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Capítulo noveno 9 page

‑¡Dios mío! ‑dijo‑ Vuestra venganza se retrasa algunas veces, pero entonces parece que baja del cielo más completa.

Alí miró a su amo como preguntándole lo que debía hacer.

‑Ve a buscar al procurador del rey, señor de Villefort, que vive en el arrabal de Saint‑Honoré, y ruégale de mi parte venga al ins­tante. De paso despertarás al portero y le dirás que vaya inmediata­mente a buscar un facultativo.

Alí obedeció y dejó al abate a solas con Caderousse, que continuaba desmayado. Cuando abrió los ojos, el conde, sentado a corta distancia, le miraba con una tierna expresión de piedad, y según el movimiento de sus labios, parecía rezar algunas oraciones.

‑Un cirujano, señor abate, un cirujano ‑dijo Caderousse.

‑Ya han ido a buscar uno.

‑Bien sé que es inútil, las heridas son mortales, pero podrá prolongar mi existencia y darme tiempo para declarar.

‑¿Sobre qué?

‑Sobre mi asesino.

‑Entonces, ¿lo conocéis?

‑¡Sí que le conozco!, sí. Es Benedetto.

‑¿El joven corso?

‑El mismo.

‑¿Vuestro compañero?

‑Sí; después de haberme dado el plano de la casa del conde, creyendo sin duda que yo le mataría, y así sería más pronto su he­redero, o que el conde me mataría, y así se libraría más pronto de mí, me ha esperado en la calle y me ha asesinado.

‑He enviado también a buscar al procurador del rey.

‑Llegarán demasiado tarde. Siento que toda mi sangre se pierde.

‑Esperad ‑dijo Montecristo.

Salió y entró a los cinco minutos con un frasco.

Los ojos del moribundo permanecían fijos en aquella puerta por la que adivinaba que debía llegarle algún socorro.

‑Pronto, señor abate, ¡pronto!, voy a desmayarme de nuevo.

Montecristo se acercó. Vertió tres o cuatro gotas del licor entre los labios amoratados del herido. Este dio un suspiro.

‑¡Ah! ‑dijo‑ Me habéis dado la vida, aún... aún...

‑Dos gotas más de este licor os matarían ‑respondió el abate.

‑¡Oh!, que venga, pues, cualquiera a quien yo pueda denunciar a ese miserable.

‑¿Queréis que escriba vuestra declaración y vos la firmaréis?

‑Sí, sí ‑dijo Caderousse, cuyos ojos brillaron con la esperanza de una venganza póstuma. Y Montecristo escribió:

«Muero asesinado por el corso Benedetto, mi compañero de ca­dena en Tolón con el número 59.»

‑Daos prisa ‑dijo Caderousse‑; si no, no podré firmar.

Montecristo presentó una pluma a Caderousse, el cual firmó, y se dejó caer de nuevo sobre la cama, diciendo:



‑Contaréis lo demás, señor abate; diréis que se hace llamar Ca­valcanti, que vive en la fonda del Príncipe, y que... ¡Ay! ¡Dios mío! ¡Me muero... !

Caderousse volvió a desmayarse. El abate le hizo aspirar el espíritu del licor contenido en el frasco, y el herido abrió los ojos.

Sus deseos de venganza no le habían abandonado durante su des­mayo.

‑¡Ah! Lo diréis todo. ¿Verdad, señor abate?

‑Todo, sí, y otras muchas cosas.

‑¿Qué diréis?

‑Diré que seguramente os dio el plano de esta casa con la es­peranza de que el conde os mataría. Que previno al conde por medio de una carta, que hallándose ausente la recibí yo, y que he velado esperándoos.

‑Y le guillotinarán, ¿no es verdad? ‑dijo Caderousse‑, le gui­llotinarán, ¿me lo prometéis? Muero con esa esperanza, y ella me ayuda a morir.

‑Diré ‑continuó el conde‑ que llegó detrás de vos, que os esperó, y que cuando os vio salir corrió a la esquina del muro, desde el sitio en que se había ocultado.

‑¿Habéis visto todo eso?

‑Recordad mis palabras: «Si entras en lo casa sano y salvo, creeré que Dios lo ha perdonado, y lo perdonaré.»

‑¡Y no me habéis advertido! ‑exclamó Caderousse procurando incorporarse sobre el codo‑. ¿Sabíais que iban a asesinarme al salir de aquí y no me habéis advertido?

‑No; porque en la mano de Benedetto veía el brazo de Dios, y hubiera creído cometer un sacrilegio oponiéndome a las intenciones de la Providencia.

‑La justicia de Dios..., no me habléis de ella, señor abate. Si existiese la justicia de Dios, muchos hay que merecen ser castigados, y no lo son.

‑¡Paciencia! ‑dijo el abate con un tono que hizo estremecer al herido‑, ¡paciencia!

Caderousse le miró espantado.

‑Además, Dios es misericordioso para con todos ‑dijo el aba­te‑, como lo ha sido contigo. Es padre antes de ser juez.

‑¡Ah! ‑dijo Caderousse‑. ¿Creéis en Dios?

‑Si hubiese tenido la desgracia de no creer en El hasta el pre­sente ‑dijo Montecristo‑, creería ahora, al verte a ti.

Caderousse levantó los puños cerrados, amenazando al Cielo.

‑Escucha ‑dijo el abate, extendiendo la mano sobre el herido como para comunicarle su fe‑. He aquí lo que ha hecho por ti ese Dios que rehúsas reconocer en tus últimos momentos. Te había dado salud, fuerzas y ocupación, amigos, y en fin, la vida se lo presentaba tal cual puede desearla el hombre cuya conciencia está tranquila. En lugar de aprovechar estos dones que el Señor rara vez concede con toda su plenitud, he aquí lo que has hecho. Te has entregado a la pereza, a la borrachera y has vendido a uno de tus mejores amigos.

‑¡Auxilio! ‑gritó Caderousse‑. No necesito un sacerdote, sino un cirujano. Puede que no esté herido de muerte, que no vaya a morir aún, y pueda salvarme.

‑Tus heridas son mortales y de tal naturaleza, que sin las tres gotas de licor que lo he dado hace un momento ya habrías expirado. Escucha, pues.

‑¡Ah! ‑murmuró Caderousse‑, pues sois buen sacerdote; deses­peráis a los moribundos en vez de consolarlos.

‑Óyeme bien ‑continuó el abate‑. Cuando vendiste a lo amigo, empezó Dios, no por castigarte, sino por advertirte. Caíste en la mi­seria y tuviste hambre, pasaste la mitad de lo vida codiciando lo que hubieras podido adquirir, y ya pensabas en el crimen, dándote a ti mismo la disculpa de la necesidad, cuando Dios obró un milagro, cuando Dios lo envió por mi mano, cuando más miserable estabas, una fortuna inmensa para ti, que nada habías poseído. Pero esta for­tuna inesperada a inaudita lo parece insuficiente desde el momento en que empiezas a poseerla. Quieres doblarla. ¿Y por qué medio? Por el del asesinato. La doblas, pero Dios lo la arranca, conducién­dote ante la justicia humana.

‑No soy yo ‑dijo Caderousse‑ quien quiso asesinar al judío, fue la Carconte.

‑Sí ‑dijo Montecristo‑; Dios, siempre misericordioso, permi­tió que los jueces se apiadasen de ti y no lo quitasen la vida.

‑Para enviarme a presidio por toda la vida. ¡Vaya una gracia...!

‑¡Por tal la tuviste, miserable! Tu corazón cobarde, que tembla­ba ante la muerte, saltó de alegría cuando supiste que estabas conde­nado a perpetua afrenta, porque dijiste, como todos los presidiarios: El presidio tiene puertas, pero la tumba no. Y tenías razón, porque las puertas del presidio se abrieron para ti de un modo inesperado. Un inglés llega a Tolón, había hecho voto de librar a dos hombres de la ignominia. Tú y lo compañero fuisteis los elegidos. Otra fortuna cae como llovida del cielo para ti. Encuentras dinero y tranquilidad al mismo tiempo. Puedes empezar a vivir otra vez como los demás hombres, cuando estabas condenado a arrastrar la penosa existencia de los presidiarios. Pero por tercera vez, miserable, lo pones a tentar a Dios. No tengo bastante ‑dijiste‑, cuando nunca habías poseído tanto, y cometes otro crimen sin motivo, y que no tiene disculpa. Dios se ha cansado. Dios lo ha castigado.

Caderousse se iba debilitando por momentos.

‑¡Quiero beber! ‑dijo‑, tengo sed..., me abraso.

Montecristo le dio un vaso de agua.

‑¡Infame Benedetto! ‑dijo Caderousse devolviendo el vaso‑. ¿Y él escapará?

‑Nadie escapará, Caderousse. Yo lo lo prometo. También Bene­detto será castigado.

‑Entonces ‑dijo Caderousse‑ también vos seréis castigado. Por­que no habéis cumplido con los deberes que vuestro ministerio os im­pone..., debíais haber impedido que Benedetto me asesinase.

‑¡Yo! ‑dijo el conde con una sonrisa que heló de espanto al mo­ribundo‑. ¿Cómo querías que impidiese que Benedetto lo matara, cuando acababas de romper lo puñal contra la cota de malla que res­guardaba mi pecho? Quizá lo hubiera evitado si lo hubiese encontrado humilde y arrepentido. Pero lo encontré orgulloso y sanguinario, y dejé que se cumpliese la voluntad de Dios.

‑¡No creo en Dios! ‑aulló Caderousse‑, y tú tampoco crees en El... ¡Mientes, mientes!

‑Calla ‑dijo el abate‑, porque obligas a salir de lo cuerpo las últimas gotas de sangre que lo quedan. ¡Ah!, no crees en Dios, y mue­res herido por Dios. ¡Ah!, no crees en Dios, y Dios, que sólo exige una súplica, una palabra, una lágrima para perdonar... Dios, que po­día dirigir el puñal del asesino de modo que expirases en el acto..., lo concedió un cuarto de hora para arrepentirte... ¡Vuelve en ti, des­venturado, y arrepiéntete!

‑No ‑dijo Caderousse‑, no me arrepiento; no hay Dios, no hay Providencia, no hay más que casualidad.

‑Hay una Providencia, hay un Dios ‑dijo Montecristo‑, y la prueba la tienes en que estás tú ahí, tirado, desesperado y renegando de Dios, cuando me ves a mí rico, feliz, sano y salvo, y rogando a ese mismo Dios en quien tú tratas de no creer, y en quien, no obstante, crees en el fondo de lo corazón.

‑Pues entonces, ¿quién sois vos? ‑preguntó Caderousse clavan­do sus moribundos ojos en el conde.

‑¡Mírame bien! ‑dijo Montecristo cogiendo la bujía y acer­cándosela a la cara.

‑El abate..., el abate Busoni...

Montecristo se quitó la peluca que le desfiguraba y dejó caer los hermosos cabellos que enmarcaban su pálido rostro.

‑¡Oh! ‑exclamó Caderousse aterrado‑, si no fuese por esos ca­bellos negros, diría que sois el inglés, diría que sois lord Wilmore.

‑No soy ni el abate Busoni, ni lord Wilmore ‑dijo Montecristo‑. Mírame con mayor atención, mira más lejos, mira en tus prime­ros recuerdos.

Tenían estas palabras del conde tal majestuosa entonación, que por última vez reanimaron los apagados sentidos de Caderoussè.

‑¡Oh!, en efecto ‑dijo‑, me parece que os he visto, que os he conocido en otro tiempo.

‑Sí, Caderousse, sí; me has visto. Sí; me has conocido.

‑Entonces, ¿quién sois?, y si me habéis visto, si me habéis cono­cido, ¿por qué me dejáis morir?

‑Porque nada puede salvarte, Caderousse. Porque tus heridas son mortales. Si hubiera sido posible salvarte, yo habría visto en ello otra misericordia del Señor, y por la tumba de mi padre lo juro que hu­biera tratado de volverte a la vida y al arrepentimiento.

‑¡Por la tumba de lo padre! ‑dijo Caderousse reanimado so­brenaturalmente a incorporándose para ver más de cerca al que aca­baba de proferir ese juramento sagrado para todos los hombres‑. ¡Ah! ¿Y quién eres? ¿Quién eres?

‑Soy... ‑le dijo al oído‑,soy...

Y sus labios, apenas entreabiertos, emitieron una palabra pronun­ciada tan quedo, que parecía que el mismo conde temía oírla.

Caderousse, que se había incorporado, extendió los brazos, hizo un esfuerzo para retroceder, y luego juntando las manos y levantándo­se, haciendo un esfuerzo supremo, dijo:

‑¡Oh! ¡Dios mío! ¡Dios mío!, perdonadme si existís, y sois el padre de los hombres en el cielo y su juez en la tierra. ¡Dios mío, Se­ñor, por largo tiempo os he conocido! ¡Perdonadme, Señor! ¡Recibid mi alma!

Y cerrando los ojos, Caderousse cayó de espaldas, exhalando el últi­mo suspiro.

La sangre se heló en la abertura de sus heridas. Había muerto.

¡Uno! ‑dijo misteriosamente el conde, con los ojos clavados en el cadáver, ya desfigurado por una muerte tan horrible.

Diez minutos después llegaron el médico y el procurador del rey, conducidos, uno por el conserje y el otro por Alí. Fueron recibidos por el abate Busoni, que estaba orando al lado del muerto.

Durante quince días, el tema predilecto de las conversaciones de París, fue la tentativa de robo tan audaz hecha en casa del conde; el moribundo había firmado una declaración en la que señalaba a Bene­detto como su asesino. La policía se encargó de la persecución del matador y lanzó contra él todos sus agentes.

El cuchillo de Caderousse, la linterna sorda, el manojo de ganzúas y los vestidos, menos el chaleco, que no pudo hallarse, fueron deposi­tados en la comisaría. El cadáver se transportó a la Morgue.

El conde decía a todos que esta aventura había sucedido mientras él estaba en su casa de campo de Auteuil, y que solamente sabía lo que le había contado el abate Busoni, que aquella noche, por una feliz coyuntura, le había pedido permiso para pasarla en su biblioteca, buscando varios libros raros que tenía en ella. Bertuccio palidecía cada vez que se nombraba en su presencia a Benedetto, pero nadie tenía motivo para sospechar de su palidez.

Villefort, llamado para verificar la existencia del crimen, habíase encargado del asunto y proseguía la instrucción con la celeridad y el empeño que tenía en todas las causas criminales. Más de tres sema­nas habían transcurrido sin que las diligencias más activas produjesen resultados y empezaba ya a olvidarse la tentativa de robo y el asesi­nato del ladrón por su cómplice, para ocuparse del próximo enlace de la señorita Danglars con el conde Cavalcanti. El joven era ya reci­bido en casa del banquero como su futuro yerno.

Se había escrito al señor Cavalcanti padre, que contestó aprobando este matrimonio, y diciendo sentía infinito que su servicio le impi­diese ausentarse de Parma, por lo que se vería precisado a privarse del placer de asistir al acto de su celebración. Al mismo tiempo de­claraba estar pronto a entregar el capital de los ciento cincuenta mil francos de renta.

Se había convenido ya en que los tres millones se colocasen en casa del señor Danglars, el cual los haría producir. Varias personas procu­raron infundir sospechas en el joven, sobre la sólida posición de su futuro suegro que había sufrido en la bolsa pérdidas de consideración, pero con un desinterés y confianza sublimes, desdeñó los avisos, te­niendo la delicadeza de no decir una palabra sobre ellos al señor Dan­glars. Así es que el barón adoraba al conde Cavalcanti.

No le sucedía lo mismo a la señorita Eugenia Danglars. Su aborre­cimiento instintivo al matrimonio le hizo acoger a Andrés como un medio para alejar a Morcef, y ahora que Andrés se formalizaba, sen‑

tía hacia él una visible repugnancia. Quizás el barón se dio cuenta de ello, pero no pudiendo atribuirlo más que a un capricho, hizo como si no lo conociese.

Con todo, el retraso pedido por Beauchamp, había tocado casi a su término. Morcef, por su parte, podía apreciar lo que valían los con­sejos de Montecristo. Cuando éste le dijo que dejase que las cosas marcharan por sí mismas, nadie había sospechado todavía del gene­ral, nadie había reconocido en el oficial que entregó el castillo de Ja­nina, al noble conde que se sentaba en la Cámara de los Pares.

Alberto no por esto se creía menos insultado, porque la intención de la ofensa existía ciertamente en las pocas líneas que le habían heri­do. Además, el modo con que Beauchamp había puesto fin a su en­trevista, había dejado un recuerdo muy amargo en su corazón. Acari­ciaba, pues, con toda su voluntad, la idea de un duelo, del que pen­saba, si Beauchamp consentía, ocultar la causa aun a sus testigos.

No se había vuelto a ver a Beauchamp desde el día de la visita que le hizo Alberto, y a cuantos preguntaban por él se les respondía que estaba ausente por unos días. ¿Dónde había ido? Nadie lo sabía.

Una mañana, Alberto vio entrar a su ayuda de cámara, que le anunció a Beauchamp. Estaba aún medio dormido, se frotó los ojos, dio orden para que introdujesen a Beauchamp en el salón del piso bajo, rogándole esperase un momento. Vistióse de prisa y bajó.

Le halló paseando de un lado a otro del salón, pero al ver a Alberto se detuvo.

‑El paso que dais presentándoos en mi casa, sin esperar a que hu­biese ido a la vuestra, como me proponía hacerlo hoy, me parece de buen agüero ‑dijo Alberto‑. Veamos, decidme pronto, ¿debo alarga­ros la mano diciéndoos: Beauchamp, confesad vuestra falta y seamos amigos? ¿O debo preguntaros cuáles son las armas que habéis esco­gido?

‑Alberto ‑respondió éste con una tristeza que llenó de asombro al joven‑, sentémonos y hablemos.

‑Creo, caballero, que antes de sentaros debéis responderme.

‑Alberto ‑dijo el periodista‑, hay circunstancias en que la difi­cultad consiste cabalmente en la respuesta.

‑Yo os haré que sea fácil, repitiéndoos la pregunta: ¿Queréis re­tractaros? Sí o no.

‑Morcef, no puede uno contentarse con responder sí o no a las preguntas que interesan al honor, la posición social y la vida de un hombre como el señor teniente general conde de Morcef, par de Francia.

‑¿Qué es entonces lo que se dice?

‑Lo que yo voy a decir, Alberto, se dice: el dinero, el tiempo y la fatiga son nada, cuando se trata de la reputación a intereses de una familia. Se dice: es necesario más que probabilidades, es menester cer­tezas, para aceptar un duelo a muerte con un amigo. Se dice: si cruzo la espada, o disparo una pistola sobre un hombre a quien durante tres años he apretado la mano como a un amigo, es necesario al menos que sepa por qué lo hago, para poder llegar sobre el terreno con el corazón en reposo, y la tranquilidad de conciencia de que el hombre necesita cuando su brazo debe salvar su vida.

‑¡Y bien! ¡Y bien! ¿A qué viene todo eso?

‑Eso quiere decir que acabo de llegar de Janina.

‑¿De Janina, vos?

‑Sí, yo.

‑Imposible.

‑Mi querido Alberto, aquí tenéis mi pasaporte, ved los refren­dos, Génova, Milán, Venecia, Trieste, Delvino, Janina: ¿Creeréis a la policía de una república, un reino y un imperio?

Alberto bajó los ojos sobre el pasaporte y los levantó sorprendido sobre Beauchamp.

‑¿Habéis estado en Janina? ‑dijo.

‑Alberto, si hubieseis sido un extranjero, un desconocido, un sim­ple lord como aquel inglés que vino a exigirme una satisfacción hace tres o cuatro meses, y a quien maté para desembarazarme de él, no me hubiese tomado, como conocéis, tanto trabajo, pero he creído que os debía esta consideración. He empleado ocho días en ir, ocho en volver, cuatro de cuarentena y cuarenta y ocho horas que he perma­necido en Janina. Llegué anoche y aquí me tenéis ahora.

‑¡Dios mío! ¡Dios mío!, cuántos circunloquios, Beauchamp, y cuánto tardáis en decirme lo que espero de vos.

‑Es que, en verdad, Alberto...

‑Diría que titubeáis.

‑Sí, tengo miedo.

‑¿Teméis confesar que vuestro corresponsal os engañó? ¡Oh!, de­jad el amor propio, Beauchamp, confesadlo, nadie puede dudar de vuestro valor.

‑¡Oh!, no es eso‑dijo el periodista‑, al contrario...

Alberto palideció horriblemente, procuró hablar, pero la palabra expiró en sus labios.

‑Amigo mío ‑dijo Beauchamp con el tono más afectuoso‑, creed que me consideraría dichoso al presentaros mis excusas, y que lo haría de todo corazón, pero desgraciadamente...

‑¿Pero qué?

‑La nota tenía razón, amigo mío.

‑¡Cómo! ¿Ese oficial francés...?

‑Sí.

‑Ese Fernando...

‑Sí.

‑El traidor que entregó las fortalezas del hombre a quien ser­vía...

‑Perdonadme sí os digo lo mismo que vos decís: ¡Ese hombre... es vuestro padre!

Furioso, hizo Alberto un movimiento para lanzarse contra Beau­champ, pero éste le contuvo, más con su dulce sonrisa, que con el brazo que extendió hacia él.

‑Tomad, amigo mío ‑dijo‑, ved ahí la prueba.

Y le entregó un papel que había sacado de su bolsillo.

Alberto lo abrió. Era una declaración de cuatro habitantes de los más notables de Janina, asegurando que el coronel Fernando Monde­go, coronel instructor al servicio del visir Alí‑Tebelín, había entregado el castillo de Janina por la cantidad de dos mil bolsas. Las firmas esta­ban legalizadas por el cónsul.

Alberto cayó aterrado sobre un sillón. Esta vez no le cabía la me­nor duda, su apellido se hallaba escrito con todas sus letras. Así es que después de un momento de doloroso silencio, su corazón se oprimió, las venas de su cuello se hincharon extraordinariamente, y un torrente de lágrimas brotó de sus ojos.

Beauchamp, que había mirado con profunda compasión al joven, se acercó a él y cediendo al dolor, le dijo:

‑Alberto, me comprendéis ahora, ¿no es verdad? He querido ver­lo todo y juzgar por mí mismo, esperando que la explicación sería fa­vorable a vuestro padre, y que yo podría hacerle justicia. Pero, por el contrario, todos los que me han informado aseguran que ese oficial instructor, ese Fernando Mondego, elevado por Alí‑Bajá al título de general gobernador, es el mismo que hoy se llama el conde Fernando de Morcef. Entonces he corrido a vos, recordando que hace tres años me dispensasteis el honor de llamarme vuestro amigo.

Alberto, hundido en un sillón, ocultaba sus ojos con las manos, como si quisiese impedir que penetrase hasta ellos la claridad del día.

‑He corrido a vos ‑continuó Beauchamp‑ para deciros: Alber­to, las faltas de nuestros padres en estos tiempos de acción y de reac­ción, no pueden llegar hasta sus hijos; pocos han atravesado la revo­lución, en medio de la cual hemos nacido, sin que su uniforme de sol­dado o su toga de juez hayan sido manchados de lodo o sangre. Alberto, ahora que tengo todas las pruebas, ahora que soy dueño de vuestro secreto, nadie en el mundo puede obligarme a un combate que estoy seguro que vuestra conciencia os echaría en cara coma un crimen, pero lo que podéis exigir de mí, vengo a ofrecéroslo. ¿Que­réis que desaparezcan estas pruebas, estas revelaciones, estas declara­ciones que yo sólo poseo? ¿Este espantoso secreto, queréis que per­manezca oculto entre los dos? Confiad en mi palabra de honor. Nunca saldrá de mis labios. Decid, Alberto, ¿lo queréis? Decid, ¿lo queréis, amigo mío?

‑¡Ah! ¡Noble corazón! ‑exclamó Alberto, dando un abrazo a Beauchamp.

‑Tomad ‑dijo Beauchamp presentando los papeles a Alberto

‑Vamos ‑dijo Beauchamp, cogiéndole ambas manos‑. Anima, amigo mío.

‑¿Pero de dónde salió era primera nota inserta en vuestro perió­dico? ‑dijo Alberto‑. Hay en todo esto un odio secreto, un enemi­go invisible.

‑Y bien ‑dijo Beauchamp‑, razón de más. Alberto, que desaparezcan de vuestro rostro todas las señales de conmoción. Lle­vad este dolor dentro de vos, como la nube lleva en su seno la deso­lación y la muerte. Secreto fatal que sólo se conoce cuando se desen­cadena la tempestad. Reservad vuestras fuerzas, amigo mío, para aquel momento, si llegase.

‑¿Pero creéis que no hemos concluido aún? ‑dijo Alberto.

‑Yo nada creo, amigo mío, pero al fin todo es posible. Este los recibió con mano convulsiva, los apretó, los iba a romper, pero temiendo que el viento se llevase la más pequeña partícula, y ésta viniese un día a darle en la frente, se fue a la bujía que ardía y quemó hasta el último fragmento.

‑¿Qué? ‑preguntó Alberto, viendo que Beauchamp titubeaba.

‑¡Querido amigo! ¡Excelente amigo! ‑exclamaba Alberto, ‑¿Pensáis todavía casaros con la señorita de Danglars?

‑¿Por qué me hacéis esta pregunta en este momento, Beauchamp?

‑Porque creo que la consumación de este matrimonio tiene rela­ción con el objeto que nos ocupa en este instante.

No ‑dijo Alberto‑, mi matrimonio se ha deshecho.

‑Y bien ‑dijo Beauchamp‑, ¿qué más hay aún?

‑Hay ‑respondió Alberto‑ una cosa que ha destrozado mí cora­zón. Escuchadme, Beauchamp, no se separa uno así, en un momento, de aquella confianza, de aquel orgullo que inspira a un hijo el nombre sin mancha de su padre. ¡Ay, Beauchamp, Beauchamp! ¿Cómo me acercaré yo ahora al mío? ¿Retiraré mi frente cuando acerque a ella sus labios, mi mano cuando la suya vaya a tocarla? Creedme, soy el más desgraciado de los hombres. ¡Ah, mi madre, mi pobre madre! ‑dijo Alberto fijando sus ojos llenos de lágrimas en el retrato de su madre.


Date: 2015-12-17; view: 703


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