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BUENOS TIEMPOS, MALOS TIEMPOS

 

En la mañana Phoebe y Livia desayunaron en el cuarto viendo la lluvia que caía ruidosamente. Los vientos habían bajado de intensidad y la tormenta se desplomaba casi vertical. Tomaron un café y, a pesar del aguacero, decidieron salir a dar una vuel­ta, pues era imposible permanecer en el cuarto viendo revistas o la televisión. Fueron al mercado de artesanías de la Costera, pero la tormenta hacía que todo fuera lentísimo y muy incómodo. El agua rebasaba las banquetas y por todas partes flotaba la basura. El tianguis también estaba anegado, los puestos habían sido cubiertos por gruesos plásti­cos y tenían la luz eléctrica encendida. En algunos se oían estaciones de radio de música tropical, cuya estridencia resultó muy tercermundista a Li­via y Phoebe. Se les quitaron las ganas de comprar y descubrieron que estaban empapadas, pues, ca­sualmente o no, muchos vendedores barrían sus puestos y salpicaban por todas partes. Claro que lo hacían adrede, pensó Livia al ver que algunos puesteros apenas aguantaban la risa. Además, al principio casi no había nadie, pero cuando los senos de Phoebe se empezaron a traslucir, a causa del agua que salpicaba por todas partes, aparecie­ron hombres de quién sabe dónde para apreciar el espectáculo.

 

Salieron de allí tan pronto como pudieron, to­maron otro taxi y regresaron al hotel a que Phoebe se cambiara de blusa o se pusiera brasier para no conmocionar a los pobres acapulqueños. Al llegar a su cuarto, Livia recibió una llamada de Nueva York. Era su padre, quien tenía hijitis y quería sa­ber si todo marchaba bien; no entendía qué hacían en medio de ese huracán. -Tienes razón, papá -dijo Livia-, Phoebe y yo hemos pensado regre­sar mañana mismo. -Haces bien, muchacha -se entusiasmó el padre- aquí hace un calor endiabla­do, pero al menos no llueve. ¿No has tenido ningún percance? ¿No quieres que te mande a Pizza the Hit para que les cargue maletas y las ayude? -Li­via dijo que no era necesario. Le fastidiaba que su padre insistiera en enviarle matones a todas partes. En veces ya le habían echado a perder las vacacio­nes; de buenas a primeras se daba cuenta de que alguien la seguía y Livia sabía en ese mismo ins­tante que, a la vuelta, su padre estaría enterado mi­lagrosamente de todo lo que ella había hecho. Así pasó en Venecia, en Hong Kong y en Río de Janei­ro. Y en Cortina d'Ampezzo. Esa vez incluso gol­pearon hasta casi matar a un pobre alemán que es­quiaba con ella. Qué escandalazo le había hecho a su padre cuando regresó a Nueva York; lo pescó en una comelitona familiar y en frente de todos los in­vitados le gritó que la dejara en paz, ella había he­cho su vida aparte de la familia precisamente para evitar esos problemas, pero el estigma la seguía donde fuera. Para su sorpresa, esa vez Falero esta­ba de buen humor y rió a carcajadas al ver a su hija tan molesta porque, como decía, «uno de sus tentáculos justicieros la siguió hasta Cortina d'Am­pezzo».



Falero era un hombre de espléndido buen hu­mor, que muchas veces tomaba niveles macabros, pero se ponía muy serio cuando se trataba de Livia y no dudaba en mandarle espías para saber en qué andaba metida, y especialmente con quién. Ella se exasperaba de que la siguieran y protestaba en to­dos los tonos, pero nunca le hicieron caso, así es que, cuando creció, y como represalia, en una oca­sión le metió un balazo en la pierna a uno de los ti­pos que la seguían y a otro le rasguñó la cara. Ade­más, con el tiempo también aprendió a tomar venganza a través de las señoronas que vivían con ellos desde que Falero se quedó viudo a la edad de treinta años, con cinco hijos varones y una hija, ella, la mayor.

Por esas fechas apareció doña Angela, una vieja tía que a los setenta años se le metió en la cabeza «conocer América» y contra las advertencias de todo mundo un día compró boletos para viajar a Palermo, después a Roma y finalmente a Nueva York, a donde llegó cargada de treinta grandes baúles en los que prácticamente había metido toda su vieja casa. Falero se molestó porque su tía llega­ra sin avisar y contra los consejos familiares, pero pronto bendecía su buena suerte pues doña Angela llenó la ausencia de figura materna en la casa. Pronto la tía dirigía sin problemas el orden domés­tico, atendía a los muchachos y además hizo que la comida de todos los días mejorara en un ciento por ciento. Livia le tomó un gran cariño y pasaba largas horas con ella oyéndola contar historias de su tierra. La tía quiso acostumbrarla a ir a la igle­sia, y enseñarle a cocinar y a bordar, pero a Livia esto le pareció un insulto y se negó tajantemente; en cambio, sí le interesaron los conocimientos her­bolarios de su tía abuela y pronto supo lo que eran las emociones fuertes cuando Ángela le enseñó a preparar venenos muy sutiles que podían tener en­ferma ininterrumpidamente a una persona o aca­bar con ella a través de la dosificación. Para esas alturas Falero se había acostumbrado a tener va­rias amantes y pronto le dio por llevar a la preferi­da a su casa, a pesar de que hija y tía protestaron ruidosamente. No les hizo caso, y con el tiempo tuvo con él hasta a tres mujeres en la casa familiar. Livia se dio cuenta de que su padre tenía todas las intenciones de formar un harem y decidió experi­mentar los venenos con Paula y Rossana, dos de las amantes que siempre intrigaban en contra de ella. Lo hizo, y vio atónita cómo las mujeres se apagaban poco a poco; perdían la energía y por cualquier cosa se enfermaban. Finalmente un mé­dico les recomendó que se mudaran al campo y sólo así lograron restablecerse. Por supuesto, la tía se dio cuenta al poco tiempo de que Livia domina­ba ya sus técnicas, y los demás sospecharon que la jovencita había tenido que ver de alguna forma, pero no entendían cómo. Eso sí, Falero ya no vol­vió a llevar a sus amantes a la casa y muy a su pe­sar tuvo que ver a su hija bajo otra perspectiva.

Cuando tenía catorce años, Livia cedió su virgi­nidad a Jimmy the Gent the Third, uno de los pis­toleros de su padre. Para entonces ya estaba enteramente desarrollada y llamaba mucho la aten­ción, por lo que Falero había amenazado de muer­te a su gente si se metía con su hija. El matón le gustaba, pero acostarse con él fue más bien una operación fría y analítica; Livia misma fue la que acorraló a Jimmy y después no estaba segura si la experiencia le había gustado o no. Por tanto, la re­pitió numerosas veces con la misma actitud analí­tica, y sólo hasta que su padre empezó a sospechar y Jimmy the Gent the Third tuvo que huir lo más lejos que pudo, Livia se dio cuenta de que sí le ha­bía gustado el acto carnal. Por tanto, a los diecio­cho años se casó para hacer el amor sin problemas y para huir de la abrumadora vigilancia de su pa­dre. Falero se opuso rotundamente, en especial porque Toby, el novio, ni era italiano ni lo conocía nadie. Eso sí no podía ser. Pero Livia se empeñó, gritó, peleó, resistió la tentación de regalos y de todo tipo de concesiones, hasta el ofrecimiento de un departamento para vivir con la tía Ángela. Sin embargo, ella finalmente se escapó y se casó en Atlantic City. Al salir del juzgado telefoneó a su pa­dre y negoció las condiciones del regreso, empe­zando por garantías de que no se atentaría contra su recién marido. Falero accedió a regañadientes e incluso le dio empleo a Toby en una de sus empre­sas; eso sí, con sueldo bajo porque el zángano no iba a entrar por la puerta grande. Pero no importa­ba lo que Toby ganara. Acababa de casarse, cuando una amiga llevó a Livia a una agencia de publici­dad, donde le hicieron una prueba de aptitudes y firmó una solicitud de empleo. Ella sintió que lo había hecho bien, pero de cualquier manera siem­pre sospechó que la fama de su padre había contado para que la emplearan en el departamento crea­tivo.

De cualquier manera, el matrimonio no duró mucho; el pobre Toby siempre estaba nervioso, irritable, paranoico; además, era muy estúpido; no captaba algunos chistes, mucho menos ingenio o sutilezas, y para colmo ganaba poco dinero y hacía el amor pésimo, era de los que nada más se monta­ban, se venían con rapidez y después se dormían o prendían la televisión y tragaban papas fritas. Livia podía someterse a prolongadas abstinencias sexua­les con gran facilidad, pero cuando se trataba de coger le gustaba que las cosas funcionaran bien; se encendía con facilidad pero tardaba en desarrollar un orgasmo y después podía tener muchos, así es que con Toby sólo fue acumular fastidios e insatis­facción. El divorcio no tardó. Después Livia se en­teró, como era de esperarse, que su padre se encar­gaba de aterrorizar al pobre hombre de mil maneras, pero especialmente le gustaba depositar­le cadáveres sanguinolentos de gatos, gallinas, pe­rros, loros y otros animales en los sitios más ines­perados: en su oficina, en el auto, en baños públicos, en la mesa de un restaurante, en paque­tes de United Parcel o con Mensajeros Cantarines. Livia siempre creyó que la tía Ángela estaba detrás de todo.

Cosas parecidas, aunque no tan truculentas, ocurrieron cuando Livia reincidió en el matrimo­nio la segunda y la tercera vez. El sexo mejoró no­tablemente, pero los matrimonios no prosperaron por culpa de Falero, cuyo poder era enorme y lle­gaba a los sitios más insospechados de Nueva York. Por suerte, el padre no se metía para nada en

el trabajo de Livia, y la publicidad era un refugio sagrado para ella. Desde que empezó a trabajar procuró distanciarse lo más posible de su familia, especialmente después de que logró que su padre le comprara la mayoría de acciones de la compa­ñía para que ella tuviera el control total. Falero lo hizo, gustoso, y ése fue el único favor que Livia le pidió. Se lo había dicho muy claro: -Tú me ayu­das en esto y lo demás corre por mi cuenta. Con el tiempo logró acostumbrar a su padre a que le tele­fonera únicamente dos veces por semana y a verlo sólo en fiestas y ocasiones especiales.

Phoebe estaba perfectamente al tanto de todo esto; era amiga de Livia desde la infancia, así es que conocía con exactitud la borrascosa relación de Livia con su padre, y textualmente estaba acostum­brada a cualquier cosa. Sabía que, de explotar, lo cual ocurría de vez en cuando, Livia era capaz de atrocidades, pero en circunstancias normales era muy disfrutable. Sólo había que respetar los esta­dos lunares, sombríos, que de pronto la atrapaban.

 

Poco después de la llamada de Falero, mientras Phoebe se daba un baño, el teléfono sonó. Era Tranquilo, quien las invitaba a cenar en casa de un sicoanalista metido a ecólogo. Livia consultó a Phoebe, quien se encogió de hombros, así es que le dijo que sí a Tranquilo, y éste quedó de pasar por ellas. Livia fue entonces al baño y después de un buen rato bajo el agua se vistió para salir a comer. Ya no quisieron aventurarse en otra expedición al aguacero, así es que se quedaron en el restaurante del Villa Vera. Pidieron tequilas. Les encantaba el tequila. Sin duda era lo mejor de México, en don­de, por otra parte, se hallaban a gusto, Livia porque establecía alguna extraña conexión con sus raíces italianas y Phoebe porque le gustaba el con­traste. Ella conocía mucho más del país; había visi­tado los sitios de interés arqueológico: Oaxaca, Yu­catán, Palenque, Teotihuacán y Tula; además, en sus épocas de estudiante la universidad tenía pro­gramas de verano en distintas partes de México, y ella había tomado cursos en Cuernavaca, Xalapa, Cholula y la Ciudad de México.

-Le dije a mi muy truculento padre que regre­saríamos mañana -informó Livia al beber el te­quila directo de la copa, sin limón, sal o sangrita.

-Sí, te oí -respondió Phoebe.

-¿Puedes creer que ya quería enviarme al estú­pido de Pizza the Hit a que se encargara de nuestras maletas?

-A lo mejor por ahí anda y no lo hemos visto.

-Pero entonces nuestros galanes mexicanos ya estarían bien machacados.

-Ya están -rió Phoebe-, ¿te acuerdas del ca­chazo que le dieron a Necro la noche que los cono­cimos?

-Claro que sí. Pobre hombre. Lo malo no fue lo duro del golpe, sino la desprogramada que le dieron.

-¿No habrá sido un enviado de tu padre? -Claro que no. Imposible. -Estaba bromeando, tonta.

-Ya lo sé, tonta -repitió Livia y las dos rieron. -¿Otro tequilita?

-Claro que sí.

-¿Nos vamos, verdad?

-Claro, Phoebe, no tiene caso seguir aquí. Quién sabe cuándo carajos se compondrá el tiempo, si es que se compone alguna vez. Qué suerte tan podrida.

-¿Te acuerdas de la última vez que vinimos juntas a Acapulco? ¡Qué diferente!

-Esa vez hiciste sufrir innecesariamente a aquel muchacho, ¿cómo se llamaba? -dijo Livia.

-Rah-món. Ramón. Era un patán -rememoró Phoebe, riendo.

-Claro que sí, pero eso querías, ¿no?

-Ay sí, ya estaba hasta aquí de los hombres educados y graduados y etcétera, etcétera. Necesi­taba hundirme en lo primario, a veces es algo rico si lo haces bien consciente.

-Vamos a pedir, guapa. ¿Te he dicho que te ves despampanante este día?

-Tú también, oh gran Livia.

-Pobrecita de ti cuando te mojaron esos aca­pulqueños malos en el mercado de artesanías.

-Tianguis. Le dicen tea-an'-geese, extraña rece­ta. Pero así le dicen y yo nunca me entrometo con los atavismos. Además, a ti también te mojaron.

-Pero a mí no se me veían los pechos -esta­bleció Livia, sin matiz.

-Porque no te gusta. Y no es porque no tengas qué lucir. Ya te he dicho que tus senos me parecen más hermosos que los míos.

-Ya estás borrachita, querida. Todo mundo sabe que en ese departamento no tienes rival. Hmm. A ese tonto Tranquilo se le van los ojos.

-¿Ah sí? -dijo Phoebe, divertida-. Yo lo he visto loco contigo.

-Y lo está, pero de cualquier manera debe mo­rirse de ganas de un intercambio de parejas en su debido momento.

-¿Tú crees? -preguntó Phoebe con los ojos brillantes.

-Por supuesto. ¿A poco no?

-¿Y será posible? -dijo Phoebe, aguantando la risa.

Livia se encogió de hombros, sonriendo. -Quién sabe. Ya me conoces -dijo.

-Muy bien, Liv, dime la verdad, ¿te gusta ese hombre?

-Ay querida, ¿tú qué crees?

-Que sí. Y bastante.

-Bueno, la verdad, sí me gusta. Pero no me gusta que no vea más que sexo sexo sexo. Es un chingado macho mexicano.

-Cómo sabes, ¿te ha insistido mucho en que se acuesten?

-En realidad no me ha dicho nada, pero cual­quiera puede darse cuenta de que sólo piensa en meterse entre las piernas.

-¿Y a ti no te gustaría?

-Ésa es otra cuestión. Quizá si me fuera visi­tar a Nueva York. Aquí, no sé. Ay Dios, tú sabes. ¿Y a ti, qué tanto te gusta el moreno?

-Mira, la verdad es que no respondo, Livia. He tenido mucho trabajo y tiene más de un mes que no voy a la cama con alguien.

-The Quiet One es guapo, aunque se le está ca­yendo el pelo, pero tiene algo que nunca había vis­to en nadie.

-Qué.

-No sé. Es... tierno. Y elegante. Se viste muy bien.

-Y tiene unas nalgas muy monas. -¡Phoeb! ¡A ti también te gusta!

-No no, es una fría observación clínica. A mí desde el principio me gustó más el Necro. Me gus­ta lo oscuro que es. Y lo inteligente. Y culto. Aun­que también es una patada en el culo.

-¿Te vas a acostar con él?

-Ay guapa, ¿tú qué crees?

-Yo creo que eres tremendita, amiga.

-Mira quién habla.

-¿Por qué lo dices, me sabes algo?

-¡Lo sé todo! -exclamó Phoebe y de pronto las dos estallaron en una carcajada que atrajo la atención de los turistas mientras, afuera, el agua­cero seguía bramando.

Comieron muy animadas, gracias a los tequilas y a la botella de vino rojo con mucho cuerpo, como le gustaba a Livia. Después durmieron una corta siesta y cuando despertaron ya había oscurecido y el ruido de la lluvia continuaba con su estrepitosa monotonía. Pasaron entonces a maquillarse, lo cual hicieron sin ninguna prisa, y finalmente en­frentaron el dilema de qué ponerse, pues a las dos les costaba mucho decidirse en esas cosas y más bien tendían a ensoñar mientras se probaban la ropa.

 


Date: 2015-12-11; view: 226


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