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EL TIEMPO SE DESVANECE

 

Llegamos de Pie de la Cuesta hacia las seis de la tarde. Ramón se despidió, alivianadísimo como siempre, y Mendiola y Melgarejo se fueron a des­cansar un rato porque en la noche iban a tomar fo­tografías en las discotecas. Yo me fui a dormir una siesta porque estaba muerto, en el camino de re­greso no llegué a quedarme dormido, como Men­diola y Ramón que hasta roncaban, porque Melga­rejo nunca dejó de mentar madres por lo mal que manejaba la gente. Pero, pensé, en mi cuarto me echo un coyotito sin ninguna duda. En el cuarto encontré un mensaje de Tranquilo. «Nigro», decía, «lo de la mañana con Livia salió per-fec-to. ¡Vamos a conquistar la América! Esta tarde tuve que ir a arreglar unos asuntos pero a las ocho paso por ti para ver a las bellas. Es su última noche, así es que póngase buzo para que no se vaya en Blanco.»

Se viene uno en blanco, pensé. Estaba empe­zando a considerar qué iba a hacer con Phoebe pero tenía mucho sueño y me acosté, noqueado por la desvelada y los mezcales de Pie de la Cuesta. Antes de caer dormido alcancé a ver imágenes luminosas de la laguna de Coyuca mostrándose y ocultándose con los vapores. Qué belleza, fue lo úl­timo que alcancé a pensar.

 

Desperté sobresaltado por un trueno que cim­bró las paredes y los cristales. Afuera torrenciaba de nuevo. Encendí la luz. Las heridas de la madru­gada me dolían, especialmente la de la sien. Estaba muy atarantado. Qué horas eran. Las siete y me­dia. Tranquilo llegaría pronto. Fui trastabillando a darme un baño. Tenía el cuerpo molido y para col­mo, advertí, el alma como un pozo reseco. De pronto me descubría pensando que algo se me es­taba yendo de las manos sin que yo me diera cuen­ta; algo terriblemente importante se desvanecía sin que yo hiciera nada por evitarlo. ¿Qué podía ser?, me preguntaba, y descubría con horror que se tra­taba de mi propia vida. De pronto el paisaje de la Laguna de Coyuca había sido como una última es­tación donde todo era normal, donde la vida se de­senvolvía como debía de ser, pero más allá queda­ba un túnel muy oscuro. Casi podía ver cómo era. Era como ir descendiendo de una forma tan sutil que uno no se daba cuenta, pero de pronto ya se estaba cada vez más abajo, en valles desolados, lu­nares. Lo peor era que se perdía la memoria, uno olvidaba cómo habían sido, cómo eran, las cosas, y sólo iba uno chocando con las rocas de paisajes cada vez más enrarecidos. Siempre quedaba la po­sibilidad de recordar cómo era la vida y regresar, salir de esos lugares yertos y dolorosos.

Era mi vida la que se iba de mis manos. Com­prendí que me hallaba en plena madurez, pero que realmente me estaba desperdiciando. Viendo las co­sas con frialdad, como debía de ser, en realidad no había hecho nada hasta ese momento: la mejor par­te de mi vida había sido cuando iniciamos la re­vista; tenía el ridículo nombre de Somos Eros y se vendía regular, apenas dejaba para vivir mediana­mente, pero era mi revista, en ella podía volcar yo lo que sentía sin limitación de ningún tipo. Podían ser pendejadas, pero yo me podía expresar. Después había llegado Tranquilo y todo se había vuelto más cómodo, de hecho las cosas iban muy bien, pero algo se estaba perdiendo, mi vida se diluía, pero aún era tiempo de hacer algo. Aún podía hacer una reforma radical, reorientarme, pero cuando lo pen­saba me llegaba un cansancio insoportable, la sola idea de emprender cambios me pesaba, me hacía pensar en abandonar todo. Lo de Phoebe, por su­puesto, era una quimera, la puerta de una pasión otoñal que me podía hacer pedazos, El ángel azul revisitado. Era un auténtico canto de las sirenas, porque Phoebe me gustaba. Tan pronto pensaba en ella me parecía que era tan agradable que todo es­taba bien. Descubrí que tenía deseos de verla. De tocarla. Claro que se me antojaba, estaría perfecto hacerle el amor, meterme entre sus piernas, perder­me en sus senos, derretirme encima de ella después de cogérmela todas las veces que pudiera, que segu­ramente serían muchas, porque ella estaba como quería y además ya estábamos picados, textualmen­te ya habíamos llegado al punto decisivo y había que cumplir con la madre naturaleza. Realmente no había tanto problema. Había que dejarse ir, nada de nadar contra la corriente. Y con Nicole tampoco había problema, porque simplemente nunca lo sabría. Yo no le diría nada y Tranquilo tampoco, porque él estaba en el mismo boleto.



Tranquilo llegó a las nueve, y para entonces yo estaba listo y me moría de hambre. The Boss venía muy animoso, seguramente con el empujón de al­gunos pericazos, y no le arredró que la tormenta se hubiera reactivado y la lluvia cayera de nuevo bo­rrando el paisaje. A mí me valió madre. Mi socio me ofreció un pase de coca y acepté con gusto, para no deprimirme con la lluvia que nuevamente no dejaba ver.

Cuando llegamos al Villa Vera, mila­grosamente las mujeres no nos hicieron esperar y nos fuimos a Atoyac 22, otro de los restaurantes más caros de Acapulco por lo que rápidamente fue rebautizado como Atracoyac. Por primera vez pu­dimos platicar sin ruido excesivo mientras comía­mos espléndidamente y bebíamos dos botellas de vino francés que eligió Tranquilo y que, la verdad, estaba delicioso. A la hora de los postres Phoebe y yo nos sobábamos con las piernas, y Livia y Tran­quilo, que no dejaban de reír, tenían las manos misteriosamente por debajo de la mesa. Las cosas avanzaban con celeridad y no me sorprendió que de pronto Livia le dijera a Phoebe que por qué no nos acompañaban a nuestro hotel para ver qué tal estábamos instalados. Phoebe sonrió, un tanto ru­borizada, echó a reír y dijo que sí. Tranquilo pagó al instante, pidió una botella de champaña y nos la fuimos bebiendo en el trayecto de regreso, en el que los cuatro volvimos a darnos nuevos pases de cocaína y seguimos conversando tomados de la mano. Tranquilo iba lo más rápido que le permitía el aguacero y cuando llegamos al Nirvana cada quien se fue por su lado.

 

Tranquilo abrió la suite y, sin encender la luz, abra­zó a Livia y la besó con fuerza en la boca; con el pie cerró la puerta mientras acariciaba los senos casi con desesperación. Desde el principio se mo­ría de ganas de hacer el amor con Livia y en ese momento ya no podía contenerse. Comenzó a qui­tarle la ropa. Ella le respondió apasionadamente, lo besó probando toda la boca y se estremeció al sentir la erección durísima de Tranquilo, quien sin dejar de desnudarla la llevaba a la cama.

Cuando ya sólo tenía el brasier y la pantaleta, de repente Livia contuvo a Tranquilo. -Espérate un poco, déjame respirar -le dijo.

-No respires -replicó él mientras hundía la cara en el nacimiento de los senos y a la vez lucha­ba por desabrocharle el sostén.

-¡No respires! -dijo ella, riendo. Lo hizo a un lado y después lo besó rápidamente en la boca-. Espérate un poco, no hay prisa.

-Pero vamos a perder la inspiración.

-Qué va, hombre, ¿Por qué no bebemos algo?

-Muy bien -dijo él-, voy a pedir una botella de champaña.

-Yo quiero tequila.

-¿No quieres whisky? Aquí tengo una botella de Chivas Regal. Nada más pido hielo y soda, si quieres.

-Si vas a pedir, insisto en mi tequila. Mientras voy al baño.

Tranquilo asintió, resignado; descolgó el teléfo­no y acababa de hacer el pedido a room service cuando oyó que Livia pegaba un grito. Salió co­rriendo al baño. -¿Qué pasó? -dijo. Y se horrori­zó cuando Livia le señaló el excusado, que se halla­ba lleno de mierda y la enorme plasta con sus pes­tilencias casi líquidas cubría hasta los bordes. Tranquilo corrió a tapar la taza, sumamente des­concertado pues no podía entender que algo así es­tuviera ocurriendo. Y en ese momento. Era el col­mo de la mala suerte.

-¿Qué es esa porquería? -preguntó Livia, pasmada.

-Oye, yo no sé, te juro que por supuesto por el honor de mis hijas yo no fui el que hizo esto. ¡Qué poca madre! -gritó finalmente, furioso-, ¡alguien se metió aquí a hacer esta chingadera! -en segun­dos pensó que había sido el Nigromante, pero no po­día ser, porque ya no tenía las llaves; el que hizo eso tenía que ser alguien del hotel, porque tenía cómo entrar, y quizás hasta se había llevado algo. La posi­bilidad de un robo lo dejó más consternado aún.

-¿Qué vas a hacer? -dijo Livia.

-Voy a quejarme, por supuesto, me van a oír estos miserables -dijo al salir del baño rumbo al teléfono mientras veía de reojo todo lo que tenía para ver si estaba completo.

-Espérate -decía Livia, tras de él-, mejor nos olvidamos de todo esto.

-No no, que arreglen esto, es el colmo.

-Si hay necesidad usamos el bidet. Por suerte hay bidet.

-¿Tú crees? Es que es increíble, no entiendo cómo pudieron rellenar todo el excusado con esa cochinada.

Tocaron la puerta. Tranquilo dudó unos instan­tes. Le fastidiaba como nada quedarse sin saber qué hacer. Abrió y un mesero entró con una botella de tequila y su servicio. Tranquilo estuvo a punto de quejarse con él, pero pensó que ese tipo sólo se iba a morir de la risa y a decir que él no sabía nada. Y probablemente no supiera nada, pero aho­ra tendría un chisme sensacional para contar a sus amigos. It was useless. El mesero se retiró después de servir una copa de tequila a Livia, quien había vuelto a vestirse y sonreía misteriosamente. Tran­quilo se hallaba tan desprogramado que ni le dio propina. Finalmente suspiró. Meneó la cabeza y se sirvió un whisky en las rocas.

-Quiet One -dijo Livia.

-Sí.

-Yo quiero el control.

-¿De qué hablas?

-Es imperativo que tenga el control -reiteró Livia con énfasis-, en todo lo que emprendo debo de ser la cabeza, es un principio que he aplicado toda mi vida y al cual no puedo renunciar.

-¿Te refieres a las empresas que haremos?

-Claro. Si vamos a hacer algo tú y yo es nece­sario que desde este mismo instante sepas que yo tendré el cincuenta y uno por ciento de las accio­nes de las dos empresas.

-Pero, Livia, ¿qué estás diciendo? Esto tiene que ser parejo, tú y yo lo mismo.

-Pues no puede ser. La mayoría de acciones es para mí; eso no es negociable, todo lo demás sí, in­cluso ciertas áreas pueden ser exclusivas para ti, pero la mayoría de acciones tiene que ser mía, si no, no hay trato.

-Livia, por favor, comprende que eso no puede ser -dijo Tranquilo, consternado; no entendía por qué se tenían que poner a discutir de negocios, ¡y en esos términos!, cuando todo iba tan bien.

-Es más, si quieres puedes decir que tenemos la empresa por partes iguales y yo no te desmenti­ré, pero en la realidad será mío el control.

-¿Por qué no discutimos eso en otra ocasión? -deslizó Tranquilo al sentarse junto a ella; la vio de frente un largo rato y luego le acarició el cabello con suavidad.

-Esto es algo que tienes que definir ahora mis­mo, Quiet One. Tengo que saberlo ya porque si no es imposible ir más adelante.

Tranquilo no dijo nada y simplemente volvió a hundir su cabeza en el cuello de Livia mientras le acariciaba los senos con suavidad.

-Contéstame -insistió Livia, y como él no dijo nada de súbito lo empujó secamente-, te es­toy diciendo que me contestes -dijo con tono ás­pero.

Tranquilo la miró en silencio. Conque tenía que ceder en el control para seguir adelante, es decir: para hacer el amor. No sabía qué pensar y de pron­to exclamó:

-Está bien, tú tienes el control, pero en otra ocasión tú y yo vamos a discutir con toda exactitud cómo van a ser las cosas para que des­pués tú y yo no tengamos problemas.

Livia asintió, sonriendo. Él se arrepintió al ins­tante, pero ya lo había dicho.

 

Phoebe y yo llegamos al cuarto, y yo me apené ho­rrible al ver la cama destendida, con la piyama como adorno, porque a mí me gusta dormir las siestas con piyama e incluso con un antifaz para bloquear la luz y con tapones en las orejas para oír lo menos posible. Corrí a la cama y estiré las colchas lo mejor que pude.

-Siéntate, por favor, -le dije-, ¿quieres algo de beber?

-Sí, claro, -respondió ella-, ¿tienes tequila?

Qué chingaos, pensé, yo voy a pedir champaña, al fin que la revista mexicana La Ventana Indiscreta va a pagar.

-Voy a pedir una botella de champaña, ¿te pare­ce bien?

-Prefiero el tequila.

-Entonces una botella de tequila, -asentí, y mar­qué el servicio a cuartos. Ella, en tanto, se acomo­dó junto al buró y vio los libros que había llevado al viaje: El héroe de las mil caras, de Joseph Camp­bell, la autobiografía de Aleister Crowley, La caída en el tiempo, de Cioran, Los demonios de Loudun, de Huxley, y Tiempo desarticulado, de Philip K. Dick. No dijo nada, pero me di cuenta de que apro­baba la selección. Después sonrió sorprendida al ver mis discos que, encimados, formaban una pila de más de medio metro.

-¡Oye!, -exclamó-, deveras te gusta la música.

-Sí, lástima que sólo tenga el discman y no po­damos oír nada.

-¿Cuántos son?, -preguntó Phoebe-, revisando los discos.

-Cuarenta y tantos, -respondí, sentándome muy cerquita de ella en la cama. ¿Tú crees que exagero?

-Mira, no me extraña que seas un glotón de la música, -respondió ella-. Dejó los discos y se volvió a verme. Naturalmente, la besé.

En ese momento, sin embargo, llegó la botella de Herradura añejo; el camarero la abrió, nos sir­vió dos largas cañas, dejó sal y limones en una copa, y me dio el cheque. Aunque el estúpido había llegado en pésimo momento firmé, puse el cuaren­ta por ciento de propina y él se fue, feliz. Sin duda era una maravilla el poder de la firma, me dije, especialmente cuando la cuenta se carga a otro, en este caso la mexicana revista de los superrepor­tajes.

Phoebe, de nuevo en su asiento, comentó que el tequila era muy bueno. Lo bebía a traguitos, sin li­món ni sal, y se sacudía levemente al pasarlo. Le dije que había mejores, como Centinela, pero eran más difíciles de conseguir. De repente algo en el ambiente no me estaba latiendo, pero, como no sa­bía qué era, traté de borrar la incomodidad con un buen trago. Después me acerqué a ella y quise be­sarla, pero se llevó el cigarro a la boca y me retiré en el acto porque estuve a punto de quemarme.

-Lo siento, -dijo-, Necro, tú que eres un perverso, agregó, ¿qué es lo que más aprecias de la vida?

-Órale, ¿qué es otro juego de los del doctor Acaso?

-Dime.

-La música, -respondí-. No traiciona, siempre me acompaña, a veces me ha salvado. El arte en gene­ral. No traiciona. Los sueños también. Son la ven­tana al más allá del más allá. No me los pierdo por nada del mundo, sé que en el fondo son aliados y trato de ser un buen jinete de la yegua de la noche. ¿Por qué?

-Estás muy satisfecho contigo mismo, ¿verdad?

Ella me miraba de una manera muy extraña, entre fascinada e irritada al mismo tiempo. Y des­cubrí que todo eso me incomodaba de una forma rarísima; me estaban dando ganas de besarla o darle una bofetada.

-Oye, Phoebe, ¿qué está pasando? ¿Qué se te metió? ¿A dónde quieres llegar?

-¿Cómo ves nuestra situación: tú y yo, qué pien­sas?, insistió ella mirándome, pero de repente el ojo derecho se le iba a un lado y ella tenía que par­padear repetidas veces para volver a ponerlo en su sitio.

-Phoebe, si te he de ser sincero te diré que pre­fiero no pensar. Más bien me dejo llevar por el sen­timiento. Contigo me guía algo que no soy yo, no sé si me explico. Creo que eres una vil cobarde, eso sí, y por eso no puedo confiar enteramente en ti. Siento que te conozco muy bien pero al mismo tiempo eso que no es yo, que está en el centro de mí, y que es la esencia de mí, sabe que eres un mis­terio insondable. Pero eso es lo que le da emoción al asunto.

-Le das mucha importancia a que no se traicio­ne, ¿es así?

-Pues mira, no me afecta tanto como a tu amiga Livia, pero la traición no está en mi lista de favori­tas. Más bien, como Michel Poiccard, pienso que los asesinos asesinan, los traidores traicionan y los amantes se aman, carajo, Phoebe, ¿por qué no nos amamos tú y yo en vez de ponernos tan pesados?

-Amarnos para ti significa hacer el amor, ¿no es así?, -dijo ella-. Tenía las mandíbulas apretadas. Mala señal, pensé.

-Hacer el amor es eso: hacerlo, con la unión se­xual el amor puede incrementarse, encenderse en proporciones increíbles, llegar al territorio de lo sagrado, de la locura y la beatitud, es lo mismo. Por otra parte, mi querida Phoebe, cuando se llega al acto carnal las más de las veces ya hay amor de por medio, y hacerlo vendría a ser la culminación normal de un proceso espontáneo, natural. En nuestro caso, así sería. Pero, chingado, todo mun­do lo sabe: Haz el amor, no lo platiques ni mucho menos lo expliques.

Me levanté de la cama y fui hacia Phoebe, pero ella me detuvo en seco.

-Momento, cálmate, vamos a seguir hablando, aunque no lo creas es otra forma de hacer el amor.

-Pero una forma bastante pendeja, si te he de decir la verdad. Como decían los jipis: haz el amor, no la guerra.

-Aquí no hay ninguna guerra.

-¿Que no? No ceso de oír el sonoro rugir del cañón.

-¿Tú crees que si yo no hago el amor contigo eso es traicionarte?

Pésima espina me estaba dando todo eso, espe­cialmente porque en el fondo empezaba a vislum­brar hacia dónde se dirigía Phoebe, y lo que creía avizorar no me agradaba en lo más mínimo pues creaba las bases para que en el fondo de mí se in­cubara la depresión.

-¿Y bien?, -me apremió.

Oye, si no quieres coger pues no cogemos, me sorprendí diciendo, si quieres prendo la televisión, o de plano jugamos uno de los juegos del doctor Acaso.

Ella me miró, sorprendida. Parecía querer en­tender algo que estaba a la mano pero que en el úl­timo instante se evaporaba.

-Eso es, ¿verdad?, -le dije-, lo que pasa es que no quieres hacer el amor conmigo, quién sabe por qué, pero pues no hay tanto pedo, no lo hacemos y ya.

Phoebe guardó silencio un largo rato, hasta que volvió a hacer su tic de los parpadeos ladeados.

-Por qué me dijiste que soy corrupta?, -finalmente me dijo.

-Phoebe, con una chingada, eso fue hace dece­nios, cuando yo era adolescente y tú gateabas.

-¿Pero por qué me lo dijiste?

-¿Entonces no te quieres acostar conmigo por­que te dije corrupta? ¿Ésa es la razón? Porque si ésa es, me retracto al instante. No eres corrupta, eres inmaculada y te das baños de pureza, eres Doña Perfecta, la Dama infalible, la Integridad Ca­minante, la Inteligencia Rutilante, la Belleza Sub­yugante. Pero no te quieres acostar conmigo.

Phoebe sonreía con cierta nerviosidad. Encen­dió un cigarro, pero casi al instante lo apagó. Vi que su expresión había cambiado en fracciones de segundo. De pronto pareció adquirir una fuerza que me cegaba.

-Sí, -me dijo con tal autoridad que me paralizó-, así es exactamente, lo has comprendi­do muy bien porque eres muy penetrante. Pues bien: no me quiero acostar contigo, no me quiero involucrar contigo, no quiero saber nada más de ti, y no quiero hablar de eso, no te quiero dar explica­ciones porque ahora mismo, en este instante me voy, no trates de detenerme, Nigromante, agregó, poniéndose de pie; recogió su bolso y se dirigió a la puerta. Yo seguía paralizado, sin poder pensar nada. Pero regresó corriendo, me dio un beso en la mejilla y me dijo adiós, te quiero, cuídate mucho. Aún pasmado vi que se detenía otra vez en la puer­ta. Si me busca mi hermana le dices que me fui en un taxi. Adiós, agregó antes de irse.

 

Durante unos instantes me quedé completamente inmóvil, atónito, sin poder comprender qué había ocurrido. Sólo me reverberaba el ruido de la puerta al cerrarse. ¿Pero qué carajos está pasando aquí?, me dije de pronto, en voz alta. Me puse de pie y avancé a la puerta, pero me detuve en seco, sin poder abrirla. No, no iba a ir tras ella. Pasara lo que pasara era algo que no me correspondía. Tenía la impresión de que acababa de ocurrir algo cuyo significado más profundo no alcanzaba a desentra­ñar, pero que había sido importantísimo para mí. Es mi vida la que se está yendo, fue lo único que pude pensar.

Me sentí sumamente triste, pero a la vez cierta resignación me confortaba. Entonces, de lo más profundo de mí, me llegaron estas ideas: Phoebe Caulfield, bendita seas. Te agradezco el bien y el mal que me has hecho. Creo que en el fondo eres una mujer muy sabia, muy buena, muy fuerte, mu­cho más fuerte que yo, y que llegaste a mí cuando más te necesitaba. Con razón sentí una atracción tan grande hacia ti, un amor tan raro hacia ti, eres el engranaje que me estaba haciendo falta para po­der empezar a ponerme en orden. Claro que no de­bíamos acostarnos, hacer el amor era lo menos indicado, la puerta de una ilusión peligrosísima porque significaba entender las cosas de la peor manera. Pero ahora sé qué pasó. Viniste a mi vida para conducirme, eras la guía que me hacía falta y que nunca hubiera encontrado en el mundo en que me hallaba; necesitaba estas tormentas, este hu­racán para poder enfrentarme a lo verdaderamente importante, al hecho terrible y de­finitivo de que mi vida se está diluyendo y a la es­pantosa responsabilidad de que aún puedo hacer algo para evitarlo. Va a ser dificilísimo, voy a tener que sacar fuerzas de quién sabe dónde para volver a empezar, para romper el abatimiento, los temo­res, la siniestra comodidad de creer que me sé mo­ver en las tinieblas cuando en realidad me estoy hundiendo cada vez más.

Seguía de pie frente a la puerta, pensando fu­gazmente que me hallaba en misterios que quizá no pudiera aguantar. Pero algo más fuerte que yo me hizo abrir, salir, avanzar por el pasillo, tomar el elevador, bajar al nivel de la alberca, salir a la pla­ya bajo la lluvia torrencial que me empapó en un segundo, que siguió cayendo sobre mí mientras de­ambulaba por la arena mojada, envuelto en la os­curidad de la hora más negra de la noche, bajo la tormenta del mundo que no era nada ante la que se había desatado dentro de mí.

 

De cualquier manera, Tranquilo pensó que debía aprovechar la única ventaja de ceder el control de los hipotéticos negocios y besó a Livia. Se perdió en un deleite infinito. Tuvo que cerrar los ojos por­que en su interior experimentaba un vértigo efer­vescente; qué maravilla, pensaba fugazmente, sin dejar de besarla; esa vez logró desabrochar el bra­sier y besar los senos desnudos. Ella, retorciéndo­se, le desabotonó la camisa, se la desprendió mien­tras Tranquilo sufría porque en segundos tuvo que soltar esos senos alucinantes; después, Livia le abrió el cinturón, la bragueta, acarició largamente el pene durísimo y después bajó los pantalones a Tranquilo. Él, por su parte, sin dejar de besar los senos le quitó la falda y la pantaleta y llevó su mano a la vagina, frotó el vello del pubis, oprimió el clítoris y después introdujo sus dedos entre los labios vaginales y se electrizó al sentir la carne in­terior caliente y humedecida. Volvió a besarla sin dejar de acariciarle el sexo con una mano y los se­nos con la otra. Cada vez era más apremiante la excitación, especialmente porque ella había toma­do su pene y lo apretaba, lo estiraba, lo masturba­ba con tal fuerza que Tranquilo se contorsionó.

Livia lo empujó a la cama y se echó encima de él. Le acarició el pecho casi tallándoselo y después dirigió su atención al pene erecto, rígido. Lo miró un largo rato, como estudiándolo, y después se lo metió en la boca. Tranquilo se revolvió, electriza­do, pensando que esa mujer era una experta, lo chupaba mejor que nadie, se iba a venir si ella con­tinuaba succionando el miembro con esa fuerza; empezó a gemir porque en él empezaba a crecer la marea de un orgasmo, pero Livia lo advirtió y sacó el pene de su boca.

Tranquilo casi rugió. Se incorporó como resor­te, la colocó bocarriba de la cama y hundió su cara en la vagina; le supo deliciosa y, casi con glotone­ría, lamió y removió la lengua en el interior, en los labios y en el clítoris; al mismo tiempo con los bra­zos extendidos palpaba, oprimía, acariciaba los se­nos. Ella se retorció y le apretaba las manos, le es­trujaba la cabeza, y de pronto se rigidizó, tuvo un orgasmo de baja intensidad y relajó todo el cuerpo. Tranquilo pensó que era el momento perfecto para introducírsela, así es que se levantó blandiendo su pene.

Livia abrió los ojos y cerró las piernas. Él soltó su miembro para abrirlas suavemente. Livia no lo permitió. Con mayor fuerza trató de apartar los muslos, pero ella los juntó más aún. La miró. Livia sonreía con una mirada feroz que por segundos lo conmocionó, pero después creyó que estaba jugan­do, sonrió también, tomó su pene y lo pasó por las piernas cerradas, lo puso en el pubis y lo frotó unos momentos. Ella seguía inmóvil, con las pier­nas cerradas. Tranquilo se alzó para pasarle el pene por el vientre, por los senos, y estuvo a punto de enloquecerlo pues deseó vivamente ponerle el falo entre los dos pechos; no había cómo en ese momento, así es que se alzó más, tuvo que subir los pies con todo y los calcetines para ponerle el pene en la boca. Livia también cerró los labios. Tranquilo se reacomodó nuevamente y se acostó encima de ella. Livia lo permitió, pero no abrió las piernas. Él la acometió con el miembro, y con la rodilla trató de abrirle los muslos, pero Livia no cedió.

-Abre las piernas -pidió Tranquilo, jadeando.

-No -le dijo ella.

-Por favor.

-No.

-Livia.

Volvió a oprimir el pubis de Livia con su pene, pero ella conservó las piernas cerradas.

-Mi amor, qué esperas -dijo él, acariciándole los senos con fruición-, me estoy volviendo loco, te la tengo que meter, ándale, tú también estás puestísima, abre las piernas.

-No, Tranquilo.

-Pero por qué no, mira nada más cómo esta­mos ya, estamos a punto, ya no podemos ir atrás.

-Lo único que puedo hacer por ti -dijo Livia, sin dejar de sonreír y con cierto aire divertido- es dejar que te vengas en mis piernas.

-Livia, por el amor de Dios -insistió Tranqui­lo haciendo acopio de paciencia-, qué estás di­ciendo.

-Que pongas tu verga entre mis muslos y te vengas allí.

-¿No te vas a dejar?

-No.

-¿Por qué? -preguntó Tranquilo, tratando de no desesperarse mientras oprimía su miembro contra el cuerpo de Livia.

-Porque hoy no vamos a hacer esto. Después sí, en Nueva York si quieres, pero hoy no, aquí no.

-¿Pero por qué no?

-Hoy no.

-Abre las piernas -dijo Tranquilo, serio, tras una pausa en que se miraron largamente.

-No.

-Ah, quieres un poco de violencia, ¿verdad? Pues la vas a tener.

Antes de que Tranquilo pudiera hacer nada, con una agilidad y rapidez sorprendentes, Livia saltó de la cama, corrió a su bolso y extrajo un re­vólver; lo tomó con las dos manos, como policía, y apuntó a Tranquilo.

-Quieto ahí -exclamó-, ningún hijo de puta va a ejercer violencia sobre mí.

Tranquilo estaba pasmado, pero su erección de­creció en segundos y su corazón penduleó con fuerza.

-Oye, qué tienes, guarda eso mujer, tan sólo era una forma de hablar.

Livia dejó de apuntarle. Lo miró unos instan­tes y después devolvió el revólver a la bolsa. Regre­só a la cama y se sentó junto a Tranquilo. Suspiró.

-¿Siempre andas armada? -preguntó Tran­quilo.

-Sí.

-Por supuesto que no pensaba hacerte daño.

-Yo no sé, Tranquilo, pero eso sí te digo que yo estoy curada de espanto y no hay nadie que me haga daño.

-No tenías que apuntarme con la pistola.

-No estaba de más, tampoco.

Tranquilo guardó silencio. Se hallaba muy mo­lesto. Todo había transcurrido con tal celeridad que apenas podía conservar la mente clara. Ahora, además, se sentía ofendido. Le parecía el colmo es­tar desnudo con una mujer exquisita sin entender bien lo que ocurría. ¿Qué había hecho?, se decía, ¿en qué la regó? ¿Dónde estuvo el error? Todo iba a la perfección. ¿Por qué se puso así? Livia encen­dió un cigarro, lo cual lo irritó aún más. Advirtió que le dolían los testículos y que su pene se hallaba semiflácido, sin resignarse.

-Livia -dijo Tranquilo finalmente.

-¿Qué?

-Acuéstate un momento aquí conmigo -le pi­dió, suavemente, recostándose él mismo.

Livia lo miró unos segundos, lo vio acostado, des­nudo, con el miembro un tanto hinchado, y sonrió. Se acostó junto a él. Durante unos minutos permane­cieron en silencio, lado a lado, sin mirarse, hasta que Tranquilo le tomó la mano y la acarició suavemente.

-Livia, tú no me entiendes. Desde que te cono­cí me gustaste muchísimo, eres una mujer hermo­sa, pero después te admiré por tu carácter y tu capacidad en los negocios. Sentí vivamente que po­díamos asociarnos y también sentí cada vez más que no sólo me gustabas sino que te estaba empe­zando a querer. No sabes qué feliz fui cuando tú misma dijiste que viniéramos a mi suite. Pensé que sería un privilegio hacerte el amor y empezar a co­nocerte mucho más, lo cual sin duda redundaría en nuestra relación profesional que está naciendo, que debe de materializarse para que tú y yo am­pliemos nuestras perspectivas y seamos más exi­tosos y más fuertes. Incluso tú me pides el control de las empresas, y yo cedo. ¿Sabes lo que es eso para mí? Pues lo hago para demostrarte mi amor, Livia.

-A ver, ¿con todo este discurso me estás di­ciendo que me amas?

-Sí, Livia -replicó Tranquilo con intensi­dad-, sí te amo, creémelo.

Livia lo miró sin expresión y él la besó en la boca con suavidad; le acarició el pelo, pensando que así estaba bien, lo que la situación exigía en ese caso era ternura, a esas mujeres difíciles había que ablandarlas con mucha suavidad. Livia lo deja­ba, incluso suspiró, y él, delicadamente, introdujo la punta de la lengua en la boca de Livia y la des­plazó con lentitud, pero de pronto fue Livia la que introdujo su lengua en la boca de Tranquilo y lo besó con fuerza; sin desprenderse de él se incorpo­ró para quedar por encima. Llevó su mano al pene, que al mero contacto volvió a endurecerse.

-Mira -dijo-, quédate quieto y déjame hacer. Te apresuras demasiado.

Tranquilo asintió y fue entrecerrando los ojos ante el placer cegador que experimentaba mientras ella manipulaba su pene. Gimió, mordiéndose los labios, y llevó una de sus manos a los senos de Li­via. Ella se separó al instante.

-No se puede -se quejó-, dije que hoy no iba a ser y no será.

-Livia, por lo que más quieras, no me dejes así...

-Lo que yo digo lo cumplo. Tranquilo, quiero verte en Nueva York. Allá me explicas mejor tus proyectos, incluso espero que ya lleves algo más concreto, después nos vamos a cenar, te llevo a mi casa y te doy la cogida más increíble de tu vida.

-Livia, mira, estoy que ya no aguanto más, va­mos a hacerlo ahora mismo, yo te prometo la cogi­da más increíble del mundo aquí y ahora, ¿por qué hemos de esperar si ya estamos listos?; además, tú misma lo quieres.

-A ver -dijo ella, respirando pesadamente-, pónmela entre los muslos.

-Sí sí -replicó él, ansioso. Se sentía arder cuando volvió a montarse sobre ella.

-Livia, eres una delicia.

-A ver -dijo ella, tomando el miembro de Tranquilo; abrió un poco los muslos y lo alojó allí.

-Dios mío -exclamó Tranquilo y empezó a moverse suavemente; tenía los ojos borrosos y qui­so humedecer su boca besando la boca de Livia, pero ella se hizo a un lado, así es que mejor le aca­rició uno de los senos-. Mi vida -susurró al oído de Livia-, te la voy a meter ahora, abre las piernas por favor.

-No -dijo ella y arqueó la cadera para retirar el pene de entre sus muslos. Inmediatamente lo empujó para que se retirara-.

-Que no -repitió-, dije que no. Es más, ya me voy.

Se puso en pie y buscó su ropa.

-Ya te vas -dijo Tranquilo y Livia no le res­pondió; encontró su pantaleta y se la puso. Des­pués vio su brasier en el sofá, fue por él pero repa­ró en la copa de tequila; la tomó y la bebió de un solo golpe.

-Mira, mujer estúpida -dijo Tranquilo en ese momento-, ¿crees que puedes hacerme esto? ¿De veras crees que me vas a dejar aquí como im­bécil?

Livia lo vio de reojo, emitió un gruñido y siguió vistiéndose.

-Oye, yo me he portado contigo como un se­ñor, te he llenado de consideraciones, de atencio­nes, pero en realidad tú no las mereces, eres de muy baja calidad -dijo Tranquilo.

-¿Qué más, eh?

-¡Pendeja! -gritó Tranquilo sin poder conte­nerse-, ¡lárgate de aquí o yo mismo te agarro a patadas, te quito tu pistolita y con ella te corro de aquí a cachazos! ¡Eres una imbécil, una como to­das, viejas reprimidas, calientavergas, cochinas!

-¿Crees que te creí cuando babeabas diciendo que me querías? -replicó Livia sin alzar la voz-, todo el tiempo supe que lo único que querías era cogerme y nada más, aprovecharte de la gringa ca­liente que va a Acapulco en busca de la verga de los latinos, pues eres un típico macho mexicano in­significante -agregó.

Ya había terminado de ves­tirse, se sirvió otra copa de tequila y de nuevo la bebió de un golpe.

-¡No bebas así, cretina! -vociferó Tranquilo-, ¿qué haces tú, pendeja, tomando tequila? Vete mu­cho a la chingada y lárgate de aquí, ¡pero ya!

-Macho pendejo. Te espero en Nueva York, no faltes -dijo ella y salió dando un portazo.

En ese momento Tranquilo sintió un dolor des­garrador en el pecho y estuvo a punto de gritar. Durante un segundo se llenó de pánico porque cre­yó que era un infarto. Me duele el corazón, se dijo, y se levantó, frenético, se puso el pantalón atrope­llándose y salió corriendo.

-¡Livia! -gritó-, ¡Li­via, no te vayas!

 

El pasillo del hotel estaba vacío, pero una de las puertas de los elevadores acababa de cerrarse. Corrió y oprimió el botón para llamar otro ascen­sor. Lo esperó con impaciencia y cuando llegó se metió en él, con deseos de que esa máquina del de­monio se moviera a toda velocidad; sintió eterno el descenso de los veintisiete pisos y salió corriendo al lobby, descalzo y sin camisa. -¡Livia! -gritó, porque creyó verla salir hacia la calle. Pero cuando llegó allí no vio a nadie, sólo recibió el golpe terri­ble de la lluvia que caía implacable. La buscó con la mirada, sin entender cómo pudo irse tan rápido. Allá había varios taxis estacionados que decían SI­TIO NIRVANA.

-Se fue -dijo Tranquilo en voz alta. Dio mar­cha atrás con lentitud; le había entrado el abati­miento, sentía una tristeza profundísima y le mo­lestaba mucho no entender bien lo que había ocurrido, ¿por qué podía sentir esa desolación de­vastadora?

Los empleados del hotel lo vieron, sor­prendidos, cuando cruzó lentamente el lobby y, sin saber a dónde se dirigía, se fue hacia la alberca.

No había nadie allí, a esas horas, pero la lluvia era tan intensa que dolía al golpetear en la cabeza y el cuerpo. Tranquilo avanzó hasta que llegó al borde de la alberca. ¿Qué estoy haciendo aquí?, se dijo de pronto y ya no pudo contenerse más. Se soltó llorando sin parar, estruendosamente, con ge­midos y ocasionales balbuceos, mamá, decía, Dios mío, cómo es posible. No acababa de entender por qué había salido corriendo tras Livia como si en ello le fuera la vida, por qué ella se había portado así, por qué todo. La confusión lo llenaba de triste­za y ni cuenta se daba de que seguía de pie junto a la alberca y bajo la lluvia durísima. Casi pegó un grito de terror cuando oyó que le decían:

-Tranquilo.

Era Nigro, que se hallaba junto a él, de pie bajo el aguacero; Nigro, su viejo amigo, su socio. Lo abrazó y lloró en su hombro desconsoladamente. Lloró y lloró hasta que poco a poco sintió algo ex­traño en Nigromante. Se separó de él y trató de verlo en medio de la lluvia que les corría por la cara y el cuerpo.

-Nigro -dijo.

Nigro parecía mirarlo; no podía estar entera­mente seguro porque la lluvia se le metía entre los ojos, o eran las lágrimas, no sabía, pero ya no esta­ba llorando, y en el fondo de él despuntaba la idea de que debía verse muy mal, pésimo, llorando bajo la lluvia, descalzo y sin camisa.

-¿Qué pasó? -preguntó Tranquilo-, Phoebe?

-Ya se fue -respondió Nigromante.

-¿Te la cogiste?

-No quiso. Nada más estuvimos hablando. ¿Y tú?

Tranquilo suspiró con fuerza, tratando de so­breponerse.

-También se fue -dijo-. Y ya vámonos a acostar, es tardísimo y mañana tenemos que traba­jar -agregó. Tomó a Nigromante del brazo pero él no se movió. Trató de concentrar su mirada en él, a pesar de tanta agua, y vio que se hallaba muy serio.

-Yo me voy mañana, Tranquilo, esto ya dio de sí.

Tranquilo guardó silencio unos momentos has­ta que dijo:

-Sí, tienes razón, no hemos podido hacer nada bien, mañana nos vamos.

-Me voy de la revista también. Todo eso ya se acabó para mí. Después te explico con detalle, Tranquilo, voy a tratar de hacer mi propia revista, a ver si puedo.

Nigromante dio un abrazo a su amigo y lo es­trechó con fuerza. Tranquilo se hallaba estupefac­to, y no se le ocurría qué decir. Simplemente abra­zó a Nigro con más fuerza también, con una emoción muy grande y deseos que pululaban en él de pedirle que no se fuera de la revista, que no lo abandonara, no debía de irse, ya habían recorrido juntos media vida para que a esas alturas él saliera con que iba a hacer su propia empresa, qué cosas más absurdas. Pero su voz no llegaba a la boca y Nigro ya se había desprendido de él.

Tranquilo lo vio perderse en la lluvia que caía como si fuera el fin del mundo.

 

FIN

 

 


Date: 2015-12-11; view: 219


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