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MAÑANA ES HACE MUCHO TIEMPO

 

A las nueve de la noche Nigromante habló del lobby para indicar que ya estaban allí. Sin prisas, Livia y Phoebe se fumaron un cigarrito, dieron los últimos toques a su arreglo y, satisfechas, fueron a encontrar a los hombres en el coche. Se saludaron con besos en la mejilla, como reconociéndose, y después de lleno en la boca, lo cual los puso de buen humor. Livia tomó de la mano a Tranquilo y le preguntó por el reportaje, pero antes de que pu­diera contestar, Nigro les hizo otra reseñita de la sesión con los ecologistas, sin omitir las hazañas del presunto pedorro licenciado Chiquiar, y las tuvo muy divertidas. Phoebe inclusó comentó que le gustaría acompañarlos a una de sus sesiones de trabajo. -Con máscaras antigases, cómo no -dijo Nigro. Qué vulgaridad, pensó Tranquilo. -¿Quién es el que vamos a ver? -preguntó. -Hombre -respondió Nigro-, hoy en la tarde Ramón Gó­mez de la Serna, el encargado de la revista en Aca­pulco, me contó su vida y milagros. ¿Quieren que se las cuente?

Phoebe dijo que sí, Livia no abrió la boca y Tranquilo también prefirió quedarse callado, así es que Nigro les contó lo que Ramón Gómez de la Serna le había contado. El doctor Acaso, quien ha­bía nacido a mediados de los años cuarenta en Acapulco, era hijo de un empleado de hoteles que con el tiempo y esfuerzos acabó abriendo una exi­tosa agencia de viajes. Ignacio era el mayor de sie­te hermanos, y fue siempre un excelente estudian­te, entre los primeros en el Instituto México y en la escuela Altamirano. Pero también tenía un carác­ter muy alegre, era inteligente, ingenioso y caris­mático, así es que disponía de infinidad de amigos y de novias, porque salió bueno para las mucha­chas, «es que tengo Venus en Cáncer, en conjun­ción con el sol», decía Nigro que decía Ramón Gó­mez de la Serna que Acaso solía explicar. Esto le facilitaba el contacto con los gringos, que, poco a poco lo iniciaron en los misterios del slang, el cine, el rock and roll y las revistas Mad y Playboy.

Acaso estudió en Acapulco hasta el máximo ni­vel posible: la preparatoria. Para los estudios pro­fesionales tuvo que desplazarse en 1966 a la Ciu­dad de México, donde vivió primero solo, en una casa de asistencia, y después con sus hermanos Tencho y Raúl en un departamentito de la colonia Narvarte que les alquiló su padre. Ignacio se esme­ró en sus estudios de biología tirándole a la botá­nica y pudo desarrollarse con mayor rapidez al empezar a cortar el cordón umbilical, pero, de cualquier manera, todos los puentes y las vacacio­nes las pasaba en Acapulco, donde la mayor parte de la gente lo conocía. Iba a nadar a la Condesa, tomaba cervezas y ron y bailaba en el Paradise, que entonces era una palapa. Asistía a las fiestas de graduación, de quince años, bodas y funerales. Iba a los cines Salón Rojo, Río y Tropical, y después a las primeras discotecas, como el Tequila á Go Go. Eran los tiempos de las reseñas cinematográficas, de la gran afluencia internacional y del predominio absoluto de Acapulco en el turismo de México.



Entre sus numerosas amistades con turistas gringos, y muchos ligues de gringas, Acaso vio que empezaban a proliferar los greñudos, de pantalo­nes vaqueros recortados a guisa de shorts, que oían unos grupos loquísimos, y que a él le fascina­ron, como los Mothers of Invention, los Fugs o The Velvet Underground, y que además fumaban mari­guana, lo cual sorprendió e incluso escandalizó a Acaso, quien era partidario del ron directo o en las rocas en última instancia; pero no sólo fumaban mota, y argüían que la dorada de Acapulco era de las mejores del mundo, sino que también se me­tían hongos mazatecos, peyote potosino y semillas de la virgen morelenses, o los productos químicos que traían de San Francisco en cantidades sor­prendentes: LSD, mescalina, silocibina, STP, MDA, DMT y otros alucinógenos, además de cocaína, an­fetaminas o barbitúricos y a veces hasta opio.

A es­tos gringos les gustaban las lagunas al norte y sur de Acapulco, la de Coyuca y la de Tres Palos, y al­gunos llegaban con mucho dinero, producto de la venta de ácidos, alquilaban casonas con vistas ma­ravillosas y Acaso en las noches veía alucinado que circulaban bandejas de plata con todo tipo de dro­gas y copas de champaña; después leían el tarot o el I Ching y procedían a viajar a la luz de velas o de lámparas «de luces sicodélicas» con la droga de su elección.

 

Acaso no tardó en convertirse en un jipi decla­rado; se dejó crecer la melena hasta el torso, se compró una combi volkswagen y la pintó con hon­gos, signos de la paz y colores estridentes; pronto era experto en mariguana, que se podía comprar hasta a cien pesos el kilo de la sinsemilla, y además se puso a hacer ácido lisérgico en los laboratorios de la escuela. Le salió algo peculiar, pero que sin duda ponía hasta atrás a los viajeros intrépidos que lo probaron. «Está durísimo», decían. «Es ele­sedé con chile», les explicaba él. Conocer el I Ching llevó a Acaso a la lectura de Jung, que lo sedujo desde un principio. Empezó por Recuerdos, sue­ños, pensamientos, después leyó Respuesta a Job, Psicología y alquimia, Psicología y religión y ya no se detuvo hasta devorar completitos los dieciocho tomos de las obras junguianas, traducidas por R. E C. Hull y editadas por la serie Bollingen de la Uni­versidad de Princeton. También siguió los afluen­tes mayores, Joseph Campbell, Erich Neumann, y las obras de los discípulos: Aniela Jaffé, Marie­ Louise von Franz o Frieda Forham, y naturalmente muchísimas lecturas paralelas de sicología, filoso­fía, metafísica, antropología, historia y literatura. También se volvió experto en astrología, cartoman­cia, especialmente el tarot, alquimia, budismo, zen budismo, taoísmo, fantasía y ciencia ficción, ade­más, por supuesto, del rock.

Esto, naturalmente, se llevó varios años; en me­dio de ellos conoció a Laura Leticia en la escuela; se casaron, terminaron la carrera e hicieron un posgrado en la Universidad de La Joya, San Diego, donde pasaron el 68; ella se doctoró en zoología y él en etnobotánica. Por supuesto, vivieron a fondo el apogeo y declinamiento de la siquedelia y regre­saron a México a principios de los setenta. No les afectó gran cosa el fin del jipismo, aunque Acaso siempre usó el pelo cuando menos hasta cubrir la nuca. Tuvieron una niña y dos niños, y trabajaron varios años en la Universidad de México, pero con el tiempo se desalentaron, la paga era poca y se ha­bían cansado del medio académico, así es que con­templaron la vuelta a Acapulco.

Él, en tanto, se había ido sumergiendo en Jung. Hizo un viaje a Zurich, visitó Bollingen, y después, en Nueva York, se sicoanalizó con los junguianos y recibió entrenamiento como analista. Regresó al puerto, decidido a vivir como terapeuta; «apuesto mi vida y sigo mi voluntad», proclamaba. Abrió su consultorio en el Edificio Oviedo y al principio pasó muchas dificultades, pero, con su buena es­trella, su facilidad de trato y sus relaciones con gente rica de Acapulco y de Estados Unidos, usual­mente infestados de problemas emocionales, per­severó y se fue para arriba. Desde fines de los se­tenta, además, los Acaso se fueron involucrando en la ecología, él más que ella; leyó la literatura, asis­tió a reuniones y congresos, y el deterioro galopan­te de la naturaleza en Acapulco acabó por diplo­marlo. Formó entonces su grupo, como era de esperarse con el extravagante nombre de Veteranos de las Guerras Síquicas en Defensa del Medio Am­biente y de los Derechos Humanos.

 

La lluvia hacía tortuosa la subida al cerro de la Pinzona, pero el Phantom se portó como debía y pronto llegaron a la casa del doctor Ignacio Acaso y su esposa Laura Leticia, quienes muy considera­damente habían dejado abierta la puerta del zaguán para que pudieran meter el auto hasta la co­chera, que estaba cubierta. Allí los recibieron los anfitriones. -Pero mira qué bien -exclamó el analista, al ver a las estadunidenses-, se trajeron muy buena compañía. -Tranquilo sonrió con or­gullo e hizo las presentaciones.

-Oh, The Doors -exclamó Livia, al oír «Break­on through» cuando entraron en una estancia es­paciosa que tenía cuadros y pósters enmarcados en las paredes, muebles de excelente gusto y una ex­traordinaria vista a la bahía, que en ese momento la tormenta anulaba por completo.

-Por supuesto -dijo Acaso, en inglés-. Son eternos.

-Más bien Oliver Stone los volvió a poner de moda -comentó Tranquilo.

-Más bien subió el volumen del reconocimien­to -arguyó Nigro-, porque siempre estuvieron de moda. Los Doors, Jimi Hendrix, Janis Joplin y Pink Floyd les han gustado a todas las generaciones.

-Echácatamente -coincidió Acaso-. Qué se toman -propuso después.

Las mujeres pidieron tequila, Tranquilo y Nigro whisky; los anfitriones estaban bebiendo vodka. -Pero qué pinches torrentes -comentó Acaso, mientras servía-, les juro que en toda mi vida en Acapulco nunca había visto algo así.

-Cómo no -intervino Laura Leticia, en espa­ñol, cuando tomaban asiento-, acuérdate cuando estábamos chicos, allá cuando el temblor que tiró el ángel de la columna de la Independencia en la Ciudad de México... También hubo una tempestad tremenda. Todo se inundó. Hasta suspendieron las clases en la Altamirano.

-No me acuerdo -dijo Acaso, en inglés-, de cualquier manera pocas veces llega a llover como ahora.

-Ha sido un fastidio -comentó Phoebe-, a nosotras la lluvia ya nos cansó y por eso nos vamos mañana.

-Cómo que se van mañana -exclamó Tran­quilo, alarmado, viendo de reojo a Nigromante-, no hagan eso, el clima se va a componer.

-Lo dudo -replicó Livia.

-Sí, está difícil -dijo Acaso-, quizá para la semana próxima. Y ya saben, después de que deje de llover tendremos varios días bellísimos.

-¿Qué se sabe de este huracán? -preguntó Nigro, para desviar el tema.

Acaso explicó entonces que, como se sabía, se trataba del huracán Calvino. Pero, por suerte, has­ta ese momento sólo habían sentido las bandas ex­ternas del huracán y no toda la espiral hasta el vór­tex. Si fuese así, los daños humanos, ecológicos y materiales podrían ser desastrosos. En realidad, abundó, los expertos del MIT, con quienes él había conversado un año antes en un congreso, conside­raban poco probable que Acapulco fuera azotado de lleno por un huracán. Era un indudable buen karma del puerto. Sin embargo, la particular loca­lización geográfica de Acapulco y la dinámica de los vientos, que se desplazaban de este a oeste, per­mitía que los huracanes guardaran una distancia favorable para la bahía. Pero bueno, ya sabían, na­die podía estar seguro, vientos repentinos y muy raros de sur a norte podrían llegar a Acapulco. -Y entonces sí -farseó Acaso-: a temblar, señores.

-De que Ignacio agarra el micrófono luego luego te suelta una conferencia -dijo Laura Le­ticia.

-Sólo respondí una pregunta, ¿no?

-Eso que ni qué, mi vida -reconoció ella dán­dole un besito. Acaso, satisfecho, sirvió otra ronda de bebidas y su esposa se sorprendió de la veloci­dad con que bebían las visitas. Ella tenía un vodka tónic en la mano desde hacía quién sabe cuánto. Ya se habían derretido los hielos. Vio también que todos atacaban los pistaches, nueces de la India, cacahuates, además de quesos y zanahorias para remojar en aderezo-. Pobres -dijo, en español-, yo creo que pasamos a cenar -agregó en inglés-, todos se están muriendo de hambre. -Efectiva­mente, los cuatro invitados se pusieron de pie al instante y, en la mesa, engulleron con excelente apetito la cena que Laura Leticia y su criada ha­bían preparado en muy poco tiempo. Primero fue­ron pequeñas quesadillas de huitlacoche, que, como aseguró Nigro, estaban de poca madre y no le supieron ni a melón. Después vinieron los hua­zontles con queso, que fueron celebradísimos.

-Fue una suerte que tuviera esas varas de hua­zontle -explicó Laura Leticia.

-¿Varas? ¿Cuáles? -preguntó Livia.

-El huazontle viene en varas, sólo que noso­tras las desvaramos y las servimos en forma de tor­titas -explicó Laura Leticia.

-Por lo general se comen en la vara, con salsa de jitomate -dijo Tranquilo.

-Yo nunca las había probado -comentó Phoe­be y repitió, apreciativa-: huazontle.

-Ni yo -agregó Livia.

-Se supone que el huazontle en tortas con queso era el platillo favorito de Juan Ruiz de Alar­cón, o eso dicen en Taxco -informó Nigro, en es­pañol.

-Sí. Allí las probamos nosotros una vez. Pues de eso me acordé yo al comprar los huazontles, y por eso los hice -agregó Laura Leticia, también en español, y después motivó nuevas exclamacio­nes de admiración al servir pollo en guasmole, cuyo sabor maravilló a las estadunidenses.

-El guasmole se hace con guajes, que son las semillas de las vainas de un árbol, el guamúchil, el cual se caracteriza por su resistencia a la reseque­dad, de allí que se vean por todas partes semiári­das de México -dijo Acaso.

-Y Guamúchil también se llama también el pueblo de Sinaloa donde nació Pedro Infante -agregó Nigro, con una sonrisita.

-Eso lo sabe cualquiera -dijo Tranquilo.

-Todo eso está muy bien -terció Laura Leti­cia-, sólo que las semillas de guaje son de guaje, y las de guamúchil son de guamúchil. Son árboles distintos.

-Ah chingá -dijo Nigro.

-¿De veras? -preguntó Acaso.

-Claro.

-Definitivamente las semillas dan un sabor sensacional -comentó Tranquilo, quien se hallaba muy a gusto; había repetido otra ración de ensala­da y no dejaba de beber el vino Marqués del Riscal.

-Sí es cierto, te rayaste, Laura Leticia -dijo Nigro, quien comía a gran velocidad.

-¿No quieren que juguemos un jueguito? -propuso Acaso.

-¿Qué jueguito? ¿Strip-poker? -bromeó Tranquilo, pero nadie sonrió e incluso Livia y Phoebe entrecruzaron miradas de inteligencia, lo cual lo desconcertó momentáneamente.

-Hay miles de juegos -replicó Acaso.

-E Ignacio se los sabe todos. Pero ahorita es­tamos comiendo, mi amor -dijo Laura Leticia, con una sonrisa.

-¿Qué tal el juego de no-jugamos-ningún-jue­go? -deslizó Nigro, que sólo era afecto a los jue­gos de palabras.

-Entonces un juego para la hora de la comida -dijo Acaso-, como «A qué te sabe tu vecino de mesa».

-Eso me suena a antropofagia -comentó Nigro.

-Y a mí, a sexo -agregó Livia.

-Nunca había oído hablar de ese juego -dijo Phoebe.

-Será porque Ignacio lo acaba de inventar... -deslizó Laura Leticia.

-Bueno, en realidad es la variación de un juego muy conocido. Se hacen preguntas como «si tu ve­cino de mesa es un postre, ¿a qué te sabe?», o «si es sopa», «si es plato fuerte», etcétera. ¿Juegan? -No esperó respuesta e inmediatamente preguntó a Li­via: -Si Tranquilo es una verdura, ¿a qué te sabe?

-A pepino, sabe rico -dijo ella, como si nada, y Tranquilo sonrió sorprendido porque en ese mo­mento, por debajo de la mesa, Livia le acarició el pene con mano ágil.

Todos rieron. -¡Fálicos estamos! -exclamó Nigro.

-Me honra tu distinción -pronunció Tranqui­lo, con solemnidad fingida.

-Pero así no está bien -dijo Laura Leticia, al­borozada-, porque resulta muy previsible ir en or­den. Mejor hay que dejarlo a la suerte.

-¡Muy bien! -asintió Acaso-, que sea como en el juego de la botella. Hacemos a un lado al esti­mado guasmole y lo ponemos aquí al ladito..., por­que se vale servirse de nuevo -indicó con seguri­dad y sorpresivamente salió corriendo a la cocina, lo cual dejó a todos pasmados, pero regresó casi al instante con un largo y no muy grueso pepino-... y ahora ponemos este apropiado doctor Pensa­miento en el centro de la mesa, nos preguntamos «si mi vecino de mesa es el plato fuerte, ¿a qué me sabe? », y ahora lo echamos a girar.

Así lo hizo; el pepino giró y se detuvo señalan­do al mismo Acaso y a Laura Leticia, quienes se hallaban en las cabeceras de la mesa; los dos son­rieron y se alzaron de hombros. Los demás los mi­raron, expectantes.

-Si Ignacio fuera la carne del plato fuerte sería la carne de su majestad el cuche, o sea: el cerdo -respondió Laura Leticia, con los ojos chispean­tes y bebiendo vino de la tercera botella que su ma­rido abría.

-¿Un cerdo? -repitió Livia, con una sonrisa insegura.

-Por supuesto, el sabor de Nacho sería riquísi­mo -agregó Laura Leticia.

-La especialidad de la casa: Nachito pibil -dijo Acaso, de lo más relajado y sonriendo am­pliamente.

-Qué bueno que no eres judía -deslizó Tran­quilo.

-Sí soy -replicó Laura Leticia.

-¿De veras?

-Claro.

-Pero la carne de cerdo tiene muchas toxinas -señaló Phoebe.

-Por supuesto. Este Ignacio puede ser una de­licia pero también un veneno peligroso. Pero, bue­no, si les friquea tanto que me sepa a cochinito, también me podía saber a cangrejo.

-Mi vida, como dice Tranquilo, me honra la distinción. Lo de cangrejo está bien, incluso nor­mal, porque soy de signo Cáncer con ascendiente Leo y Luna en Acuario, pero me gusta más lo del cerdo, siempre me gustó «Piggy piggy pig» de Pro­col Harum, «Piggies» de los Beatles, y «Pigs (Three different ones)», de Pink Floyd -contribuyó Nigromante-, y « War pigs », de Faith No More.

-Y ahí están los Pixies -siguió Acaso-. Yo no tengo prejuicios contra los hermanos cuches, en efecto su carne es de las más deliciosas. No es pre­cisamente ligera, eso sí, pero a mí me gustan las ondas pesadas, y con Digenor Plus y Malox Plus me hace los mandados; además, el cerdo, por su condición ínfima, puede simbolizar también el te­soro que se puede hallar en la basura. Pues tú a mí -Acaso dijo a su esposa sin transición- me sa­brías a riquísima carne de camello.

Los demás, que habían terminado de comer, vieron que Laura Leticia meneaba la cabeza al de­cir en español a su marido:

-Ay Ignacio... Oye, ¿por qué no sacas un chubi?

-¿Antes del postre? ¡Muy bien! -respondió Acaso muy animado y viendo de reojo a Tranquilo y Nigro-, ¿cómo la ven ustedes?, ¿le damos fogata? -les preguntó, pero no esperó respuesta y se dirigió en inglés a Livia y Phoebe-, ¿qué tal unas cuantas fumarolas de pura y cien por ciento legíti­ma Acapulco Gold?

Las dos se miraron entre sí y rieron, divertidas. -¡Venga, venga! -dijo Livia.

En un relámpago Acaso salió del comedor y al poco rato estaba de regreso con un tubito de metal del que extrajo varios cigarros de mariguana. Los dejó sobre la mesa. Pero una vez más salió dispara­do a su equipo de sonido y puso más música, aho­ra David Lindley y su Rayo X, lo cual dejó estupe­facto a Nigro. -No es posible que tú tengas ese disco dijo en español-. Es chingonométrico.

-Ah cómo no va a ser posible. También tengo a Ry Cooder y a Little Village.

-Entonces también a John Hiatt.

-También. Bueno, señores -agregó en in­glés-, aquí está la dorada sin semilla de la sierra guerrerense, pródiga en guerrilleros y drogas de alta calidad. -Sin más encendió uno de los ciga­rros, le dio dos rápidos toques y lo pasó; después sirvió más vino. Laura Leticia ya había repartido el postre, glorias de Monterrey que le acababan de llevar y que a ella le fascinaban, pero que siempre rehuía por el exceso de calorías. Livia y Phoebe tampoco quisieron.

-¿Le seguimos? -preguntó Acaso, ya de pie, con su copa en una mano y la otra en el pepino gi­rador.

-Mejor cambiamos de juego -dijo Nigro, co­miendo glorias y fumando mariguana al mismo tiempo-, al fin que hay miles.

-Excelente mota -calificó Phoebe, pasando el cigarro, que se había reducido notablemente, a Laura Leticia.

-¿Hay sugerencias? -preguntó Acaso, quien ahora blandía una botella de calvados áge inconnue.

-Pero si tú eres el experto -dijo Tranquilo.

-Sí es, ¿eh?, no saben en lo que se están me­tiendo -advirtió Laura Leticia.

-¿Qué tal si jugamos «Quisiera olvidarlo»? Cada quien cuenta lo que más quisiera olvidar en su vida -propuso Acaso, a quien le llegó el cigarro y, sin soltar la botella de calvados, lo fumó con gol­pes repetidos e intensos.

-Muy peligroso. Y proclive a la autocrítica, a salir a la plaza pública y gritar: ¡soy un asesino! ¡No, qué horror! -protestó Nigro casi inmediatamente.

-¿Quieres pasar al diván de una vez? -bro­meó Acaso a la vez que mataba la colilla de mari­guana.

-Mi vida, o sirves de esa botella o la sueltas ya porque parece tu fetiche -dijo Laura Leticia, quien aprovechó para ofrecer café, que todos acep­taron, y para invitarlos a regresar a la sala, lo cual hicieron sin soltar sus copas.

-Mejor juguemos al juego de la verdad -dijo Livia de súbito cuando se acababan de instalar en la sala, frente a la lluvia que se estrellaba en los ventanales, y Acaso servía el calvados.

-Ah caray -exclamó Nigro.

-¿Están seguros? -indagó Acaso-, puede re­sultar un juego pesado.

-Es buenísimo para el chisme -dijo Laura Leticia.

-Por mí no hay problema -asentó Phoebe, un tanto pensativa, a la vez que encendía un cigarro.

Tranquilo se veía alarmado, lo cual hizo sonreír a Nigromante. No supo por qué pero de pronto tuvo la imagen de un cuarto oscuro con numerosas siluetas y conversaciones entrecruzadas; era algo que le impedía concentrarse en lo que ocurría. Se quedó sumamente sorprendido cuando Laura Leti­cia encendió las velas de dos grandes candelabros mazatecos y apagó la luz. Acaso levantó la mesa de centro, la puso a un lado, quitó a David Lindley, puso The Draughtman's Contract, de Michael Ny­man, y regresó con el pepino, que tomó de la mesa y lo llevó al centro de la alfombra.

-¿Listos? -preguntó, y al instante echó a gi­rar el pepino, pero Livia lo detuvo con la mano y lo colocó de tal manera que la señalara a ella y a Tranquilo. Los demás sonrieron, condescendientes.

-Quiet One, ¿todavía te queda coca? -pregun­tó Livia, con expresión aparentemente cándida.

Tranquilo sonrió, forzado, miró a todos con una fugaz sombra de desconfianza, estuvo a punto de decir que ya no tenía, pero finalmente optó por reír. -Claro que sí -respondió.

-Pues Zacarías el profeta -pidió Nigro, en es­pañol.

-Ah canijillos -dijo Laura Leticia.

-Doctor -agregó Acaso, en inglés-, mis res­petos. Espero que nos invite de su droga letal.

A Tranquilo no le hizo mucha gracia el chiste pero, sin dejar de sonreír, sacó su cajita de carey y la cucharilla de oro y las pasó a Acaso, quien las observó admirativamente. Después se dio un par de pases por cada aleta de la nariz, y la pasó a su esposa. -Se impone otro Indio Bedoya -dijo Aca­so, sorbiendo en la nariz, y encendió un nuevo ci­garro de mariguana, que echó a circular en direc­ción contraria a la caja y la cucharita.

-¡Ajúa! -exclamó Nigro, con una sacudida, después de aspirar el polvo.

-Bueno -dijo Acaso, en inglés-, si ya están todos bien intoxicadotes, podemos proceder al Te­mible Juego de la Verdad. -A continuación tomó el pepino y lo hizo girar, hasta que éste se detuvo y señaló a Nigro y a Tranquilo.

-Yo pregunto -dijo Tranquilo, en español.

-No, yo pregunto -replicó Nigro, fumando el cigarro que le llegó. Sus oídos le zumbaban, el co­razón le latía con fuerza, sus manos sudaban y además le llegaban fuertes ganas de toser.

-¿Por qué tú? Nada qué, yo pregunto -insis­tió Tranquilo, también con las manos sudorosas.

-Nigro pregunta -decretó Livia con voz ina­pelable.

Acaso la miró, sorprendido, y alcanzó a decir: -Al que le toca la punta más ancha, pregunta; el que le toca la más angosta, contesta -porque pre­cisamente así había quedado el pepino en la al­fombra.

Tranquilo los miró, desamparado. -Bueno, a ver -dijo, aún sorbiendo en su nariz.

-¿De dónde sacaste la coca, socio? -inqui­rió Nigro-, cuando salimos de México nada más traías anfetaminas.

-¡Tranquilo! -exclamó Laura Leticia, rien­do-, ¡eres todo un narco!

-No no, por favor -exclamó Tranquilo, alar­mado-, no quiero dar esa impresión. Las anfeta­minas son por prescripción médica y lo otro, pues eso sí, pero es una cosa razonable, moderada.

-¿Qué anfetaminas? -preguntó Acaso con tono profesional.

-Ritalín.

-Ah.

-No has contestado la pregunta, pinche drogo -exigió Nigro, en español.

Tranquilo miró a su socio con ojos escandaliza­dos, pero conservó la calma. -Bueno, la coca la conseguí el lunes en la tarde -dijo-. Unos amigos de México me dieron un numerito telefónico al cual llamar y así la conseguí.

-¿A cómo el gramo? -preguntó Acaso.

-A doscientos.

-Uh, Tranquilo, te la dejaron ir -respondió Acaso, en español-, me hubieras dicho y yo te la conseguía a ochenta el gramiux y te habrían dado una coca rayadísima.

-¿Se fijaron? -comentó Livia-, esa pregunta no tenía ningún chiste.

-Es que Tranquilo es mi jefe -explicó Nigro, riendo-, si le hago una pregunta comprometedora me corre del trabajo.

-Qué mentira -replicó Tranquilo-, además yo no soy tu jefe, somos socios.

-No pendejo, somos amigos, pero además us­ted es el Jefe.

-Hagan preguntas buenas -exigió Livia.

-A ver qué nos indica don Pepino -dijo Acaso y una vez más puso a dar vueltas al pepino, el cual giró y finalmente se detuvo señalando a Livia y a Phoebe.

-Phoebe pregunta -dijo Acaso antes de que nadie pudiera decir algo.

-Muy bien -accedió Phoebe, con un tic que la hacía ladear uno de los ojos; se quedó pensativa pero después sonrió-. Ya sé. Livia, querida, ¿qué tanto te interesa The Quiet One?

Tranquilo carraspeó y se incorporó, sumamente atento. Nigromante sonrió, irónico. Livia tardó en responder.

-Bueno -dijo Livia con lentitud-, me gusta, me llevo bien con él, pero hasta ahí, porque maña­na nos vamos.

-¿Te acostarías con él? Ay qué estúpida, a lo mejor ya lo hicieron -dijo Laura Leticia.

-Ésa es otra pregunta -respondió Livia.

-Tranquilo podría visitarte en Nueva York -deslizó Phoebe.

-¡Claro! -exclamó Tranquilo-, ¡me encanta­ría! Es más, sin duda lo haré. Ya te lo dije, quiero hacer negocios contigo.

Livia miró fijamente a Tranquilo durante unos segundos y después le dedicó una sonrisa filosa.

-De cualquier manera, todo mundo sabe que The Quiet One me vale una chingada -añadió.

-A mí también -replicó Tranquilo, muy serio.

-Después de todo, en el fondo tú piensas que yo sólo soy una gringa buena para cogerse y nada más.

-Sí sí. Pero en verdad me gustaría que nos asociáramos -dijo Tranquilo.

-¿Sólo The Quiet One, o todos te valen una chingada? -preguntó Phoebe, terminando la coli­lla de mariguana.

-Basta ya. Yo ya contesté. Ahora que le toque a otro.

-Tiene razón -dijo Acaso, quien deshizo la flor de loto que había armado-. Nomás pérense. Para que no siempre caiga entre los mismos nos vamos a reacomodar, tú y yo mi cielo nos queda­mos donde estamos, porque siempre estamos en nuestro lugar y porque es nuestro privilegio de an­fitriones, y tú Nigro vente para acá, junto a Livia, tú Tranquilo pásate junto a Phoebe y así estamos per-fec-to -explicó.

-Ay Dios mío Ignacio no te mides -dijo Livia, mientras Tranquilo y Nigro gateaban para reaco­modarse. -Hola socio -saludó Nigro cuando se cruzaron.

Sin más, Acaso hizo girar fuertemente al pepi­no, el cual fue observado por todos con atención un tanto mortecina por la luz de las velas y las bru­mas del pasón; los seis sintieron que el pepino de­moraba más de la cuenta en detenerse, hasta que por fin lo hizo y señaló a Nigro y a Phoebe. -Ni­gro pregunta -indicó Acaso.

-Yo pregunto. Ah chingá. Qué pregunto. A ver. Cuando cierras los ojos ¿ves todo negro? No, eso no. Cuando llegas muy cansada y te quitas los za­patos ¿te dan ganas de abrir los pies como abani­co? Tampoco. Mejor le echamos mierda al abanico. ¿Cómo fue que te corrompiste? No. ¿Qué es lo que más quisieras olvidar en tu vida?

-Ah qué cabrón -dijo Acaso, en español.

-A huevo -replicó Nigro.

-Lo que más quisiera olvidar de mi vida... -repitió Phoebe viendo de reojo a Livia, quien la miraba con atención- fue cuando me obligaron a vestirme de pollo, un pinche traje de pollo horroro­so, sin forma. Yo nada más veía por unos agujeros y tenía que bailar. Esto no crean que fue en la es­cuela, sino en mi trabajo, cuando tenía poco de empezar. Fue una broma siniestra de un editor famoso por sus pincheces. Me dijeron que iba a ha­ber un festival recreativo, lo cual debió haberme hecho sospechar, pero yo era una estúpida, con gente que iba a cantar y a ejecutar instrumentos musicales, un monologuito teatral y no sé qué más. Yo tenía que bailar «El baile del pollo» (]he chic­ken shuffle) vestida en ese adefesio. Hasta el mis­mo jefe de editores estaba en el juego y él fue el que me doró la píldora, que era una especie de rito de iniciación, que todos lo habían hecho, lo cual era una vil mentira, que me traería buena suerte y formaría parte de la gran familia que era la edito­rial y todo lo demás. Además, me dejó entrever que me despedirían si no accedía. Bueno, pues me puse furiosa, estuve a punto de mandarlos al de­monio porque detesto los pollos, no los como ni fritos, y me molestaba además la idea implícita de que yo era una miedosa-babosa. Pero ese hombre infame infeliz me acabó de convencer y me dio el horrible traje de pollo ese y un disco con el baile para ensayar. Bueno, para acortar, tres días des­pués no tuve más remedio que ponérmelo y salir al escenarito que habían hecho en la sala de proyec­ciones. Dizque yo era la primera del programa. Casi lloré de rabia al ver que desde el principio to­dos se carcajeaban, palabra de honor que hasta se ladeaban de las sillas de la risa mientras yo estaba furiosa frente a ellos, paralizada, sin poder dar un solo paso del «Baile del pollo». Me solté a llorar y salí corriendo de allí, mientras los hijos de puta se carcajeaban sin poder aguantarse. -Todos la escu­charon riendo también y durante un instante ella los miró con un destello de furia, pero luego se unió a las risas.

-Ah qué compañeritos de trabajo -dijo Laura Leticia.

-Qué poca madre -agregó Acaso.

-Eran muy crueles. Los detesté fruiciosamente durante mucho tiempo, porque, además, nunca más volvieron a hacerle esa broma a alguien, nada más fue a mí. ¿Por qué? Misterios insondables.

-Me hiciste acordar del festival de la risa de Hipata en El asno de oro -dijo Nigro-, donde so­meten a Lucio a una broma aún más siniestra.

-Pero a mí se me hace que tienes algunos otros detalles más mencionables, querida Phoebe -intervino Livia-, éste es el juego de la verdad.

-Pero ninguno como ése, te lo juro, nunca me he sentido tan humillada, y lo único que no soporto es la humillación, a cualquiera, no nada más a mí.

-¿Qué broma le hicieron a ese señor que de­cías? -preguntó Laura Leticia a Nigromante.

-A Lucio le hicieron creer que estando borra­cho había matado a unos hombres, después lo sometieron a juicio y lo condenaron a muerte. Cuando lo iban a matar todo el pueblo soltó la car­cajada y el pobre hasta entonces supo que se trata­ba de una bromita.

-A ver, que gire el pepino -dijo Tranquilo, im­paciente; ya se le había asentado el elevón y le mo­lestaba que Nigro no perdiera oportunidad para presumir.

-Let the good cucumber roll -agregó Nigro.

-Muy bien -accedió Acaso, quien había en­cendido otro cigarro de mariguana. El pepino giró una vez más y quedó de tal manera que no señala­ba a nadie, los más cercanos eran Laura Leticia y Tranquilo.

-Que gire otra vez, no le tocó a nadie -dijo Tranquilo.

-Pos yo digo que más o menos les toca a uste­des. Tranquilo pregunta -indicó Acaso.

-Ah, bueno... -suspiró Tranquilo. Pensó un momento, viendo a todos de reojo. Carraspeó. To­dos lo miraron con atención, lo cual lo hizo titu­bear-. Bueno -agregó, y la voz se le dobló un poco-, ¿le has sido infiel a tu marido?

-¿Yo? ¿Infiel? Claro que no, ¡siempre le aviso! -respondió Laura Leticia sin demora y sonriendo.

Todos rieron.

-Sí. Y yo le digo: ve en paz, mujer, luego me pasas el video -agregó Acaso, riendo, pero advir­tió con claridad que Nigro casi se atragantó sin de­jar de ver a Tranquilo. Pues qué se traen éstos, pen­só el analista, frunciendo el entrecejo. Ah, a lo mejor a uno de ellos, o a los dos, le gusta filmar a su mujer cogiendo, se dijo Acaso, con una sonrisi­ta. Ahora ya sé qué preguntar si me toca...

-¿De veras le avisas? -preguntó Livia.

-Ésa es otra pregunta, pero igual la contesto: claro que no, era un chiste.

-¿Entonces nunca le has sido infiel? -pregun­tó Livia con una sonrisa irónica.

-Ésa es otra pregunta más, pero bueno. La verdad es que sí, pero no voy a hablar de eso -asentó Laura Leticia con una firmeza inesperada que todos quedaron callados-. Bueno, pues que gire el pepino.

-Ya la última, nos tenemos que ir -dijo Tran­quilo, nervioso.

-Calmado, chif, todo está bajo control -le re­cordó Nigro.

-Mejor saca más coca -sugirió Livia.

Tranquilo asintió y sin demora le pasó la caja y la cucharilla de oro. Ya no estaba a gusto. No le agradaba el tipo de preguntas que estaban hacien­do; hasta el momento el cabrón del Nigro se había medido, pero en cualquier momento podría salir con alguna estupidez. -Yo ya no -oyó que decía Laura Leticia. -Yo también estoy bien -agregó Acaso, quien echó a girar el pepino. Esa vez las puntas señalaron claramente a Phoebe y a Livia.

-Yo pregunto -advirtió Livia, terminante.

-Sí sí -dijo Acaso.

-Pregunta -indicó Phoebe, mirándola fija­mente.

-¿Alguna vez has traicionado a tus mejores amigos, a qué amigos, si es así, y en qué consistió la traición?

-¡Qué trampa! -exclamó Phoebe-, ésas son tres preguntas en una, no se vale.

-Sí se vale, lo hacen en «El premio de los se­senta y cuatromil dólares», por qué aquí no.

-¿Se vale, Ignacio? -preguntó Laura Leticia.

-De cualquiera manera, jamás he traicionado a mis amigos, así es que las demás preguntas se anulan.

-Momento, Phoebe, éste es el juego de la ver­dad -advirtió Livia.

-Lo dices como si fuera El Sagrado Juego de la Verdad.

-Pues estás mintiendo.

-¿Me estás diciendo mentirosa?

-Eres una mentirosa. Claro que has traiciona­do a los amigos. A mí me has traicionado, no una sino muchas veces.

-Jamás te he traicionado -replicó Phoebe con vehemencia, mientras los demás se removían in­quietos y excitados a la vez en la alfombra.

-Señoras, no tiene importancia, no se peleen, no quiero que llenen de sangre mi hermosa alfom­bra purépecha -dijo Acaso.

-Sí, sí me has traicionado, tú sabes bien cuán­do y cómo.

-Yo no sé nada. Habla claro, muchacha.

-¿Te acostaste o no con Toby?

-¿Con quién? -preguntó Laura Leticia.

-Shhh -le indicó Acaso.

-Toby fue el primer marido de Livia. Un tonto -les informó Phoebe, furiosa-. Eso ya lo hemos hablado, Liv, y tú misma estuviste de acuerdo en que no era ninguna traición porque tú estabas allí y no dijiste nada. Es más, tú querías, y por eso lo hicimos.

-Ahora vas a salirme con que yo los junté.

-Pues casi. Un día me dijiste que por qué no experimentábamos intercambiando parejas, por­que todo mundo lo hacía y blablablá, y después nos dejaste solos.

-Pero yo nunca me fui a la cama con Stanley.

-Mentira podrida y repulsiva. Claro que te acostaste con Stanley. Al final no le abriste las pier­nas, pero sí hicieron todo lo demás. Él me lo dijo.

-Te mintió. Nunca hice nada con él. Yo no traiciono a mis amigas.

-Yo tampoco.

-¡Phoebe! ¡También te acostaste con mi padre! -gritó Livia, iracunda.

-¡Claro que sí, pero eso tampoco es una trai­ción, tu padre no es tu marido! ¡Y tú ya sabes cómo fue todo, esto lo hemos hablado hasta el can­sancio!

-Les dije que este jueguito podía ser pesado -comentó Acaso.

Tranquilo intervino también tratando de apaci­gar a las mujeres y Nigro pidió que encendieran otro cigarro de mariguana para bajar los decibeles del juego. Pero Livia estaba furiosa.

-¡Vete a la chingada! -le gritó a Phoebe, quien miraba a los lados nerviosamente y meneaba la cabeza.

-¡Vete tú! -replicó ella-, espero que a partir de ahora no empiece yo a enfermar misteriosa­mente.

-¡Llegando a Nueva York me mudo al instan­te! ¡No te vuelvo a ver en mi vida! ¡Para que no te­mas por tu salud! -le gritó Livia.

-Cálmense, deveras -les decía Tranquilo, consternado-, ustedes son amigas de toda la vida, no se peleen así.

-Sí, hombre -intervino Acaso-, no se dejen llevar por la pasión de la ira. Tendrán razones que resentir, pero también infinidad de cosas buenas que han compartido. Echen ésas por delante.

-¿Por qué no consultan el I Ching? -propuso Laura Leticia.

-No es necesario -atajó Phoebe, respirando profundamente-, Livia -añadió-, perdóname por lo de enfermarme. Fue una bajeza. Deveras, perdóname.

-Tómate otro traguito de este calvados edge in­connue, te va a suavizar el alma, vas a ver -dijo Acaso. Livia, silenciosa, pero más sosegada, tendió su copa para que el analista la llenara. Phoebe fue más lejos y también se disculpó, al parecer con sin­ceridad, por haber hecho lo que había hecho con Toby y con Falero. Livia asintió, bebió un traguito de calvados y dijo que se hallaba extenuada, ella era la que pedía disculpas por esos arranques, y le pidió a Phoebe y a Tranquilo que se retiraran. -Sí sí, claro -dijo él, con cierto alivio pero también insatisfecho porque sería difícil remontar el estado de ánimo que se había generado y muy posible­mente ya no se pudiese hacer gran cosa con las mujeres. Los Acaso no insistieron y todos se despi­dieron un tanto contritos pero con simpatía mu­tua. Los invitados subieron al auto y, como la puer­ta del zaguán nunca fue cerrada, salieron de lleno al aguacero que ahora, de nuevo, latigueaba con las ráfagas feroces del viento.

-Con que su majestad el cuche, ¿eh? -le dijo Acaso a Laura Leticia cuando se quedaron solos. Ella estalló en una carcajada-. Eres una cabronci­ta, ¿eh?

 

EL TIEMPO LLEGA

 

Las dos parejas guardaron silencio durante el trayecto al Villa Vera Racket Club. Esa vez Tranquilo no puso música. Nigromante veía de reojo a Phoe­be, quien parecía seria, con la vista ubicada en la espesa cortina de agua que bañaba las ventanillas laterales del Phantom. Cada vez entendía menos a la gringa. Definitivamente le caía bien, de hecho le gustaba. Es más, le aterrorizaba saber que en los pliegues inferiores de su conciencia yacía la idea de que podía enamorarse de ella. Qué absurdo, se decía, a mi edad, no me voy a andar metiendo en esas broncas. Yo no voy a ir a visitarla a Nueva York ni a llevarle mis manuscritos de crónicas ne­gras ni de aforismos patafisicos. No puede ser, qué ideítas, se decía, mídete cabrón. Sin embargo, en otro pliegue de su mente la idea de enamorarse de Phoebe no sólo era admitida sino que crecía con impetuosidad. Además, aún seguía muy excitado por la cocaína y la mariguana que les había dado Acaso, y no podía estarse quieto.

Tomó la mano de Phoebe, quien lo permitió, pero se volvió a verlo con una mirada hasta cierto punto dulce que pedía una tregua. Nigro se acercó a ella y le susurró: -No tengas miedo, mi querida, tú eres una Caulfield, ante ti se borran los graffiti que dicen «fuck you», tú eres una cosita muy espe­cial, completamente fuera de serie, de ti me gusta todo, me gusta tu mente, aunque también sea la parte más sucia de tu cuerpo. No no, no me digas que no, ni sonrías mi querida Phoebe, sol de soles, luz de luces, no creas que admito lo que haces, mi naturaleza platónica se niega rotundamente, mi sentido de la ética es mi fortaleza; pero de cual­quier manera tengo que decir que tu sombra me excita, me pone en un raro estado de enervamiento y de alerta que sólo puede compararse al golpe de placer fulminante que experimentan los animales cuando el celo de la hembra les pega de frente, como huracán... -mientras decía esto, Nigroman­te la acariciaba suavemente, de una forma espon­tánea y natural; le palpaba los senos y los oprimía con dulzura; bajaba la mano a los muslos y los to­caba con delectación-, déjame decirte, querida Phoebe Caulfield, que me has metido en un tobo­gán, me tienes en un túnel oscuro, húmedo, en el que me muero poco a poco y lleno de felicidad, lle­no de paz, aunque no me lo creas, porque descu­bro que el verdadero fin de todo ser humano es po­der morir de esta manera tan idónea, tan perfecta.

Phoebe había dejado de ver la lluvia y lo mira­ba, lo escuchaba con una sonrisa y con curiosidad. -Necro, sí es verdad, esto es lo que yo esperaba -le dijo de pronto, y lo besó larga, suavemente, en la boca.

El auto se había detenido. A duras penas Phoe­be y Nigromante rompieron el abrazo, aunque siguieron tomados de la mano. Oyeron que Tranqui­lo le prometía a Livia que en verdad hablarían de negocios, había estado pensando las cosas y podía darle un bosquejo general de cómo podían asociar­se y aprovechar el arranque del NAFTA. Livia asin­tió, un poco cansada.

-Sí, nene, mañana nos vemos -dijo; después se acercó a Tranquilo y se besaron largamente.

Atrás, Phoebe y Nigro se miraron, se alzaron de hombros y también se besaron en la boca, acari­ciándose con suavidad porque no querían encen­derse; «no calientes el agua si no te vas a bañar», se decía Nigro, conteniéndose con dificultades, de­jándose llevar por la dulzura y la suavidad.

Finalmente, Tranquilo se volvió, sonriente, ha­cia la pareja en el asiento trasero y tosió para que se desprendieran. -Nos vamos a ver mañana ella y yo solos para hablar de negocios -explicó.

-Muy bien -dijo Phoebe.

-Tú y yo nos vamos por nuestro lado -le dijo Nigro a Phoebe-. Ni quien los necesite.

-Pero mañana nos vamos a ir... -recordó Phoebe.

-Phoebe... -susurró Nigro oprimiéndole la mano.

Phoebe rehuyó a Nigro con la mirada y se diri­gió a Livia.

-Mañana nos vamos, ¿o no?

Livia se quedó pensativa unos instantes.

-No se vayan -pidió Tranquilo-, quédense, se van el viernes. Mañana tenemos que despedir­nos propiamente.

-¿Cómo sería eso? -le preguntó Livia.

-¡Como quieras! -exclamó Tranquilo.

-Nos vamos el viernes, ¿está bien? -dijo Livia a Phoebe.

-Está bien -respondió Phoebe, y hasta enton­ces se volvió hacia Nigro y le sonrió débilmente. Le dio un beso breve en la boca-. Mañana nos vemos -le dijo, y salió del auto detrás de Livia. Antes de entrar en el lobby se volvió hacia él; se despidió con la mano y con una sombra de sonrisa en la boca.

-¡Pinches viejas! -exclamó Tranquilo con un largo y filosófico suspiro. Después se volvió hacia Nigromante-. Tons qué mi Nigro, cómo la ves. Pá­sate pacá, a poco me quieres traer de chofer.

-Pa mí que usté se está clavando gacho con esa ruca, mi estimado socio y amigo -dijo Nigro, con aire doctoral, al sentarse adelante.

-Cuál, cuál. Es pura estrategia para que las dé. Yo lo único que quiero es cogérmela y que se vaya a chingar a su madre. Si no salgo con esas mama­das capaz que se van mañana y no hay puss de cho­colat -explicó Tranquilo al arrancar el Phantom para entrar de nuevo en la lluvia, que una vez más había arreciado-. Más bien el que parece derrapar es usted, mi Nigromante, esas chichongototas me lo dejaron nocaut.

-Que no, doctor. La mera verdad yo namás te estoy acompañando. Si por mí fuera, chance nun­ca me le habría acercado a Phoebe por mucho que me hubiera gustado.

-Es lo que yo te he estado diciendo todo el tiempo, que de estas cosas no sabes. Tienes que de­jarte asesorar por un veterano con más de cuaren­ta mil horas de vuelo en Trans-Love Airways.

-Ay sí tú, muy Porfirio Rovirosa.

 

Los dos rieron alegremente. Habían llegado a la calle del Nalgares Club y, a pesar de la tormenta que bramaba y azotaba todo, un grupo de hombres con impermeables y grandes paraguas corrieron a ellos para llevarlos al bar.

-¿Y ora? -preguntó Nigro, viendo a los aco­modadores de coches que rodeaban el Phantom bajo el aguacero.

-Es el Nalgares. Dicen que no hay que perdér­selo.

-Seguimos trabajando, ¿eh? -dijo Nigro, iró­nico.

-Pues sí, pero esta parte de la chamba te va a gustar.

Salieron del Phantom y, a pesar de los grandes paraguas, el viento hizo que el agua los empapara en lo que cruzaron la calle y entraron en el Nal­gares.

-Dios mío, qué pinche diluvio -exclamó Ni­gro-, otra vez empapados. Ya que se pare, carajo. Dile que se pare, Tranquilo.

-Spérate, orita le digo, orita voy a pagar el có­ver -dijo Tranquilo, quien acababa de repartir bi­lletes entre los paragüeros, por lo que uno de ellos apareció mágicamente con dos gordas toallas cuando ellos entraban en el pasillo del bar, lleno de humo y de rock fuerte. Nigro se dio cuenta de que tocaban «Silver and gold», de U2. En el fondo se veía bastante gente, a diferencia de casi todos los demás lugares a los que habían ido. A un costado se hallaba el baño, así es que se metieron en él para utilizar las toallas.

-¡Épale! -dijo Nigromante al ver que en el baño de hombres había tres muchachas completamente desnudas. Las mujeres, guapas y de buen cuerpo, los vieron entrar y siguieron conversando entre sí como si nada.

Nigro miró a Tranquilo, quien sonreía abierta­mente y le guiñaba el ojo mientras se secaba con la toalla: Nigro se secó también y después sintió de­seos de orinar. Miró a las mujeres unos segundos, titubeante, pero finalmente se dijo: pos qué chin­gaos, y extrajo su miembro para orinar con estrépi­to. Las mujeres ni se inmutaron.

-Yo creí que te iban a sacudir the prick -rió Tranquilo al salir del baño y enfrentarse a la barra, por un lado, y por el otro a una cabina de cristal donde se bañaba una joven de cuerpo suculento-. Mira esto, Nigro, carajo, qué bien están las acapul­queñas.

Nigro a su vez veía que en la pista, rodeada de hombres que bebían y reían, otra nudista bailaba al compás de «U. V ray», de The Jesus and Mary Chain; la muchacha era morena, muy joven, y se tiró al suelo, bocabajo, para quitarse el mínimo calzón y mostrar sus nalgas firmes y concisas. Más allá de la pista, y de más mesas llenas de público, se hallaba otra cabina de cristal, mucho más gran­de, donde otras mujeres paseaban quitándose y po­niéndose ropa, aunque las más de las veces se ha­llaban desvestidas. Por si fuera poco, en torno a la parte superior de la pista había incontables moni­tores que pasaban videos de bailarinas y modelos definitivamente desnudas.

-Con razón le dicen Nalgares -comentó Tran­quilo-, si hay nalgas por todas partes -ya había dado dinero a un capitán, quien los condujo a una mesa en la parte superior, pues junto a la pista no había cupo. Para entonces la morena rodaba por el suelo de la pista, abría y cerraba las piernas, osci­laba la cintura y alzaba las nalgas, lo que motivaba gritos entusiastas del público.

-Éste es el paraíso de los voyeurs -comentó Nigromante.

-No tiene madre, ¿no? A ver si al salir nos le­vantamos a alguna de estas damiselas para quitar­nos el pinche dolor de huevos que nos dejaron las gringas.

Nigro sonrió y los dos chocaron los vasos que le sirvieron.

-Óigame, más que Chivas Regal éste es Chivas del Guadalajara -dijo Tranquilo al mesero que se acercó.

Ah pa chistecitos, se dijo Nigro.

-Si los señores quieren, cualquiera de las bai­larinas los puede entretener en un privado.

-Ah caray, ¿qué hay cuartos? -preguntó Tran­quilo olvidando al instante el sabor del whisky.

-No, los privados son ésos -dijo el mesero y señaló hacia una esquina del bar, que se hallaba a oscuras y donde había estrechos divanes en los que los dos clientes se habían recostado y dos mujeres desnudas se habían montado en ellos-. Ahí, en lo que dura la pieza, las pueden tocar, besar, lo que quieran, todo menos metérsela. Cuesta un tostón, caballeros. Está baras. No se apresuren, vean el show y después me dicen cuál de las nenas les gus­ta y yo se las traigo.

-Bien dicho -consideró Tranquilo-. En vía de mientras no dejes de traer whisky nomás veas vacíos los vasos, y tráete vasos grandes, aunque me cuesten el doble, estas mirruñas son una payasada, ya ni la chingan. Híjole, Nigro -le dijo a su amigo cuando el mesero se hubo ido-, yo tengo ganas de darme otro pastel.

-Pero dónde, Tranq, en el baño están las vie­jas, chance las ponen ahí por si los clientes quieren ponerse hasta atrás.

-Tonces en los excusados. ¿Vienes? -Pus ora.

Dieron un nuevo trago al whisky y avanzaron entre la gente hasta llegar al baño. Ya no estaban las mujeres, pero otros clientes orinaban, así es que se deslizaron a uno de los excusados. Dentro del reducidísimo espacio lleno de graffiti que Ni­gro no pudo leer, aunque se moría de ganas, Tran­quilo sacó caja y cuchara, y los dos aspiraron el polvo un par de veces por cada aleta. Sorbiendo en la nariz salieron y se dieron cuenta de que todos los que orinaban los observaban con aire sardó­nico.

Hicieron como que no se daban cuenta y regre­saron a su mesa, con los ojos y los sentidos más abiertos por las dosis de cocaína. Durante un mo­mento sólo bebieron y miraban alternadamente, como en juego de tenis, de la pista, donde una ru­bia alta y delgadita, pero de pechos erguidos, se desnudaba, a la cabina de cristal donde la anterior nudista se bañaba, se enjabonaba y desenjabonaba con una regadera manual y después se restregaba en los cristales, aplanaba los senos, las nalgas, el pubis. Momentáneamente ganó el show de la rega­dera, en la que un gordo se metió a enjabonar a la muchacha. Nigro sonrió compasivo al ver que el gordo trataba de moverse al compás de la música, que, por cierto, acotó Nigro, era «Rock and rolla», de Judas Priest; el gordo después sonreía como idiota a sus amigos y por supuesto acabó mojándo­se, lo que le permitió pegársele a la nudista por de­trás y acariciarla por todas partes.

-Oye -dijo Nigromante con una sonrisa ju­guetona-, ¿tú ya te secaste?

-Pos más o menos, ¿por qué?

-Yo todavía estoy mojado, por suerte aquí no se siente el clima artificial por tanta gente que hay. Pero me voy a meter a la regadera con la güeraza esa que ya acabó en la pista.

-No mames. ¿De veras? -preguntó Tranquilo, riendo.

-Sí, qué chingaos.

Sin más, Nigromante se puso de pie y se fue a la cabina. Allí estaba un hombre con cara de traba­jar en el bar y le preguntó si podía entrar en la ca­bina a bañar a la rubia.

-Hombre, cómo no. Pásele. ¡Ahi va otro buey! -le avisó a la muchacha que se bañaba.

-Qué cabrón -alcanzó a comentar Nigro, an­tes de meterse en la cabina, entre los gritos de la gente y la sonrisa provocativa de la rubia, qué bár­baro, se dijo Nigromante, está pocasumadre, qué güera tan rica. Tomó el jabón que le dio ella y lo pasó por la espalda, los senos, qué delicia, se decía, y le sonreía a la rubia. Ella, por supuesto, ya lo ha­bía bañado por completo, pero de eso se trataba, pensó, al pasarle el jabón por el pubis; sin embar­go, ella brincó hacia atrás al sentir que cuando me­nos dos de los dedos de Nigro se introducían en la vagina. -Tas muy mandado -le dijo-, mejor re­grésate a tu lugar. -Chin, perdóname -dijo Nigro y salió de la cabina entre las risas de la gente. –Te corrieron mano -comentó un joven de pelo largo que dio una toalla a Nigro-. Por elemento gacho.

Cuando regresó a la mesa, Tranquilo reía.

-Ay canijo Nigro, deveras no te mides, ya mero te la querías coger.

-De haber podido, cómo no. Qué cuero de chava. Me encantó.

-Pues si quieres, llégale, llévatela a los dizque privados, it's my treat.

-Oye, pues fíjate que sí, pero al rato. A ver qué tal se siente estando secos.

-No demasiado secos.

-Claro que no; salud, socio.

-Salud, Nigro. ¿Sabes qué, mano? Me da mu­cho gusto que estemos aquí, en este relajo. Des­pués de todo, puede más el cariño de tantos años a los malosentendidos, ¿no crees, cabrón? ¡Pero mira nada más a ese monumento que se está en­cuerando!

-Bueno, pues sí, Tranquilo -admitió Nigro, viendo a una nudista morena, de mayor edad, qui­zá cuarenta años, pero con un cuerpo espectacular y senos grandes pero firmes; también le cayó bien el presunto whisky y el cigarro que encendió, sin que, milagro, su socio hiciera gestos-, la verdad es que luego a uno le gana lo ojete, y la riega con los mejores amigos, como la regué yo poniéndome a ver tu video porno.

-Ya ni me acuerdes, Nigro, ni pedo, let's drop it -dijo Tranquilo, quien se sentía muy a gusto vien­do a la morena de la pista.

-No, hay que hablar de las cosas, si no, qué chiste. Perdóname compadre, debí respetar tus co­sas y especialmente tu película, nomás vi lo que era debí haberla parado, pero ni modo, la cagué, perdóname, deveras.

-Pues sí, claro que sí te perdono, mi querido Nigro -dijo Tranquilo dándose cuenta con satis­facción que no se sentía mal al decirlo-, claro que me sacó de onda, especialmente que te la hayas meneado viéndonos a Coco y a mí, me dio más bien una vergüenza muy grande, pues aunque no lo creas ésta es una onda muy privada, de nosotros dos, juegos de casados, no sé si me entiendes.

-Sí sí te entiendo, cómo no -dijo Nigro, abra­zando a Tranquilo-, yo no lo hago a lo mejor por­que no tengo el equipo, pero está bien, digo, yo no soy nadie para decir nada. Ahora, aquí entre nos -agregó con un brillo maliciosísimo en los ojos-: lo hacen muy bien, le echan los kilates.

Tranquilo miró fijamente a su amigo y por últi­mo sonrió.

-Ah pinche Nigro -dijo-. Eres un canijo, pero, bueno, pues ya que estamos en ésas, ya sa­bes, pinche Nigro, absoluta discreción, ¿no? Eres bien chismoso, mano.

-No no, como dice mi mujer: lo que me entra por las orejas me sale por la boca. No, no es cierto. Te juro y perjuro por el honor de mis hijos que no diré nunca nada a nadie, ni siquiera a Nicole.

-Y mucho menos a Coco, le daría un ataque si se enterara.

-Claro.

-¿Me lo juras? ¿Puedo confiar en ti, pinche Ni­gro?

-A huevo, maestro. Ya sabes que tú y yo pode­mos tener nuestros Tres y regresares, pero en lo esencial nunca nos hemos fallado y yo no voy a romper esa vieja y sana costumbre -la voz se le apagó a Nigro porque en ese momento recordó la vez que su socio le había hecho propuestas a Ni­cole.

-La verdad -confió Tranquilo sin dejar de be­ber, ya con los ojos muy irritados- es que tú sabes que para mí eres un elemento imprescindible, yo no podría hacer la revista si no contara contigo.

-Pues ahi la llevamos, Tranq, pero todavía po­


Date: 2015-12-11; view: 151


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