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Discurso del Sr. José Pérez, Presidente de la Asamblea General

Expreso con toda emoción mi profunda gratitud por la elección de que he sido objeto. El alto honor que vuestra benevolencia me ha otorgado se confiere a mi patria, por su milenaria tradición jurídica. El Imperio de los Incas mostró, más que ningún otro régimen arcaico, honda preocupación por el bienestar humano. En el período hispánico mi país compartió con México la dirección cultural del inmenso Imperio, y fue el centro que preparó el monumento de la legislación de Indias. Después de la independencia, mi nación tuvo la iniciativa de los congresos de Lima, precursores, con el de Panamá, de la solidaridad continental.

Han recaído este año dos designaciones de la más alta importancia en representantes de América Latina. Nos halaga pensar que las Naciones Unidas confían en nuestra América para desempeñar funciones de trascendencia. Estamos unidos a Europa por la misma cultura, y a los países de África, Asia y Oceania, por arcanas vinculaciones prehistóricas.

Me alienta en estos momentos pensar que voy a tener siempre la inspiración, el apoyo y la colaboración de mis colegas. Me ha tocado actuar en la gesta de San Francisco; en los días de prueba de Lake Success; en la difícil etapa de París y en los momentos de lucha y de ilusión de Nueva York. A la simpatía y el contacto personal que han constituido para mí el mejor galardón en esta época de mi vida, debo agregar mi convicción de que, frente a las dificultades futuras, los viejos lazos se estrecharán más aún en una obra que pertenece a todos.

Confío, al mismo tiempo, en la sabia cooperación de nuestro insuperable Secretario y de sus inteligentes colegas. El Secretario General debo proclamarlo solemnemente ha sido factor decisivo en los últimos años en la consolidación de las Naciones Unidas.


Deseo aprovechar esta oportunidad para expresar una vez más mi fe inquebrantable en nuestra Organización. En los trece años en que estoy vinculado a ella, he vividointensamente sus momentos de inquietud, de crisis, de peligro y, ¿por qué no decirlo también?, de cauteloso optimismo.

Las Naciones Unidas se han enfrentado a los más grandes problemas y han ido afirmando, día a día, su autoridad moral y su prestigio en el mundo. Nadie podrá negar que hoy la Carta se cumple en sus esenciales disposiciones. Hemos proclamado la Declaración Universal de Derechos Humanos; se encontraron fórmulas sagaces para cuestiones que parecían insolubles. Tras muchos años de esfuerzo, con actitud de comprensión que es honra para todos, estamos realizando, dentro del espíritu de la Carta, la universalidad esencial para cumplir los fines de ésta. La Asamblea debe hablar en nombre de la humanidad entera.



Es largo todavía el camino por recorrer. La justicia y la paz, como la cultura y la libertad, no son únicamente un legado tradicional, sino una conquista que debe realizar, por esfuerzo propio, cada generación. Hoy la nuestra está en mejores condiciones para llevar a cabo la misión que le señala el destino y preparar el camino a la nueva generación que tiene el deber de superarnos.

Nuestros padres podían moverse en la disyuntiva de las ventajas de la paz y de los peligros e inconvenientes de la guerra. El mundo nuestro, en la era atómica, se mueve en otra disyuntiva: o la paz que garantizará la vida y el progreso para todos los pueblos, o la guerra que será la muerte y la destrucción universal. La conciencia de esta disyuntiva rige la hora presente y constituye el factor espiritual de fuerza incontrastable que tiene en sus manos la Asamblea de las Naciones Unidas. Si éstas supieron vencer grandes obstáculos, no podemos menos que mantener nuestra confianza en que el gran problema del desarme, bajo los auspicios de la Asamblea General y del Consejo de Seguridad, y con la decidida colaboración de las grandes Potencias, entre en un proceso que lleve a una solución definitiva.

Resonarán en este recinto, a favor de esta solución, los angustiosos y solemnes requerimientos de la conciencia universal. No podemos resignarnos a que la conquista del espacio ultraterrestre pudiera coincidir con la destrucción del espacio terrestre. Depués de la catástrofe, el silencio eterno del espacio infinito, nuestra tierra rodaría apagada y muerta, cuando ella fue creada para que floreciera la vida, fecundara el trabajo e irradiara el amor.

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Respecto de los temas 1 a 6 no se necesita decisión de la Asamblea, pues ellos han sido considerados. Con respecto al tema 7, Notificación hecha por el Secretario General en virtud del párrafo 2 del Artículo 12 de la Carta, dado que lo único que se requiere es tomar conocimiento de ese documento, considero que la Asamblea General así lo hace.

Así queda acordado.

El Presidente: ¿No hay objeciones a la aprobación de los temas 8 a 18 inclusive?

Sin discusión quedan incluidos en el programa los temas 8 a 18.

El Presidente: Si ningún representante desea hacer uso de la palabra sobre la inclusión de los temas 19 a 22, que se refieren al problema de enmiendas a la Carta de las Naciones Unidas, consideraré que ellos quedan incluidos en el programa.

Sin discusión quedan incluidos en el programa los temas 19 a 22.

El Presidente: Si no se hacen comentarios respecto de la inclusión de los temas 23 y 24, que se refieren a la utilización de la energía atómica con fines pacíficos y a los efectos de las radiaciones atómicas, consideraré que ellos quedan incluidos en el programa.

Sin discusión quedan incluidos en el programa los temas 23 24.



Date: 2016-01-14; view: 392


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