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EL TIEMPO DE UN TESTIGO

 

Desperté con una desolación que me estremecía. Por supuesto, seguía lloviendo con fuerza. ¡Me lle­va la chingada!, dije en voz alta. Hasta ese momen­to oí que el teléfono timbraba insistentemente. Lo descolgué. ¡Bueno!, grité, molesto. Son las siete de la mañana, señor, me dijo la ofendida voz del em­pleado de recepción. Odié a Tranquilo con toda mi alma. El hijo de su pinche madre me había pedido que ese día yo me encargara de la chamba mien­tras él hablaba «de negocios» con Livia. Con toda claridad le recordé que de cualquier manera Ra­món Gómez de la Serna había quedado de pasar a las once de la mañana y que a esa misma hora se había citado a Mendiola y Melgarejo. Así estaba perfecto, porque me permitiría dormir un poco, pues eran más de las cuatro de la mañana cuando hablábamos todo eso. No vayas a ordenar que me despierten a las siete, le advertí, y sí, claro, me dijo él. Pero lo hizo. Y ni siquiera era broma, a pesar de que la noche anterior de nuevo éramos Los Gran­des Amigos. Más bien se trataba de una conducta compulsiva, enfermiza. Pobre cuate, pensé.

Traté de volver a dormir. Ya no pude. Me regre­saron los dolores de la golpiza. Afortunadamente en la madrugada el doctor del hotel nos había lim­piado, desinfectado y vendado las heridas. No eran graves, dijo, pero a mí me tuvo que poner dos pun­tos en la sien derecha, donde el judas greñudo hijo de su puta madre me dio un cachazo. Qué sobera­na madriza nos alcanzaron a poner. Después de media hora, que se me hizo una eternidad, de tra­tar de acomodarme en la cama, comprendí que el sueño se me había espantado por completo. Estuve a punto de telefonearle a Nicole, quien seguramen­te ya estaría despierta, pero me salió un molesto sentimiento de culpa y preferí no hacerlo. Eso aca­bó de fastidiarme más. Me fastidiaba la idea de no poder llamar a mi esposa si tenía ganas. Pero no, no le podía hablar; Nicole se daría cuenta. Era viví­sima la condenada. Y la que podría armar. Bien claro había dicho que no le fuera a ser infiel.

Me bañé pensando que en el fondo era mala suerte haber conocido a la gringa Phoebe. Real­mente se me antojaba mucho echármela, pero ése no era el fin primordial. Ya me había hecho bolas, porque ella me preocupaba, me afectaba. En ese momento, por ejemplo, prefería verla a ella y no a Nicole, lo cual me parecía muy mal. En la cresta de estas ideas de pronto me golpeó la sensación desoladora del sueño, sólo que mucho más fuerte porque no la esperaba; me carcomió por segundos toda la piel y después me quedó una reverberación desquiciante. Lo que debía hacer era no pensar en Phoebe e, incluso, negarme a verla en la noche; era preferible ser grosero con tal de parar todo en seco. No importaba que hubiera suspendido su viaje de regreso. A fin de cuentas, la otra lo había de­cidido. ¿Nos vamos, Livia?, le tuvo que preguntar. No iría a verlas, que Tranquilo dijera lo que quisie­ra, y, ya solo en el cuarto, con la conciencia más sosegada, entonces sí hablaría con Nicole. En la noche. Y mañana pélate, me dije, a la chingada con todo. Si Tranquilo insistía en seguir con el diz­que superreportaje que lo hiciera él solo, yo ya no, ni madres, era absurdo; a huevo tendríamos que regresar cuando el tiempo estuviera bien, todo ese viaje había resultado una soberana pendejada.



 

Pedí el desayuno por room service. No podía dejar de pensar en Phoebe. Con gran rapidez ha­bíamos establecido un asombroso código de comu­nicación que entendíamos sin ningún esfuerzo, y en realidad lo pasábamos muy bien, con las emo­ciones en alto porque continuamente nos lanzába­mos críticas muy fuertes, duras, pero con un tono y un humor que impedía, ¿o postergaba?, que nos ofendiéramos y nos peleáramos. Se me hacía de lo más normal estar con ella: no tenía que estar pen­diente de mi conducta, no quería impresionarla, ni estar a la defensiva, ni fingir en lo más mínimo; hasta pensaba que podía soltar un pedo en su pre­sencia; es decir, podía dejar de sentirme importan­te, ser yo mismo sin mayor problema y hablar de lo que fuera porque Phoebe no era estúpida; al contrario, era muy inteligente, captaba las cosas con rapidez y poseía una cultura amplia, sólida.

Aunque, claro, tenía sus cosas. Un extraño tic que le entraba de repente en el ojo, como si se le hubiera metido una basura y tratara de expulsarla con ojeadas a los lados y meneando la cabeza. No se relajaba con facilidad. A menudo la descubría con la quijada rígida, casi con los dientes apreta­dos. Relájate, le decía yo, dándole una cachetadita. No te atrevas a tocarme, me decía ella, te odio con toda mi alma porque tu alma es más negra que tu piel. No me digas eso o te golpeo, le advertía yo, bromeando. ¡No te atrevas! Entonces cuéntame lo que haces en un día normal. Okay, el despertador me levanta a las siete de la mañana. Me levanto de un salto, si no estoy cruda o desvelada. Me enfun­do el traje de correr y para entonces Livia ya está lista y salimos a trotar al Central Park. Después nos bañamos... ¿Juntas? No tonto, cada quien en su baño. Y desayunamos: yo granola con mucha fruta y jugo de naranja; Livia, que puede comer lo que sea sin engordar, come waffles o huevos a la Denver. Le fascinan los huevos a la Denver. Des­pués, me voy al trabajo.

Oye, lindura, dije con la voz claramente excita­da, ¿y tú y Livia nunca han...?, tú sabes, el fiqui-fi qui. Ay claro que no, mente cochambrosa. ¿Enton­ces por qué mi sexto sentido me dice que ustedes, no siempre, pero de vez en vez, en puntos pedos ó bien pachecotas, se echan sus rounds? Y tú y tu gran amigo The Quiet One, ¿nunca se han sodomi­zado, nunca han hecho sesentainueves o se han dado besos de lengüita?, preguntó ella, con una sonrisa divertida. ¡Claro que no! ¡Guácala!, excla­mé, además, es distinto. Nosotros no vivimos jun­tos, para empezar y/ Y están Felizmente Casados, dijo ella, con sorna. Pero no contestaste mi morbo­sa pregunta, insistí, en parte para evadir el tema del matrimonio, que, por cierto, es un sacramento. Ay Necro, eres un negro cochino. Dime, ándale, deja que me convierta en tu espejo y refleje tus mi­serias. ¿Qué quieres decir con eso? Nada nada, tú nomás háblame de tus actos carnales con Livia.

Phoebe guardó silencio un largo rato, pensati­va, hasta que de pronto me dijo: Bueno, pues sí, es casi como lo dices. A veces, después de fiestas, cuando bebimos mucho y tomamos algo más, Liv y yo nos fingimos un poquito más borrachas de lo que estamos y hacemos el amor. Lo habremos he­cho unas cinco o seis veces en toda la vida, son momentos muy especiales y nosotras sabemos cuándo. ¿Qué hacen? Tú sabes, nos besamos de lengüita, hacemos el sesentainueve, nos chupamos los senos, nos metemos los dedos, generalmente nos venimos besándonos el sexo, tú ya estás gran­decito y debes saber de esas cosas, ahora ya no son ningún secreto. Pues tú te refieres a ellas de la for­ma más fría y fea del mundo. ¿Ah sí? Pues tú lo que quieres más bien es que te haga un cuento por­no porque eres un Necro muy cochinito. Okay. Te daré gusto. Pues mira, como te decía, al día si­guiente fingimos locura, las dos no mencionamos nada de lo que ocurrió. Así fue desde la primera vez, cuando éramos casi niñas, teníamos como tre­ce o catorce años, y yo me quedé a dormir en su casa, lo cual hacía con frecuencia. Esa vez Falero no estaba, no había nadie, y nos emborrachamos durísimo con coñac. Nos fuimos a acostar casi arrastrando y al desnudarnos quién sabe cómo nos empezamos a acariciar. Y nos hicimos el amor. Pero después, como te decía, nada, ni quien se acuerde. Un tiempo yo quería hablar del asunto pero Livia nunca me dejó, y me acostumbré. ¡Ya está! Ahí tienes tus revelaciones de diván. ¿Qué más quieres saber? Todo. ¿Todo?, ¿con relación al sexo? Eres un voyeur y un pendejo pervertido, en verdad eres negro, Necro, oscurísimo. Qué va, dije yo, también tengo mis luces, muy presumibles a veces y un tanto mortecinas en otras, pero luces al fin al cabo.

Bueno, para que no llores, te voy a contar atro­cidades. Eso quieres, ¿verdad? ¡Sí sí! Está bien. A ver. Un tiempo fui prostituta. ¿De veras?, exclamé, no lo puedo creer. Cómo no, dijo ella. Lo hice muy consciente, científicamente, quería tener esa expe­riencia, además de que me cayó bien el dinero. Ya trabajaba en la editorial pero ganaba muy poco y recién me había independizado de mis padres. Una amiga me contó que ella lo hacía, ocasionalmente, y me conectó con la señora en cuestión. No veas, al poco rato ahí estaba yo meneando las nalgas. Lo hice exactamente veintidós veces, como las letras del alfabeto hebreo. Y los arcanos del tarot, me vi precisado a decir. Bueno, eso es obvio, Necro. Real­mente fue una experiencia apasionante. Tuve suer­te de que no me tocaran tipos perversos. ¿Y qué hacías? Pues coger. Ya sé, pero cómo. Pues de to­das formas tú, por atrás, por delante, de a perrito, de ladito, acostados, parados, sentados, hincados, con el culo, las tetas, la boca, las manos, el pelo o los pies, porque a uno le gustaba que lo masturba­ra con el pelo y decía que el semen era buenísimo para el cabello, ¿te imaginas?, que le daba proteí­nas y vitamina B5. Otro era fetichista de pies y yo tenía que sobarle la verga con los pies. Hubo otro, genial, que no me dio chance de nada y me ama­rró, y entonces el desalmado se pasó diez minutos haciéndome cosquillas hasta que se vino. Yo creí que me iba a morir de la risa, fue horrible, pero a fin de cuentas me excité. Pero cuando yo quería más acción, el tipo ese simplemente me desató, se vistió muy propio y me despidió. ¿Qué más? Hubo dos que no podían, no pudieron, y no faltaron los que quisieron tenerme para ellos solos y ponerme mi casita feliz.

¿Cuánto cobrabas? Quinientos dólares, aparte la comisión de la agencia. ¡Uf!, exclamé, yo jamás habría podido comprarte. Supongo que no. Eran servicios para gente con muchísimo dinero. Yo por lo general les gustaba, y mucho. No lo dudo en lo más mínimo, dije yo, palpando sus divinas tetas como definición operacional. ¿Y dónde?, pregunté después. Mira, a mí me llamaba Ethel a mi casa y me decía que fuera a tal y tal lado, a veces hoteles, o cuartos semisecretos de edificios de negocios, pero por lo general iba a departamentos que estos señores ponen especialmente para eso. ¿Te venías? Por lo general, sí. Como sabía que era algo pasaje­ro siempre me pareció muy emocionante. ¿Y ya no lo volviste a hacer? No, ya no. ¿Ni se te ha antoja­do? Un par de veces, generalmente al platicarlo, como ahora, me he dado cuenta de que veo todo con cierta nostalgia, pero nada más. Ahora no lo haría por nada del mundo. Sería muy arriesgado. Bueno, dije, era muy arriesgado entonces. Es ver­dad, pero yo no lo sabía. Era la maravilla de la in­conciencia. Sí, asentí con cierta gravedad, Nietzs­che decía que la peor carga del ser humano es la conciencia.

Livia también trabajó un tiempo de call girl, agregó Phoebe. Yo le conté lo que estaba haciendo y primero le pareció el colmo del horror, hasta se enojó, pero después se interesó y al poco rato estaba dispuestísima, así es que la llevé. Pero no le gus­tó nada, a la tercera o cuarta vez todos se quejaban de ella. ¿Por qué? No hacía nada en especial, pero era la actitud, se portaba altiva, despreciativa y con un aire de ferocidad que a nadie le gustaba, ni a los masoquistas. Simplemente le repugnó todo eso desde el primer instante, y en buena medida yo dejé de hacerlo porque ella me insistió muchísimo. Y todavía no era feminista. ¿Es feminista? Antes era activista, iba a las reuniones, a las manifesta­ciones, hasta escribió algunos artículos, pero des­pués se le pasó el furor. Es muy cambiante, le pone mucho entusiasmo a las cosas en un principio pero después pierde el interés con relativa facilidad. Sólo le es constante a la publicidad, pero en cierta forma más bien le es constante al trabajo, es wor­kaholic y quiere que todos trabajen a su ritmo. En cierta forma, dije yo, Tranquilo también es así. ¿Y tú?, pregunté después, ¿a ti no te entraron los furo­res feministas? Por supuesto que sí, dijo ella, has de saber que uno de mis orgullos es la colección que creé sobre cuestiones de la mujer. Es una co­lección estimable. Se llama El Universo Femenino. También colaboro para una revista que hacemos un grupo de amigas, La Causa de las Mujeres. Como el libro de la Halimi, dije. Exacto. Y como mil más que se llaman igual, agregué, qué imagi­nación, carajo. Ésa es una mentira flagrante, negro cochino y perverso. Pero podría ser verdad, he ahí la realidad del asunto.

 

Phoebe y yo habíamos hablado muchísimo, es­pecialmente el día de las discotecas, lo cual, por lo ruidoso del lugar, merecería una mención en The Guinness Book of Records. Hablábamos incluso cuando el baile era más movido. Entre otras cosas me contó que sus padres ya habían muerto; él era un contador que acabó trabajando para Falero, el padre de Livia. ¿Sabía yo que Falero, el padre de Livia, era un notorio mafioso? Qué iba yo a saber­lo. Pues el señor tenía varios negocios legales como fachada, pero era uno de los máximos negociantes de heroína en Nueva York. Ya lo habían llevado a declarar a una subcomisión del senado y poco des­pués lo arrestaron y lo sometieron a juicio, pero Falero logró que lo declararan inocente. Pero qué inocente iba a ser. Sobornó a todo mundo, por su­puesto. Fue un caso muy ruidoso. Por tanto, el pa­dre de mi Phoebe tampoco era un inocente, aun­que a él nunca lo molestaron para nada. El señor Caulfield conoció a Falero a través de las niñas, y no al revés, recalcó Phoebe. Las dos estuvieron juntas en la escuela desde el jardín de niños, en Brooklyn. Cuando fueron a universidades distintas la amistad era entrañable y nada podía llegar a romperla. Ella siempre se entendió mejor con Livia que con sus hermanas, y sin duda la quiso más. En su casa, salvo el padre, sólo había mujeres: Mamá Caulfield y sus hermanitas Malinda y Geor­gette, menores que ella y muy estúpidas, con vidas espantosamente convencionales y aburridas. Por otra parte, Phoebe quería a su madre, pero también se exasperaba porque ella era de lo más inco­municativa y casi no hablaba.

También me contó de su ex marido, a quien co­noció en la universidad. Se llamaba Matthew West y era abogado. Pero más bien era un pícaro, le en­cantaba jugar con negocios peligrosos, pocas veces enteramente legales, y beber y meterse cocaína hasta ponerse verdaderamente insoportable, mu­chas veces perdió negocios y oportunidades impor­tantes por no controlar la lengua cuando estaba coco y borracho. En un principio Phoebe y él vivie­ron relativamente bien, porque a ella la emociona­ba el peligro en que vivía Matt. Él era más bien in­diferente en cuanto al sexo; lo hacía, y bien, pero no se prendía, porque lo que realmente le apasio­naba eran los negocios chuecos, así es que después de un tiempo ella dejó de jugar a la cómplice y la relación se apagó. Por último, se divorciaron en medio de pleitos interminables. Fue la peor etapa de mi vida, dijo Phoebe, enfática. Matthew la había molestado a puntos de refinamiento y tardó años en poder quitárselo de encima. Por eso nunca qui­so pensar en casarse otra vez.

¿Sabes qué es lo que en verdad me gusta?, me dijo en un momento en que nos sentamos a beber para refrescarnos. Me gusta quedarme sola un lar­go rato. Desconecto todos los aparatos. Si es de no­che apago la luz. Cierro las cortinas. Entonces de­ambulo por el departamento. Me acuesto en la alfombra, bocarriba. Me siento en los sillones. Me pongo con las piernas cruzadas. Puedo pasar horas así. Poco a poco mi mente se va yendo. Entro en una zona silenciosa, dulce. A veces me llegan ráfa­gas de luces coloridas y brillantes, como manchas de autos que pasan a toda velocidad en una carre­ra. Pero por lo general mi mente se apaga, a veces siento como si tuviera raíces y pudiera quedarme en silencio, sin moverme, para toda la vida. Ya no hago mucho esto, que yo llamo «Merodear la nada», porque la última vez de pronto sentí como que me metía en un túnel de tierra, con raíces colgantes en las paredes, y de pronto me parecía ver que el camino estaba bloqueado por una equis, que es lo mismo que una cruz, y después empecé a sen­tir una angustia terrible, olía a quemado, a carne quemada, y tuve que pegar un salto y prender las luces, todas las luces, la televisión, el estéreo, y abrí todas las cortinas. Qué susto tan tremendo me llevé.

Con que merodeando la nada, dije, supongo que yo no podría hacer algo así por nada del mundo.

 

Por su parte, Tranquilo estuvo puntual, a las doce, en el Villa Vera para recoger a Livia. La lluvia baja­ba de intensidad notoriamente y el director de la revista La Ventana Indiscreta cruzaba los dedos para que al fin dejara de llover y mejorara el tiem­po. Livia bajó al lobby y se sorprendió de verlo con vendas y curaciones en la cara. Tranquilo le explicó brevemente lo que había ocurrido. -Ay hombre, pero qué cosas te pasan a ti -dijo ella, se olvidó del asunto y le pidió que conversaran en el restau­rante del hotel. Él accedió, naturalmente. Se senta­ron cerca del ventanal y pidieron whisky y tequila. Tranquilo comentó que ahora sí parecía que iba a dejar de llover, a lo mejor en la tarde misma po­drían pasear por la playa y ver la puesta de sol. Ella, sin embargo, le preguntó a boca de jarro qué ideas tenía para que se asociaran, cómo sería posi­ble semejante cosa.

Tranquilo se acomodó el cuello de la camisa, carraspeó, se contuvo de decirle a Livia que mejor no fumara y explicó que ya lo había pensado. Creía poder conseguir capital suficiente y, en el marco del NAFTA, pedir facilidades aquí y allá para hacer su revista, inicialmente en español, en Estados Unidos. Allí es donde entraba Livia, por supuesto. Ella podía ser codueña de la empresa y conseguir publicidad a través de su agencia. Él por su parte se encargaría de elaborar una superrevista, perfec­tamente pensada y concebida. Mandaría a Nigro a Nueva York para que hiciera un análisis del pano­rama, él iría continuamente a Nueva York tam­bién, y crearían una revista que haría época. Rear Window, ¿qué tal, eh? Momento, dijo Tranquilo, aún no terminaba. Ésa era sólo la primera parte del proyecto. Parte número dos. Igualmente bajo el marco del NAFTA, Livia podría poner su agencia de publicidad en México. Él se encargaría de abrir­le el camino, de conectarla con el medio, de con­seguir clientes y también sería codueño de la em­presa.

Livia sonrió. -¿Quién controla las empresas? -preguntó, con una sonrisa irónica.

-Fifty-fifty. En todo caso nos aseguramos de tener juntos, y por iguales, el control. Igual en la dirección. Los dos dirigimos con especial atención a nuestros distintos campos. Pero siempre en igualdad de condiciones. ¿A poco no es un plan formidable? Ahora es cuando debemos conjuntar esfuerzos y expandirnos. Sí se puede.

Tranquilo le explicó que ella se sorprendería de las excelentes condiciones que encontraría en Mé­xico: salarios que eran una ganga, insumos bara­tos, repatriación de capital al ciento por ciento, además de que él sería su guía en el laberinto bu­rocrático mexicano, el cual conocía a la perfección; sabía cómo aceitar las cosas y tenía los con­tactos necesarios.

Sin embargo, Livia le dijo que ella tenía «algo de dinero» en la bolsa de valores de México, por­que si había que invertir en México era allí, pues podían retirarse los capitales si las condiciones no eran favorables. Para eso tenía un corredor listísi­mo y de su entera confianza. En Nueva York, natu­ralmente. Sin embargo, no le desagradaba la idea de llevar su agencia a México y ver qué pasaba. Por supuesto, tenía que mandar hacer estudios de mer­cado porque él podía ser el rey de las revistas mexi­canas pero la publicidad era otra cosa.

En ese momento sonó el teléfono celular de Tranquilo, quien, molesto, lo contestó. -Orita no puedo -dijo-, yo te llamo más tarde. Sí, sí quiero, pero te llamo más tarde. -Colgó el aparato y des­pués le dijo a Livia que le parecía razonable que lo pensara y lo estudiara, pero estaba seguro de que ella se daría cuenta de lo ventajoso del proyecto y lo emprendería con entusiasmo. Le había entrado la corazonada de que todo iba a salir muy muy bien, iban a ganar mucho dinero y además se divertirían fantásticamente. Para entonces ya habían bebido tres rondas de bebidas y se hallaban achispados.

-¿Y tú qué vas a hacer con tu esposa? -pre­guntó Livia repentinamente.

-¿Cómo qué voy a hacer con mi esposa? -dijo Tranquilo, y casi se atragantó de la sorpresa.

-Tu esposa.

-Pues nada, ella no interfiere, no se interesa en mis negocios. ¿Por qué lo preguntas?

-Por nada. Perdona -respondió Livia con una sonrisa franca.

-Mira -dijo Tranquilo-, ¿te fijaste? Parece que ya casi no llueve, qué maravilla.

Livia propuso que fueran a la terraza, porque a través del ventanal parecía que la luminosidad había subido y que casi no llovía, pero, cuando sa­lieron afuera, la lluvia seguía allí, aunque había perdido toda ferocidad. Regresaron riendo al res­taurante y, después de mirar hacia todos lados, Tranquilo abrazó a Livia y le besó el cuello. Ella se quedó quieta, sonriendo. Tranquilo siguió besán­dola, embriagado por su aroma, y palpó uno de los senos. Ella se removió en la silla y estiró la mano para sentir el pene de Tranquilo, que se hallaba a punto de la erección total. Sonrió, complacida, y suavemente se hizo a un lado. Le dijo que Phoebe se había quedado sola y que ya era hora de que la acompañara. Tranquilo protestó, le pidió que co­mieran juntos en donde ella quisiera, pero Livia se desprendió de él y se puso en pie.

-Nos vemos más tarde -le dijo-. Ésta será nuestra última noche en Acapulco, porque mañana nos vamos, ya hicimos la reservación. Pero esta no­che es para ti, haremos todo lo que tú quieras.

A Tranquilo le brillaron los ojos.

-¿Todo? -preguntó.

-Todo -respondió ella.

 

EL TIEMPO ES

 

A las once Nigromante bajó al lobby, donde se en­ contraban ya Ramón Gómez de la Serna, Mendiola y Melgarejo. Ya todos sabían que Tranquilo no iría a Pie de la Cuesta porque andaba en otros nego­cios, y Nigro se enteró de que The Boss había lla­mado a todos temprano para avisarles de sus pro­yectos de expansión a Estados Unidos. Por otra parte, todos se sorprendieron al ver a Nigro lleno de vendas en la cara, y él tuvo que contarles una versión recortada de lo que ocurrió.

El plan para ese día señalaba ir a la laguna de Pie de la Cuesta a conversar con Demócrito, un viejo que había nacido con el siglo, así es que en esos tiempos del huracán Calvino ya tenía noven­ta y tres años cumplidos. Con él estarían algunos de los viejos cancioneros. Algunos habían sido maestros normalistas, compañeros de Agustín Ra­mírez, del trío los Pingüinos y de los Hermanos Arizmendi. Comerían pescado y mariscos, toma­rían fotos y regresarían en la tarde. Después de eso, Tranquilo había decidido que Mendiola y Mel­garejo en la noche tomaran fotos de las discotecas y volvieran al Distrito Federal al día siguiente.

Salieron a la Costera, una vez más de circula­ción tortuosa a causa de la lluvia. Viéndolo bien, la tormenta parecía empezar a ceder; aunque la pre­cipitación aún era copiosa ya no mostraba la fero­cidad de antes y, como no había viento, se podía ver un poco más. El mar seguía muy picado. Desde que se subieron a la combi, los fotógrafos adelante y Ramón Gómez de la Serna y Nigro atrás, Melga­rejo, que iba al volante, puso un caset de la Sonora Santanera, porque era devoto de la Santa, los gru­pos de ahora no le gustaban, decía, era puro ritmo machacón, sin elegancia, nada como el jefe Carlos Colorado, mártir del guapachá.

-Contén la lágrima, Melgarejo, y retácate de Santanera todo lo que gustes -dijo Nigro.

-Pero, bueno, a ver si después oímos «Las bo­das de Luis Alonso» -bromeó Ramón Gómez de la Serna.

-Puta madre, este pinche Acapulco está peor que el Defectuoso -comentó Melgarejo-, en cuanto a tránsito, digo, todo el tiempo que hemos estado aquí han sido puros embotellamientos. ¡Mira nada más a este culero! ¡Ya se me cerró! ¡Saca la lengua, pendejo! -gritó Melgarejo bajan­do un poco la ventanilla.

-Ni te oyen -dijo Mendiola-, con esta llu­via...

-¿Qué han hecho, Mendiola? ¿Les ha ido bien? -preguntó Nigro.

-Pues sí, dentro de lo que cabe -dijo Mendio­la, y Melgarejo lo interrumpió:

-A usté es al que le cabe, jefe.

-Qué pasó. Más respeto, Julián -indicó Mendiola, quien después se volvió, muy propio, hacia atrás-. Bueno, fuimos a tomarles fotos a todos los de la lista. No hubo ningún problema, sólo el presi­dente municipal nos hizo esperar como dos horas.

-¿Ah sí? ¿Y qué les pareció el Quirri?

-Es un mamón -dijo Melgarejo-. Desde un principio nos vio como chinches, luego tardó siglos en maquillarse y además trajo a uno de sus cuates que según él es experto en iluminación. Por su­puesto, era un pendejo. Total, que nos la hizo de pedo hasta el cansancio, ¿verdad, jefe?

-Sí, qué chocantito señor -corroboró Men­diola.

-Chale, voy por el carril más lento -comentó Melgarejo, casi desesperado por el tránsito.

-No, vas bien -dijo Ramón Gómez de la Ser­na-, porque tienes que dar vuelta adelante, en el semáforo.

-Chin. Este culero no se mueve.

-Oye, Ramón, fíjate que anoche, ¿quién crees que nos salvó de los judiciales que nos madrearon? Nada menos que el presidente municipal constitu­cional el doctor Lanugo Muñúzuri en persona. De pronto apareció, mágicamente, bajo el aguacerazo que estaba cabroncísimo. Venía con siete cuates, to­dos con gabardinas y sombrerotes vaqueros y para­guas negros. Se veían loquísimos, un poco como The Fields of the Nephilim. Le pregunté qué hacía a esas horas y me dijo que a veces le gustaba patrullar el puerto en la madrugada con sus siete compas.

-Sí, ya me habían contado que veces sale a al­tas horas, dicen que se dizque disfraza y va a luga­res de mucho arrastre. Se cuentan cosas terribles que supuestamente hace.

-¿Cómo qué?

-Saquen las chelurrias, ¿no? -propuso Mel­garejo-, yo ando crudo. Las chelas -insistió mi­rando a Nigro por el retrovisor- que están en la hielera, allá abajo de tus patotas, Nigro.

-Calmado, Melga, me das miedo cuando te po­nes así -replicó Nigro abriendo la hielera que, efectivamente, estaba a sus pies; no sólo había hie­lo y cervezas sino una botella de Johnny Walker y otra de ron añejo cubano. También había vasos de­sechables y bolsas de papas fritas y de cacahuates. Nigro silbó admirativamente. Sin preguntarle, sir­vió un whisky con hielo a Mendiola y él, como Melgarejo, tomó una cerveza. Ramón Gómez de la Serna no quiso. Dijo que era muy temprano y que mejor se esperaba a los mezcales de Pie de la Cuesta.

-Pues cosas muy de a tiro -continuó Ramón Gómez de la Serna-. Como que secuestran gente y luego la obligan a hacer barbaridades.

-Cómo qué.

-Como coger con animales.

-Pus eso no está tan mal -dijo Melgarejo, que había salido ya la avenida Cuauhtémoc y se dirigía, por Ejido, hacia Pie de la Cuesta, ya con un poco de menos tránsito-, yo de chavito me cogía a las gallinas, ¿a poco ustedes no? Todo mundo lo hace.

-El que se cogía a las gallinas era Jean-Paul Sartre -informó Nigro-. Por mi parte, de chavo, allá en Tenango, yo me cogía a una changa -plati­có después-, estaba tan peluda que había que de­cirle: a ver tú, mea para orientarme.

-No mames, ése es un chiste viejísimo -dijo Melgarejo, y tocó el claxon con insistencia-. ¡Me carga la chingada con este idiota! ¡No deja pasar, no va ni por un carril ni por el otro! ¡Muévete, hue­vón! -gritó.

-También dicen que el Quirri obliga a sus her­manas a acostarse con él y con sus amigos.

-Chale -dijo Melgarejo.

-Igual que Calígula -recordó Nigro-, lo cuenta Suetonio de poca madre.

-Pues yo creo que, quién sabe cómo, él ordenó que nos golpearan anoche. No puedo creer que se haya aparecido así, de milagro. Pero ya no hable­mos de ese pendejo.

-Sí, que chingue a su madre -asintió Melga­rejo, quien manejaba con eficacia y sin dejar de be­ber su cerveza.

-¿Sabes qué, Ramón? -dijo Nigro-, me cayó superbién el Nacho Acacho.

-Sí, es un tipazo, aquí habemos muchos que lo queremos, pero hay otros, muchos también, que lo detestan. Pero es mucha pieza para ellos. No le hacen mella.

-¡Qué pinches curvas, señores y señoras! -ex­clamó Melgarejo porque, en efecto, las curvas de la carretera a Pie de la Cuesta eran estrechas y muy cerradas.

-Cuánta basura -dijo Mendiola, dando sorbi­tos de whisky al ver los montones que se juntaban a los lados de la carretera. No había mucho tránsi­to porque la parte norte de Acapulco había sido ig­norada por el turismo y ahora sólo se veían casas muy pobres por toda esa zona, que veinte años an­tes fue más popular.

-¿Y quién es el viejito al que vamos a ver? -preguntó Nigro.

-¿Don Demócrito Gutiérrez? ¿El Trovador Atómico? -respondió Ramón Gómez de la Serna, riendo-, ya anda cerca de los cien años. Es un vie­jito muy querido. Y recio. Para su edad se encuen­tra bastante bien. Es de Pie de la Cuesta, allí nació, junto a la laguna, y siempre ha vivido allí, sólo va y viene por Acapulco y la Costa Grande. Ha visto todo y ha conocido a medio mundo. Se menciona a alguien y él siempre dice: ¡Yo lo conocí! Cuenta unas historias sensacionales, van a ver. Fue cantan­te y compositor, la mera verdad es que nunca fue un gran compositor pero sí cantaba muy bonito. Toda su vida se la pasó cantando pero ahora ya no puede y ya no sé si toque la guitarra, porque la úl­tima vez que lo vi me dijo que tenía artritis. Pero yo creo que nos va a tratar de lo mejor, él y su fa­milia son gente muy buena.

Como había menos tránsito y la lluvia había de­crecido, pronto vieron a lo lejos, muy borrosa, la Laguna de Coyuca al fondo, con la playa de Pie de la Cuesta y sus olas, que en ese momento debían ser inmensas. Ramón Gómez de la Serna dio indi­caciones a Melgarejo y llegaron a una casa de te­cho de teja construida sobre gruesos troncos por encima de la laguna. Nigro vio que la lluvia bajaba de intensidad, había más luminosidad, y desde la casa de Demócrito se querían dejar asomar las pal­meras y manglares de las orillas de la laguna. La lluvia repiqueteaba en la superficie del agua y se deshacía en pequeños destellos. Se estacionaron junto a una gran cantidad de automóviles, abrie­ron los paraguas y corrieron a la casa.

 

En el por­che de madera los esperaba el viejito Demócrito en una silla de ruedas. Usaba anteojos de alta graduación y no soltaba un tosco bastón de madera. Esta­ba completamente encanecido y era muy moreno, así es que Nigro no pudo dejar de pensar en un puro apagado. El viejo era menudo y sonreía con una boca muy grande y dientes casi derruidos; sin embargo, de alguna manera daba la impresión de fortaleza, pensó Nigro al ver las venas saltonas y verdosas que cruzaban sus brazos.

-¿Cómo le va, don Ramón? -dijo el viejo De­mócrito. Trató de ponerse de pie, pero Ramón Gó­mez de la Serna fue a él para impedirlo. Lo saludó efusivamente y después le presentó a la gente de la revista.

-¡Mica! -gritó el viejo, con voz rasposa.

Al poco rato de la casa salió una mujer muy morena, robusta, de sesenta años de edad, chongo y anteojos.

-Bueno qué quieres tú -dijo.

-Ven mujer. Quiero que conozcas a los señores de la revista mexicana La Ventana Indiscreta.

La señora se limpió las manos en el delantal y saludó a los recién llegados diciendo:

-Micaela Robles de la O de Gutiérrez, mucho gusto.

Demócrito le pidió a Micaela que lo llevara adentro y Ramón Gómez de la Serna se ofreció a hacerlo.

-No no -dijo Micaela-, a este bruto le gusta que la pendeja de yo sea la que lo mueva a todas partes.

-Esos chamacos que están jugando en los lo­dazales, allá donde ya salieron los cuches, son mis bisnietos, hijos de mi nieto Cherna, orita lo van a conocer -dijo Demócrito cuando salían del por­che.

Entraron en una amplísima habitación en donde se concentraba una sala, un comedor con si­llas pintadas de amarillo encendido, televisión, videocasetera, una máquina de coser, una pianola y hasta una cama de latón. En las paredes, cubiertas de numerosas fotografías, la mayoría muy viejas, resaltaba un cromo enmarcado de la última Cena y un mapa de Acapulco. Nigro se acercó a verlo.

-Es el plano que trazó el señor Humboldt -indi­có Demócrito desde la silla.

-Sí, sí es cierto -dijo Nigro viendo el fino contorno de las bahías de Aca­pulco y Puerto Marqués-. No sabía que Humboldt había hecho un mapa de Acapulco. Está padre.

Pero ya todos habían pasado más adentro, por una especie de pasillo con recámaras a los lados que llevaba a una gran cocina, llena de ollas y ca­cerolas en las paredes, más una mesa y una estufa de carbón junto a una de gas y a un refrigerador. Allí Demócrito les presentó a su nieta Rosalía y a Juana, la esposa de Cherna. Las dos se volvieron a verlos y siguieron afanadas en la preparación de la comida.

-Huele de puros peluches -dijo Melgarejo. Mendiola asintió con parsimonia.

En ese momento apareció un hombre gordito, de pelo lacio y gruesos bigotes. Era Cherna, el nie­to de Demócrito.

-Ah ya llegaron los señores de la revista mexicana La Ventana Indiscreta, pásenle, ya los están esperando -dijo haciéndose a un lado-. Yo orita vengo, voy por una bolsa de hielo con doña Guacas.

Qué distribución más extraña, se dijo Nigro al ver que la cocina conducía a una gran terraza que daba a la laguna y que se hallaba llena de gente y guitarras. Pero lo que maravilló a Nigro fue que la lluvia había descendido a tal punto que era prácti­camente una llovizna; grandes nubes de vapor se desprendían de la laguna y, aunque el cielo seguía cubierto, las nubes eran más claras y la luminosi­dad hizo que Nigro entrecerrara los párpados. Fu­gazmente se dio cuenta de que ya se había acos­tumbrado a las oscuridades de la tormenta. Más atrás se podía ver, entre los vapores, los manglares verdísimos, goteantes, los grandes árboles y las en­redaderas a la orilla de la laguna, cuyo límite se perdía entre el vapor, la bruma y las nubes que se desplazaban con rapidez cambiando de forma y to­nalidades. Una emoción viva y quemante, puro placer de vivir, se metió hasta el fondo de Nigro­mante al aspirar con fuerza el aire fresco, húmedo.

En la terraza un matrimonio de ciegos rasgaba una mandolina y una vigüela rodeado de un grupo de viejitos con instrumentos musicales; la mayoría tenía guitarras, pero había también un bajo quinto y hasta un tololoche que nadie tocaba, salvo los ni­ños que intermitentemente merodeaban por la te­rraza. Unas señoras de cincuenta años, con rebo­zos que ya habían hecho a un lado, platicaban juntas en una esquina, cerca de dos músicos trein­tañeros, con sus debidas guitarras, y tres adoles­centes esmirriados, descalzos, sentados en el ba­randal de la terraza.

Entre Demócrito y Ramón Gómez de la Serna se hicieron las presentaciones, y a la gente de la re­vista se le ofreció mezcal de Chichihualco con li­món y sal. En la gran mesa que habían colocado en el centro de la terraza también había cervezas, tequila, ron para las cubas, refrescos, tuba y, para botanear, camarones fritos, pico de gallo, guaca­mole y chalupas de mole. Nigro, Ramón y Mendio­la aceptaron el mezcal y comentaron que era muy bueno, no raspaba nada; de hecho, agregó Nigro, tenía un sabor que nunca había probado en un mezcal, pero no sabía describirlo y sólo podía de­cir que era limpio.

-Ah chingó -comentó Melga­rejo, quien, cerveza en mano, probaba las botanas de lo más contento.

-A ver, Julián -lo llamó Men­diola-, vete sacando la de treinta y cinco con el lente cincuenta, vamos a trabajar.

-¿No quiere que mejor saque la de quince?

-Julián, mídete, más respeto. -¿Voy a iluminar? -preguntó Mel­garejo.

-No, hombre, la luz se puso increíble. Nada más arma el tripié por si me hace falta.

Mendiola, con dos cámaras al cuello, empezó a tomar fotos. Todos estaban alborozados por las be­bidas pero especialmente porque ya sólo llovizna­ba y los ruidos de la selva se hacían oír nuevamen­te en medio de numerosos goteos. Había grandes deseos colectivos de que ya escampara y se abriera el cielo. De cualquier manera, la laguna y sus ori­llas verdísimas aparecían y desaparecían entre los vapores, y una garza de blancura perfecta se esta­cionó frente a ellos, lo cual, claro, a todos gustó.

Demócrito pidió a los músicos que le cantaran unas canciones a los invitados de la revista mexica­na La Ventana Indiscreta, y el matrimonio de cie­gos, dos viejos de setenta años, prendieron el am­biente con canciones de Tadeo Arredondo. A Nigro le gustó mucho aquello de «muévete chiquita como yo me muevo, tú serás la vaca y yo seré el becerro, te llevo al mercado, te doy mi dinero y a la más chiquita yo también la quiero». Después encendió la grabadorita y la acercó a Demócrito cuando éste le decía que la canción se llamaba «Atolito con el dedo» y era muy famosa. También les contó que, treinta años antes, Tadeo cantaba esas canciones allí mismo donde estaban, acompañado muchas veces por Sabino Terán y Alejandro Ramírez, el so­brino de Agustín Ramírez y de Alejandro Gómez Maganda. Todos, incluyéndolo a él, se iban, botella en mano, a ver el crepúsculo a la playa, famosa por sus puestas de sol, y luego regresaban a la terraza a seguir cantando acompañados por grillos y chicha­rras.

-Por cierto -continuó Demócrito-, a esos bárbaros les daba por llevar serenatas y cantarles a las muchachas: «Cotorra del pico chueco, prima hermana del perico.» Arajo, qué románticos -con­cluyó, riendo hasta que le brotó la tos y se le hume­decieron los ojos.

Los ciegos ahora cantaban, con gran brío, «El toro rabón» y después «Atoyac», ambas de José Agustín Ramírez.

-Ése sí yo sé quién es -dijo Ni­gro. Por supuesto, Demócrito lo había conocido, al igual que varios de los viejitos. Recordaron que a veces lo veían caminando como perrito sin dueño por la playa. ¿Qué haces?, le preguntaban, y él de­cía que en la madrugada había enterrado por ahí una botella de tequila y en ese momento le estaba haciendo falta. Pero, hombre, le decían, hubieras puesto una señal, ora va a estar cabrón que la en­cuentres. Sí la encuentro, decía él, porque ella me llama, me dice muy quedito: aquí estoy, mi amigo, ven a darme un beso. Se acordaron de que Agustín Ramírez había recorrido la totalidad del estado de Guerrero, y que le había compuesto canciones a muchos lugares: Atoyac, San Marcos, bueno: «La sanmarqueña», Ometepec, Olinalá y su fabulosa madera, «Linaloé»; por supuesto Chilpancingo, pero sobre todas las cosas le cantó a Acapulco. En verdad había andado por los caminos del sur y ha­bía hecho un gran mapa musical del estado de Guerrero. -Tan bueno o mejor que el del señor Humboldt -dijo Demócrito. -Claro que sí -agre­gó Nigro, a quien le agradó la idea de la cartografía musical. Demócrito dijo que, de vivir, Agustín Ra­mírez tendría noventa y un años, porque era del tres, menor que él, que era del novecientos uno. Se acordó de los hermanos de Agustín: Alfonso, que era maestro, luego acabó siendo rector de la Uni­versidad de Guerrero, y Conchita, maestra tam­bién, que había fundado el Instituto México; y Au­gusto, piloto, le decían el Pajarito. Todos ellos se habían ido con su madre, Mamá Pola, a México por los años veinte. Lo invitaban. -Pero yo qué iba a hacer a México, ni loco que estuviera -dijo entre risas y bebiendo sorbitos de mezcal-Pero me convencieron, y ahi te voy yo también de babo­sote. -Agregó que en esa época era terrible ir a la capital. Sólo había tren hasta Taxco y para llegar allí había que echarse varios días de camino, en mula. -No hombre -dijo-, yo ni a Tierra Colora­da llegué. Cuando vi cómo estaba la cosa mejor me regresé. Aquí, a mi vida, porque esto es la vida -añadió, extendiendo los brazos para abarcar todo, la casa, la gente, la música, la vegetación, la laguna, el país y el mundo entero.

Como la pareja de ciegos no dejaba de cantar, los demás viejos y los treintañeros no soportaron estar sólo de público y se fueron metiendo en las canciones, por lo que al poco tiempo eran doce las guitarras, más el bajo quinto y la mandolina, que tocaban las chilenas. Cherna le ofreció una guitarra a Demócrito, pero éste negó con las manos y sólo tarareó las canciones.

-¡Qué ondón! -decía Mel­garejo-, esto es otra cosa, está de lo más jefe. To­can rayadísimo los ruquitos.

-Sí, son extraordina­rios -asintió Mendiola, quien se veía muy relajado, ya con un brillo alegre en la mirada. Él, Melgarejo, Nigro, Ramón Gómez de la Serna, las señoras y las adolescentes aplaudieron con gran gusto cuando los músicos terminaron de cantar «Diamante azul».

-Oye, esto está increíble -le dijo Nigro a Ra­món Gómez de la Serna-, no me imaginé que nos iban a dar este conciertazo.

-Ni yo tampoco -res­pondió el español-, pero, como ves, este Demócri­to tiene un tremendo poder de convocatoria. -Se han de haber gastado una lana en esto, a ver si lue­go nos ponemos a mano, ¿no crees?

-Bueno, Ni­gro, has de saber que tu inseguro servidor puso el dinero para todo esto, así es que la mexicana revis­ta es la que paga.

-La mexicana revista, es genial. Salucita, Ramón, qué gusto estar aquí contigo.

-Salud, Nigro. Igualmente. Lástima que el jefe Tranquilo se lo perdió.

-No te preocupes, The Boss anda en labores propias de su sexo.

En medio de las canciones y de la bebedera, las mujeres pusieron la mesa, trajeron las tortillas, los guisos, y llamaron a todos a comer. La gente se acercó a la gran mesa y le entraron al caldo de pes­cado, seviche, huachinango a la talla, camarones de la laguna, arroz morisqueta, aporreadillo de cecina y pozole blanco con sardinas, chicharrón y aguaca­te. Circulaban las cervezas, el mezcal, la tuba y los refrescos, y las tortillas también volaban. Las guita­rras yacían recargadas junto al barandal. Nigro sonrió con simpatía al ver que el viejito Demócrito apenas probaba unos camarones. Después los ojos se le cerraron y se quedó dormido con la respira­ción acompasada. Los demás lo dejaron en paz y si­guieron comiendo, en medio de conversaciones cruzadas. No bien había terminado la mayoría, y circulaban los mezcales de punta para el desem­pance, cuando de pronto Ramón Gómez de la Ser­na sacó a colación a Juan R. Escudero. En ese mo­mento Demócrito abrió los ojos.

-Yo conocí a Juan R. Escudero -dijo, con los ojos brillantes, y Nigro le acercó la grabadora en el acto-. Fue el Apóstol. Era un hombre muy alto, fino, bien vesti­do, con bigotito, pero con los pantalones muy bien puestos. Yo fui de los que lo seguí, porque hablaba con el verbo de Demóstenes.

-Pero ¿qué hizo? -preguntó Melgarejo.

-Fue presidente municipal de Acapulco en los años veinte -dijo Ramón Gó­mez de la Serna.

-Sí, tú cuéntales -dijo Demócri­to, cerrando los ojos.

-No no -exclamó Ramón-, de ninguna manera, tú eres el que sabe, Demócrito.

-Fue el primer presidente municipal socialista que hubo en el país -dijo Demócrito, aún con los ojos cerrados y llenos de arrugas, y contó entonces que de joven Escudero había estudiado en Oak­land, donde conoció a los Flores Magón y se entu­siasmó con sus ideas. Cuando volvió a Acapulco formó una unión de pescadores y lo corrieron del puerto. Anduvo peregrinando un tiempo y, a los treinta años, volvió a Acapulco y, en un intermedio de la función del cine Salón Rojo, se lanzó contra los gachupines que tenían dominado al puerto, dijo que en Acapulco todavía no había llegado la Independencia. Total, llamaron a los guachos y lo sacaron a culatazos. Pero Juan ya había emociona­do a la gente y pasó a la siguiente parte de sus planes: crear el Partido Obrero de Acapulco. Escudero fundó un periódico que se llamó Regeneración, como el de Flores Magón, y se dedicó a denunciar a los grandes comerciantes españoles. Escudero era un hombre bueno, noble, por eso se hizo ami­go de los niños, que repartían el periódico y lo vo­ceaban. Entre ellos estaban Jorge Joseph, que des­pués fue presidente municipal y se enfrentó a la federación, y Alejandro Gómez Maganda, que fue gobernador pero también lo tiraron antes de que terminara su periodo. En 1920 Juan se lanzó como candidato del POA por la presidencia municipal. Bien claro dijo que trataría de hacer un gobierno socialista. El periódico lo había hecho popular y además era un orador efectivísimo, así es que ganó las elecciones, pero el gobierno trató de imponer al candidato de las casas comerciales. El pueblo se enteró de todo, rodeó la casa donde se reunió la junta computadora, entonces esos señores vieron que la cosa iba en serio y mejor revocaron el fallo inicial y declararon presidente municipal a Escu­dero, quien tomó posesión en medio de tensión y provocaciones.

Desde un principio los ricos salie­ron con que el POA planeaba alzarse en armas y, ya presidente, a cada rato Juan tenía que obtener un amparo en contra de las órdenes de aprehen­sión que había en su contra.

Al pobre Escudero le hicieron la vida de cuadri­tos y llegó un momento en que él mismo se metió en la cárcel para que lo sometieran a juicio. Pues lo absolvieron. Se hicieron nuevas elecciones y esa vez Escudero ganó de calle. Los comerciantes y los militares fraguaron un golpe. Un grupo de doscien­tos soldados llegó disparando contra la presidencia municipal, donde estaba Juan con gente del POA. Ellos resistieron como los buenos, pero los gua­chos le prendieron fuego a la presidencia. Los de adentro tuvieron que retirarse, pero Escudero cayó a balazos cuando estaba a punto de brincarse la barda. El mayor Flores le dio el tiro de gracia. Pero, para la sorpresa de todos, no se murió. Se fue reponiendo con lentitud, y, en cama, le dictaba fogosos discursos al niño Gómez Maganda, quien los memorizaba y después los decía en las reunio­nes políticas y por eso decían que él era la Voz de Escudero. Los problemas nunca pararon y a fines del veintidós se hicieron otras elecciones y Juan las volvió a ganar, ahora en silla de ruedas. Nunca lo dejaron en paz. En el veintitrés los comerciantes habían puesto precio a la cabeza de Juan R. y lo­graron que lo arrestaran. Lo encerraron en el Fuer­te de San Diego, y de allí lo llevaron a Aguacatillo para asesinarlo con varios de los suyos. A Juan le dispararon en la nariz y allí murió, en el Aguacati­llo, a los treintaitrés años.

 

Recordar a Juan R. Escudero hizo que en la mesa se hablase de política, aunque Demócrito vol­vió a cerrar los ojos y varios de los viejos maestros regresaron a las guitarras para seguir cantando, pero constataron con pena que el cielo de nuevo se cubría de nubes muy oscuras. Melgarejo cargó las cámaras y Mendiola no dejó de tomar fotos. En la mesa la mayoría detestaba al presidente municipal Lanugo Muñúzuri, casi todos estaban con el PRD y otros no militaban pero estaban contra el gobier­no. Era gente de escasos recursos que cada vez vi­vía con mayores dificultades. Entre todos comen­taron que la situación era muy dura y que por eso había tanto desorden, a cada rato secuestraban a los millonarios, y también había rateros y mato­nes, droga por todas partes, asesinatos a taxistas y violaciones todos los días. Mucha gente andaba ar­mada y con frecuencia había tipos que recorrían la Costera para levantarse a las chamacas que les gustaban.

Ramón Gómez de la Serna dio datos: Acapulco se hallaba entre los primeros lugares del país en el consumo de alcohol, anfetaminas, cocaína, mari­guana, heroína y sedantes. En cambio, estaba en los últimos lugares en cuanto a enseñanza univer­sitaria. -La estrategia -decía Cherna, acalora­do-, consiste en mantener al pueblo guerrerense ignorante, inculto y desnutrido, pues saben que es valiente, inquieto, cuestionador de injusticias; si a los guerrerenses se nos diera buena educación y buena alimentación, seríamos capaces, en una ge­neración, de cambiar el destino político del país.

 

El viento de nuevo soplaba y el cielo se cargaba con rapidez de nubes negras. Era claro que la llu­via se reiniciaría en breve y con gran fuerza, y los costeños, que conocían bien su cielo, empezaron a retirarse. Pero hubo varios que con las guitarras y el mezcal se pasaron a la sala-comedor-taller-recá­mara para seguir allí las canciones mientras De­mócrito dormitaba o recordaba en su silla de rue­das. Las gotas arreciaban y la gente se despedía y se retiraba con rapidez. Nigro, Mendiola, Melgare­jo y Ramón Gómez de la Serna también salieron corriendo a la combi con los paraguas abiertos porque la lluvia de nuevo caía con furia en medio de truenos y ráfagas de ventarrones.

 


Date: 2015-12-11; view: 261


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