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La primicia de Rita Skeeter 3 page

—Es eso, ¿verdad? —dijo Harry emocionado—. La se­gunda prueba consiste en ir a buscar a las sirenas del lago y... y...

Pero de repente comprendió lo que estaba diciendo, y se vació de toda la emoción como si él mismo fuera una bañera y le acabaran de quitar el tapón del estómago. No era muy buen nadador, apenas había practicado. Tía Petunia y tío Vernon habían enviado a Dudley a clases de natación, pero a él no lo habían apuntado, sin duda con la esperanza de que se ahogara algún día. Era capaz de hacer dos largos en aquella piscina, pero el lago era muy grande y profundo... y las sirenas seguramente vivirían en el fondo...

—Myrtle —dijo Harry pensativamente—, ¿cómo se su­pone que me las arreglaré para respirar?

Al oír esto, los ojos de Myrtle se llenaron de lágrimas.

—¡Qué poco delicado! —murmuró ella, tentándose en la túnica en busca de un pañuelo.

—¿Por qué? —preguntó Harry, desconcertado.

—¡Hablar de respirar delante de mi! —contestó con una voz chillona que resonó con fuerza en el cuarto de baño—. ¡Cuando sabes que yo no respiro... que no he respirado des­de hace tantos años...! —Se tapó la cara con el pañuelo y so­llozó en él de forma estentórea.

Harry recordó lo susceptible que Myrtle había sido siem­pre en lo relativo a su muerte. Ningún otro fantasma que Harry conociera se tomaba su muerte tan a la tremenda.

—Lo siento. Yo no quería... Se me olvidó...

—¡Ah, claro, es muy fácil olvidarse de que Myrtle está muerta! —dijo ella tragando saliva y mirándolo con los ojos hinchados—. Nadie me echa de menos, ni me echaban de menos cuando estaba viva. Les llevó horas descubrir mi ca­dáver. Lo sé, me quedé sentada esperándolos. Olive Hornby entró en el baño: «¿Otra vez estás aquí enfurruñada, Myrtle?», me dijo. «Porque el profesor Dippet me ha pedido que te busque...» Y entonces vio mi cadáver... ¡Ooooooh, no lo olvidó hasta el día de su muerte! Ya me encargué yo de que no lo olvidara... La seguía por todas partes para recor­dárselo. Me acuerdo del día en que se casó su hermano...

Pero Harry no escuchaba. Otra vez pensaba en la can­ción de las sirenas: «Nos hemos llevado lo que más valoras.» Daba la impresión de que iban a robarle algo suyo, algo que tenía que recuperar. ¿Qué sería?

—.... y entonces, claro, fue al Ministerio de Magia para que yo dejara de seguirla, así que tuve que volver aquí y vi­vir en mi váter.

—Bien —dijo Harry vagamente—. Bien, ahora estoy más cerca que antes... Vuelve a cerrar los ojos, por favor, que quiero salir.



Tras recoger el huevo del fondo de la piscina, salió, se secó y se volvió a poner el pijama y la bata.

—¿Volverás a visitarme en mis lavabos alguna vez? —preguntó en tono lúgubre Myrtle la Llorona, cuando Harry cogía la capa invisible.

—Eh... lo intentaré —repuso Harry, pero pensando para sí que no lo haría a menos que se estropearan todos los demás lavabos del castillo—. Hasta luego, Myrtle... Y gracias por tu ayuda.

—Adiós —dijo ella con tristeza.

Harry se volvió a poner la capa, y la vio meterse a toda velocidad por el grifo.

Fuera, en el oscuro corredor, Harry consultó el mapa del merodeador para comprobar que no había moros en la costa. No, las motas que correspondían a Filch y a la Señora Norris estaban quietas en la conserjería. Aparte de Peeves, que botaba en el piso de arriba por la sala de trofeos, pare­cía que no se movía nada más. Harry había ya emprendido el camino hacia la torre de Gryffindor cuando vio otra cosa en el mapa... algo evidentemente extraño.

No, Peeves no era lo único que se movía. Había una mo­tita que iba de un lado a otro en una habitación situada en la esquina inferior izquierda: el despacho de Snape. Pero la mota no llevaba la inscripción «Severus Snape», sino «Bar­temius Crouch».

Harry miró la mota fijamente. Se suponía que el señor Crouch estaba demasiado enfermo para ir al trabajo o para asistir al baile de Navidad: ¿qué hacía entonces colándose en Hogwarts a la una de la madrugada? Harry observó atentamente los movimientos de la mota por el despacho, que se detenía aquí y allá...

Harry dudó, pensando... y luego lo venció la curiosidad. Dio media vuelta, y continuó andando en sentido contrario, hacia la escalera más cercana. Iba a ver qué se traía Crouch entre manos.

Bajó la escalera lo más silenciosamente que pudo, aun­que algunos retratos volvían la cara con curiosidad cuando crepitaba alguna tabla del suelo, o hacia frufrú la tela del pijama. Avanzó muy despacio por el corredor del piso infe­rior, apartó a un lado un tapiz que había en la mitad del pa­sillo, y empezó a bajar por una escalera más estrecha, un atajo que lo dejaría dos pisos más abajo. Seguía mirando el mapa, reflexionando. La verdad era que no parecía propio del correcto y legalista señor Crouch meterse furtivamente en el despacho de otro a aquellas horas de la noche.

Y entonces, cuando había descendido media escalera sin pensar en lo que hacía, concentrado tan sólo en el pecu­liar comportamiento del señor Crouch, metió una pierna en el escalón falso que Neville siempre olvidaba saltar. Se tam­baleó, y el huevo de oro, aún húmedo del baño, se deslizó de debajo de su brazo... Se lanzó hacia delante para intentar cogerlo, pero era ya demasiado tarde: el huevo caía por la larga escalera, repicando como un gong en cada uno de los escalones. Al mismo tiempo se le escurrió la capa invisible. Harry la cogió, pero entonces se le resbaló de la mano el mapa del merodeador y cayó seis escalones más abajo, don­de, atrapado como estaba en el peldaño por encima de la ro­dilla, no podía alcanzarlo.

En su caída, el huevo de oro atravesó el tapiz que había al pie de la escalera, se abrió de golpe y comenzó a gemir es­tridentemente en el corredor de abajo. Harry sacó la varita e intentó alcanzar con ella el mapa del merodeador para bo­rrar el contenido, pero estaba demasiado lejos para llegar hasta él.

Volviéndose a tapar con la capa, Harry escuchó aten­tamente, arrugando el entrecejo por el miedo. Casi de in­mediato...

—¡PEEVES!

Era el inconfundible grito de caza del conserje Filch. Harry oyó sus pasos arrastrados acercarse más y más, y su sibilante voz que se elevaba furiosamente.

—¿Qué es este estruendo? ¿Es que quieres despertar a todo el castillo? Te voy a coger, Peeves, te voy a coger. Tú... Pero ¿qué es esto?

Los pasos de Filch se detuvieron. Se oyó un chasquido producido por metal al golpear contra otro metal, y los ge­midos cesaron. Filch había cogido el huevo y lo había ce­rrado. Harry permanecía muy quieto, con la pierna aún atrapada en el escalón mágico, escuchando. En cualquier momento Filch apartaría a un lado el tapiz esperando ver a Peeves... y no lo encontraría. Pero si seguía subiendo la escalera vería el mapa del merodeador y, tuviera o no puesta la capa invisible, el mapa del merodeador mostra­ría el letrero «Harry Potter» en el punto exacto en que se hallaba.

—¿Un huevo? —dijo en voz baja Filch al pie de la esca­lera—. Cielo mío —evidentemente la Señora Norris se encontraba con él—, ¡esto es el enigma del Torneo! ¡Esto per­tenece a uno de los campeones!

Harry empezó a encontrarse mal. El corazón le latía muy aprisa.

—¡PEEVES! —bramó Filch con júbilo—. ¡Has estado ro­bando!

Apartó el tapiz, y Harry vio su horrible cara abotarga­da, y los ojos claros y saltones que observaban la escalera oscura y (para él) desierta.

—¿Te escondes? —dijo con voz melosa—. Te voy a atrapar, Peeves... Te has atrevido a robar uno de los enig­mas del Torneo, Peeves. Dumbledore te expulsará por esto, ratero...

Filch empezó a subir por la escalera, acompañado por su escuálida gata de color apagado. Los ojos como faros de la Señora Norris, tan parecidos a los de su amo, estaban fijos en Harry. No era la primera vez que éste se preguntaba si la capa invisible surtía efecto con los gatos. Muerto de miedo, vio a Filch acercarse poco a poco en su vieja bata de franela. Intentó sacar el pie del escalón desesperadamente, pero sólo consiguió hundirlo un poco más. De un momento a otro, Filch vería el mapa o se tropezaría con él...

—Filch, ¿qué ocurre?

El conserje se detuvo unos escalones por debajo de Harry, y se volvió. Al pie de la escalera se hallaba la única persona que podía empeorar la situación de Harry: Snape. Llevaba un largo camisón gris y parecía lívido.

—Es Peeves, profesor —susurró Filch con malevolen­cia—. Tiró este huevo por la escalera.

Snape subió aprisa y se detuvo junto a Filch. Harry apretó los dientes, convencido de que los estruendosos lati­dos de su corazón no tardarían en delatarlo.

—¿Peeves? —dijo Snape en voz baja, observando el huevo en las manos de Filch—. Pero Peeves no ha podido entrar en mi despacho...

—¿El huevo estaba en su despacho, profesor?

—Por supuesto que no —replicó Snape—. Oí golpes y luego gemidos...

—Sí, profesor, era el huevo.

—Vine a investigar...

—Peeves lo tiró, señor...

—... y al pasar por mi despacho, ¡vi las antorchas encendidas y la puerta de un armario abierta de par en par! ¡Alguien ha estado revolviendo en él!

—Pero Peeves no pudo...

—¡Ya sé que no, Filch! —espetó Snape—. ¡Yo cierro mi despacho con un embrujo que sólo otro mago podría abrir!

—Snape miró escaleras arriba, justo a través de Harry, y luego hacia el corredor de abajo—. Bueno, ahora quiero que vengas a ayudarme a buscar al intruso, Filch.

—Yo... Sí, profesor, pero...

Filch miró con ansia escaleras arriba, hacia Harry. Evi­dentemente, se resistía a renunciar a aquella oportunidad de acorralar a Peeves. «Vete —imploró Harry para sus aden­tros—, vete con Snape, vete...» Desde los pies de Filch, la Se­ñora Norris miraba en torno. Harry tenía la convicción de que lo estaba oliendo... ¿Por qué habría echado tanta espu­ma perfumada en el baño?

—El caso es, profesor —dijo Filch lastimeramente—, que el director tendrá que hacerme caso esta vez. Peeves le ha robado a un alumno, y ésta podría ser mi oportunidad para echarlo del castillo de una vez para siempre.

—Filch, me importa un bledo ese maldito poltergeist. Es mi despacho lo que...

Bum, bum, bum.

Snape se calló de repente. Tanto él como Filch miraron al pie de la escalera. A través del hueco que quedaba entre sus cabezas, Harry vio aparecer cojeando a Ojoloco Moody. Moody llevaba su vieja capa de viaje puesta sobre el cami­són, y se apoyaba en el bastón, como de costumbre.

—¿Qué es esto, una fiesta nocturna? —gruñó.

—El profesor Snape y yo hemos oído ruidos, profesor —se apresuró a contestar Filch—. Peeves el poltergeist, que ha estado tirando cosas como de costumbre. Y además el profesor Snape ha descubierto que alguien ha entrado en su despacho.

—¡Cállate! —le dijo Snape a Filch entre dientes.

Moody dio un paso más hacia la escalera. Harry vio que el ojo mágico de Moody se fijaba en Snape, y luego, sin posi­bilidad de error, en él mismo.

A Harry el corazón le dio un brinco. Moody podía ver a través de las capas invisibles... Era el único que podía ver todo lo extraño de la escena: Snape en camisón, Filch aga­rrando el huevo, y él, Harry, atrapado tras ellos en la esca­lera. La boca de Moody, que era como un tajo torcido, se abrió por la sorpresa. Durante unos segundos, él y Harry se miraron a los ojos. Luego Moody cerró la boca y volvió a dirigir el ojo azul a Snape.

—¿He oído bien, Snape? —preguntó—. ¿Ha entrado al­guien en tu despacho?

—No tiene importancia —repuso Snape con frialdad.

—Al contrario —replicó Moody con brusquedad—, tie­ne mucha importancia. ¿Quién puede estar interesado en entrar en tu despacho?

—Supongo que algún estudiante —contestó Snape. Harry vio que le latía una vena en la grasienta sien—. Ya ha ocurrido antes. Han estado desapareciendo de mi armario privado ingredientes de pociones... Sin duda, alumnos que tratan de probar mezclas prohibidas.

—¿Piensas que buscaban ingredientes de pocio­nes? —dijo Moody—. ¿No escondes nada más en tu des­pacho?

Harry vio que la cetrina cara de Snape adquiría un de­sagradable color teja, y la vena de la sien palpitaba con más rapidez.

—Sabes que no, Moody —respondió en voz peligrosa­mente suave—, porque tú mismo lo has examinado exhaus­tivamente.

La cara de Moody se contorsionó en una terrible son­risa.

—Privilegio de auror, Snape. Dumbledore me dijo que echara un ojo...

—Resulta que Dumbledore confía en mí —dijo Snape, con los dientes apretados—. ¡Me niego a creer que él te die­ra órdenes de husmear en mi despacho!

—¡Por supuesto que Dumbledore confía en ti! —gruñó Moody—. Es un hombre confiado, ¿no? Cree que hay que dar una segunda oportunidad. Yo, en cambio, pienso que hay manchas que no se quitan. Manchas que no se quitan nunca, ¿me entiendes?

Snape hizo de repente algo muy extraño. Se agarró con­vulsivamente el antebrazo izquierdo con la mano derecha, como si algo le doliera.

Moody se rió.

—Vuelve a la cama, Snape.

—¡Tú no tienes autoridad para enviarme a ningún lado! —replicó Snape con furia contenida, soltando el brazo como enojado consigo mismo—. Tengo tanto derecho como tú a hacer la ronda nocturna de este colegio.

—Pues sigue haciendo la ronda —contestó Moody, pero su voz resultaba amenazante—. Me muero de ganas de pi­llarte alguna vez en algún oscuro corredor... Se te ha caído algo, al parecer.

Con una punzada de pánico, Harry vio que Moody seña­laba el mapa del merodeador, que seguía tirado en el suelo, seis escalones por debajo de él. Cuando Snape y Filch se vol­vieron a mirarlo, Harry abandonó toda prudencia: levantó los brazos bajo la capa y los movió para llamar la atención de Moody, mientras gesticulaba con la boca «¡es mío!, ¡mío!».

Snape fue a cogerlo; por la expresión de su cara, parecía que empezaba a entender.

¡Accio pergamino!

El mapa voló por el aire, se deslizó entre los dedos ex­tendidos de Snape y bajó la escalera hasta la mano de Moody.

—Disculpa —dijo Moody con calma—. Es mío, se me ha debido de caer antes.

Pero los negros ojos de Snape pasaban del huevo en los brazos de Filch al mapa en la mano de Moody, y Harry se dio cuenta de que estaba atando cabos, como sólo él sabía...

—Potter —murmuró.

—¿Qué pasa? —preguntó Moody muy tranquilo, ple­gando el mapa y guardándoselo.

—¡Potter! —gruñó Snape, y entonces volvió la cabeza y miró hacia donde estaba Harry, como si de repente fuera ca­paz de verlo—. Ese huevo es el de Potter, y ese pergamino pertenece a Potter. Lo he visto antes, ¡lo reconozco! ¡Potter está por aquí! ¡Potter, con su capa invisible!

Snape extendió las manos como un ciego y comenzó a subir por la escalera. Harry hubiera jurado que sus nari­ces de por si grandes se dilataban, intentando descubrir a Harry por el olfato. Atrapado como estaba, Harry se hizo atrás para evitar los dedos de Snape, pero de un momento a otro...

—¡Ahí no hay nada, Snape! —bramó Moody—. ¡Pero me encantará contarle al director lo rápido que pensaste en Harry Potter!

—¿Con qué intención? —inquirió Snape, girando el ros­tro hacia Moody, pero con las manos todavía extendidas a sólo unos centímetros del pecho de Harry.

—¡Con la intención de darle una pista sobre quién pudo meter a ese muchacho en el Torneo! —contestó Moody, acer­cándose más al inicio de la escalera—. Lo mismo que yo, está muy interesado en el problema. —La luz de la antorcha titiló en su mutilado rostro, de forma que las cicatrices y el trozo de nariz que le faltaba fueron más evidentes que nunca.

Snape miraba a Moody, y Harry no pudo ver la expre­sión de su cara. Durante un momento nadie se movió ni dijo nada. Luego Snape bajó las manos lentamente.

—Sólo pensé —dijo intentando aparentar calma— que si Potter había vuelto a pasear por el castillo de noche... (es un mal hábito que tiene) habría que impedirlo. Por... por su propia seguridad.

—¡Ah, ya veo! —repuso Moody en voz baja—. Lo haces por Potter, ¿eh?

Hubo una pausa. Snape y Moody seguían mirándose el uno al otro. La Señora Norris emitió un sonoro maullido, to­davía escudriñando desde los pies de Filch, como si buscara la fuente del olor del baño de espuma.

—Creo que volveré a la cama —declaró Snape con tono cortante.

—Ésa es la mejor idea que has tenido en toda la noche —dijo Moody—. Ahora, Filch, si me das ese huevo...

—¡No! —Filch agarraba el huevo como si fuera su pri­mogénito—. ¡Profesor Moody, ésta es la prueba de la con­ducta de Peeves!

—Pero pertenece al campeón al que se lo robó —replicó Moody—. Entrégamelo. Ahora mismo.

Snape bajó la escalera y pasó por al lado de Moody sin decir nada más. Filch le hizo una especie de marramiau a la Señora Norris, que miró a Harry fijamente, como sin comprender, antes de volverse y seguir a su amo. Aún con la respiración alterada, Harry oyó a Snape alejarse por el corredor. Filch le entregó el huevo a Moody, y también de­sapareció de la vista, susurrándole a la Señora Norris:

—No importa, cielo mío. Veremos a Dumbledore por la mañana y le diremos lo de Peeves.

Se oyó un portazo. Quedaron solos Harry y Moody, que apoyó el bastón en el primer escalón y empezó a ascender con dificultad hacia él, dando un golpe sordo a cada paso.

—Por un pelo, Potter —murmuró.

—Sí... eh... gracias —dijo Harry débilmente.

—¿Qué es esto? —preguntó Moody, sacando del bolsi­llo el mapa del merodeador y desplegándolo.

—Un mapa de Hogwarts —explicó Harry, esperando que Moody no tardara en sacarlo del escalón falso: le dolía la pierna.

—¡Por las barbas de Merlín! —susurró Moody, mirando el mapa. Su ojo mágico lo recorría como enloquecido—. Esto... ¡esto si que es un buen mapa, Potter!

—Sí, es... es muy útil —repuso Harry. Estaba a punto de llorar del dolor—. Eh... profesor Moody, ¿cree que podrá ayudarme?

—¿Qué? ¡Ah!, si, claro.

Moody agarró a Harry de los brazos y tiró. La pierna de Harry se liberó del escalón falso, y él se subió al inmediata­mente superior.

Moody volvió a observar el mapa.

—Potter... —dijo pensativamente—, ¿no verías por ca­sualidad quién entró en el despacho de Snape? ¿No lo verías en el mapa?

—Eh... sí, lo vi —admitió Harry—. Fue el señor Crouch.

El ojo mágico de Moody recorrió rápidamente toda la su­perficie del mapa.

—¿Crouch? —preguntó con inquietud—. ¿Estás seguro, Potter?

—Completamente —afirmó Harry.

—Bueno, ya no está aquí —dijo Moody, recorriendo to­davía el mapa con su ojo—. Crouch... Eso es muy, muy inte­resante.

Quedó en silencio durante más de un minuto, sin dejar de mirar el mapa. Harry comprendió que aquella noticia le revelaba algo a Moody, y hubiera querido saber qué era. No sabía si atreverse a preguntar. Moody le daba aún un poco de miedo, pero acababa de sacarlo de un buen lío.

—Eh... profesor Moody, ¿por qué cree que el señor Crouch ha querido revolver en el despacho de Snape?

El ojo mágico de Moody abandonó el mapa y se fijó, tem­blando, en Harry. Era una mirada penetrante, y Harry tuvo la impresión de que Moody lo estaba evaluando, conside­rando si responder o no, o cuánto decir.

—Mira, Potter —murmuró finalmente—, dicen que el viejo Ojoloco está obsesionado con atrapar magos tenebro­sos... pero lo de Ojoloco no es nada, nada, al lado de lo de Barty Crouch.

Siguió mirando el mapa. Harry ardía en deseos de sa­ber más.

—Profesor Moody —dijo de nuevo—, ¿piensa usted que esto podría tener algo que ver con... eh... tal vez el señor Crouch crea que pasa algo...?

—¿Como qué? —preguntó Moody bruscamente.

Harry se preguntó cuánto podría decir. No quería que Moody descubriera que tenía una fuente de información ex­terna, porque eso podría llevarlo a hacer insidiosas preguntas sobre Sirius.

—No lo sé —murmuró Harry—. Últimamente han ocu­rrido cosas raras, ¿no? Ha salido en El Profeta. La Marca Tenebrosa en los Mundiales, los mortífagos y todo eso...

Moody abrió de par en par sus dos ojos desiguales.

—Eres agudo, Potter. —El ojo mágico vagó de nuevo por el mapa del merodeador—. Crouch podría pensar de manera parecida —dijo pensativamente—. Es muy posi­ble... Últimamente ha habido algunos rumores... incenti­vados por Rita Skeeter, claro. Creo que mucha gente se está poniendo nerviosa. —Una forzada sonrisa contorsio­nó su boca torcida—. ¡Ah, si hay algo que odio —susurró, más para sí mismo que para Harry, y su ojo mágico se clavó en la esquina inferior izquierda del mapa— es un mortífago indultado!

Harry lo miró fijamente. ¿Se estaría refiriendo a lo que él imaginaba?

—Y ahora quiero hacerte una pregunta, Potter —dijo Moody, en un tono mucho más frío.

A Harry le dio un vuelco el corazón. Se lo había estado temiendo. Moody iba a preguntarle de dónde había sacado el mapa, que era un objeto mágico sumamente dudoso. Y si contaba cómo había caído en sus manos tendría que acusar a su propio padre, a Fred y George Weasley, y al profesor Lupin, su anterior profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras. Moody blandió el mapa ante Harry, que se prepa­ró para lo peor.

—¿Podrías prestármelo?

—¡Ah! —dijo Harry. Le tenía mucho aprecio a aquel mapa pero, por otro lado, se sentía muy aliviado de que Moody no le preguntara de dónde lo había sacado, y no le ca­bía duda de que le debía un favor—. Sí, vale.

—Eres un buen chico —gruñó Moody—. Haré buen uso de esto: podría ser exactamente lo que yo andaba buscando. Bueno, a la cama, Potter, ya es hora. Vamos...

Subieron juntos la escalera, Moody sin dejar de exami­nar el mapa como si fuera un tesoro inigualable. Caminaron en silencio hasta la puerta del despacho de Moody, donde él se detuvo y miró a Harry.

—¿Alguna vez has pensado en ser auror, Potter?

—No —respondió Harry, desconcertado.

—Tienes que planteártelo —dijo Moody moviendo la ca­beza de arriba abajo y mirando a Harry apreciativamente—. Sí, en serio. Y a propósito... Supongo que no llevabas ese huevo simplemente para dar un paseo por la noche.

—Eh... no —repuso Harry sonriendo—. He estado pen­sando en el enigma.

Moody le guiñó un ojo, y luego el ojo mágico volvió a moverse como loco.

—No hay nada como un paseo nocturno para inspirarse, Potter. Te veo por la mañana.

Entró en el despacho mirando de nuevo el mapa, y cerró la puerta tras él.

Harry volvió despacio hacia la torre de Gryffindor, su­mido en pensamientos sobre Snape y Crouch, y el significa­do de todo aquello. ¿Por qué fingía Crouch estar enfermo si podía entrar en Hogwarts cuando quisiera? ¿Qué suponía que ocultaba Snape en su despacho?

¡Y Moody pensaba que él, Harry, debía hacerse auror! Una idea interesante... Pero cuando diez minutos después Harry se tendió en la cama silenciosamente, habiendo deja­do el huevo y la capa a buen recaudo en el baúl, pensó que antes de escogerlo como carrera debía comprobar si todos los aurores estaban tan llenos de cicatrices.

 

 

La segunda prueba

 

 

—¡Dijiste que ya habías descifrado el enigma! —exclamó Hermione indignada.

—¡Baja la voz! Sólo me falta... afinar un poco, ¿de acuerdo?

Ocupaban un pupitre justo al final del aula de Encanta­mientos. Aquel día tenían que practicar lo contrario del en­cantamiento convocador: el encantamiento repulsor. Debido a la posibilidad de que ocurrieran desagradables percances cuando los objetos cruzaban el aula por los aires, el profesor Flitwick había entregado a cada estudiante una pila de coji­nes con los que practicar, suponiendo que éstos no le harían daño a nadie aunque erraran su diana. No era una idea de­sacertada, pero no acababa de funcionar. La puntería de Neville, sin ir más lejos, era tan mala que no paraba de lan­zar por el aula cosas mucho más pesadas: como, por ejem­plo, al propio profesor Flitwick.

—Olvidaos por un minuto del huevo ese, ¿queréis? —susurró Harry, mientras el profesor Flitwick, con aspecto resignado, pasaba volando por su lado e iba a aterrizar so­bre un armario grande—. Lo que quiero es hablaros de Sna­pe y Moody...

Aquella clase era el marco ideal para contar secretos, porque la gente se divertía demasiado para prestar aten­ción a las conversaciones de otros. Durante la última media hora, en episodios susurrados, Harry les había relatado su aventura de la noche anterior.

—¿Snape dijo que Moody también había registrado su despacho? —preguntó Ron con los ojos encendidos de interés, mientras repelía un cojín con un movimiento de la varita (el almohadón se elevó en el aire y golpeó contra el sombrero de Parvati, el cual fue a parar al suelo—. Esto... ¿crees que Moody ha venido a vigilar a Snape además de a Karkarov?

—Bueno, no sé si eso es lo que Dumbledore le pidió ha­cer, pero desde luego es lo que está haciendo —dijo Harry, moviendo la varita sin prestar mucha atención, de forma que el cojín se precipitó del pupitre al suelo—. Moody dijo que si Dumbledore permitía a Snape quedarse aquí era por darle una segunda oportunidad...


Date: 2015-12-11; view: 649


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