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Los desayunos de madame Dancenis

 

Sólo os pido perdón por mi sorpresa. Es la primera vez que oigo hablar de actos tan lúbricos.

Marqués de Sade. La filosofía en el tocador

La viuda Hénault vive en una bonita casa del Marais, muy cerca de la Place Royale y a poca distancia de la Bastilla. El barrio ha venido a menos, según informes del abate Bringas; pero aún conserva el empaque de los viejos tiempos, con un aire de grand siècle a lo Luis XIV que se ve favorecido por los árboles, las calles razonablemente anchas y las fachadas de los viejos hoteles. Para la visita, que se efectúa al día siguiente del duelo, don Pedro Zárate y don Hermógenes Molina se han vestido de modo conveniente, sobrios y de oscuro como suelen, acentuando en lo posible su aspecto respetable, y han dejado libre al abate Bringas pese a su insistencia en acompañarlos. La misión es delicada, y ni el almirante ni el bibliotecario desean que cualquier impertinencia de aquél lo eche todo a perder.

El único inconveniente es la lluvia. Desde la tarde de ayer llueve sobre París, y la ciudad se ha vuelto intransitable. Empezaron cayendo gotas gruesas, aisladas, que al poco rato granizaron como metralla y se convirtieron en espesas sábanas de agua. Los coches bloquean las calles y los puentes principales, y los canalones de los tejados vierten gruesos chorros sobre los transeúntes que, buscando protegerse de la lluvia y esquivar los coches, caminan pegados a las fachadas. Las plazas parecen lagos donde repiquetea el agua, y las calles, torrentes. Y así, el fiacre que transporta al almirante y al bibliotecario tarda casi una hora en llevarlos desde la rue Vivienne hasta la de Saint-Antoine, atrapado en diversos atascos. A través del vaho de las ventanillas, los dos académicos observan una ciudad diferente de la que han conocido hasta hoy: un laberinto urbano sucio, embarrado y gris.

—¿Tomarán café o té?

Los ha recibido la viuda Hénault acompañada de uno de sus hijos. Ella es una mujer mayor —debe de andar por los setenta— y seca de aspecto, de cara enjuta y mandíbula huidiza, con ojos verdes que sin duda en otro tiempo fueron lindos. Viste de luto, con una cofia negra recogiéndole los cabellos grises. El hijo tiene la misma mandíbula que la madre. Va de oscuro y usa peluca de dos rizos en las sienes y casaca de corte tradicional con frondosa chorrera de encaje en el cuello de la camisa. Por lo visto es abogado, procurador o algo parecido, con despacho cerca del palacio de Justicia.

—Para mi marido —está diciendo la viuda—, los libros eran su vida. Por ellos hizo gastos enormes, y en sus últimos años, ya enfermo, apenas salía de la biblioteca. Era su consuelo, decía. Su mejor medicina.

—¿Cuántos libros llegó a reunir? —se interesa don Hermógenes.



Están sentados en un saloncito decorado con porcelana azul y rosa, paredes cubiertas de papel pintado y grabados de pájaros enmarcados con buen gusto. En otro tiempo debió de ser un lugar acogedor, pero ahora huele a cerrado, a limpieza poco puesta a punto; y los postigos de las ventanas, medio entornados, dejan entrar una claridad sucia que ensombrece la habitación, avara en luz de cera o aceite. Una sirvienta mayor y desgarbada ha traído una bandeja con el servicio.

—No sabemos la cantidad exacta —interviene el hijo—. Hemos contado, a ojo, unos cuatro mil... Sobre todo de botánica, viajes e historia, que eran sus mayores aficiones.

—¿Usted no las comparte?

Sonríe de circunstancias el otro, algo incómodo.

—Mi trabajo me ocupa en otras cosas —dice, acariciando con gesto distraído una mano de su madre—. Lo mío es el Derecho, y lo que tenía mi padre de esa materia me lo he llevado ya.

—Es una lástima, deshacer tan hermosa biblioteca. Dispersarla.

—A mí me da mucha pena —dice madame Hénault.

—Sí, madre. Pero ya sabe usted que no hay espacio en mi casa ni en la de mi hermana —se vuelve a los académicos—. Por otra parte, ella quiere dejar este edificio y vivir con nosotros, así que la biblioteca es más un engorro que otra cosa... Aparte que no le irá mal lo que pueda obtener por ella.

—¿Han venido ya libreros a hacerles ofertas?

—Estamos en tratos con alguno —admite el hijo—. Pero ya saben lo que es eso. Todos los marchantes de libros son cuervos sin escrúpulos: aparentan no dar importancia a ejemplares valiosos, dicen «esto vale poco y me costará venderlo», e intentan llevárselo todo por el menor precio posible. ¿Es lo mismo en España?

—Idéntico.

—De todas formas, la intención de mi madre era venderla completa. Sólo la amistad de mi padre con el señor Dancenis y la carta que hemos recibido de él nos animan a hacer una excepción con ustedes... Si llegamos a un acuerdo, podrán disponer de la Encyclopédie.

—¿Quieren verla? —pregunta la viuda.

—Por supuesto.

Dejan las tazas en la mesita, cruzan un pasillo con libros a uno y otro lado y llegan a la habitación contigua, que es un despacho muy amplio con las paredes cubiertas de estantes con libros y una ventana que se abre sobre la Place Royale, donde sigue cayendo la lluvia.

—Hay mucho de botánica, como les dije —el hijo descorre más las cortinas para que entre más luz—. Y de historia: vean esa Histoire militaire de Louis le Grand en siete volúmenes, que es magnífica... Los de botánica están de ese lado. Hay uno de Plumier sobre las plantas de América y el primer tomo de Voyages dans les Alpes, de Saussure, que mi padre apreciaba mucho.

Miran con detalle don Hermógenes y don Pedro. Éste, que tiene un apósito sobre la herida del hombro del día anterior, crispa un poco los labios de dolor cuando el hijo de la viuda Hénault le pone en las manos un pesado volumen de Linneo.

—¿Se encuentra bien, señor?

—Sí, claro. No se preocupe... Es sólo un poco de reuma.

—Claro —el otro devuelve el libro a su estante—. Tanta lluvia. La humedad.

Le señala un lugar de la biblioteca ante el que don Hermógenes se ha detenido ya, extasiado. Allí, en la luz plomiza que penetra por la ventana, destacan los lomos dorados de veintiocho volúmenes en gran folio, encuadernados en piel de color castaño claro: Encyclopédie, puede leerse en los tejuelos rojos y verdes.

—¿Puedo abrir uno? —pregunta don Hermógenes.

—Por favor.

Con reverente unción, como si fuera un sacerdote que lleva en las manos el Santísimo Sacramento, el bibliotecario se pone los lentes, saca el primer volumen del estante, lo coloca sobre la mesa de despacho y lo abre cuidadosamente. Discours préliminaire des éditeurs —lee, casi emocionado—. L’Encyclopédie que nous présentons au Public, est, comme son titre l’annonce, l’ouvrage d’une société de gens de Lettres...

—La encuadernación es impecable, como ven —apunta el hijo de madame Hénault—. En cuanto a la conservación, también es perfecta.

—Mi difunto esposo enceraba él mismo los libros —dice la viuda—. Dedicaba muchas horas a eso.

—Están incluso los últimos tomos de láminas —añade el hijo—. Todo completo. Mi padre fue suscriptor desde el comienzo mismo, cuando salieron los primeros volúmenes. Y la leía con frecuencia... Tenemos entendido que ahora esta edición es difícil de encontrar.

—No es fácil, desde luego —reconoce don Hermógenes con cierta cautela.

No le pasa inadvertida a don Pedro la mirada rápida que cambian madre e hijo.

—Tendremos que hablar del precio —dice este último.

—Naturalmente —admite don Hermógenes—. Para eso hemos venido, señor. Aunque esperamos que todo sea razonable.

—¿A qué se refiere? —pregunta el abogado, suspicaz.

—A que nuestros recursos —aclara el almirante— son adecuados, pero no enormes.

Sonríe pensativo el otro mientras devuelve el volumen a su sitio. Ya era hora, dice el gesto, de que entrásemos en materia.

—Veamos... La suscripción inicial que hizo mi padre fue de doscientas ochenta libras, ahí sobre la mesa están todos los papeles, aunque el precio final con los volúmenes de láminas subió hasta las novecientas ochenta... Al ser primera edición, el precio de mercado habrá subido mucho. Ahora lo calculamos en ochenta luises.

Parpadea don Hermógenes, desconcertado como cada vez que oye hablar de números.

—¿Que en libras es...?

—Casi mil novecientas —apunta don Pedro, rápido—. O para más detalle, mil ochocientas sesenta y cuatro.

—Es exacto —conviene el hijo, sorprendido de la habilidad para el cálculo del almirante.

—A nosotros —dice don Hermógenes— los libreros nos han hablado de unas mil cuatrocientas.

El abogado mira a su madre y se encoge de hombros.

—No sé... En todo caso, como pueden ver, los veintiocho volúmenes están en perfecto estado. Creemos que el nuestro es un precio justo.

—Claro —responde don Hermógenes—. Sin embargo, teniendo en cuenta las...

—Podemos pagar mil quinientas libras —lo interrumpe el almirante.

El bibliotecario mira a don Pedro, éste al abogado y aquél a su madre.

—Es poco —dice ella.

—Quizá —apunta el hijo— pudiéramos llegar a un acuerdo en torno a las mil setecientas.

—Disculpen, pero no me he explicado bien —dice don Pedro con absoluta flema—. Lo que quiero decir es que el dinero del que disponemos realmente, ni un sueldo más, es mil quinientas libras. En oro y contra una carta de pago para la banca Vanden-Yver. Ése es todo nuestro capital.

Nuevas miradas entre madre e hijo.

—¿Pueden disculparnos un momento?

Salen ambos del despacho, dejándolos solos. Curiosean el almirante y el bibliotecario entre los libros, tocan unos y hojean otros. Don Pedro se interesa por unos Viajes de Cook en dieciocho volúmenes. Al fin, como atraídos por una fuente magnética, los dos se acercan a la Encyclopédie.

—¿Cree usted que aceptarán nuestras condiciones? —susurra don Hermógenes.

—No tengo ni idea.

Saca el bibliotecario su cajita de rapé, toma una pulgarada, estornuda y se suena con el pañuelo. Está inquieto.

—Pero es el único ejemplar completo que hemos encontrado —argumenta, bajando la voz.

—Ya lo sé —responde el almirante en el mismo tono—. Pero tenemos un límite.

—¿Y no habría manera, regateando...?

Don Pedro lo mira, muy serio.

—No estamos en el zoco de Tetuán, don Hermes. Somos académicos de la Española, qué diantre. Además, estamos pagando el alojamiento y la comida del mayoral, y la cochera de la berlina. Que nos cuestan un Perú.

—Tiene usted razón —el bibliotecario acaricia con ternura el lomo del primer volumen de la Encyclopédie—. Pero sentiría tanto perderla...

—Veremos.

Regresa Hénault hijo, solo. Una sonrisa complaciente anuncia sus palabras:

—Teniendo en cuenta que es para una prestigiosa institución española, mi madre está de acuerdo en las mil quinientas libras... ¿Cómo lo formalizamos?

Don Hermógenes deja escapar un suspiro de alivio que le vale una severa mirada del almirante.

—En cuanto sea posible entregaremos el dinero y nos haremos cargo de los libros —dice éste, circunspecto.

—Querrán un recibo, claro.

—Por supuesto.

El abogado parece satisfecho. Sin embargo, tras un momento de duda, alza un dedo.

—¿Dejarían ustedes una señal?

Abre la boca don Hermógenes, pero se adelanta el almirante.

—Por supuesto que no, señor.

Se repliega el otro, inseguro. Cogido a contrapelo.

—Oh, bueno... Aunque el uso...

La mirada de don Pedro congelaría la lluvia que sigue cayendo al otro lado de la ventana.

—Ignoro el uso, pues no es mi oficio comprar y vender libros. Y mucho menos, regatear su precio. Pero tiene usted mi palabra.

La sonrisa del abogado es toda una disculpa.

—Claro, claro... Me parece bien, entonces. Los espero en mi despacho en dos días, si les acomoda, para formalizarlo todo.

—Allí estaremos. No le quepa duda.

Tres inclinaciones de cabeza y dos sonrisas: la de Hénault hijo y la de don Hermógenes. Don Pedro se dirige hacia la puerta con semblante serio.

—Ha sido un placer, caballeros —dice el abogado, obsequioso.

—Lo mismo digo —responde el almirante—. Despídanos de su señora madre.

 

Sorteando los chorros de agua que caen de los tejados, Pascual Raposo se detiene al llegar a la esquina de la plaza de Grève; y allí, como si se dispusiera a cruzar un glacis bajo fuego enemigo, aguarda un instante, dándose ánimos mientras se cala más el sombrero y se sube las solapas del capote, y luego corre entre los charcos, bajo el aguacero, hasta la entrada del cabaret de l’Image Notre-Dame.

—Vienes hecho una sopa —le dice Milot a modo de saludo.

Gruñe Raposo, asintiendo mientras se sacude el agua como un perro mojado. Luego arroja capote y sombrero sobre una silla y se sienta junto a la estufa, estirando las piernas, mientras su compadre le pasa un vaso de vino caliente.

—¿Hay noticias?

—Alguna.

Huele a vino y humanidad, a serrín húmedo sobre el piso de madera, a ventanas cerradas. Hay toneles, botellas, estampas militares pegadas en las paredes y un mostrador largo y mugriento bajo el techo ahumado por el hollín de la estufa y el humo de candiles y velas. A esa hora se ve poca gente. Una moza entrada en carnes sirve a conserjes del ayuntamiento, estibadores y barqueros del muelle cercano, mientras la dueña, o la encargada, hace cuentas y se limpia las uñas detrás del mostrador. En un rincón, dos soldados con el uniforme azul de la guardia de la ciudad duermen el vino tumbados en un banco, mientras un gato le lame a uno la mano que cuelga hasta el suelo.

—Esta mañana —informa Milot— tus académicos han visitado a madame Hénault, que se quedó viuda hace poco. Y en su biblioteca hay una Encyclopédie.

Se yergue Raposo, tenso como una serpiente.

—¿Estás seguro?

—Del todo. Mis hombres, que los habían seguido hasta allí, hicieron bien las cosas. Apenas salieron los otros de la casa, averiguaron si había criados en ella... Resultó que sólo una sirvienta, pero fue suficiente, pues la abordaron cuando bajó a comprar.

A Raposo se le ha secado la boca, pese al vino.

—¿Y?

—La impresión es que la viuda vende.

—No jodas.

Milot encoge los hombros y bebe despacio su vino. Raposo liquida el suyo sin respirar.

—¿Se ha hecho el pago? —pregunta, ceñudo.

—Todavía no, aunque yo diría que están en eso... Desde la casa, que está aquí cerca, en Saint-Antoine, tus dos viajeros fueron a su hotel de la rue Vivienne, y de allí a la banca Vanden-Yver, que está en la misma calle, un poco más arriba, donde mostraron una carta de pago por valor de dos mil libras. Que, según he podido saber, es válida y se les está tramitando.

—¿Retiraron el dinero?

—He dicho que está en trámite. Esas cosas llevan su papeleo. Requieren tiempo, firmas, sellos y demás. Por lo que sé, tienen previsto volver mañana.

Raposo vuelve a estirar las piernas junto a la estufa, alarga el vaso vacío y Milot se lo llena de nuevo con la jarra que todavía humea.

—Adivino lo que piensas —dice el policía—. Y estoy de acuerdo. Tienes dos posibilidades: hacerte hoy con la carta de pago, o mañana con el dinero.

Raposo se calienta las manos con el vaso.

—¿Qué harías tú?

—Hombre, la carta de pago es más fácil de robar. Imagino que a estas horas la tienen de nuevo en sus habitaciones del hotel. Sólo habría que buscarla.

Un destello de interés. Técnico.

—¿Es posible?

Milot sonríe, torcido.

—Aquí todo lo es, tocando las teclas debidas... El inconveniente es que si te hicieras con ella no aprovecharía a nadie, ni siquiera a ti, porque una carta de pago requiere firmas, identificaciones y todo lo demás.

Raposo mira su vaso, bebe un sorbo y lo vuelve a mirar.

—Pero un simple papel es fácil de coger y destruir, si hace falta —dice tras pensarlo un momento.

—Por descontado —Milot baja la voz—. El fastidio es que habría que actuar esta tarde o esta noche, cuando no estén en su habitación... La cosa es complicada, y tiene sus riesgos.

—¿Y el dinero en contante y sonante?

—Eso ya es otra cosa. Una vez cambia de manos, el dinero sigue siéndolo, y además no tiene nombre: es de quien lo tiene. Sería lindo metálico para ti, y también para mí —le guiña un ojo a Raposo—. En eso iríamos a medias, ¿no?

—Claro. Descontando lo que te he dado ya.

—Me parece justo —admite el policía—. Y desde luego, me inclino por esa opción: caerles encima cuando hayan cobrado el dinero y vayan a entregarlo.

—¿Propones un robo a la luz del día, en pleno París?

—Exacto.

—¿Así de fácil?

La voz de Milot se ha convertido en un susurro.

—Seguramente mañana seguirá lloviendo, y eso facilita las cosas. Y éste es mi territorio, no lo olvides... Otra ventaja es que dos mil libras, o lo que vayan a pagar de esa cantidad a la viuda, no ocupan mucho. Lo normal es que en Vanden-Yver lo reciban todo en luises de oro; y eso serán ocho o nueve cartuchos sellados de diez monedas: algo que puede llevarse en los bolsillos.

En ese punto, Milot se queda atento a la expresión de Raposo. Éste bebe a sorbos, pensativo, hasta apurar el vaso.

—Parece posible —admite tras un instante.

—Pues claro. Se les vigila, y les caemos encima apenas salgan del banco. Desde la rue Vivienne hay varios lugares a propósito.

—¿Y si van en coche?

—Da lo mismo. Se les para en mitad de la calle.

—¿Lo haríamos tú y yo?

—¿Te has vuelto loco? —el otro mira a los soldados dormidos como si éstos pudieran oírlos—. Olvidas que tratas con el viejo Milot. Tengo a la gente adecuada.

—¿De plena confianza?

Milot suelta una carcajada.

—La duda ofende, compañero. Tratas conmigo, repito... Nosotros estaríamos cerca, atentos. Listos para embolsarnos los luises.

Sigue un silencio. Raposo le da vueltas entre los dedos al vaso vacío. Imagina el día siguiente, bajo el aguacero, en cualquier lugar de la ciudad. Los académicos sorprendidos. Sus posibles reacciones. Los eventuales peligros.

—Tú decides —apunta el policía.

Asiente Raposo, al fin. Convencido.

—De acuerdo. Lo haremos mañana.

—Eso merece un trago, o varios —Milot llama a la camarera—. Al fin y al cabo, el dinero de los tontos es el patrimonio de los listos.

 

La noche cayó hace rato y la lluvia se dibuja en rachas amarillentas a la luz de los faroles colgados de sus poleas. Don Pedro, don Hermógenes y el abate Bringas caminan apresurados, los dos primeros protegiéndose bajo un parasol de tafetán encerado, con el sombrero y el gabán empapados el abate. Por fortuna, el incómodo trayecto es corto, pues desde donde han cenado hasta la rue Vivienne y el hotel de los académicos, la distancia es poca. En este momento recorren la rue Colbert, junto a la Biblioteca Real, esquivando el agua que cae de los tejados hasta que cada carruaje que pasa, salpicando barro en la calle desprovista de aceras, los obliga a pegarse a las fachadas y recibir encima, sin remedio, los chorros de lluvia.

—A remojo, pero bien cenados —bromea Bringas, chapoteando en los charcos.

Los pisotea como un niño, pues va tan rezumante de agua que parece darle igual. También camina un poco achispado, como cada vez que se levantan de una mesa. Esta noche ha sido la del hotel Beauvilliers de la rue Richelieu: decoración refinada y comida a la carta. El local también es caro; pero, a sugerencia de Bringas, los académicos decidieron celebrar el hallazgo de la Encyclopédie con otra cena memorable. Y así, entre los tres y con el decisivo concurso del abate —don Hermógenes tampoco se quedó atrás—, han pasado un par de gratas horas despachando exquisiteces en vinagre y mostaza, paté de atún de Tolón, foie gras del Périgord y becadas de Douves, ayudándose con dos botellas de buen vino de Anjou.

—París con lluvia es un extraordinario espectáculo hidráulico —comenta Bringas, sarcástico—. Vean si no: veinte mil chorros de agua cayendo desde cincuenta pies de altura, arrastrando toda la suciedad e inmundicia de los tejados y las casas, con cocheros y caballos levantando surtidores de barro que atacan desde abajo y las calles convertidas en torrentes resbaladizos... Una delicia, voto a Dios.

—Al menos, esto limpia las calles —apunta don Hermógenes.

—¿Al precio de ahogar al indefenso peatón?... Ah, no, señor mío. La lluvia es lo que peor llevo de esta tierra de promisión y asilo... Puestos a eso, prefiero la suciedad y las moscas del enjuto Madrid. Allí, al menos, te apestas y pudres en seco.

Pasa otro carruaje, obligándolos a pegarse de nuevo a una fachada y recibir el torrente de los canalones. En voz alta y clara, que se alza sobre el repiqueteo de la lluvia, Bringas insulta al cochero llamándolo bellaco y otras lindezas. Después se refugian en un portal abierto, bajo un farol encendido, para darse reposo. Bringas sacude su gabán y don Pedro abre y cierra el parasol. Cada uno de ellos, con lo que gotea, forma un charco de agua en el suelo.

—¿A qué hora iremos mañana a la banca Vanden-Yver? —pregunta don Hermógenes.

—Aquí suelen abrir a las nueve —informa Bringas.

—No hay que apresurarse, entonces —comenta el almirante—. La cita en el despacho del hijo de la viuda Hénault no es hasta las doce.

—¿No es demasiado dinero para llevarlo por la calle? —se inquieta el bibliotecario.

—Por eso lo digo. No es cuestión de pasear por París con mil quinientas libras encima.

—Ya han visto que es una ciudad segura —advierte el abate—. Alguna ventaja debía tener que esté infestada de guardias, policías, confidentes y otros paniaguados de la tiranía. Aquí asaltas a un ciudadano y das con un esbirro.

—Aun así —opina el almirante—. Lo mejor será desayunar tranquilos e ir luego a Vanden-Yver. Sobre las diez y media —se ha vuelto hacia Bringas—. ¿Conoce usted el lugar donde el abogado Hénault tiene su despacho?

—Sí. Frente al café del Parnaso, en la bajada del Pont Neuf, cerca del Louvre. Si llegamos demasiado pronto podemos tomar algo en el café, que es un sitio seguro, frecuentado por abogados, leguleyos y procuradores del palacio de Justicia.

—Perfecto. Podríamos reunirnos en nuestro hotel a las ocho y media. ¿Le va bien?

—De perlas.

Se preocupa don Hermógenes.

—Aun así —dice—, es temprano para usted, señor abate, pues desde su casa a la rue Vivienne hay un trecho. Y puede seguir lloviendo.

Bringas se ha quitado el sombrero y la peluca y sacude ambos. Bajo el cráneo rapado a trasquilones brilla la cara salpicada de gotas de agua.

—No se preocupen. La causa lo vale, y madrugaré con mucho gusto.

—No sé cómo agradecerle cuanto ha hecho por nosotros —dice don Pedro.

La luz incierta que llega del exterior difumina la sonrisa satisfecha del otro.

—Está siendo un placer. Y en cuanto al agradecimiento, no se preocupen. Gracias a ustedes, las comidas son pantagruélicas. Hacía años que no zampaba tanto, tan bien y tan seguido.

—Aun así —insiste el almirante—, le hemos quitado mucho tiempo, y causado molestias. Nuestra deuda...

—No hablemos más de eso.

—Desearíamos...

Bringas lo observa, penetrante, y al cabo hace un ademán casi irritado.

—¿Qué es lo que desearían, señor?

—No se ofenda, querido abate. Pero querríamos compensarlo por todo este tiempo. Por sus amabilidades.

El otro lo mira como si no diera crédito a lo que escucha.

—¿Habla de dinero?

—En realidad —el almirante busca con cuidado las palabras— hablo de gratificarlo a usted por sus servicios.

Sigue un silencio largo e incómodo, empleado por Bringas en estudiar minuciosamente su peluca. Al cabo se la encasqueta de nuevo, majestuoso.

—Señor almirante... Usted, como aquí, don Hermógenes, habrá notado que mi situación financiera no es envidiable. ¿Verdad?

—Eso parece, al menos. Ya que lo pregunta.

El abate mira ahora su sombrero, lo sacude otra vez y lo frota con una manga antes de encajárselo con cuidado sobre la peluca.

—Vivo como puedo. Y en ciertas malas rachas, que son penosamente frecuentes, no me importa reconocerlo, paso hambre... ¿Me siguen?

—Más o menos —responde el almirante, inseguro de a dónde va a parar Bringas.

—Bueno, pues en mi hambre mando yo.

—¿Perdón?

—Eso. Lo dicho. Mi tiempo lo invierto en lo que quiero, y estos días he decidido invertirlo en ustedes.

—Pero...

—No hay pero ni pera ni manzana que valga —Bringas hace una pausa y los mira alternativamente con ojos acerados—. Ustedes son hombres dignos, y su causa, noble. Yo nunca seré académico de la Española ni de la de aquí... Pero permítanme creer, o tener la grata certidumbre, de que esa Encyclopédie ayudará a iluminar un rincón de la patria cerril de la que tuve que marchar. A cambiarle y hacerle un poco mejor: más lúcida, culta y digna... Con eso me doy por bien pagado.

—Es usted de una nobleza abrumadora —admite don Hermógenes tras un breve, admirado silencio en el que no se oye más que caer la lluvia afuera.

Sonríe Bringas condescendiente. Majestuoso.

—Lo sé, aunque depende un poco de los días —ahora se ha vuelto hacia el almirante—. Por curiosidad, ¿cuánto tenía pensado pagarme?

Parpadea éste, sorprendido. Con la guardia baja.

—Pues no sé —empieza a decir—. Yo, la verdad...

—Vamos, señor —lo anima Bringas—. A estas alturas, hay cierta confianza.

El almirante mira a don Hermógenes en demanda de auxilio, pero éste se encuentra tan desconcertado como él.

—Por favor —insiste el abate—. No me dejen con esa duda.

—Vaya, pues... En fin —el almirante hace un gesto vago—. Quizá cien o ciento cincuenta libras. Algo así.

Se yergue Bringas, airado, en la penumbra plomiza del portal.

—¿Y no cayó en la cuenta de que me insultaba?

—Le ruego que me disculpe, señor abate. Estoy desolado. Nunca en mi vida...

—El almirante tiene razón —tercia don Hermógenes—. Él nunca osaría...

—Yo no habría aceptado menos de doscientas. Es cuestión de principios.

Se miran los dos académicos y después vuelven a mirarlo a él.

—Quiere usted decir... —interpreta el almirante.

Alza una mano imperiosa Bringas, dando por concluida la conversación.

—Que me ha convencido, señor. Ya que insiste, y por tratarse de ustedes, aunque no sin repugnancia ética, aceptaré esa cantidad.

 

Al hotel de la Cour de France, un venerable edificio de piedra blanca que se destaca en la penumbra de la calle mal iluminada, se accede por una amplia puerta cochera desde la rue Vivienne, que comunica con un patio interior embaldosado donde repiquetea con fuerza la lluvia. Los dos académicos y su acompañante llegan empapados al vestíbulo, donde el almirante ofrece a Bringas beber algo, a modo de reconstituyente, antes de que éste siga camino hacia su casa.

—No está usted en condiciones de irse sin un respiro. Chorrea como una esponja. Así que pase, acomódese un rato y tome algo, a ver si mientras tanto cede un poco este infame aguacero.

—Estoy hecho a la más dura inclemencia, señor —opone Bringas, solemne—. Como al infortunio.

—No me cabe duda, hombre. Pero un poco de descanso, calorcillo y estímulo le sentarán bien... Pase y quítese ese gabán mojado.

Acepta al fin el abate, y se acomodan los tres en el saloncito adornado con motivos de caza, a la luz de la chimenea, humeantes las ropas de vapor, mientras el mozo de noche trae la bebida solicitada para Bringas: un vaso de aguardiente con una yema de huevo dentro. En la bandeja del ponche viene un billete cerrado y lacrado, dirigido a don Pedro, que éste sostiene en la mano, sin abrir, mientras atiende cortés a la conversación del abate, que se ha quitado la peluca por el calor y gesticula con ella en la mano.

—Ah, si no fuera por el clima, que allí es peor, les aseguro que viviría en Londres, y no aquí —afirma Bringas—. Juro por Newton y Shakespeare que estaría en las orillas del Támesis, saludando los aires de libertad de un pueblo que supo decapitar a un rey...

—¿Y eso le parece saludable? —se escandaliza don Hermógenes.

—Claro, señor. Por completo. Me parece hasta higiénico. Gracias a ese bello ejemplo, los siguientes reyes tomaron buena nota; y esa isla, hoy famosa por sus libertades ciudadanas, prueba que, con reyes o sin ellos, son posibles los buenos gobiernos.

—¿Y usted, almirante? —se interesa don Hermógenes—. Creo recordar que los ingleses no le agradan tanto como a nuestro querido amigo.

Don Pedro se ha sentado en un viejo sillón de cuero cuarteado por su cercanía al calor de la chimenea. Tiene las piernas cruzadas e inclina la cabeza con una sonrisa pensativa, resignada, mirando el sobre sin abrir.

—Como ciudadanos, comerciantes y marinos los envidio, desde luego... Creo que son un pueblo guerrero, emprendedor y admirable. Pero por mi buena o mala suerte nací español, y como tal no me queda otra que aborrecerlos, pues siempre fueron enemigos naturales de mi patria.

—Qué diferentes son los pueblos —comenta Bringas, que sigue de pie y de espaldas al fuego, su taza de aguardiente en una mano y la peluca en la otra—. El inglés, robusto y bien alimentado, recolecta el fruto de su esfuerzo y su osadía. El francés es triste: no ríe en el campo, donde trabaja como un buey, ni en la ciudad, donde mira de reojo el lujo de los nobles y rumia futuros ajustes de cuentas... El italiano despierta a veces de su letargo para atender el llamado del amor, la pasión o la música. El alemán trabaja, bebe, ronca y engorda. El ruso se deja esclavizar y ara el campo como una bestia...

—¿Y nuestros compatriotas? —se adelanta impaciente don Hermógenes.

—¿El español?... De ése no me hable. Envuelto en su capa y en sus quimeras, despreciando cuanto ignora, que es casi todo, duerme la siesta bajo la sombra de cualquier árbol, esperando que la Providencia le procure sustento y le saque de apuros.

—No es mala pintura —ríe el bibliotecario.

—Resulta natural. De toda la gente de letras que trato, soy el único que conoce al pueblo, porque me mezclo con él... No ando mendigando migajas en la mesa de los ricos, como Bertenval y esos filósofos de pacotilla del café Procope.

Don Hermógenes se fija en el sobre cerrado que don Pedro sigue teniendo en las manos.

—Debería usted leerlo, almirante. Pueden ser noticias serias.

—Claro —apunta Bringas—. Háganos el favor.

Asiente don Pedro, se excusa, rompe el lacre y abre el billete. Luego lee, y sólo un extremo control de sí mismo impide que las emociones se le pinten en el semblante.

 

Feliz por el resultado poco grave del incidente quisiera expresar personalmente mi satisfacción. Le recuerdo la invitación a desayunar que hice el otro día. Lo espero mañana en casa, a las nueve.

Margot Dancenis

 

—¿Alguna mala noticia? —inquiere don Hermógenes, preocupado por el silencio de su compañero.

—No, en absoluto —responde el almirante tras reflexionar un momento—. Pero hay una dificultad... Mañana tendrán que ir sin mí a la banca Vanden-Yver, a retirar el dinero. Ha surgido un compromiso imprevisto.

El bibliotecario le dirige una mirada inquieta.

—Vaya... ¿Es algo serio?

—No en sentido grave. De modo que, si no tienen inconveniente, nos reuniremos después en ese café que mencionó el señor abate.

—El Parnaso —apunta Bringas.

—Muy bien —don Pedro asiente, impasible, mientras se guarda el billete en la manga de la casaca—. Nos veremos allí, a las doce menos cuarto, para ir juntos al despacho del abogado.

 

Después de un par de semanas de investigación regresé de París con la trama de la novela organizada, a falta de los capítulos finales. Quedaba por delante la parte más dura y menos divertida: la escritura constante, adelante y vuelta atrás, la corrección interminable, sometida a continua revisión, que aún iba a llevarme un año de trabajo. Pero el argumento principal, la historia de los dos académicos, su viaje y los hechos que sucedieron, se sostenía ya por sí sola. A esas alturas yo sabía cuanto era posible averiguar sobre lo ocurrido; y el resto, las lagunas, los puntos oscuros, la parte imposible de establecer con rigor documental, era capaz de reconstruirlo, o imaginarlo, con la veracidad adecuada.

La visita privada que don Pedro Zárate hizo a madame Dancenis me preocupaba un poco. Sabía que iba a encontrarme con una situación incómoda para el almirante; que, por supuesto, perfecto caballero como fue toda su vida, no dejó constancia alguna del episodio en su correspondencia, ni tampoco en la memoria del viaje elevada más tarde a sus compañeros de la Española. Aquí no había más remedio, por tanto, que imaginar cómo habían ocurrido las cosas durante el famoso desayuno. Por fortuna, el detallado libro de Mary Summer impreso en 1898, Quelques salons de Paris au XVIIIe siècle, y el ya muy subrayado y anotado Tableau de Paris de Mercier me proporcionaron algunos indicios valiosos sobre las costumbres sociales de madame Dancenis; pormenores que pude ampliar más tarde con un largo artículo que Chantal Keraudren, la buquinista del Sena y profesora de Historia, acabó por hacerme llegar tras rescatarlo por casualidad, según me contó, de un número atrasado de la Revue des Deux Mondes. El artículo, firmado en 1991 por Gérard de Cortanze, se refería a textos de memorias galantes de la Francia prerrevolucionaria, y en él se mencionaba dos veces a Margot Dancenis.

Completé ese material con otro detenido estudio, esta vez lupa en mano, del retrato del matrimonio Dancenis hecho por su amiga Adélaïde Labille-Guiard, del que había conseguido una buena copia. Era importante para mí penetrar un poco más el carácter de Margot Dancenis a través de su aspecto, buscando en ella la manera en que aquella mujer singular y libre de costumbres había encarado los sentimientos, puntos de vista y libertades propios de su tiempo. El retrato, desde luego, le hacía honor, y no sólo en lo físico. En contraste con el aspecto doméstico del marido, la ropa de campo a la inglesa, la chaqueta de montar y el sombrero de amazona le conferían a ella un aire de serena firmeza. Una fresca y aplomada desenvoltura. Y aquel libro de Rousseau en su regazo obligaba a que la mirada del espectador se dirigiese después a los ojos de ella, hermosos y muy oscuros, enmarcados por los rizos de cabello negro sin empolvar que se le derramaban bajo el ala corta y la pluma de faisán del sombrero. Esa mirada lo resumía todo: su inteligencia, su serenidad, sus pasiones. En aquellos ojos, comprendí, era posible reconstruir cuanto había ocurrido durante el desayuno con el almirante.

Y así, disponiendo ya de todo eso, una vez instalado en Madrid frente al teclado de mi mesa de trabajo, pude abordar por fin la situación. Rehacer, también en este caso con ayuda del plano de París de Alibert, Esnauts y Rapilly, lo sucedido aquella mañana, cuando don Pedro Zárate, tras pasar bajo los soportales y entre los andamios de las obras del Palais-Royal a fin de protegerse de la lluvia, cruzó la rue Saint-Honoré para franquear la verja negra y dorada del elegante hotel de los Dancenis; en cuya puerta, tras tirar de la campanilla, entregó a las nueve en punto su tarjeta a un mayordomo.

 

—Me encuentra usted en pleno dilema: qué tono de carmín usar hoy. Elegirlo es un asunto capital. Las actrices usan el rouge para que las favorezca la luz de las bujías, la cortesana elegante se da un toque procurando no parezca excesivo, la mujerzuela se embadurna como la mujer de un carnicero... En el tono de rojo está el detalle en París, señor.

Bellos cabellos recién peinados, rasgos finos con un suave toque de maquillaje, luz adecuada, combinación de postigos abiertos al día gris y velas encendidas. Todo está dispuesto con deliberación y buen gusto, pues madame Dancenis tiene sentido de la escena y de las situaciones. Ha recibido al almirante sentada en la cama, la colcha subida hasta el regazo y almohadones a la espalda, vestida con un peinador ligero que resalta, más que oculta, las formas que se adivinan bajo el camisón de satén. Sobre la colcha hay una bandeja de desayuno con doble servicio de plata y porcelana; a un lado, un libro abierto puesto boca abajo; y al alcance de la mano, sobre la mesilla de noche, los tres frascos de carmín sobre los que, con toda naturalidad, la mujer ha empezado la conversación.

—Pero siéntese, almirante —Margot Dancenis señala una silla forrada de terciopelo, junto a la cama—. ¿Tomará café?

—Por favor.

—¿Con leche?

—Solo.

—A la española, entonces.

—Eso es.

Ella misma le sirve una taza y se la entrega, humeante. Al inclinarse hacia ella, don Pedro percibe la fragancia de perfume delicado que hoy recuerda el aroma de jazmín. Después, mientras se lleva la taza a los labios, el almirante mira alrededor. La alcoba está decorada con cuadritos, siluetas, miniaturas y objetos caros a la moda parisién: la estatuilla de un mago de la China, un desnudo de Klingstedt en tinta negra, unas figuritas de las llamadas pantines que representan a Octavio, Lucinda y Scaramouche, y una docena de cajas lacadas de varias formas y tamaños. El tapiz que adorna la cabecera de la cama —una escena galante de merienda campestre— debe de valer, al menos, diez mil libras.

—Nos ha fallado madame Tancredi, que también estaba invitada al desayuno. Se encuentra en cama con migraña, según parece. Y Des Veuves, mi peluquero, ha tenido que marcharse hace un instante, después de arreglarme un poco. Espero que no le importe, señor.

—En absoluto.

—Coëtlegon viene a veces, a tomar café. Es un loco del café. Pero hoy no está en condiciones, claro.

Conversa desenvuelta, impasible, mirando a don Pedro con sólo una levísima sonrisa en la comisura de la boca. Sin decir nada, el almirante sostiene su mirada con calma mientras bebe otro sorbo de la taza. La luz de la habitación, tan artísticamente dispuesta como para un cuadro, favorece mucho a Margot Dancenis: suaviza los aún leves estragos de la edad, desvanece los últimos rastros de la noche, resalta la expresión de los ojos negros y atentos, la belleza de su garganta y la blancura de su piel. Sin olvidar, por supuesto, las formas que se adivinan bajo el peinador. Algo así, concluye el almirante, como una atractiva Diana saliendo del sueño. O del baño.

Ella parece adivinar sus pensamientos. O quizá los adivina por completo, sin error posible.

—En París, toda mujer de mundo hace cada mañana dos toilettes —dice con una sonrisa—. La primera es secreta, y ni los amantes asisten. Ellos no entran más que a la hora indicada, pues se puede traicionar a una mujer, pero nunca sorprenderla... La segunda viene después: una especie de juego inventado por la coquetería. Un peinador que se desliza, un deshabillé más o menos sugerente... Todo eso, entre polvos de tocador, gasas y tules sutiles, cartas a medio leer y un libro abierto sobre la colcha, como este que ve... Espero estar siendo canónica, señor.

Ahora es el almirante quien sonríe.

—No le quepa duda. El buen gusto y la belleza lucen más de este modo que en vestido formal... Su aspecto, señora, es propio de un delicioso azar.

—Nada de azar —ella frunce los labios en un mohín falsamente ofendido—. Esa palabra sólo es sinónimo de ignorancia. El trabajo, la sagacidad, la paciencia, el cálculo, son lo que suministra la naturaleza para descubrir sus más preciados tesoros.

—No se hace justicia. El cálculo le resulta innecesario. Usted es como es.

Lo ha dicho demasiado rápido, sin reflexionar apenas. Casi con vehemencia. Margot Dancenis lo mira un instante en silencio, extrañamente pensativa.

—Se lo agradezco —dice al fin—. Por la mañana, sólo mi perrito Voltaire y los buenos amigos tienen libertad de entrar aquí. Las ventanas no están abiertas del todo, y la jornada no empieza más que a mediodía. Muchas mujeres de París no se levantan hasta la tarde, y se acuestan al amanecer. Mujeres decentes; o al menos, oficialmente lo son.

A veces calla un momento entre dos frases o palabras, con la mirada siempre atenta al almirante. Estudiando minuciosa cada uno de sus gestos, o el efecto de sus palabras. Y cada vez, don Pedro se lleva de nuevo la taza a los labios, encajando estoico su observación.

—Con tantas nodrizas, gobernantas, preceptores, colegios y conventos —prosigue madame Dancenis—, algunas ni siquiera se percatan de que son madres. Esas mujeres de pechos intactos... Antes, un pecho marchito era bello: había amamantado hijos, y eso lo embellecía. Hoy... Bueno, yo nunca tuve esa suerte. No he tenido hijos, ni creo que los tenga ya. Pronto, mi aspecto...

Lo deja ahí, y el silencio calculado suscita otra suave sonrisa en el almirante.

—Su aspecto, señora, será siempre de lo más adecuado. Con hijos o sin ellos.

—Al menos me ahorro, de momento, lo del pecho marchito.

Sigue otro silencio: una breve pausa, que ella emplea en retorcer con los dedos un encaje de la colcha.

—A falta de embarazos, cuando quiero parecer interesante siempre me pongo algo enferma... Estar enferma en París es un estado habitual. Las mujeres lo elegimos a menudo como el más adecuado. Vapores, es la palabra.

La mollesse est douce, et sa suite est cruelle —dice el almirante.

—Vaya —lo está mirando con sorpresa—. ¿Ha leído a Voltaire?

—Lo normal.

Llevándose con delicadeza una mano al cuello, ella emite una graciosa carcajada.

—En un español, leer a Voltaire no tiene nada de normal.

—Le sorprendería, señora, los muchos que allí lo leen.

—¿En la Academia?

—Y fuera de ella.

—¿A pesar de las prohibiciones?

—A pesar de todo.

—Mi padre, desde luego, no lo leía. Y ninguno de sus amigos. Tampoco en mi colegio de monjas el impío filósofo resultaba apreciado. Hasta el nombre estaba prohibido pronunciar... Te azotaban.

—¿La azotaron alguna vez? —se sorprende don Pedro, casi imprudente.

Ella sonríe con aplomo, de un modo tan extraño que lo hace vacilar.

—Nunca de niña.

—Oh, bueno —el almirante se remueve en la silla, sin saber cómo salir de aquello—... Quiero decir que, en fin... Los tiempos cambian.

—Mucho tendrán que cambiar allí abajo, me temo... ¿Más café?

—Por favor.

Acerca él su taza, aliviado por cambiar de asunto, y Margot Dancenis vierte otro chorro oscuro, ya tibio, de la cafetera.

—De todas formas —dice ella, retomando el hilo de la conversación—, el principio es cierto: la debilidad sienta bien a una mujer, y nosotras lo sabemos. Nos interesa parecer delicadas y necesitadas del hombre.

—Eso halaga el amor propio de quien es testigo de esa modestia —confirma el almirante.

Ella lo mira con renovado interés.

—Pero nos vuelve mortalmente aburridas. Una mujer que sufre de vapores no hace nada más que ir del baño al tocador y del tocador a su sofá otomano. Aquí en París, a seguir en un coche una lenta y aburrida fila de carruajes, a entrar en una tienda de Saint-Honoré, lo llamamos pasear. Algunas identifican condición femenina con la más estúpida languidez.

Alzando una mano, tira del cordón que hay junto a la cabecera para llamar a la doncella. A diferencia de la habitual campanilla española, ha observado el almirante, las casas de París están cruzadas por todas partes de esos cordones que llaman sonnettes. Es plena moda.

—Las parisinas somos delgadas —comenta madame Dancenis—. La desesperación es engordar a partir de los treinta, y debérselo todo a los corsés y las varillas de ballena. Algunas beben vinagre para conservar la cintura. Por eso se les queda esa cara.

Una sirvienta joven y bonita, vestida con gracia, entra en la alcoba, arregla los almohadones de su señora y retira el servicio de desayuno.

—Tiene usted una doncella encantadora —comenta el almirante, cuando se va.

—Las doncellas no tienen los vicios de los lacayos. Adoptan los modales de las mujeres a las que sirven, y se cultivan así... Cuando se casan con pequeños burgueses, ellas tienen un aire distinguido que impresiona mucho a los de su clase, y un ojo poco experto incluso las tomaría por personas del gran mundo: por demoiselles y madames.

—He observado que en París se abusa un poco de esos tratamientos.

—Se dice demoiselle a todas las jóvenes a las que no se tutea. También se llama madame a todas las mujeres, desde la duquesa a la lavandera o la florista, y pronto ya no llamaremos a las jóvenes sino madame, pues hay tantas viejas demoiselles que son equívocas... ¿Qué piensa usted de las mujeres de París?

—No sé qué responder a eso... Interesantes, desde luego. Desenvueltas, un punto descaradas. Mucho más de lo que acostumbran en España.

—Aquí, hechas a estar en lugares públicos y a tratar con hombres, las mujeres tienen su propio orgullo, su audacia y hasta su propia mirada... Las burguesas, dedicadas a los maridos e hijos y a las tareas de la casa, son ahorrativas, prudentes y trabajadoras... Las de clase alta escriben diez o doce billetes al día, envían solicitaciones, asedian a ministros. Colocan a sus amantes, sus maridos, sus hijos...

—Rousseau escribió cosas muy duras de las mujeres de París.

Margot Dancenis parpadea, de nuevo sorprendida.

—¿También leyó al buen Jean-Jacques?

—Un poco.

—Es usted una mina de hallazgos, señor... En todo caso, a Rousseau no le faltaba razón. Las parisinas solemos ser derrochadoras, galantes y frívolas. Empleamos el día en pedir, y la noche en conceder. Es el marido quien debería influir en la mujer; pero como las tres cuartas partes de los hombres carecen de carácter, de fuerza y de dignidad, son ellas quienes se hacen cargo a menudo de las cosas... Aquí, no importa el origen humilde, la belleza de una griseta o de una florista puede arrastrar al duque, al mariscal de Francia, al ministro y hasta al rey. Y mandar a través de ellos.

—Eso en España es imposible —apunta el almirante.

—Lo dice como si se alegrara de eso.

—Y es verdad: me alegro. Con todos nuestros defectos, nuestros reyes y grandes hombres tienen dignidad, porque el pueblo se la exige... Allí las amantes no intervienen en política. Sería indecoroso. Algo intolerable.

Sobreviene un silencio. Ella sigue mirándolo con fijeza.

—Pensará usted que soy coqueta.

—En absoluto.

—No soy coqueta —ahora modula una suave sonrisa—. Sólo sé que el interés de los hombres por las mujeres los hace más ingeniosos y divertidos. Audaces, incluso. Así que me dejo querer. A mis años. ¿Calcula usted mis años, señor?

Se yergue el almirante en su silla, casi con sobresalto.

—Nunca me atrevería... Aunque está en una edad en la que cualquiera podría atreverse, sin ser descortés.

Ella entreabre los labios, complacida.

—Es usted un verdadero gentilhombre.

—Exagera, señora mía.

Don Pedro mira uno de los cuadritos con siluetas negras colgados sobre el papel que decora la pared. En la figura, pintada con tinta de China, se reconoce muy bien a la dueña de la casa. Su perfil es fácilmente identificable: delicado y elegante, con peinado de calle y una sombrilla en las manos. Madame Dancenis ha seguido la dirección de su mirada y de nuevo sonríe, complacida.

—Sitúeme hacia los cuarenta, o próximos, y no errará demasiado.

Mueve don Pedro la cabeza, negando casi con dulzura.

—Una mujer hermosa nunca tiene cuarenta años: tiene treinta o tiene sesenta.

—Vaya, señor. Posee usted talento. O mejor, eso intraducible al español que aquí llamamos esprit.

—Lo único que tengo es sentido común.

Esta vez la pausa es larga y muy grata. Ella se mira las manos blancas y cuidadas, de uñas perfectas. Después toca levemente el libro que está boca abajo sobre la colcha y suspira con suavidad antes de alzar, de nuevo, los ojos hacia el almirante, que sigue mirando el cuadrito.

—¿Le agrada esa silueta?

—Mucho.

—La dibujó mi amiga Adélaïde Labille-Guiard.

—Es muy delicada. Le hace a usted plena justicia.

La ve sonreír, melancólica.

—Hay un momento cruel —dice ella tras un instante— para toda mujer que haya excitado el deseo de los hombres y los celos de otras mujeres: cuando el espejo le dice que ya no es tan bella como antes.

Asiente don Pedro, cauto.

—Es posible... Supongo que será un golpe duro, cuando llega el caso.

Madame Dancenis parece ahora ensombrecida, como si la luz de la ventana y la del candelabro hubieran dejado súbitamente de favorecerla.

—No imagina cuánto. Mucho más que el del ministro que, de un día para otro, se ve desprovisto del poder o del favor del rey. Y sólo hay dos soluciones, llegadas a ese punto: la devoción religiosa o el talento que permite envejecer con dignidad. Así, tras haber tenido buen número de amantes, una mujer debe considerarse afortunada si sabe convertir a alguno de ellos, el más inteligente, en un fiel y leal amigo.

—Me parece algo muy puesto en razón.

—Lo es. Porque, cuando se desvanece la ilusión de las primeras pasiones, la razón se perfecciona... Una mujer de cuarenta años puede volverse una excelente amiga, se vincula al hombre cuya amistad estima, y le hace mil servicios.

—Es natural —opina el almirante—. Hay mujeres admirables, acostumbradas a pensar. Damas inteligentes, libres de espíritu, que se sitúan por encima de los prejuicios y combinan el alma fuerte de los hombres con la sensibilidad de su sexo.

—Eso es muy cierto. Quizá por eso, las mujeres de talento aman más tiernamente a sus viejos amigos que a sus jóvenes amantes... Ellas pueden engañar a veces al marido o al amante, pero nunca al amigo.

Nueva pausa. Madame Dancenis vuelve a mirar el libro, del que don Pedro no alcanza a leer el título en el lomo.

—Por cierto: le escribí una nota breve porque temía cometer algún error ortográfico... Mi español se va apagando con la falta de uso, y habría sido imperdonable con un académico.

—Una mujer como usted puede fallar en la ortografía, pero jamás falla en el estilo.

La sonrisa de ella es ahora radiante. Fundiría, decide don Pedro, no ya todo el chocolate de la rue Saint-Honoré, sino todo el hielo acumulado en el Ártico.

—Me gusta usted, señor. A menudo sonríe en lugar de responder. No busca ser ingenioso, tener esprit. Es de los que dejan hablar a los otros y sabe escuchar, o lo aparenta.

Incapaz de responder a eso, don Pedro se limita a sostener la mirada de su interlocutora. Margot Dancenis se mueve un poco, acomodándose mejor en los almohadones, y sus formas se moldean con más evidencia bajo el peinador y el satén ligero del camisón.

—Una mujer perspicaz —continúa ella— adivina al pedante en la tercera frase, y es capaz de ver el talento del que guarda silencio.

Ha cogido el libro y se lo muestra como quien comparte un secreto.

—Cada mañana leo media hora antes de levantarme —añade—. Ahora estoy con éste. ¿Lo conoce?

Lo toma en sus manos el almirante. Es un volumen en octavo encuadernado en piel, con ilustraciones. Thérèse philosophe, lee en la portadilla. Por Boyer d’Argens.

—No lo conocía.

—Es lo que aquí llaman lectura filosófica... O galante.

—¿Un libro libertino? —se sorprende don Pedro.

—Sí —ríe ella—. Eso suena más exacto.

Pasa el almirante algunas páginas. Para su sorpresa, las ilustraciones son abiertamente pornográficas. Cuando alza los ojos hacia madame Dancenis, comprueba que ella acecha el efecto en su rostro, divertida.

—Hay lecturas galantes convencionales, o casi inocentes, como Paméla, Clarisse Harlowe o La Nouvelle Héloïse... Ésa va un poco más allá.

Bastante más allá, comprueba don Pedro mientras sigue pasando páginas y se esfuerza por mantener una expresión impasible. Una de las ilustraciones, absolutamente explícita, muestra a una mujer desnuda, entre sábanas, siendo penetrada por un hombre.

—Hay mujeres convencidas de que pueden decidir sobre un libro como si fuera una bola de polvos o una cinta para el sombrero —está diciendo madame Dancenis con toda naturalidad—: según el color y la encuadernación. Son las que te dicen muy serias que ellas prefieren Racine a Corneille, o viceversa... Las mujeres realmente distinguidas han renunciado a ese ridículo de femmes savantes, tan de moda hace treinta años, para dejar a las mujeres de académicos defender la reputación de sus maridos y juzgar el talento de los jóvenes o viejos autores... Esta clase de novelas no sólo son más divertidas, sino que te hacen más consciente de ti. Más libre.

Sigue pasando páginas don Pedro. En otra ilustración, una joven de senos desnudos acaricia la espalda de un hombre que se ocupa muy a fondo, y desde atrás, de otra mujer arrodillada. Al llegar a la tercera estampa —tres monjes que acarician diversos lugares de la anatomía de una muchacha cuya ropa levantan—, el almirante cesa de hojear el libro y lo deja sobre la colcha, sin comentarios.

—En París —prosigue Margot Dancenis—, el amor no es más que un libertinaje mitigado, un ejercicio social que somete nuestros sentidos sin comprometer la razón ni la obligación. Delicado por su inconstancia, no exige sacrificios que nos cuesten caros. El seductor no lo es sino para la que quiere ser seducida, y la verdadera virtud puede conservarse intacta entre todo lo demás. El amor es ligero, volátil, y se esfuma con el aburrimiento... ¿Comprende lo que quiero decir?

La pausa es breve. Lo necesario para que el almirante, con destacada presencia de ánimo, trague saliva antes de responder. O lo intente, porque tiene la boca seca.

—Eso creo —dice al fin, rehaciéndose como puede—. Quiere usted decir que el amor ataca con tanta superficialidad que no hiere más que a los corazones dispuestos a ser heridos.

Ella hace ademán de aplaudir silenciosamente.

—Exacto. Por eso, mientras las cosas ocurran con discreción, un marido no es en absoluto responsable, ni nadie se burla de él. En el gran mundo, un marido en París no es dueño de su esposa, ni ésta se ve sujeta a obediencia. Cada uno vive su vida, sus amigos, sus aficiones. Se tratan con respeto. Vigilar, acosar a la esposa se considera una ordinariez burguesa... ¿Comprende?

—Claro.

—A fin de cuentas, con la virtud no se hacen más que cuadros fríos y tranquilos. Son la pasión y el vicio los que animan las composiciones del pintor, del poeta, del músico. Las que inspiran al amante audaz.

—Eso lo dijo usted el otro día, en aquella cena.

—Tiene buena memoria.

—A veces.

Nueva pausa. El silencio es ahora tan tenso que a don Pedro, estirado y recto en su silla desde hace rato, empiezan a dolerle los músculos de la espalda.

—¿Es usted audaz, almirante?

Esboza éste una sonrisa triste.

—Hace tiempo que no.

—¿Y honesto?

—Hay días en que lo intento.

—Percibo algo melancólico en usted —dice ella despacio, pensativa—. Y creo que no corresponde a los años.

Rehecho por fin, más dueño de sí —la alusión a su edad acaba, paradójicamente, por confortarlo—, el almirante encoge los hombros con íntimo desdén.

—En mi juventud viajé por una parte del mundo con cierta melancolía como equipaje... Con la seguridad prematura, o el presentimiento, de que la vida me haría perder las cosas hermosas que iba a descubrir.

—¿Por ejemplo?

—No se me ocurre ninguno —responde él tras una cortísima pausa.

—¿Está seguro?

—Sí.

Recostada en los almohadones, Margot Dancenis sigue mirándolo inquisitiva, muy atenta; pero su sonrisa parece ahora de aprobación. La carne, en el cuello y los brazos, tiene una apariencia tibia. Acogedora. Está bellísima, piensa de pronto el almirante. De nuevo. En aquel lugar. Con aquella luz.

—Rousseau aconsejaba viajar para despreciar al ser humano —comenta ella.

—Yo no lo desprecio —el almirante ha recobrado su sangre fría—. Me limito a intentar conocerlo. A observarlo.

Margot Dancenis coge otra vez el libro y pasa sus páginas, grabados incluidos, con expresión indiferente. De pronto alza rápida la vista, cual si pretendiera sorprender en el almirante un gesto que éste no controle.

—Lo que sí es usted, sin duda, es un hombre guapo —dice tras un instante.

—No sé lo que entiende por eso —parpadea don Pedro, incómodo—. A mi edad...

—Un hombre guapo es aquel a quien la naturaleza ha formado adecuadamente para realizar las dos funciones principales: la conservación del individuo, que se extiende a muchas cosas, incluida la guerra, y la propagación de la especie, que se extiende a una sola... ¿Ha besado a alguna mujer en París, señor?

Ahora la mira desconcertado. Casi al borde del pánico.

—No creo que eso... Por Dios, señora... Naturalmente que no.

—¿Naturalmente?... A diferencia de España, se besa con gran facilidad en París. Nada más natural aquí que ese detalle de afecto.

Le alarga el libro al almirante, insistiendo


Date: 2016-01-05; view: 2347


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