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Capítulo XIV

 

La embarcación de Malpica era una pequeña motora, dedicada a la pesca de bajura. Capeaba bien, era marinera, pero Lucho y Antonio Hortas pocas veces se alejaban de las marcas conocidas. Tenían sus puntos de referencia en la costa, y el principal era la punta de Cons. Con esas marcas, los ojos trazaban líneas invisibles, las coordenadas de sus almeiros para pescar. Lugares submarinos que casi nunca los dejaban ir de vacío.

Esta vez se van alejando. También las aves del mar parecen extrañarse del nuevo rumbo y los dejan ir en solitario. El barco cabecea por lo desacostumbrado. Los hombres son dos injertos que resisten impasibles el balanceo. Es Malpica quien decide la ruta, quien hace las veces de patrón. Y esa ruta es el norte. Hoy no pregunta ni comenta nada con Antonio. Y Antonio es de los que respetan los silencios. Pasan Sálvora. Aproan el Mar de Fóra. Los cormoranes de la Costa da Morte acechan con aire de centinelas medievales. Lucho Malpica sigue sin decir palabra, pero Antonio puede oír el Ronco Nasal y el Hocicudo Seseante, esos dos murmullos que luchan en los silencios de su compañero.

El patrón abre un cesto de mimbre forrado por dentro de lona. Antonio sabe lo que hay allí. No entró en el bar, pero lo vio llegar en el Cabaliño, como llamaba él a la Ducati. Debió de entrar por la puerta de la tienda. La empleada llamó a Rumbo por el ventanuco interior, que comunicaba con el bar. Y el encargado desapareció un rato. Luego, Antonio lo oyó marchar. Oyó la motocicleta. El petardeo del tubo de escape. Ese cabreo de los motores viejos por tener que arrancar de nuevo. Salieron de día, demasiado temprano. Cuando Fins, el hijo de Lucho, vino con la contraorden a casa, de que sí, de que salían al mar, ya Antonio tenía claro que iban de pesca especial.

 

Todo esto lo está viendo ahora, con claridad, en secuencias causales. Tal vez no oyó la moto desde el bar. Tal vez es el motor del barco, su laborioso malhumor, lo que pone sonido al recuerdo.

Los cartuchos envueltos en un paño blanco, inmaculado, dentro del cesto. Incluso en eso es demasiado cuidadoso, piensa Antonio. La dinamita no quiere que la piensen tanto. Él tiene el recuerdo de los mancos. La idea tiene que ir de vuelta a las manos. Si la idea se para a pensar, no llega a las manos. De ahí vienen los mancos. Las manos amputadas.

– Déjame eso a mí, Lucho.

– ¿Por qué? -preguntó, revolviéndose enojado.

– Tú no tienes práctica.

Iba a decir: «Tú no sabes». Como si dijese: «Tú no sabes joder».

A él le daba igual. Sabía que otros lo hacían. El mar aguanta lo que le echen, etcétera, etcétera. Pero, en el fondo, le fastidiaba que Malpica se rindiese. Que encendiese aquella jodida mecha.



 

– ¿Y qué ciencia tiene esto, Antonio? -pregunta Lucho con desazón, blandiendo el cartucho en la mano. Está a estribor, y se aleja un poco en dirección a proa.

– ¡Pues para empezar, tiene poca mecha, cono! -grita Antonio.

Malpica está girando la cabeza. ¿Ves? ¿Ves lo que pasa? La idea se quedó trabada en la cabeza, se enganchó en las zarzas por el puto sendero de la conciencia, y no va a llegar a tiempo a la mano.

– ¿Qué dices? -pregunta Malpica.

La idea no llegó. Ya la dinamita había tomado la decisión de estallar. Estalló.

 

Fins Malpica empezó a tirar piedras al cielo. Había tantas gaviotas que le parecía imposible no atinar. Luego la emprendió con el mar. Buscaba los cantos más planos. Hacía los lanzamientos con mucho estilo, arqueando el cuerpo. El discóbolo. La primera intención era que la piedra fuese dando botes en el mar. A brincos por el lomo de las olas. Luego, le daba igual. Pequeñas, grandes. Furibundo. Ojalá las piedras estallasen. Porque la culpa era del mar. Un dios generoso y glotón. Un viejo loco. «El mar prefiere a los valientes y por eso se los lleva primero», dijo el cura en el funeral. Y todos asintiendo. Todos tenían la expresión de concordar en ese punto con la prédica del párroco. No se hable más. Lo que pasó pasó. Estaba escrito. No estaba de su mano. A Fins le pareció que no eran pocos los que lo miraban de reojo. ¿Serás tú también un valiente? ¿Serás de la casta de tu padre? Sí, en la forma de mirar había compasión pero también un asomo de sospecha. Él no iba nunca con su padre en el barco. Hora sería que echase una mano. ¿Se habrían enterado del secreto? ¿Sabrían que él no servía para el mar?

Y él era valiente de más. Se veía perfectamente cuando llevaba la cruz. Un Cristo de primera. Verosímil. ¿Dijo eso el cura o fue un eco que salió de su cabeza? ¿Sabrían que tenía el pequeño mal, que tenía las ausencias?

Como ahora.

Estaba viendo al padre afeitándose. El espejo, quebrado en diagonal, que refleja dos rostros. La madre que pregunta. Que no pregunta.

– ¿Y eso?

– Tiene tiempo de crecer. De aquí a Pascua.

Sin barba, la figura del padre le resulta extraña. Parece otro. Un envés de lo que era. Se le ven en la cara, desvendados, todos los huesos del cuerpo.

 

 

Capítulo XV

 

La radio transmitía el Santo Rosario. A veces sonaba, cuando estaba encendida a esa hora del crepúsculo, pero la letanía no obtenía respuesta como ahora. No de las bocas. Si acaso en el batir intencional de los palillos de boj. Fins está releyendo un impreso que encabeza una dirección:

 

LA DIVINA PASTORA

INSTITUTO SOCIAL DE LA MARINA

 

Colegio de Huérfanos del Mar

Sanlúcar de Barrameda (Cádiz)

 

¿Llaman a la puerta? Fins se revuelve, inquieto. Se levanta. Mira hacia el aparato de radio. Aquella lámpara del dial con la intensidad de la luz de un fanal alejado en alta mar. El temblor palpitante de la tela que cubría como piel el altavoz. El recuerdo de los dedos del padre pescando en las olas cortas, tensando la tanza del dial como un palangre. Está muy atento. Se gira hacia él, risueño: «¿Sabes qué dijo? Ninguno del Vietcong me llamó negro». Fins mira a su madre.

– Es el zumbido -dice Amparo-. Reza conmigo. ¡No hace daño!

Debería ir a verla. Su padre aún está en el hospital. Se despellejó toda la piel. Ocho horas batido por el mar. De roca en roca. También tiene una neumonía. Sí, debería ir a verla.

– Debería ir a ver a Antonio.

– Aún lo tienen en el hospital, en la ciudad. Ya iré yo. De ésta sale. Él se salvó.

El silencio completa la frase: «El se salvó; el tuyo, no».

– Por lo menos, a ver si ahora tiene suerte con ella.

– ¿Y qué pasa con ella?

– ¿No la has visto? Por ahí, a caballo en la moto, abrazada al otro. Tú estás en las nubes.

– A Brinco le compraron una moto. Está estrenándola. No pasa nada. También me llevó a mí.

– Ella es una mujer. ¡Ahora ya es una mujer! Tendrá que cuidar del padre. No puede andar en la gaceta, en boca de todo el mundo.

Fins siempre pensó que su madre tenía varias voces. Dos, por lo menos. Para Nove Lúas reservaba la áspera. Algunas veces intentó ser amable, cuando Leda venía de visita, pero siempre acababa por enmudecer. Era algo superior a sus fuerzas.

– Es la última noche. Reza un poco conmigo, hijo.

 

Señor, ten piedad… Señor, ten piedad.

Cristo, óyenos… Cristo, óyenos.

 

Fins se resiste, mueve los labios, pero no consigue articular la voz. Despacito, va notando que la saliva amasa las palabras. Se siente bien. La letanía moja los pies, pisa en la arena blanda, cierra los ojos. Los abre. Otra vez le pareció oír que llamaban a la puerta. La mirada lo arrastra hacia allí. De pronto se levanta. La abre. El viento en la higuera. El ruido del mar. El Rosario de la madre. De dentro afuera y de fuera adentro, todo suena a una misma letanía. La mano quieta. La mano de metal y óxido verde. La mano del Liverpool. Le gustaría poder arrancarla. Llevársela con él. Tres y uno.

 

Santa Virgen de las Vírgenes, ruega por nosotros.

Madre de la divina gracia, ruega por nosotros.

 

– Mañana tienes que madrugar mucho. Para llegar en hora al tren, debes tomar el primer autobús. Vete a dormir, anda. Yo no tengo sueño.

Y le pasó eso de equivocar la expresión del sentimiento. De querer llorar y salirle una sonrisa torcida: «Es la noche de la viuda».

– Buenas noches, mamá.

– Hijo…

– ¿Qué?

– No te olvides nunca de tomar Eso.

Era curioso. La madre nunca quería llamar por su nombre ni a los medicamentos ni a las enfermedades. Ni siquiera a la dinamita le llamó dinamita. Decía: «Eso que lo mató». En su caso, el Luminal era «Eso de las Ausencias».

– Te haré llegar Eso cada mes. Me lo prometió el doctor Fonseca. Tu padre ya había hablado con él. Le había dado su palabra.

 

Fins subió las escaleras del piso que llevaban a las habitaciones. Mientras, la madre reinició la labor de encaje con la almohada y los palillos de boj. Seguía oyéndose el Rosario radiofónico, pero ella fue dejando de susurrar la letanía al tiempo que aceleraba el movimiento de los palillos. La geometría del encaje empezó a confundir las líneas. Y el sonido, el compás. En su cuarto, Fins se había apresurado a abrir la ventana. El zumbido y el vaivén del mar se metieron dentro. Sintió en los ojos el picor de la oscuridad salada. Cerró. Las sombras resentidas de la higuera acuchillaron toda la noche la ventana.

 

El alba no lograba levantar los pies con el peso de los nubarrones. Pero el mar estaba casi calmado, de un azul tan frío que daba a los lentos rizos de espuma una textura de hielos. Fins caminó por la cuneta de la carretera de la costa, en paralelo a la playa. Pasó por el puente de la Lavandeira da Noite, y se sentó a esperar en el crucero del Chafariz, donde tenía su parada el coche de línea.

Mientras caminaba, escrutó en el banco de arena donde trabajaban a esa hora las mariscadoras. Las más alejadas parecían seres anfibios, con el agua hasta las pantorrillas. Desde la ventanilla del autobús, antes de la partida, Fins Malpica miró por última vez hacia la playa, por el filtro del vaho del cristal. Ahora el refulgir del amanecer se abría paso a navajazos de luz. Todas las mujeres descalzas eran Nove Lúas. Y él abrió el libro por la página de los argonautas de ojos vacíos.

 

 


Date: 2016-01-03; view: 831


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