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YO Y EL LADRÓN

Cuando el señor Garamendi se marchó a veranear me dijo:

– Hombre, usted que no tiene nada que hacer, présteme el favor de echar, de cuando en cuando, un ojo a mi casa.

No es cierto que yo no tenga nada que hacer, y el señor Garamendi lo sabe perfectamente; pero él opina que cuando uno no sale a veranear y no es por causa de algún gran negocio, es para dedicarse totalmente al descanso de no buscar los billetes ni cargar con la familia.

Me limité a preguntar:

– ¿Qué entiende usted exactamente por “echar un ojo”?

– Creo que está bien claro – contestó de mal humor.

– ¿Debo pasar por las habitaciones de su casa con un ojo abierto, mirando en los muebles, en los...?

– ¡No! ¡Qué tontería! Quiero pedirle sólo que pase algún día frente al edificio y vea si siguen cerradas las persianas, y que le pregunte al portero si hay novedad y hasta que suba a tantear la puerta. Usted no sabe nada de estos asuntos; pero en el mundo hay muchos ladrones, y entre los ladrones existe una variedad que trabaja especialmente durante el verano, y es a la que más temo. Se enteran qué pisos han quedado sin moradores, y los desvalijan sin prisas y cómodamente. Algunas veces se quedan allí dos o tres días viviendo de lo que encuentran, durmiendo en las magníficas camas de los señores, eligiendo concienzudamente lo que vale y no vale la pena de llevarse. No hay defensa contra ellos. La primera noticia que se tiene es el desorden que se advierte en la casa al volver el amo, pero ya es tarde y lo robado está mal vendido o bien oculto.

– Bueno – concedí bostezando –; pues echaré ese ojo.

La verdad es que no pensaba hacerlo. Garamendi abusa un poco de mí con sus encomiendas desde que me hizo dos o tres favores que él recuerda mejor que yo. Luego..., luego me abruma con sus gabanes, con sus puros, con sus gafas, con su vientre, con sus muelas de oro. Cuando descubro un nuevo defecto en él, tengo un placer íntimo. Esta vez le encontré pusilánime. ¡Tener miedo a los ladrones! Yo no creo en eso.

Pasaron los días. Me recreé en el calorcillo de Madrid, me senté en algunas terrazas, recordé mi niñez volviendo a ver viejas películas que los cines exhiben a bajo precio en estos meses, y una tarde que estaba más ocioso y más emperezado que nunca recordé de repente: “¡Anda! Pues no he pasado ni una sola vez ante la casa de Garamendi.”

Y únicamente – lo aseguro – para poder darle mi palabra de honor que había atendido su encargo, aproximé lentamente mi mano al teléfono y marqué su número.

Oí, medio desmoronado en la butaca, el ruido del timbre, que sonaba en la desierta vivienda del veraneante.

– ¡¡Trrr!!... ¡Trr!...



Y... nada más.

De repente una voz apagada, desconocida, llegó por el hilo:

– ¡Diga!

– ¿Cómo, “diga”? – exclamé extrañadísimo –. ¿No es esa la casa del señor Garamendi?

– ¡Sí, sí, es aquí, es aquí! ¿Cómo está usted?

Me quedé estupefacto.

– Oiga – hablé –: ¿me hace el favor de decirme qué está haciendo?

Un silencio.

– ¿No será usted un ladrón?

Nueva pausa.

– Si es usted un ladrón, no me lo niegue – exigí.

– Bueno – dijo la voz, un poco ronca –. La verdad es que, en efecto, soy un ladrón.

– Pues el señor Garamendi me encargó al marchar que vigilase su casa. A ver qué le digo.

– Puede usted contarle lo que sucede – insinuó la voz un poco acobardada.

– ¡Buena idea! – protesté –. ¿Cómo voy a confesarle que estuvimos dialogando? Por lo menos si usted no hubiese cometido la estupidez de contestar.

– Fue un impulso espontáneo – se disculpó –. Estaba aquí, junto al teléfono; sonó, y maquinalmente me puse a hablar. Yo también tengo teléfono, y la costumbre...

– ¡Vaya un conflicto!

– Crea usted que lo siento de veras.

– Claro que si le pido que deje ahí todo y vaya a entregarse a la Comisaría más próxima...

– No; no lo haría... ¿Para qué engañarle?

– Al menos, dígame ¿se lleva usted mucho?

– No hablemos de eso: una porquería. Perdone si le ofendo; pero ese amigo de usted no tiene nada que le quite a uno de cuidados.

– ¡Hombre, no me diga...! La escribanía de plata es muy valiosa.

– Ya está en el saco, y unas alhajitas y el puño de oro de un bastón y dos gabanes de invierno. Nada. No es negocio.

– ¿Vio usted una bandejita de plata que debe estar en el comedor, con unas flores en relieve?

– Sí.

– ¿Está en el saco?

– No. Las otras, sí; pero ésta no es de plata sino de metal blanco.

– Bien; pero no negará que es bonita.

– No vale nada.

– Llévesela usted.

– No quiero.

– ¡Llévesela, usted, idiota! ¿No comprende que si la deja van a darse cuenta de que no es de plata? Y... se la he regalado yo. Llévesela.

– En fin... por hacerle un favor; pero sólo me servirá de estorbo.

– ¿Ha recorrido ya toda la casa? Yo no conozco más que el despacho. Creo que está bien puesta, ¿no?

– ¡Psh! Muchas pretensiones: poco gusto. Debe tratarse de un caballero roñoso.

– Es triste; pero no lo puedo negar. Y también es cierto que carece de gusto.

– ¿Quiere usted creer que tiene dos escupideras en el salón?

– ¡No!

– Como usted lo oye. ¿No ha entrado nunca en el salón? Pues perdió un espectáculo divertido. Yo tengo costumbre de visitar casas bien amuebladas, y le aseguro que ésta no es de las mejores.

– ¡Vaya, señor! Siempre me pareció que Garamendi presumía demasiado. Ahora que... la alcoba de la señora... de ésa sí que dicen que es un estuche, ¿verdad? Garamendi afirma que le costó una fortuna. ¿Cómo es, cómo es?

– No me fijé en detalles... ¿Quiere que vuelva?

– ¡Oh, por Dios! No vaya a creer que me gusta chismear.

– Lo que encontré allí fueron pieles bastante buenas.

– Lo creo. Tiene una capa de “renard”.

– Está en el saco. Y un gabán de cibelina.

– Sí; eso vale más; pero también es más llamativo. Lo envidiable es la capa de “renard”.

– ¿Le gustaba a usted?

– Le gustaba a Albertina..., una amiga mía...; a mi novia. Un día vimos a la señora de Garamendi con su capa, y Albertina no habla de otra cosa. Creo que me quiere menos, porque piensa que nunca podré regalarle unas pieles de zorro como ésas.

– ¿Quién sabe? ¡Caramba! No hay que amilanarse.

– No... nunca; es bien seguro...

Un silencio.

– Oiga..., señor.

– Dígame.

– Si usted me permite, yo tengo mucho gusto en ofrecerle esas pieles...

– ¡Qué disparate!

– Nada... Me ha sido usted simpático, y...

– Pero... ¿cómo voy a consentir? ¿Va usted a quedarse sin ellas por...?

– No se preocupe. Yo ya tengo las otras, y no va a ser uno más pobre.

– ¡Ea, que no!

– Bien, pues entonces se las ofrezco a Albertina. Ahora no podrá usted desdeñarlas. Piense en la alegría que tendrá...

– Sí; eso es cierto...

– ¿Adónde se las envío?

Le di mis señas.

– ¿Manda usted algo más?

– Nada más y muy reconocido. Que termine “eso” con suerte.

– Gracias, señor.

Pío Baroja

EL TRASGO

El comedor de la venta de Aristondo, sitio en donde nos reuníamos después de cenar, tenía en el pueblo los honores de casino. Era una habitación grande, muy larga, separada de la cocina por un tabique, cuya puerta casi nunca se cerraba, lo que permitía llamar a cada paso para pedir café o una copa a la simpática Maintoni, la dueña de la casa, o a sus hijas, dos muchachas a cual más bonitas; una de ellas, seria, abstraída, con esa mirada dulce que da la contemplación del campo; la otra, vivaracha y de mal genio.

Las paredes del cuarto, blanqueadas de cal, tenían por todo adorno varios números de La Lidia, puestos con mucha simetría y sujetos a la pared con tachuelas, que dejaron de ser doradas para quedarse negras y mugrientas.

La mano del patrón, José Ona, se veía en aquello; su carácter, recto y al mismo tiempo bonachón y dulce como su apellido (Ona en vascuence significa bueno), se traslucía en el orden, en la simetría, en la bondad, si se me permite la palabra, que habían inspirado la ornamentación del cuarto.

Del techo del comedor, cruzado por largas vigas negruzcas, colgaban dos quinqués de petróleo, de esos de cocina, que aunque daban algo más humo que luz, iluminaban bastante bien la mesa del centro, como si dijéramos, la mesa redonda, y bastante mal otras mesas pequeñas, diseminadas por el cuarto.

Todas las noches tomábamos allí café; algunos preferían vino, y charlábamos un rato el médico joven, el maestro, el empleado de la fundición, Pachi el cartero, el cabo de la Guardia Civil y algunos otros de menor categoría y representación social.

Como parroquianos y además gente distinguida, nos sentábamos en la mesa del centro.

Aquella noche era víspera de feria y, por tanto, martes. Supongo que nadie ignorará que las ferias en Arrigotia se celebran los primeros miércoles de cada mes; porque, al fin y al cabo, Arrigotia es un pueblo importante, con sus sesenta y tantos vecinos, sin contar los caseríos inmediatos. Con motivo de la feria había más gente que de ordinario en la venta.

Estaban jugando su partida de tute el doctor y el maestro, cuando entró la patrona, la obesa y sonriente Maintoni, y dijo:

– Oiga su merced, señor médico, ¿cómo siguen las hijas de Aspillaga, el herrador?

– ¿Cómo han de estar? Mal – contestó el médico incomodado, – locas de remate. La menor, que es una histérica tipo, tuvo anteanoche un ataque, la vieron las otras dos hermanas reír y llorar sin motivo, y empezaron a hacer lo mismo. Un caso de contagio nervioso. Nada más.

– Y, oiga su merced, señor médico – siguió diciendo la patrona, – ¿es verdad que han llamado a la curandera de Elisabide?

– Creo que sí; y esa curandera, que es otra loca, les ha dicho que en la casa debe haber un duende, y han sacado en consecuencia que el duende es un gato negro de la vecindad, que se presenta allí de cuando en cuando. ¡Sea usted médico con semejantes imbéciles!

– Pues si estuviera usted en Galicia, vería usted lo que era bueno – saltó el empleado de la fundición. – Nosotros tuvimos una criada en Monforte que cuando se le quemaba un guiso o echaba mucha sal al puchero, decía que había sido o trasgo; y mientras mi mujer le regañaba por su descuido, ella decía que estaba oyendo al trasgo que se reía en un rincón.

– Pero, en fin – dijo el médico, – se conoce que los trasgos de allá no son tan fieros como los de aquí.

– ¡Oh! No lo crea usted. Los hay de todas clases; así, al menos, nos decía a nosotros la criada de Monforte. Unos son buenos, y llevan a casa el trigo y el maíz que roban en los graneros, y cuidan de vuestras tierras y hasta os cepillan las botas; y otros son perversos y desentierran cadáveres de niños en los cementerios, y otros, por último, son unos guasones completos y se beben las botellas de vino de la despensa o quitan las tajadas al puchero y las sustituyen con piedras, o se entretienen en dar la gran tabarra por las noches, sin dejarle a uno dormir, haciéndole cosquillas o dándole pellizcos.

– ¿Y eso es verdad? – preguntó el cartero, cándidamente.

Todos nos echamos a reír de la inocente salida del cartero.

– Algunos dicen que sí – contestó el empleado de la fundición, siguiendo la broma.

– Y se citan personas que han visto los trasgos – añadió uno.

– Sí – repuso el médico en tono doctoral. – En eso sucede como en todo. Se le pregunta a uno: “¿Usted lo vio?”, y dicen: “Yo, no; pero el hijo de la tía Fulana, que estaba de pastor en tal parte, sí que lo vio”, y resulta que todos aseguran una cosa que nadie ha visto.

– Quizá sea eso mucho decir, señor – murmuró una humilde voz a nuestro lado.

Nos volvimos a ver quién hablaba. Era un buhonero que había llegado por la tarde al pueblo, y que estaba comiendo en una mesa próxima a la nuestra.

– Pues qué, ¿usted ha visto algún duende de ésos? – dijo el cartero, con curiosidad.

– Sí, señor.

– ¿Y cómo fue eso? – preguntó el empleado, guiñando un ojo con malicia. – Cuente usted, hombre, cuente usted, y siéntese aquí si ha concluido de comer. Se le convida a café y copa, a cambio de la historia, por supuesto – y el empleado volvió a guiñar el ojo.

– Pues verán ustedes – dijo el buhonero, sentándose a nuestra mesa. – Había salido por la tarde de un pueblo y me había oscurecido en el camino.

La noche estaba fría, tranquila, serena; ni una ráfaga de viento movía el aire.

El paraje infundía respeto; yo era la primera vez que viajaba por esa parte de la montaña de Asturias, y, la verdad, tenía miedo.

Estaba muy cansado de tanto andar con el cuévano en la espalda, pero no me atrevía a detenerme. Me daba el corazón que por los sitios que recorría no estaba seguro.

De repente, sin saber de dónde ni cómo, veo a mi lado un perro escuálido, todo de un mismo color, oscuro, que se pone a seguirme.

¿De dónde podía haber salido aquel animal tan feo?, me pregunté.

Seguí adelante, ¡hala, hala!, y el perro detrás, primero gruñendo y luego aullando, aunque por lo bajo.

La verdad, los aullidos de los perros no me gustan. Me iba cargando el acompañante, y, para librarme de él, pensé sacudirle un garrotazo; pero cuando me volví con el palo en la mano para dárselo, una ráfaga de viento me llenó los ojos de tierra y me cegó por completo.

Al mismo tiempo, el perro empezó a reírse detrás de mí, y desde entonces ya no pude hacer cosa a derechas; tropecé, me caí, rodé por una cuesta, y el perro, ríe que ríe, a mi lado.

Yo empecé a rezar, y me encomendé a San Rafael, abogado de toda necesidad, y San Rafael me sacó de aquellos parajes y me llevó a un pueblo.

Al llegar aquí, el perro ya no me siguió, y se quedó aullando con furia delante de una casa blanca con un jardín.

Recorrí el pueblo, un pueblo de sierra con los tejados muy bajos y las tejas negruzcas, que no tenía más que una calle. Todas las casas estaban cerradas. Sólo a un lado de la calle había un cobertizo con luz. Era como un portalón grande, con vigas en el techo, con las paredes blanqueadas de cal. En el interior, un hombre desarrapa­do, con una boina, hablaba con una mujer vieja, calentándose en una hoguera. Entré allí, y les conté lo que me había sucedido.

– ¿Y el perro se ha quedado aullando? – preguntó con interés el hombre.

– Sí; aullando junto a esa casa blanca que hay a la entrada de la calle.

– Era o trasgo – murmuró la vieja, – y ha venido a anunciarle la muerte.

– ¿A quién? – pregunté yo, asustado.

– Al amo de esa casa blanca. Hace una media hora que está el médico ahí. Pronto volverá.

Seguimos hablando, y al poco rato vimos venir al médico a caballo, y por delante un criado con un farol.

– ¿Y el enfermo, señor médico? – preguntó la vieja, saliendo al umbral del cobertizo.

– Ha muerto – contestó una voz secamente.

– ¡Eh! – dijo la vieja; – era o trasgo.

Entonces cogió un palo, y marcó en el suelo, a su alrededor, una figura como la de los ochavos morunos, una estrella de cinco puntas. Su hijo la imitó, y yo hice lo mismo.

– Es para librarse de los trasgos – añadió la vieja.

Y, efectivamente, aquella noche no nos molestaron, y dormimos perfectamente...

Concluyó el buhonero de hablar, y nos levantamos todos para ir a casa.

 

Pío Baroja

MÉDIUM

Soy un hombre intranquilo, nervioso, muy nervioso; pero no estoy loco, como dicen los médicos que me han reconocido. He analizado todo, he profundizado todo, y vivo intranquilo. ¿Por qué? No lo he sabido todavía.

Desde hace tiempo duermo mucho, con un sueño sin ensueño; al menos, cuando me despierto, no recuerdo si he soñado; pero debo soñar; no comprendo por qué se me figura que debo soñar. A no ser que esté soñando ahora cuando hablo; pero duermo mucho; una prueba clara de que no estoy loco.

La médula mía está vibrando siempre, y los ojos de mi espíritu no hacen más que contemplar una cosa desconocida, una cosa gris que se agita con ritmo al compás de las pulsaciones de las arterias en mi cerebro.

Pero mi cerebro no piensa, y, sin embargo, está en tensión; podría pensar, pero no piensa... ¡Ah! ¿Os sonreís, dudáis de mi palabra? Pues bien, sí. Lo habéis adivinado. Hay un espíritu que vibra dentro de mi alma. Os lo contaré:

Es hermosa la infancia, ¿verdad? Para mí, el tiempo más horroroso de la vida. Yo tenía, cuando era niño, un amigo; se llamaba Román Hudson; su padre era inglés, y su madre, española.

Le conocí en el Instituto. Era un buen chico; sí, seguramente era un buen chico; muy amable, muy bueno; yo era huraño y brusco.

A pesar de estas diferencias, llegamos a hacer amistades, y andábamos siempre juntos. Él era un buen estudiante, y yo, díscolo y desaplicado; pero como Román siempre fue un buen muchacho, no tuvo inconveniente en llevarme a su casa y enseñarme sus colecciones de sellos.

La casa de Román era muy grande y estaba junto a la plaza de las Barcas, en una callejuela estrecha, cerca de una casa en donde se cometió un crimen, del cual se habló mucho en Valencia. No he dicho que pasé mi niñez en Valencia. La casa era triste, muy triste, todo lo triste que puede ser una casa, y tenía en la parte de atrás un huerto muy grande, con las paredes llenas de enredaderas de campanillas blancas y moradas.

Mi amigo y yo jugábamos en el jardín, en el jardín de las enredaderas, y en un terrado ancho, con losas, que tenía sobre la cerca enormes tiestos de pitas.

Un día se nos ocurrió a los dos hacer una expedición por los tejados y acercarnos a la casa del crimen, que nos atraía por su misterio. Cuando volvimos a la azotea, una muchacha nos dijo que la madre de Román nos llamaba.

Bajamos del terrado y nos hicieron entrar en una sala grande y triste. Junto a un balcón estaban sentadas la madre y la hermana de mi amigo. La madre leía; la hija bordaba. No sé por qué, me dieron miedo.

La madre con su voz severa, nos sermoneó por la correría nuestra, y luego comenzó a hacerme un sinnúmero de preguntas acerca de mi familia y de mis estudios. Mientras hablaba la madre, la hija sonreía; pero de una manera tan rara, tan rara...

– Hay que estudiar – dijo, a modo de conclusión, la madre.

Salimos del cuarto, me marché a casa y toda la tarde y toda la noche no hice más que pensar en las dos mujeres.

Desde aquel día esquivé como pude el ir a casa de Román. Un día vi a su madre y a su hermana que salían de una iglesia, las dos enlutadas; y me miraron y sentí frío al verlas.

Cuando concluimos el curso ya no veía a Román; estaba tranquilo; pero un día me avisaron de su casa, diciéndome que mi amigo estaba enfermo. Fui, y le encontré en la cama, llorando, y en voz baja me dijo que odiaba a su hermana. Sin embargo, la hermana, que se llamaba Ángeles, le cuidaba con esmero y le atendía con cariño; pero tenía una sonrisa tan rara, tan rara...

Una vez, al agarrar de un brazo a Román, hizo una mueca de dolor.

– ¿Qué tienes? – le pregunté.

Y me enseñó un cardenal inmenso, que rodeaba su brazo como un anillo.

Luego, en voz baja, murmuró:

– Ha sido mi hermana.

– ¡Ah! Ella...

– No sabes la fuerza que tiene; rompe un cristal con los dedos, y hay una cosa más extraña: que mueve un objeto cualquiera de un lado a otro sin tocarlo.

Días después me contó, temblando de terror, que a las doce de la noche, hacía ya cerca de una semana que sonaba la campanilla de la escalera, se abría la puerta y no se veía a nadie.

Román y yo hicimos un gran número de pruebas. Nos apostábamos junto a la puerta ..., llamaban ..., abríamos..., nadie. Dejábamos la puerta entreabierta, para poder abrir en seguida ... ; llamaban..., nadie.

Por fin quitamos el llamador a la campanilla, y la campanilla sonó, sonó..., y los dos nos miramos estremecidos de terror.

– Es mi hermana, mi hermana – dijo Román.

Y, convencidos de esto, buscamos los dos amuletos por todas partes, y pusimos en su cuarto una herradura, un pentagrama y varias inscripciones triangulares con la palabra mágica: «Abracadabra.»

Inútil, todo inútil; las cosas saltaban de sus sitios, y en las paredes se dibujaban sombras sin contornos y sin rostro.

Román languidecía, y para distraerle, su madre le compró una hermosa máquina fotográfica. Todos los días íbamos a pasear juntos, y llevábamos la máquina en nuestras expediciones.

Un día se le ocurrió a la madre que los retratara yo a los tres, en grupo, para mandar el retrato a sus parientes de Inglaterra. Román y yo colocamos un toldo de lona en la azotea, y bajo él se pusieron la madre y sus dos hijos. Enfoqué, y por si acaso me salía mal, impresioné dos placas. En seguida Román y yo fuimos a revelarlas. Habían salido bien; pero sobre la cabeza de la hermana de mi amigo se veía una mancha oscura.

Dejamos a secar las placas, y al día siguiente las pusimos en la prensa, al sol, para sacar las positivas.

Ángeles, la hermana de Román, vino con nosotros a la azotea. Al mirar la primera prueba, Román y yo nos contemplamos sin decirnos una palabra. Sobre la cabeza de Ángeles se veía una sombra blanca de mujer de facciones parecidas a las suyas. En la segunda prueba se veía la misma sombra, pero en distinta actitud: inclinándose sobre Ángeles, como hablándole al oído. Nuestro terror fue tan grande, que Román y yo nos quedamos mudos, paralizados. Ángeles miró las fotografías y sonrió, sonrió. Esto era lo grave.

Yo salí de la azotea y bajé las escaleras de la casa tropezando, cayéndome, y al llegar a la calle eché a correr, perseguido por el recuerdo de la sonrisa de Ángeles. Al entrar en casa, al pasar junto a un espejo, la vi en el fondo de la luna, sonriendo, sonriendo siempre.

¿Quién ha dicho que estoy loco? ¡Miente!, porque los locos no duermen, y yo duermo... ¡Ah! ¿Creíais que yo no sabía esto? Los locos no duermen, y yo duermo. Desde que nací, todavía no he despertado.


Date: 2015-12-11; view: 753


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