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Capítulo VII 5 page

Luego, volviéndose hacia aquel de los guardias que se había de­clarado amigo de Bois‑Tracy, continuó:

‑Además, pienso, mi querido íntimo de Bois‑Tracy, que yo soy amigo suyo no menos cariñoso que puedas serlo tú; de suerte que, en rigor, este pañuelo puede haber salido tanto de tu bolsillo como del mío.

‑¡No, por mi honor! ‑exclamó el guardia de Su Majestad.

‑Tú vas a jurar por tu honor y yo por mi palabra, y entonces evi­dentemente uno de nosotros dos mentirá. Mira, hagámosio mejor, Mon­taran, cojamos cada uno la mitad.

‑¿Del pañuelo?

‑Sí.

‑De acuerdo ‑exclamaron lo otros dos guardias‑ el juicio del rey Salomón. Decididamente, Aramis, estás lleno de sabiduría.

Los jóvenes estallaron en risas, y como es lógico, el asunto no tuvo más continuación. Al cabo de un instante la conversación cesó, y los tres guardias y el mosquetero, después de haberse estrechado cordial­mente las manos, tiraron los tres guardias por su lado y Aramis por el suyo.

‑Este es el momento de hacer las paces con ese hombre galante ‑se dijo para sí D'Artagnan, que se había mantenido algo al margen durante toda la última parte de aquella conversación. Y con estas bue­nas intenciones, acercándose a Aramis, que se alejaba sin prestarle más atención, le dijo:

‑Señor, espero que me perdonéis.

‑¡Ah, señor! ‑le interrumpió Aramis‑. Permitidme haceros ob­servar que no habéis obrado en esta circunstancia como un hombre galante debe hacerlo.

‑¡Cómo, señor! ‑exclamó D'Artagnan‑. Suponéis...

‑Supongo, señor, que no sois un imbécil, y que sabéis bien, aun­que lleguéis de Gascuña, que no se pisan sin motivo los pañuelos de bolsillo. ¡Qué diablos! Paris no está empedrado de batista.

‑Señor, os equivocáis tratando de humillarme ‑dijo D'Artagnan, en quien el carácter peleón comenzaba a hablar más alto que las reso­luciones pacíficas‑. Soy de Gascuña, cierto, y puesto que lo sabéis, no tendré necesidad de deciros que los gascones son poco sufridos; de suerte que cuando se han excusado una vez, aunque sea por una tontería, están convencidos de que ya han hecho más de la mitad de lo que debían hacer.

‑Señor, lo que os digo ‑respondió Aramis‑, no es para buscar pelea. A Dios gracias no soy un espadachín, y siendo sólo mosquetero por ínterin, sólo me bato cuando me veo obligado, y siempre con gran repugnancia; pero esta vez el asunto es grave, porque tenemos a una dama comprometida por vos.



‑Por nosotros querréis decir ‑exclamó D'Artagnan.

‑¿Por qué habéis tenido la torpeza de devolverme el pañuelo?

‑¿Por qué habéis tenido vos la de dejarlo caer?

‑He dicho y repito, señor, que ese pañuelo no ha salido de mi bolsillo.

‑¡Pues bien, mentís dos veces, señor, porque yo lo he visto salir de él!

‑¡Ah, con que lo tomáis en ese tono, señor gascón! ¡Pues bien, yo os enseñaré a vivir!

‑Y yo os enviaré a vuestra misa, señor abate. Desenvainad, si os place, y ahora mismo.

‑No, por favor, querido amigo; no aquí, al menos. ¿No veis que estamos frente al palacio D'Aiguillon, que está lleno de criaturas del cardenal? ¿Quién me dice que no es Su Eminencia quien os ha encar­gado procurarle mi cabeza? Pero yo aprecio mucho mi cabeza, dado que creo que va bastante correctamente sobre mis hombros. Quiero mataros, estad tranquilo, pero mataros dulcemente, en un lugar cerra­do y cubierto, allí donde no podáis jactaros de vuestra muerte ante nadie.

‑Me parece bien, pero no os fiéis, y llevad vuestro pañuelo, os pertenezca o no; quizá tengáis ocasión de serviros de él.

‑¿El señor es gascón? ‑preguntó Aramis.

‑Sí. El señor no pospone una cita por prudencia.

‑La prudencia, señor, es una virtud bastante inútil para los mos­queteros, lo sé, pero indispensable a las gentes de Iglesia; y como sólo soy mosquetero provisionalmente, tengo que ser prudente. A las dos tendré el honor de esperaros en el palacio del señor de Tréville. Allí os indicaré los buenos lugares.

Los dos jóvenes se saludaron, luego Aramis se alejó remontando la calle que subía al Luxemburgo, mientras D'Artagnan, viendo que la hora avanzaba, tomaba el camino de los Carmelitas Descalzos, di­ciendo para sí:

‑Decididamente, no puedo librarme; pero por lo menos, si soy muerto, seré muerto por un mosquetero.

 

Capítulo V

Los mosqueteros del rey y los guardias del señor cardenal

 

D'Artagnan no conocía a nadie en París. Fue por tanto a la cita de Athos sin llevar segundo, resuelto a contentarse con los que hubiera escogido su adversario. Por otra parte tenía la intención formal de dar al valiente mosquetero todas las excusas pertinentes, pero sin debilidad, por temor a que resultara de aquel duelo algo que siempre resul­ta molesto en un asunto de este género, cuando un hombre joven y vigoroso se bate contra un adversario herido y debilitado: vencido, du­plica el triunfo de su antagonista; vencedor, es acusado de felonía y de fácil audacia.

Por lo demás, o hemos expuesto mal el carácter de nuestro busca­dor de aventuras, o nuestro lector ha debido observar ya que D'Artag­nan no era un hombre ordinario. Por eso, aun repitiéndose a sí mismo que su muerte era inevitable, no se resignó a morir suavemente, como cualquier otro menos valiente y menos moderado que él hubiera he­cho en su lugar. Reflexionó sobre los distintos caracteres de aquellos con quienes iba a batirse, y empezó a ver más claro en su situación. Gracias a las leales excusas que le preparaba, esperaba hacer un ami­go de Athos, cuyos aires de gran señor y cuya actitud austera le agra­daron mucho. Se prometía meter miedo a Porthos con la aventura del tahalí, que, si no quedaba muerto en el acto, podía contar a todo el mundo, relato que, hábilmente manejado para ese efecto, debía cubrir a Porthos de ridículo; por último, en cuanto al socarrón de Aramis, no le tenía demasiado miedo, y suponiendo que llegase hasta él, se encargaba de despacharlo aunque parezca imposible, o al menos se­ñalarle el rostro, como César había recomendado hacer a los soldados de Pompeyo, dañar para siempre aquella belleza de la que estaba tan orgulloso.

Además había en D'Artagnan ese fondo inquebrantable de resolu­ción que habían depositado en su corazón los consejos de su padre, consejos cuya sustancia era: «No aguantar nada de nadie salvo del rey, del cardenal y del señor de Tréville.» Voló, pues, más que caminó, hacia el convento de los Carmelitas Descalzados, o mejor Descalzos, como se decía en aquella época, especie de construcción sin ventanas, rodeada de prados áridos, sucursal del Pré‑aux‑Clers, y que de ordi­nario servía para encuentros de personas que no tenían tiempo que perder.

Cuando D'Artagnan llegó a la vista del pequeño terreno baldío que se extendía al pie de aquel monasterio, Athos hacía sólo cinco minutos que esperaba, y daban las doce. Era por tanto puntual como la Sama­ritana [L46] y el más riguroso casuista en duelos no podría decir nada.

Athos, que seguía sufriendo cruelmente por su herida, aunque hu­biera sido vendada a las nueve por el cirujano del señor de Tréville, estaba sentado sobre un mojón y esperaba a su adversario con aquella compostura apacible y aquel aire digno que no le abandonaban nunca. Al ver a D'Artagnan, se levantó y dio cortésmente algunos pasos a su encuentro. Este, por su parte, no abordó a su adversario más que con sombrero en mano y su pluma colgando hasta el suelo.

‑Señor ‑dijo Athos‑, he hecho avisar a dos amigos míos que me servirán de padrinos, pero esos dos amigos aún no han llegado. Me extraña que tarden: no es lo habitual en ellos.

‑Yo no tengo padrinos, señor ‑dijo D'Artagnan‑, porque, lle­gado ayer mismo a Paris, no conozco aún a nadie, salvo al señor de Tréville, al que he sido recomendado por mi padre, que tiene el honor de ser uno de sus pocos amigos.

Athos reflexionó un instante.

‑¿No conocéis más que al señor de Tréville? ‑preguntó.

‑No, señor, no conozco a nadie más que a él...

‑¡Vaya..., pero... ‑prosiguió Athos hablando a medias para sí mismo, a medias para D'Artagnan‑, vaya, pero si os mato daré la im­presión de un traganiños!

‑No demasiado, señor ‑respondió D'Artagnan con un saludo que no carecía de dignidad‑; no demasiado, pues que me hacéis el honor de sacar la espada contra mí con una herida que debe molestaros mucho.

‑Mucho me molesta, palabra, y me habéis hecho un daño de to­dos los diablos, debo decirlo; pero lucharé con la izquierda, es mi cos­tumbre en semejantes circunstancias. No creáis por ello que os hago gracia, manejo limpiamente la espada con las dos manos; será incluso desventaja para vos: un zurdo es muy molesto para las personas que no están prevenidas. Lamento no haberos participado antes esta cir­cunstancia.

‑Señor ‑dijo D'Artagnan inclinándose de nuevo‑, sois realmente de una cortesía por la que no os puedo quedar más reconocido.

‑Me dejáis confuso ‑respondió Athos con su aire de gentilhom­bre‑; hablemos pues de otra cosa, os lo suplico, a menos que esto os resulte desagradable. ¡Por todos los diablos! ¡Qué daño me habéis hecho! El hombro me arde...

‑Si permitierais... ‑dijo D'Artagnan con timidez.

‑¿Qué, señor?

‑Tengo un bálsamo milagroso para las heridas, un bálsamo que me viene de mi madre, y que yo mismo he probado.

‑¿Y?

‑Pues que estoy seguro de que en menos de tres días este bálsa­mo os curará y al cabo de los tres días, cuando estéis curado, señor, sera para mí siempre un gran honor ser vuestro hombre.

D'Artagnan dijo estas palabras con una simplicidad que hacía ho­nor a su cortesía, sin atentar en modo alguno contra su valor.

‑¡Pardiez, señor! ‑dijo Athos‑. Es esa una propuesta que me place, no que la acepte, pero huele a gentilhombre a una legua. Así es como hablaban y obraban aquellos valientes del tiempo de Carlo­magno, en quienes todo caballero debe buscar su modelo. Desgracia­damente, no estamos ya en los tiempos del gran emperador. Estamos en la época del señor cardenal, y de aquí a tres días se sabría, por muy guardado que esté el secreto se sabría, digo, que debemos batirnos, y se opondrían a nuestro combate... Vaya, esos trotacalles ¿no acaba­rán de venir?

‑Si tenéis prisa, señor ‑dijo D'Artagnan a Athos con la misma simplicidad con que un instante antes le había propuesto posponer el duelo tres días‑, si tenéis prisa y os place despacharme en seguida, no os preocupéis, os lo ruego.

‑Es esa una frase que me agrada ‑dijo Athos haciendo un gra­cioso gesto de cabeza a D'Artagnan‑, no es propia de un hombre sin cabeza, y a todas luces lo es de un hombre valiente. Señor, me gustan los hombres de vuestro temple y veo que si no nos matamos el uno al otro, tendré más tarde verdadero placer en vuestra conversación. Esperemos a esos señores, os lo ruego, tengo tiempo, y será más co­rrecto. ¡Ah, ahí está uno según creo!

En efecto, por la esquina de la calle de Vaugirard comenzaba a apa­recer el gigantesco Porthos.

‑¡Cómo! ‑exclamó D'Artagnan‑. ¿Vuestro primer testigo es el señor Porthos?

‑Sí. ¿Os contraría?

‑No, de ningún modo.

‑Y ahí está el segundo.

D'Artagnan se volvió hacia el lado indicado por Athos y reconoció a Aramis.

‑¡Qué! ‑exclamó con un acento más asombrado que la primera vez‑. ¿Vuestro segundo testigo es el señor Aramis?

‑Claro, ¿no sabéis que no se nos ve jamás a uno sin los otros, y que entre los mosqueteros y entre los guardias, en la corte y en la ciudad, se nos llama Athos, Porthos y Aramis o los tres inseparables? Bueno como vos llegáis de Dax o de Pau...

‑De Tarbes ‑dijo D'Artagnan.

‑...os está permitido ignorar este detalle ‑dijo Athos.

‑A fe mía ‑dijo D'Artagnan‑, que estáis bien llamados, seño­res, y mi aventura, si tiene alguna resonancia, probará al menos que vuestra unión no está fundada en el contraste.

Entre tanto Porthos se había acercado, había saludado a Athos con la mano; luego, al volverse hacia D'Artagnan, había quedado estupe­facto.

Digamos de pasada que había cambiado de tahalí, y dejado su capa.

‑¡Ah, ah! ‑exclamó‑. ¿Qué es esto?

‑Este es el señor con quien me bato ‑dijo Athos señalando con la mano a D'Artagnan, y saludándole con el mismo gesto.

‑Con él me bato también yo ‑dijo Porthos.

‑Pero a la una ‑respondió D'Artagnan.

‑Y también yo me bato con este señor ‑dijo Aramis llegando a su vez al lugar.

‑Pero a las dos ‑dijo D'Artagnan con la misma calma.

‑Pero ¿por qué te bates tú, Athos? ‑preguntó Aramis.

‑A fe que no lo sé demasiado; me ha hecho daño en el hombro. ¿Y tú, Porthos?

‑A fe que me bato porque me bato ‑respondió Porthos en­rojeciendo.

Athos, que no se perdía una, vio pasar una fina sonrisa por los la­bios del gascón.

‑Hemos tenido una discusión sobre indumentaria ‑dijo el joven.

‑¿Y tú, Aramis? ‑preguntó Athos.

‑Yo me bato por causa de teología ‑respondió Aramis haciendo al mismo tiempo una señal a D'Artagnan con la que le rogaba tener en secreto la causa del duelo.

Athos vio pasar una segunda sonrisa por los labios de D'Artagnan.

‑¿De verdad? ‑dijo Athos.

‑Sí, un punto de San Agustín sobre el que no estamos de acuer­do ‑dijo el gascón.

‑Decididamente es un hombre de ingenio ‑murmuró Athos.

‑Y ahora que estáis juntos, señores ‑dijo D'Artagnan‑, permi­tidme que os presente mis excusas.

A la palabra «excusas», una nube pasó por la frente de Athos, una sonrisa altanera se deslizó por los labios de Porthos, y una señal nega­tiva fue la respuesta de Aramis.

‑No me comprendéis, señores ‑dijo D'Artagnan alzando la ca­beza, en la que en aquel momento jugaba un rayo de sol que doraba las facciones finas y osadas‑: os pido excusas en caso de que no pue­da pagaros mi deuda a los tres, porque el señor Athos tiene derecho a matarme primero, lo cual quita mucho valor a vuestra deuda, señor Porthos, y hace casi nula la vuestra, señor Aramis. Y ahora, señores, os lo repito, excusadme, pero sólo de eso, ¡y en guardia!

A estas palabras, con el gesto más desenvuelto que verse pueda, D'Artagnan sacó su espada.

La sangre había subido a la cabeza de D'Artagnan, y en aquel mo­mento habría sacado su espada contra todos los mosqueteros del reino, como acababa de hacerlo contra Athos, Porthos y Aramis.

Eran las doce y cuarto. El sol estaba en su cenit y el emplazamiento escogido para ser teatro del duelo estaba expuesto a todos sus ardores.

‑Hace mucho calor ‑dijo Athos sacando a su vez la espada‑, y sin embargo no podría quitarme mi jubón, porque todavía hace un momento he sentido que mi herida sangraba, y temo molestar al señor mostrándole sangre que no me haya sacado él mismo.

‑Cierto, señor ‑dijo D'Artagnan‑, y sacada por otro o por mí, os aseguro que siempre veré con pesar la sangre de un caballero tan valiente; por eso me batiré yo también con jubón como vos.

‑Vamos, vamos ‑dijo Porthos‑, basta de cumplidos, y pensad que nosotros esperamos nuestro turno.

‑Hablad por vos solo, Porthos, cuando digáis semejantes incon­gruencias ‑interrumpió Aramis‑. Por lo que a mí se refiere, encuen­tro las cosas que esos señores se dicen muy bien dichas y a todas luces dignas de dos gentileshombres.

‑Cuando queráis, señor ‑dijo Athos poniéndose en guardia.

‑Esperaba vuestras órdenes ‑dijo D'Artagnan cruzando el hierro.

Pero apenas habían resonado los dos aceros al tocarse cuando una cuadrilla de guardias de Su Eminencia, mandada por el señor de Jus­sac[L47] , apareció por la esquina del convento.

‑¡Los guardias del cardenal! ‑gritaron a la vez Porthos y Aramis‑. ¡Envainad las espadas, señores, envainad las espadas!

Pero era demasiado tarde. Los dos combatientes habían sido vistos en una postura que no permitía dudar de sus intenciones.

‑¡Hola! ‑gritó Jussac avanzando hacia ellos y haciendo una se­ñal a sus hombres de hacer otro tanto‑. ¡Hola, mosqueteros! ¿Nos es­tamos batiendo? ¿Para qué queremos entonces los edictos?

‑Sois muy generosos, señores guardias ‑dijo Athos lleno de ren­cor, porque Jussac era uno de los agresores de la antevíspera‑. Si os viésemos batiros, os respondo de que nos guardaríamos mucho de impedíroslo. Dejadnos pues hacerlo, y podréis tener un rato de placer sin ningún gasto.

‑Señores ‑dijo Jussac‑, con gran pesar os declaro que es im­posible. Nuestro deber ante todo. Envainad, pues, por favor, y se­guidnos.

‑Señor ‑dijo Aramis parodiando a Jussac‑, con gran placer obe­deceríamos vuestra graciosa invitación, si ello dependiese de nosotros; pero desgraciadamente es imposible: el señor de Tréville nos lo ha pro­hibido. Pasad, pues, de largo, es lo mejor que podéis hacer.

Aquella broma exasperó a Jussac.

‑Cargaremos contra vosotros si desobedecéis.

‑Son cinco ‑dijo Athos a media voz‑, y nosotros sólo somos tres; seremos batidos y tendremos que morir aquí, porque juro que no volveré a aparecer vencido ante el capitán.

Entonces Porthos y Aramis se acercaron inmediatamente uno a otro, mientras Jussac alineaba a sus hombres.

Este solo momento bastó a D'Artagnan para tomar una decisión: era uno de esos momentos que deciden la vida de un hombre, había que elegir entre el rey y el cardenal; hecha la elección, había que per­severar en ella. Batirse, es decir, desobedecer la ley, es decir, arriesgar la cabeza, es decir, hacerse de un solo golpe enemigo de un ministro más poderoso que el rey mismo, eso es lo que vislumbró el joven y, digámoslo en alabanza suya, no dudó un segundo. Voviéndose, pues, hacia Athos y sus amigos dijo:

‑Señores, añadiré, si os place, algo a vuestras palabras. Habéis dicho que no sois más que tres, pero a mí me parece que somos cuatro.

‑Pero vos no sois de los nuestros ‑dijo Porthos.

‑Es cierto ‑respondió D'Artagnan‑; no tengo el hábito, pero sí el alma. Mi corazón es mosquetero, lo siento de sobra, señor, y eso me entusiasma.

‑Apartaos, joven ‑gritó Jussac, que sin duda por sus gestos y la expresión de su rostro había adivinado el designio de D'Artagnan‑. Podéis retiraros, os lo permitimos. Salvad vuestra piel, de prisa.

D'Artagnan no se movió.

‑Decididamente sois un valiente ‑dijo Athos apretando la mano del joven.

‑¡Vamos, vamos, tomemos una decisión! ‑prosiguió Jussac.

‑Veamos ‑dijeron Porthos y Aramis‑, hagamos algo.

‑El señor está lleno de generosidad ‑dijo Athos.

Pero los tres pensaban en la juventud de D'Artagnan y temían su inexperiencia.

‑No seremos más que tres, uno de ellos herido, además de un niño ‑prosiguió Athos‑, y no por eso dejarán de decir que éramos cuatro hombres.

‑¡Sí, pero retroceder...! ‑dijo Porthos.

‑Es difícil ‑añadió Athos.

D'Artagnan comprendió su falta de resolución.

‑Señores, ponedme a prueba ‑dijo‑, y os juro por mi honor que no quiero marcharme de aquí si somos vencidos.

‑¿Cómo os llamáis, valiente? ‑dijo Athos.

‑D'Artagnan, señor.

‑¡Pues bien, Athos, Porthos, Aramis y D'Artagnan, adelante! ‑gritó Athos.

‑¿Y bien? Veamos, señores, ¿os decidís a decidiros? ‑gritó por tercera vez Jussac.

‑Está resuelto, señores ‑dijo Athos.

‑¿Y qué decisión habéis tomado? ‑preguntó Jussac.

‑Vamos a tener el honor de cargar contra vos ‑respondió Ara­mis, alzando con una mano su sombrero y sacando su espada con la otra.

‑¡Ah! ¿Os resistís? ‑exclamó Jussac.

‑¡Por todos los diablos! ¿Os sorprende?

Y los nueve combatientes se precipitaron unos contra otros con una furia que no excluía cierto método.

Athos cogió a un tal Cahusac[L48] , favorito del cardenal; Porthos tu­vo a Biscarat [L49] y Aramis se vio frente a dos adversarios.

En cuanto a D'Artagnan, se encontró lanzado contra el mismo Jussac.

El corazón del joven gascón batía hasta romperle el pecho, no de miedo, a Dios gracias, del que no conocía siquiera la sombra, sino de emulación; se batía como un tigre furioso, dando vueltas diez veces en torno a su adversario, cambiando veinte veces sus guardias y su te­rreno. Jussac era, como se decía entonces, un enamorado de la espa­da, y la había practicado mucho; sin embargo, pasaba todos los apu­ros del mundo defendiéndose contra un adversario que, ágil y saltarín, se alejaba a cada momento de las reglas recibidas, atacando por todos los lados a la vez, y precaviéndose además como hombre que tiene el mayor respeto por su epidermis.

Por fin la lucha terminó por hacer perder la paciencia a Jussac. Fu­rioso de ser tenido en jaque por aquel al que había mirado como a un niño, se calentó y comenzó a cometer errores. D'Artagnan que, a pe­sar de la práctica, poseía una profunda teoría, redobló la agilidad. Jus­sac, queriendo terminar, lanzó una terrible estocada a su adversario ti­rándose a fondo; pero éste paró primero, y mientras Jussac se ponía en pie, deslizándose como una serpiente bajo su acero, le pasó su es­pada a través del cuerpo. Jussac cayó como una mole.

D'Artagnan lanzó entonces una mirada inquieta y rápida sobre el campo de batalla.

Aramis había matado ya a uno de sus adversarios; pero el otro le acosaba vivamente. Sin embargo, Aramis estaba en buena situación y aún podía defenderse.

Biscarat y Porthos acababan de hacer un golpe doble: Porthos ha­bía recibido una estocada atravesándole el brazo, y Biscarat atravesán­dole el muslo. Pero como ninguna de las dos heridas era grave, no se batían sino con más encarnizamiento.

Athos, herido de nuevo por Cahusac, palidecía a ojos vistas, pero no retrocedía un ápice: se había limitado a cambiar de mano su espa­da, y se batía con la izquierda.

Según las leyes del duelo de esa época, D'Artagnan podía socorrer a uno; mientras buscaba con los ojos qué compañero tenía necesidad de su ayuda sorprendió una mirada de Athos. Aquella mirada era de una elocuencia sublime. Athos moriría antes que pedir socorro; pero podía mirar, y con la mirada pedir apoyo. D'Artagnan lo adivinó, dio un salto terrible y cayó sobre el flanco de Cahusac gritando:

‑¡A mí, señor guardia, que yo os mato!

Cahusac se volvió, justo a tiempo. Athos, a quien sólo su extrema­do valor sostenía, cayó sobre una rodilla.

‑¡Maldita sea! ‑gritó a D'Artagnan‑. ¡No lo matéis, joven, os lo suplico; tengo un viejo asunto que terminar con él cuando esté curado y con buena salud! Desarmadle solamente, quitadle la espada. ¡Eso es, bien, muy bien!

Esta exclamación le había sido arrancada a Athos por la espada de Cahusac, que saltaba a veinte pasos de él. D'Artagnan y Cahusac se lanzaron a la vez, uno para recuperarla, el otro para apoderarse de ella; pero D'Artagnan, más rápido llegó el primero y puso el pie encima.

Cahusac corrió hacia aquel de los guardias que había matado Ara­mis, se apoderó de su acero y quiso volver a D'Artagnan; pero en su camino se encontró con Athos, que durante aquella pausa de un ins­tante que le había procurado D'Artagnan había recuperado el aliento y que, por temor a que D'Artagnan le matase a su enemigo, quería volver a empezar el combate.

D'Artagnan comprendió que sería contrariar a Athos no dejarle ac­tuar. En efecto, algunos segundos después, Cahusac cayó con la gar­ganta atravesada por una estocada.

En ese mismo instante, Aramis apoyaba su espada contra el pecho de su adversario derribado, y le forzaba a pedir merced.

Quedaban Porthos y Biscarat: Porthos hacía mil fanfarronadas pre­guntando a Bicarat qué hora podía ser, y le felicitaba por la compañía que acababa de obtener su hermano en el regimiento de Navarra; pe­ro, mientras bromeaba, nada ganaba. Biscarat era uno de esos hom­bres de hierro que no caen más que muertos.

Sin embargo, había que terminar. La ronda podía llegar y pren­der a todos los combatientes, heridos o no, realistas o cardenalistas. Athos, Aramis y D'Artagnan rodearon a Biscarat y le conminaron a ren­dirse. Aunque solo contra todos y con una estocada que le atravesaba el muslo, Biscarat quería seguir; pero Jussac, que se había levantado sobre el codo, le gritó que se rindiera. Biscarat era gascón como D'Ar­tagnan; hizo oídos sordos y se contentó con reír, y entre dos quites, encontrando tiempo para dibujar con la punta de su espada un lugar en el suelo, dijo parodiando un versículo de la Biblia:


Date: 2015-12-17; view: 681


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