelase al marido de Vivien su «aventura», a menos que Vivien pagase por su silencio.

Vivien creyó que el cheque sería suficiente, pero no, Dolly debió de enviar la carta al fin y al cabo, en la cual, junto con la fotografía, mencionaría a Jimmy. Qué insensata, qué insensata muchacha. Se creía la autora de un plan ingenioso; el doctor Rufus le dijo que ella pensaba que era inofensivo, que estaba convencida de que no haría daño a nadie; pero no sabía con quién estaba tratando. Henry, quien se ponía celoso si Vivien se paraba a decir buenos días al viejo que vendía periódicos en la esquina; Henry, quien no le permitía hacer amigos ni tener hijos por miedo a que la apartasen de él; Henry, quien tenía contactos en el ministerio y podía averiguar lo que fuese de quien fuese; quien había utilizado el dinero de ella para «encargarse» de otros en el pasado.

Vivien se incorporó con cautela: el dolor palpitaba detrás de los globos oculares, dentro del oído, en lo alto de la cabeza. Respiró hondo y se obligó a ponerse en pie, aliviada al descubrir que aún podía caminar. Vio su rostro en el espejo y se quedó mirando: había sangre seca a un lado y un ojo había comenzado a hincharse. Giró la cabeza, despacio, hacia el otro lado, y todo le dolió al moverse. Los puntos sensibles todavía no estaban amoratados; mañana tendría peor aspecto.

Cuanto más tiempo pasase en pie, mejor soportaría el dolor. La puerta del dormitorio estaba cerrada, pero Vivien tenía una llave secreta. Se acercó con lentitud al escondrijo detrás del retrato de su abuela, dudó un momento antes de recordar la combinación y, a continuación, giró el dial. Tuvo un recuerdo borroso de un día en el que su tío la llevó a Londres, unas semanas antes de la boda, para visitar a los abogados de la familia y, posteriormente, la casa. La casera la llevó a un lado cuando se quedaron a solas en la habitación y señaló el retrato, la caja fuerte que se ocultaba detrás. «Una dama necesita un lugar para sus secretos», susurró y, aunque a Vivien no le gustó la mirada taimada de la anciana, siempre había deseado tener un lugar solo para ella, y recordó el consejo.

La puerta de la caja de seguridad se abrió de golpe y recuperó la llave que había duplicado la última vez. También tomó la fotografía que Jimmy le había regalado; era extraño, pero se sentía mejor al tenerla cerca. Con sumo cuidado, Vivien cerró la puerta y enderezó el cuadro.

 

Encontró el sobre en el escritorio de Henry. Ni siquiera se había tomado la molestia de ocultarlo. Vivien era la destinataria, fue sellado dos días antes y estaba abierto. Henry siempre abría sus cartas... y ahí residía el error fatal del grandioso plan de Dolly.

Vivien sabía qué diría la carta, pero aun así la leyó con el corazón desbocado. Era lo que esperaba; la carta mostraba un tono casi amable; Vivien dio gracias a Dios al ver que esa niña tonta no había firmado con su nombre, que se había limitado a escribir «Una amiga» al pie de la carta.

Las lágrimas se asomaron a sus ojos al ver la fotografía, pero Vivien las contuvo. Y cuando su memoria le arrojó esos tentadores ecos de los preciosos momentos vividos en la buhardilla del doctor Tomalin, de Jimmy, de cómo a su lado sintió que existía un futuro que le ilusionaba, Vivien los aplastó. Sabía mejor que nadie que no era posible regresar.

Vivien giró el sobre y casi lloró de desesperación. Ahí, Dolly había escrito: «Una amiga, 24 Rillington Place, Notting Hill».

 

Vivien trató de correr, pero la cabeza le dio vueltas, sus pensamientos flotaron a la deriva y tuvo que detenerse en cada farola para no caer, mientras se abría paso por las calles sumidas en la oscuridad de camino a Notting Hill. En Campden Grove se quedó solo el tiempo necesario para aclararse la cara, ocultar la fotografía incriminatoria y garabatear una carta apresurada. La echó en el primer buzón que vio y prosiguió su camino. Solo le quedaba una cosa por hacer, el acto final de su penitencia, antes de que todo se arreglase.

Una vez que comprendió eso, todo lo demás adquirió una luz gloriosa. Vivien se desprendió de la desolación como de un abrigo viejo y se dirigió hacia las luces brillantes. Qué sencillo era todo, en realidad. Había causado la muerte de su familia, había causado la muerte de Jimmy, pero iba a hacer todo lo posible por salvar a Dolly Smitham. Entonces, y solo entonces, iría al Serpentine con los bolsillos llenos de piedras. Vivien podía ver el final y era un final hermoso.

«A la velocidad de la luz y de tus piernas», solía decir su padre y, aunque un dolor punzante le taladraba la cabeza, aunque a veces tenía que agarrarse a las verjas para no caerse, Vivien era una buena corredora, y se negó a detenerse. Imaginó que era un ualabí que rastreaba el monte, un dingo que avanzaba furtivo en las sombras, un lagarto que se arrastraba en la oscuridad...

Había aviones a lo lejos; Vivien miraba al cielo negro de vez en cuando y se tropezaba al hacerlo. Una parte de ella deseaba que se acercasen, que dejasen caer su carga si se atrevían; pero todavía no, todavía no, todavía tenía cosas que hacer.

 

Había caído la noche cuando llegó a Rillington Place, y Vivien no había traído una linterna. Mientras se esforzaba en encontrar el número correcto, una puerta se cerró detrás de ella; vislumbró una figura que bajaba las escaleras de la casa vecina.

—¿Disculpe? —dijo Vivien.

—¿Sí? —Una voz de mujer.

—Por favor, ¿me podría ayudar? Estoy buscando el número 24.

—Tiene suerte. Está justo aquí. Ahora mismo no hay habitaciones libres, me temo, pero pronto habrá. —La mujer prendió una cerilla y la acercó al cigarrillo, de modo que Vivien pudo verle la cara.

No se podía creer su suerte y pensó al principio que sería una imaginación suya.

—¿Dolly? —dijo, acercándose deprisa a esa bonita mujer del abrigo blanco—. Eres tú, gracias a Dios. Soy yo, Dolly. Soy...

—¿Vivien? —La voz de Dolly reflejó su sorpresa.

—Pensé que no iba a encontrarte, que había llegado demasiado tarde.

De inmediato Dolly sospechó algo.

—¿Demasiado tarde para qué? ¿Qué pasa?

—Nada. —Vivien se rio de repente. Le daba vueltas la cabeza y vaciló—. Es decir, todo.

Dolly dio una calada al cigarrillo.

—¿Has estado bebiendo?

Algo se movió en la oscuridad; sonaron unos pasos. Vivien susurró:

—Tenemos que hablar... rápido.

—No puedo. Estaba a punto de...

—Dolly, por favor. —Vivien echó un vistazo por encima del hombro, con miedo de ver a uno de los hombres de Henry—. Es importante.

La otra mujer no respondió en el acto, temerosa tal vez ante esta visita inesperada. Al fin, a regañadientes, tomó el brazo de Vivien y dijo:

—Vamos. Vamos adentro.

Vivien dejó escapar un pequeño suspiro de alivio cuando la puerta se cerró detrás de ellas; hizo caso omiso de la mirada entrometida de una anciana con gafas, y siguió a Dolly por las escaleras, a lo largo de un pasillo que olía a comida rancia. En la habitación, pequeña y oscura, faltaba aire.

Una vez dentro, Dolly pulsó el interruptor de la luz y una bombilla solitaria se encendió sobre ellas.

—Lamento que haga tanto calor aquí dentro —dijo, quitándose el abrigo blanco. Lo colgó en un gancho que había en la puerta—. No hay ventanas, qué pena. Los apagones son más fáciles de sobrellevar así, pero no viene muy bien para ventilar la habitación. Tampoco hay sillas, me temo. —Se dio la vuelta y vio la cara de Vivien a la tenue luz de la bombilla—. Dios mío, ¿qué te ha pasado?

—Nada. —Vivien había olvidado que debía de tener un aspecto horrible—. Un accidente por el camino. Me tropecé con una farola. Qué estúpida, corriendo como de costumbre.

Dolly no parecía muy convencida, pero, en vez de insistir, indicó a Vivien que se sentase en la cama. Era angosta, baja, y la colcha estaba cubierta con las manchas indefinidas del paso del tiempo y el uso excesivo. Vivien no era quisquillosa; sentarse fue un agradable respiro. Se desplomó sobre el colchón fino al mismo tiempo que las sirenas comenzaban a aullar.

—No hagas caso —dijo rápidamente cuando Dolly hizo ademán de irse—. Quédate. Esto es más importante.

Dolly dio una calada nerviosa al cigarrillo y cruzó los brazos, a la defensiva, sobre el pecho. Su voz sonó tensa:

—¿Es por el dinero? ¿Necesitas que te lo devuelva?

—No, no, olvida el dinero. —Los pensamientos de Vivien vagaban dispersos y se esforzó en poner orden, en recuperar la claridad que necesitaba; todo parecía muy claro antes, pero ahora la cabeza le pesaba, sus sienes eran una agonía y la sirena no dejaba de tronar.

—Jimmy y yo... —dijo Dolly.

—Sí —dijo enseguida y su mente se despejó de inmediato—. Sí, Jimmy. —Se detuvo entonces para encontrar las palabras necesarias para decir esa terrible verdad en voz alta. Dolly, que la observaba de cerca, comenzó a negar con la cabeza, casi como si hubiera adivinado lo que Vivien pretendía decirle. El gesto animó a Vivien, que dijo—: Jimmy. Dolly —justo en el instante en que la sirena cesó su lamento—, se ha ido. —Las palabras retumbaron en el silencio recién nacido de la habitación.

Se ha ido.

Unos golpes frenéticos a la puerta, y un grito:

—Doll, ¿estás ahí? Vamos al refugio.

Dolly no respondió; sus ojos sondearon los de Vivien; se llevó el cigarrillo a la boca y fumó febrilmente, con dedos temblorosos. Aquella persona llamó de nuevo, pero, como no hubo respuesta, recorrió el pasillo y bajó las escaleras corriendo.

Una sonrisa vaciló, esperanzada, incierta, en los labios de Dolly al sentarse junto a Vivien.

—Te equivocas. Lo vi ayer y hemos quedado esta noche. Nos vamos juntos, no se habría ido sin mí...

No había comprendido y Vivien no dijo nada más de momento, silenciada por el abismo de intensa compasión que se había abierto dentro de ella. Por supuesto, Dolly no comprendía; las palabras eran témpanos de hielo que se derretían ante su ardiente incredulidad. Vivien sabía demasiado bien qué era recibir noticias tan terribles, descubrir, sin previo aviso, que un ser amado había muerto.

Pero entonces un avión resopló en lo alto, un bombardero, y Vivien supo que no había tiempo que perder en penas, que tenía que explicarse, para que Dolly viera que decía la verdad, para que comprendiera que debía irse ahora si quería salvarse.

—Henry —comenzó Vivien—, mi marido..., sé que tal vez no lo parece, pero es un hombre celoso, un hombre violento. Por eso tuve que echarte ese día, Dolly, cuando me devolviste el medallón; no me permite tener amigos... —Hubo una tremenda explosión en algún lugar cercano y un sonido agudísimo cruzó el aire por encima de ellas. Vivien hizo una breve pausa, con todos los músculos del cuerpo en tensión, doloridos, y prosiguió, ahora más rápido, más decidida, limitándose a lo esencial—. Recibió la carta y la fotografía y se sintió humillado. Le hiciste creerse un cornudo, Dolly, así que envió a sus hombres a que arreglaran las cosas... Así lo ve: envió a sus hombres a castigaros a ti y a Jimmy.

La cara de Dolly se volvió blanca como la tiza. Estaba conmocionada, era evidente, pero Vivien sabía que estaba escuchando, ya que las lágrimas comenzaban a correr por sus mejillas. Vivien continuó:

—Hoy iba a ver a Jimmy en un café, pero no vino. Ya conoces a Jimmy, Dolly, no habría faltado a una cita, no cuando aseguró que iba a ir..., de modo que fui a casa y Henry estaba ahí, y estaba enfadado, Dolly, muy enfadado. —Su mano se posó, distraída, en la mandíbula dolorida—. Me contó lo que había sucedido, que sus hombres habían matado a Jimmy por acercarse a mí. Yo no sabía cómo se había enterado, pero luego encontré tu carta. La había abierto (él siempre abre mis cartas) y nos vio juntos en la fotografía. Todo salió mal, ¿lo ves?, tu plan salió terriblemente mal.

Cuando Vivien mencionó el plan, Dolly le agarró el brazo; tenía una mirada alocada y su voz fue un susurro.

—Pero... yo no sé cómo..., la fotografía..., habíamos decidido que no, que no era necesario, ya no. —Miró a Vivien a los ojos y negó con la cabeza, frenéticamente—. Nada de esto tenía que haber ocurrido, y ahora Jimmy...

Con un gesto, Vivien indicó que no necesitaba explicarse. Que Dolly tuviese intención o no de enviar la fotografía era irrelevante, por lo que a ella respectaba; no había venido aquí a restregarle a Dolly su error. No había tiempo para echar culpas; Dios mediante, Dolly dispondría de tiempo de sobra para reprocharse en el futuro.

—Escúchame —dijo—. Es muy importante que me escuches. Saben dónde vives y van a venir a buscarte.

Las lágrimas caían por la cara de Dolly.

—Es culpa mía —decía—. Todo es culpa mía.

Vivien agarró las manos delgadas de la mujer. El dolor de Dolly era natural, era descarnado, pero no ayudaba.

—Dolly, por favor. La culpa es tan mía como tuya. —Alzó la voz para hacerse oír sobre los bombarderos—. De todos modos, ahora nada de eso importa. Van a venir. Quizás ya estén de camino. Por eso estoy aquí.

—Pero yo...

—Tienes que irte de Londres, tienes que irte ahora, y no debes volver. No van a dejar de buscarte, nunca. —Hubo una explosión y el edificio entero se estremeció; las bombas cada vez caían más cerca y, aunque no había ventanas, un fantasmagórico destello anegó la habitación a través de los poros diminutos de la piel del edificio. Los ojos de Dolly estaban abiertos de par en par, atemorizados. El ruido era incesante; el silbido de las bombas que caían, la explosión al llegar a tierra, los disparos de los cañones antiaéreos. Vivien tuvo que gritar para hacerse oír al preguntar acerca de la familia de Dolly, los amigos, si podía ir a un lugar a salvo. Pero Dolly no respondió. Negó con la cabeza y siguió llorando, desolada, el rostro cubierto por las manos. Vivien recordó entonces lo que Jimmy le había contado acerca de la familia de Dolly; por aquel entonces, despertó su simpatía, al saber que también ella había sufrido esa pérdida devastadora.

La casa vibró y tembló, el tapón casi se desprendió de ese lavabo repugnante y Vivien sintió que el pánico renacía.

—Piensa, Dolly —rogó, al mismo tiempo que el ruido ensordecedor de una explosión—. Tienes que pensar.

Había más aviones, cazas, no solo bombarderos, y los cañones traqueteaban furiosos. La cabeza de Vivien palpitaba con el ruido, y se imaginó los aviones que pasaban por encima del techo de la casa; a pesar del techo y la buhardilla, casi veía esos vientres de ballena.

—¿Dolly? —gritó.

Los ojos de Dolly estaban cerrados. A pesar del clamor de las bombas y los cañones, del rugido de los aviones, por un momento su rostro se iluminó, y pareció casi en paz, y entonces levantó la cabeza de golpe y dijo:

—Envié una solicitud de trabajo hace unas semanas. Fue Jimmy quien lo encontró. —Tomó una hoja de papel de la mesilla que había al lado de la cama y se lo entregó a Vivien.

Vivien echó un vistazo a la carta, una oferta de trabajo para la señorita Dorothy Smitham en una pensión llamada Mar Azul.

—Sí —dijo—, perfecto. Ahí es adonde tienes que ir.

—No quiero ir sola. Nosotros...

—Dolly...

—Íbamos a ir juntos. No tenía que ocurrir así, él me iba a esperar...

Dolly comenzó a llorar de nuevo. Durante un instante fugaz, Vivien se permitió hundirse en el dolor de la mujer; qué tentador era derrumbarse, renunciar y darse por perdida, sumergirse... Pero no haría bien a nadie, sabía que debía ser valiente; Jimmy ya estaba muerto, Dolly lo estaría pronto si no comenzaba a escuchar. Henry no perdería demasiado tiempo. Sus secuaces ya estarían de camino. Atenazada por la urgencia, abofeteó la mejilla de la mujer, no con saña, pero con fuerza. Funcionó, pues Dolly se tragó su apremiante sollozo, con el rostro entre las manos.

—Dorothy Smitham —dijo Vivien con severidad—, tienes que salir de Londres y tienes que irte ya.

Dolly negaba con la cabeza.

—No creo que pueda.

—Yo sé que puedes. Eres una superviviente.

—Pero Jimmy...

—Ya basta. —Agarró a Dolly por la barbilla y la obligó a mirarla—. Querías a Jimmy, lo sé —«yo también lo quería»—; y él te quería... Dios mío, claro que lo sé. Pero tienes que escucharme.

Dolly tragó saliva y asintió entre lágrimas.

—Esta noche ve a la estación de ferrocarril y cómprate un billete. Tienes que ir... —La luz de la bombilla osciló cuando otra bomba cayó cerca con una estruendosa explosión; los ojos de Dolly se dilataron, pero Vivien permaneció tranquila, decidida a no dejarla marchar—. Sube al tren y no te bajes hasta el final del trayecto. No mires atrás. Acepta el trabajo, sal adelante, vive una buena vida.

La mirada de Dolly había cambiado mientras Vivien hablaba; se había centrado, y Vivien notó que ahora escuchaba, que oía cada palabra y, más aún, comenzaba a comprender.

—Tienes que irte. Aprovecha esta segunda oportunidad, Dolly; piensa que es una oportunidad. Después de todo lo que has pasado, después de todo lo que has perdido.

—Lo haré —dijo Dolly rápidamente—. Lo haré. —Se levantó y sacó una pequeña maleta de debajo de la cama, que comenzó a llenar con ropa.

Vivien se sentía muy cansada; sus ojos estaban empañados de puro agotamiento. Se encontraba preparada para que todo llegase a su fin. Había estado preparada desde hacía mucho, mucho tiempo. Fuera, los aviones surcaban el cielo por todas partes; la artillería antiaérea disparaba y los proyectores rajaban el firmamento. Las bombas caían y la tierra temblaba, y lo sentían a través de los cimientos, bajo los pies.

—¿Y tú? —dijo Dolly, que cerró la maleta y se puso en pie. Extendió la mano para recuperar la carta de la pensión.

Vivien sonrió; le dolía la cara y estaba exhausta; se sintió hundirse bajo el agua, hacia las luces.

—No te preocupes por mí. Voy a estar bien. Voy a ir a casa.

Al mismo tiempo que decía esas palabras, sonó una enorme explosión y la luz lo inundó todo. El mundo pareció detenerse. La cara de Dolly se iluminó, sus rasgos congelados por la conmoción; Vivien miró hacia arriba. Cuando la bomba cayó a través del tejado del 24 de Rillington Place, y el tejado se hundió junto al techo, y la bombilla del cuarto de Dolly se despedazó en un millón de fragmentos diminutos, Vivien cerró los ojos y se deleitó. Sus oraciones al fin habían sido respondidas. No habría ninguna necesidad de ir al Serpentine esta noche. Vio las luces centelleantes en la oscuridad, el fondo del arroyo, el túnel al centro del mundo. Y ella buceaba, cada vez más hondo, y el velo se encontraba delante de ella, y Pippin estaba ahí, saludando con la mano, y pudo verlos a todos. Ellos también podían verla, y Vivien Longmeyer sonrió. Después de tantísimo tiempo, había llegado al final. Había hecho lo que tenía que hacer. Por fin iba a volver a casa.

 

PARTE 4

DOROTHY

 

 

 

Capítulo 31

 

 

Londres, 2011

 

Laurel fue a Campden Grove en cuanto pudo; no sabía exactamente por qué, pero tenía la convicción de que debía hacerlo. En lo más hondo, supuso que esperaba llamar a la puerta y encontrarse con la persona que envió a su madre la tarjeta de agradecimiento. Le había parecido lógico entonces; pero ahora, frente a la entrada del número 7 (convertido en un bloque de apartamentos para turistas), que olía a ambientador de limón y a viajeros cansados, se sintió un tanto ridícula. La mujer que trabajaba en la recepción, una zona pequeña y abarrotada, alzó la vista tras un teléfono para preguntar si se sentía bien y Laurel le aseguró que sí. Volvió a fijarse en la moqueta sucia y reanudó sus pensamientos.

Laurel no se sentía bien; de hecho, estaba sumamente desanimada. Se entusiasmó la noche anterior, cuando mamá le habló de Henry Jenkins, del tipo de hombre que había sido. Todo tenía sentido y creyó haber llegado al final, que por fin había comprendido lo ocurrido ese día. Entonces vio el matasellos del sobre y su corazón dio un vuelco; sabía que era importante; más aún, que era un descubrimiento personal, como si ella, Laurel, fuera la única persona capaz de deshacer este último nudo. Pero aquí estaba, en un alojamiento de tres estrellas, tras una persecución estéril, sin otro lugar al que ir, nada que encontrar y nadie con quien hablar que hubiese vivido aquí durante la guerra. ¿Qué significaba esa tarjeta? ¿Quién la había enviado? ¿Tenía alguna importancia? Laurel comenzaba a pensar que no.

Se despidió de la recepcionista, que movió los labios para decir «adiós» en silencio, con el auricular en la mano, y Laurel salió. Encendió un cigarrillo y fumó, irascible. Iba a recoger a Daphne a Heathrow más tarde; por lo menos el desplazamiento no sería una completa pérdida de tiempo. Miró el reloj. Aún tenía un par de horas por delante. Hacía un día precioso, acogedor, de cielo azul y claro, cruzado solo por la perfecta estela de los aviones cuyos viajeros sí iban a llegar a un lugar... Laurel pensó que lo mejor sería comprar un sándwich y dar un paseo por el parque, junto al Serpentine. Mientras daba una calada recordó la última vez que había venido a Campden Grove. Ese día que vio al niño enfrente del número 25.

Laurel echó un vistazo a la casa. La casa de Vivien y Henry: el lugar de sus maltratos secretos; donde Vivien sufrió. De un modo extraño, gracias a los diarios de Katy Ellis, Laurel sabía más acerca de la vida en esa casa que de la del número 7. Se acabó el cigarrillo, pensativa, y se agachó para tirar la colilla en el cenicero que había junto a la entrada. Antes de enderezarse, Laurel ya había tomado una decisión.

 

Llamó a la puerta del 25 de Campden Grove y esperó. Ya no había decoraciones de Halloween en la ventana y en su lugar se encontraban unas manos de niños pintadas, de al menos cuatro tamaños diferentes. Era bonito. Era bonito que una familia viviese ahí ahora. Los desagradables recuerdos del pasado estaban siendo desplazados por otros nuevos. Podía oír ruidos en el interior (sin duda, había alguien en casa), pero no abrió nadie, así que llamó de nuevo. Se dio la vuelta en las baldosas del rellano y miró hacia el número 7, tratando de imaginar a su madre de joven, con su trabajo de doncella, al subir las escaleras.

La puerta se abrió detrás de ella y la bonita mujer que Laurel había visto la última vez estaba ahí, de pie, con un bebé en brazos.

—Oh, Dios mío —dijo, con esos ojos azules abiertos de par en par—. Es... usted.

Laurel estaba acostumbrada a que la reconociesen, pero había algo diferente en el tono de esta mujer. Sonrió y la mujer se sonrojó, se limpió la mano en los vaqueros azules y se la tendió a Laurel.

—Lo siento —dijo—. ¿Dónde están mis modales? Yo soy Karen y este es Humphrey —dio una palmadita en el trasero del niño y un mechón rubio y rizado ondeó ligeramente sobre su hombro, mientras sus ojos azul cielo contemplaban a Laurel con timidez—, y, por supuesto, ya sé quién es usted. Es un gran honor conocerla, señora Nicolson.

—Llámame Laurel.

—Laurel. —Karen se mordió levemente el labio inferior, un gesto nervioso y satisfecho, y sacudió la cabeza, incrédula—. Julian mencionó que la había visto, pero pensé... A veces él... —Sonrió—. No importa... Aquí está. Mi marido se va a volver loco cuando la vea.

«Eres la señora de papá». Laurel tuvo la fuerte sospecha de que no entendía bien lo que ocurría.

—¿Sabe? Ni siquiera me dijo que iba a venir.

Laurel no explicó que no había llamado de antemano; aún no sabía cómo explicar por qué había venido. Se conformó con sonreír.

—Entre, por favor. Voy a decirle a Marty que baje de la buhardilla.

Laurel siguió a Karen por un vestíbulo atestado, junto al cochecito con aspecto de módulo lunar, entre un mar de pelotas, cometas y pequeños zapatos que no coincidían, y entraron en una sala de estar cálida y luminosa. Había unas estanterías blancas que llegaban al techo, con libros apilados de cualquier modo, y en la pared dibujos de niños junto a fotografías de familia de personas sonrientes y felices. Laurel casi se tropezó con un cuerpo menudo en el suelo: era el niño de la otra vez, que yacía boca arriba con las rodillas dobladas. Con un brazo en alto daba vida a un avión de Lego y hacía ruidos graves, de motor, ensimismado por completo en la simulación del vuelo de su avión.

—Julian —dijo su madre—, Juju, sube, cariño, y dile a papá que tenemos visita.

El niño alzó la vista, parpadeando de vuelta a la realidad; vio a Laurel y sus ojos se iluminaron al reconocerla. Sin decir palabra, sin ni siquiera una vacilante pausa en el ruido del motor, dirigió su avión a un nuevo rumbo, se puso en pie y lo siguió por las escaleras de moqueta.

Karen insistió en poner la tetera a hervir, así que Laurel se sentó en un cómodo sofá con marcas de lápiz sobre la funda a cuadros rojos y blancos y sonrió al bebé, que se encontraba sentado en la alfombra, dando patadas a un sonajero con su piececito regordete.

Se oyeron unos crujidos apresurados provenientes de las escaleras y un hombre alto, guapo a su estilo desastrado, de cabello castaño y gafas de montura negra, apareció en la puerta del salón. Su hijo piloto lo siguió. El hombre extendió una mano enorme y sonrió al ver a Laurel, sacudiendo la cabeza, asombrado, como si una aparición acabase de materializarse en su casa.

—Cielos —dijo al tocarla y demostrarse que era un ser de carne y hueso—. Creía que Julian me tomaba el pelo, pero aquí está.

—Aquí estoy.

—Soy Martin —dijo—. Llámeme Marty. Y disculpe mi incredulidad, pero... Doy clases de interpretación en Queen Mary College, ¿sabe?, e hice mi tesis doctoral sobre usted.

—¿De verdad? —«Eres la señora de papá». Bueno, eso lo explicaba.

—Interpretaciones contemporáneas de las tragedias de Shakespeare. Mucho menos árido de lo que suena.

—Ya me imagino.

—Y ahora... aquí está. —El hombre sonrió, frunció el ceño ligeramente y sonrió de nuevo. Se rio y su risa era un sonido precioso—. Lo siento. Es una coincidencia extraordinaria.

—¿Le has hablado a la señora Nicolson..., a Laurel —Karen se ruborizó al entrar en el salón—, del abuelo? —Dejó una bandeja de té sobre la mesa de centro, abriéndose paso entre un bosque de materiales de manualidades para niños, y se sentó al lado de su esposo en el sofá. Sin desviar la vista, la mujer entregó una galleta a una niña de tirabuzones castaños que había detectado la llegada de los dulces y surgió de la nada.

—Mi abuelo —explicó Marty—. Él es quien despertó mi interés por su obra. Yo soy un admirador, pero él era un creyente. No se perdió ni una sola de sus representaciones.

Laurel sonrió complacida, aunque intentó no parecerlo; le encantaban esta familia y su casa acogedora y desordenada.

—Alguna se perdería.

—Jamás.

—Háblale a Laurel de su pie —dijo Karen, que frotó con ternura el brazo de su marido.

Marty se rio.

—Un año se rompió el pie y obligó a los del hospital a que le diesen el alta antes de tiempo para verla en Como gustéis. Solía llevarme con él incluso cuando era tan pequeño que necesitaba tres cojines para que la butaca de delante no me tapase la vista.

—Parece un hombre de un gusto exquisito. —Laurel estaba coqueteando, y no solo con Marty, sino con todos ellos; se sentía muy querida. Menos mal que Iris no estaba ahí para presenciarlo.

—Lo fue —dijo Marty con una sonrisa—. Yo lo quería muchísimo. Lo perdimos hace diez años, pero no pasa un día sin que lo eche de menos. —Se subió las gafas de montura negra por el puente de la nariz y dijo—: Pero ya hemos hablado bastante de nosotros. Disculpe, verla ha sido tan sorprendente que ni siquiera le hemos preguntado por qué ha venido a vernos. Es de suponer que no ha sido para que le hablemos del abuelo.

—Se trata de una larga historia, en realidad —dijo Laurel, que tomó la taza de té que le ofrecía y añadió un poco de leche—. He estado investigando la historia de mi familia, en particular la de mi madre, y resulta que hace mucho tiempo —Laurel dudó— se relacionó con la gente que vivía en esta casa.

—¿Cuándo fue eso?, ¿lo sabe?

—A finales de los años treinta y al principio de la guerra.

La ceja de Marty se movió con un tic nervioso.

—Qué extraordinario.

—¿Cómo se llamaba la amiga de su madre? —preguntó Karen.

—Vivien —dijo Laurel—. Vivien Jenkins.

Marty y Karen intercambiaron una mirada y Laurel observó a ambos.

—¿He dicho algo extraño? —dijo.

—No, extraño no, es que... —Marty sonrió mirándose las manos mientras pensaba cómo expresarse— aquí conocemos muy bien ese nombre.

—¿De verdad? —El corazón de Laurel comenzó a latir ruidosamente. Eran los descendientes de Vivien, claro. Un niño del que Laurel no sabía nada, un sobrino...

—Es una historia un tanto peculiar, en realidad, de las que entran en las leyendas de las familias.

Laurel asintió con impaciencia, deseando que continuara, y tomó un sorbo de té.

—Mi bisabuelo Bertie heredó esta casa durante la Segunda Guerra Mundial. Estaba enfermo, según cuenta la historia, y era muy pobre: había trabajado toda su vida pero corrían tiempos difíciles (estaban en guerra, al fin y al cabo) y vivía en un diminuto apartamento cerca de Stepney, donde lo cuidaba una vieja vecina, cuando un día, sin previo aviso, recibió la visita de un elegante abogado, quien le dijo que había heredado esta casa.

—No comprendo —dijo Laurel.

—Él tampoco lo comprendía —dijo Marty—. Pero el abogado fue contundente al respecto. Una mujer llamada Vivien Jenkins, de quien mi bisabuelo nunca había oído hablar, lo había nombrado su heredero universal.

—¿No la conocía?

—Ni había oído hablar de ella.

—Pero qué extraño.

—Estoy de acuerdo. Y al principio no quería mudarse. Sufría demencia; no le gustaban los cambios; puede imaginarse cuánto lo trastornó..., así que se quedó donde estaba y la casa siguió vacía, hasta que su hijo, mi abuelo, volvió de la guerra y fue capaz de convencer al anciano de que no había gato encerrado.

—¿Su abuelo conoció a Vivien, entonces?

—Sí, pero nunca habló de ella. Era muy abierto, mi abuelo, pero había un par de temas sobre los que nunca hablaba. Ella era uno; el otro era la guerra.

—Creo que eso no es infrecuente —dijo Laurel—. ¡Los horrores que vieron, los pobres!

—Sí. —Su rostro se entristeció—. Pero, en el caso del abuelo, era más que eso.

—¡Oh!

—Fue reclutado en la cárcel.

—Ah, entiendo.

—No se explayó con los detalles, pero hice unas pesquisas. —Marty parecía un poco avergonzado y bajó la voz al continuar—: Encontré los informes policiales y descubrí que una noche del año 1941 a mi abuelo lo recogieron en el Támesis, tras haber recibido una paliza brutal.

—¿Quién lo hizo?

—No estoy seguro, pero cuando estaba en el hospital se presentó la policía. Se les había metido en la cabeza que había estado involucrado en un intento de chantaje y se lo llevaron para interrogarlo. Un malentendido, juró siempre mi abuelo, y, si hubiese conocido a mi abuelo, sabría que nunca mentía, pero la poli no le creyó. Según el informe llevaba un cheque por una suma considerable cuando lo encontraron, pero él no explicó por qué lo tenía. Lo mandaron a la cárcel; no se podía permitir un abogado, claro, y, al final, la policía no tenía suficientes pruebas contra él, así que lo alistaron. Es curioso, pero solía decir que le salvaron la vida.

—¿Que le salvaron la vida? ¿Cómo?

—No lo sé, nunca lo entendí. Quizás era una broma..., era un bromista, mi abuelo. Lo enviaron a Francia en 1942.

—¿No había estado en el ejército antes?

—No, pero sí había estado en el frente (estuvo en Dunkerque, de hecho), aunque no llevaba armas. Llevaba una cámara. Era fotógrafo. Venga a ver algunas de sus fotografías.

 

—Dios mío —dijo Laurel, que comprendió, al estudiar las fotografías en blanco y negro que cubrían la pared—, su abuelo era James Metcalfe.

Marty sonrió orgulloso.

—En persona. —Enderezó el marco de una fotografía.

—Las reconozco. Las vi en una exposición en el Museo de Victoria y Alberto hace unos diez años.

—Eso fue poco después de su muerte.

—Su obra es increíble. ¿Sabe?, mi madre tenía una copia de una foto suya en la pared cuando yo era niña, una pequeña... Todavía la tiene, de hecho. Solía decir que le ayudaba a recordar a su familia, lo que les sucedió. Murieron en un bombardeo en Coventry.

—Lo lamento —dijo Marty—. Terrible. Imposible imaginarlo.

—En cierta medida, las fotografías de su abuelo ayudan a intentarlo. —Laurel miró las fotografías, de una en una. Eran excepcionales: personas que habían perdido sus casas en los bombardeos, soldados en el campo de batalla. En una de ellas, salía una niña pequeña, ataviada con una indumentaria extraña, zapatos de claqué y unos bombachos enormes—. Esta me gusta —dijo.

—Es mi tía Nella —dijo Marty, sonriendo—. Bueno, así es como la llamamos, aunque no era de la familia. Era una huérfana de la guerra. Esa foto la tomó la noche que murió su familia. Mi abuelo siguió en contacto con ella y, cuando regresó de la guerra, buscó a su familia de acogida. Fueron amigos el resto de su vida.

—Qué bonito.

—Él era así, muy leal. ¿Sabe?, antes de casarse con mi abuela, fue a buscar a un antiguo amor solo para asegurarse de que le iba bien. Nada le habría impedido casarse con mi abuela, por supuesto (se querían muchísimo), pero dijo que era algo que debía hacer. Tuvieron que separarse durante la guerra y solo la vio una vez después de regresar, y de lejos. Ella estaba en la playa con su nuevo marido y él no quiso molestarlos.

Laurel escuchaba y asentía, cuando de repente las piezas del rompecabezas encajaron: Vivien Jenkins había dejado la casa a la familia de James Metcalfe. James Metcalfe, con su padre viejo y enfermo..., vaya, tenía que ser Jimmy, ¿no? Tenía que serlo. El Jimmy de su madre, y el hombre de quien Vivien se había enamorado, contra el que le advirtió Katy, temerosa de lo que haría Henry si se enterase. Lo cual significaba que mamá era la mujer a la que Jimmy había buscado antes de casarse. Laurel pensó que se iba a desmayar, y no solo porque era su madre de quien hablaba Marty; había algo que se abría paso entre sus propios recuerdos.

—¿Qué pasa? —preguntó Karen, preocupada—. Parece que ha visto un fantasma.

—Yo..., yo... —balbuceó Laurel—, yo... tengo una idea de lo que pudo haberle ocurrido a su abuelo, Marty. Creo que sé por qué le dieron una paliza, quién lo dio por muerto.

—¿De verdad?

Laurel asintió, preguntándose por dónde empezar. Había muchísimo que contar.

—Volvamos a la sala de estar —dijo Karen—. Voy a preparar otro té. —Tembló, entusiasmada—. Oh, qué tonta soy, lo sé, pero ¿no es maravilloso resolver un misterio?

Estaban dándose la vuelta para salir de la habitación cuando Laurel vio una fotografía que le cortó la respiración.

—Es hermosa, ¿verdad? —dijo Marty, que sonrió al percibir la dirección de su mirada.

Laurel asintió y tenía en la punta de la lengua decir «Esa es mi madre», cuando Marty dijo:

—Es ella, esa es Vivien Jenkins. La mujer que legó esta casa a Bertie.

 


Capítulo 32

 

 


Date: 2016-03-03; view: 595


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Londres, mayo de 1941 | Al final del trayecto, mayo de 1941
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