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LOS NO MUERTOS: MITO Y REALIDAD

NOTA DEL AUTOR

 

Como este libro lo ha escrito un ciudadano de Estados Unidos, las páginas contienen referencias específicas a aspectos muy americanos. No cabe duda de que ejemplos que reflejan la adoración cultural hacia los automóviles o las pistolas resulta­rán extraños, incluso inútiles en relación a la crisis internacio­nal. Es cierto que algunos ejemplos estadounidenses no podrán aplicarse, pero las lecciones que esconden tras ellos ¡sí! La filo­sofía de este libro nunca ha sido estrictamente estadounidense. Las tácticas y estrategias se aplican a aquellos humanos preocu­pados por sobrevivir en cualquier lugar, independientemente de la nacionalidad o el emplazamiento.

La amenaza zombi es en verdad una amenaza internacional. Los ciudadanos de Europa occidental y de las islas británicas cuentan con una densa población, carecen de crímenes violentos (relativamente) y han vivido casi dos generaciones de paz, estabi­lidad y prosperidad económica; pero quizá ahora son más vulne­rables a los muertos vivientes que en cualquier otro momento de la historia. El que crea que el Parlamento Europeo puede resol­ver un ataque zombi con la misma facilidad que soluciona una huelga de camioneros haría bien en estudiar la última vez que una plaga llegó a aquellas tierras. Un brote podría empezar con cinco zombis en Andalucía y en tres semanas haber llegado a miles en el Distrito de los Lagos en Inglaterra.

Asimismo, ciudadanos de países geográficamente tan aisla­dos como Australia y Nueva Zelanda están en grave peligro de dejarse llevar por un falso sentimiento de seguridad. Como veremos en posteriores temas, que incluyen una colección de ataques registrados, la distancia física nunca supone un impedi­mento. Los residentes de estos países deberían velar por la segu­ridad de las zonas extensas con baja densidad de población. En teoría esto es correcto, ya que la zona austral y meridional de los Alpes podría proporcionar una protección adecuada, pero: ¿Cómo llegar allí? ¿Cómo vivir? ¿Qué harías si te encontraras allí con zombis?

Este libro lo puedes aplicar tanto si eres de Glasgow como de Ciudad del Cabo, de Dublín o de Hobart. Ha llegado la hora de dejar aparte nuestras fronteras artificiales y unirnos contra la amenaza común de la extinción. Este no es tiempo para el esté­ril y obsoleto nacionalismo. Los muertos vivientes se ciernen sobre nosotros en todo el mundo y como un solo mundo podre­mos sobrevivir.

 

 

LOS NO MUERTOS: MITO Y REALIDAD

 

Nace de la tumba. Su cuerpo es el hogar de los gusanos y la mugre. No hay vida en sus ojos, no hay calidez en su piel, su pecho no se mueve. Su alma, tan vacía y oscura como el cielo nocturno. Se ríe de la espada, escupe a la flecha, porque no dañarán su carne. Hasta la eternidad caminará por la Tierra, olisqueando la dulce sangre de los vivos, obsequiándose con los huesos de los condena­dos. Cuidado, porque es el muerto viviente.



-TEXTO HINDÚ DESCONOCIDO, CIRCA 1000 A. C.

 

ZOM-BI: [Góm.bi] sust. también ZOM-BIS pl. /. Un cadáver viviente que se alimenta de la carne de los humanos. 2. Un hechizo vudú para revivir a los muertos. 3. Un dios serpiente vudú. 4. Alguien que se mueve y actúa con aturdimiento, «como un zombi». [Palabra originaria del Africa occidental.]


 

¿Qué es un zombi? ¿Cómo se crean? ¿Cuáles son sus puntos fuertes y cuáles sus puntos débiles? ¿Qué necesitan? ¿Cuáles son sus deseos? ¿Por qué son tan hostiles con los humanos? Antes de hablar sobre las técnicas de supervivencia, debes cono­cer aquello a lo que intentas sobrevivir.

Debemos empezar separando los hechos reales de la ficción. Los muertos andantes no son ni obra de la magia negra, ni tampoco de una fuerza sobrenatural. Tienen su origen en un virus conocido como Solanum, palabra latina utilizada por Jan Vanderhaven, el primero en descubrir esta enfermedad.

 

SOLANUM: EL VIRUS

 

El Solanum funciona viajando dentro del sistema sanguíneo, desde el punto de entrada inicial hasta el cerebro. De un modo que aún no se ha llegado a comprender del todo, el virus usa las células del lóbulo frontal para la replicación y las destruye en el proceso. Durante este periodo, cesan todas las funciones del cuerpo. Cuando se para el corazón, se da por muerto al sujeto infectado. El cerebro, sin embargo, continúa vivo pero inactivo, mientras el virus muta las células y las convierte en un órgano completamente nuevo. La particularidad más decisiva de este nuevo órgano es su independencia del oxígeno. Si eliminamos la necesidad de este elemento tan importante, el cerebro de los no muertos puede utilizar, pero no depende de él en ninguna medida, el complejo mecanismo de apoyo del cuerpo humano. Una vez completada la mutación, este nuevo órgano reanima el cuerpo convirtiéndolo en una forma que guarda poco parecido (fisiológicamente hablando) con el cadáver original. Algunas de las funciones corporales continúan siendo constantes, otras operan de manera diferente y las restantes se inhabilitan para siempre. Este nuevo organismo es un zombi, un miembro de los muertos vivientes.

 

  1. Origen

Desgraciadamente, las investigaciones intensivas aún no han encontrado ningún ejemplo aislado de Solanum en la naturaleza. Los resultados obtenidos al analizar la tierra, el agua y el aire de todos los ecosistemas en todo el mundo, incluyendo la fauna y la flora, han sido negativos. Mientras escribo este libro, la investiga­ción continúa.

 

  1. Síntomas

La relación de horas que aparece a continuación esboza el proceso de conversión de un humano infectado (varias horas arriba o abajo, dependiendo de la persona):

 

Hora 1: Dolor y decoloración (marrón-morado) de la zona infec­tada. La herida se coagula inmediatamente (dado que la infec­ción proviene de una herida).

 

Hora 5: Fiebre (37-39° C), convulsiones, demencia leve, vómi­tos, dolor intenso en las articulaciones.

 

Hora 8: Entumecimiento de las extremidades y del área infec­tada, aumento de la fiebre (39-41° C), aumento de la demencia, pérdida de la coordinación muscular.

 

Hora 11: Parálisis de la zona inferior del cuerpo, entumeci­miento general, disminución de la frecuencia cardiaca.

 

Hora 16: Coma.

 

Hora 20: Parada cardiaca. Actividad cerebral nula. Hora 23: Resurrección.

 

3. Transferencia

El Solanum es cien por cien contagioso y cien por cien letal. Afortunadamente para la raza humana, el virus no se transmite ni por el agua ni por el aire. No se conoce ningún contagio del virus en humanos por medio de los elementos de la naturaleza. La infección sólo puede darse a través del contacto directo de fluidos. La mordedura de un zombi, a pesar de que es la forma de transferencia más conocida, no es, en absoluto, la única. Hay humanos que se han infectado por rozar una herida abierta contra otra de un zombi o al ser salpicados con sus restos después de una explosión. El desenlace que conlleva la ingesta de carne infectada (suponiendo que la persona no tenga ninguna llaga abierta en la boca), más que la infección, suele ser la muerte permanente. Se ha comprobado que la carne infectada es alta­mente tóxica.

No existe información alguna (histórica, experimental o cualquier otra) sobre las consecuencias de mantener relacio­nes sexuales con una especie no muerta, pero, como apunta­mos anteriormente, la naturaleza del Solanum indica un alto riesgo de infección. Advertir de un caso como este resultaría inútil, puesto que una persona lo suficientemente irracional para intentarlo estaría tomando una actitud pasiva para con su propia seguridad. Muchos afirman que, dada la coagulada naturaleza de los fluidos corporales de los no muertos, las posibilidades de infectarse por un contacto que no fuera un mordisco deberían ser pocas. Sin embargo, debemos recordar que un único orga­nismo es suficiente para empezar el ciclo.

 

4. Infección de las otras especies

El Solanum es letal para todas las criaturas vivas, sin tener en cuenta el tamaño, la especie o el ecosistema al que pertenez­can. Sin embargo, sólo los humanos resucitan. Los estudios demuestran que cuando el Solanum infecta un cerebro que no es humano, este muere horas después de la muerte de su hués­ped, lo que demuestra que el cadáver del animal puede comba­tirlo. Los animales infectados expiran antes de que el virus pueda replicarse completamente en sus cuerpos. La infección por la picadura de insecto, como la de los mosquitos, también puede descartarse. Los experimentos han demostrado que todos los insectos parásitos perciben el virus y rechazan a un huésped infectado el cien por cien de las veces.

 

5. Tratamiento

Una vez que un humano se infecta, no se puede hacer gran cosa por salvarlo. Esto se debe a que el Solanum es un virus y no una bacteria, por lo que los antibióticos no hacen efecto. La inmu­nización, la única forma de combatir el virus, es igualmente inútil, ya que incluso la dosis más pequeña provocaría la infec­ción completa. Se está llevando a cabo la investigación gené­tica. Los objetivos van desde formar anticuerpos humanos más potentes hasta una estructura celular resistente o un antivirus diseñado para identificar y destruir el Solanum. Estos y otros tratamientos más resistentes se encuentran por el momento en las etapas más iniciales, sin ningún éxito previsible en un futuro cercano. Las experiencias vividas en la vida real han llevado a la inmediata escisión del miembro infectado (suponiendo que ese sea el lugar de la mordedura), pero tales tratamientos son poco seguros, con menos de un diez por ciento de índice de éxito. En general, el humano infectado está condenado desde el momento en que el virus entra en su sistema. Debería suici­darse y debería también recordar que el cerebro es lo primero que debe eliminarse. Se han registrado casos en que sujetos que acaban de infectarse, y que mueren por circunstancias ajenas al virus, pueden, aun así, resucitar. Estos casos suelen ocurrir cuando el sujeto expira cinco horas después de la infección. No obstante, la persona que muere tras ser mordida o que se infecta de algún otro modo, debería ser inmediatamente eliminada. (Véase «Deshacerse del cuerpo», p. 42.)

 

6. Resucitar a los muertos

Se ha llegado a sugerir que los cadáveres humanos aún fres­cos podían resucitar si se les introducía Solanum después de la defunción. Esto es una falacia. Los zombis ignoran la carne necrótica y, por consiguiente, no puede transferirse el virus. Los experimentos llevados a cabo durante la Segunda Guerra Mundial (véase «Ataques registrados», p. 265 y ss.) han demos­trado que inyectar Solanum en un cadáver resultaría fútil porque un sistema sanguíneo paralizado no podría transportar el virus al cerebro. Inyectarlo directamente en un cerebro muerto tampoco serviría de nada, ya que las células muertas no podrían respon­der al virus. Solanum no da la vida: la altera.

 

CUALIDADES DE LOS ZOMBIS

 

1. Habilidades físicas

Con demasiada frecuencia se dice que los no muertos poseen unos poderes sobrehumanos: fuerza inusual, velocidad del rayo, tele­patía, etc. Las historias van desde zombis que vuelan por los aires a zombis que escalan superficies verticales como arañas. Mien­tras se inventan esas características para darle más dramatismo a la situación, el gul se aleja bastante de este demonio mágico y omnipotente. Nunca olvides que el cuerpo de un no muerto es, antes que otra cosa, humano. Los cambios se observan en la manera en que un cerebro recién infectado usa el cuerpo resuci­tado. No habría forma de que un zombi pudiera volar a menos que los humanos pudieran volar. Pasa lo mismo con el dominio de la fuerza, la teletransportación, el traspaso de objetos sóli­dos, la transformación en lobo, la respiración del fuego o una amalgama de diferentes talentos místicos atribuidos a los muer­tos andantes. Imagina que el cuerpo humano es un juego de herramientas. El cerebro sonámbulo posee estas herramientas y, únicamente esas herramientas, están a su disposición. No puede crear nuevas como de la nada. Pero puede, como comprobarás, usar estas herramientas en combinaciones poco convencionales, o hacer que duren más allá de los límites humanos normales.

 

A. Vista

Los ojos de un zombi no son diferentes de los de un humano corriente. Aunque aún son capaces (dado el índice de descom­posición) de transmitir señales visuales al cerebro, la forma en que el cerebro interpreta dichas señales es otro asunto. Los estu­dios son inconcluyentes en lo que concierne a las habilidades visuales de los no muertos. Pueden captar a la presa a distan­cias comparables a las humanas, pero si pueden distinguir a un humano de uno de ellos aún está por debatir. Una de las teorías sugiere que los movimientos que realizan los humanos son más


rápidos y suaves que los de los no muertos, lo que causa que llamen la atención al ojo zombi. Se han realizado experimen­tos en los que humanos han intentado confundir a gules que se acercaban, imitando sus movimientos y arrastrando los pies mientras cojeaban con torpeza. Hasta la fecha, ninguno de estos intentos ha tenido éxito. Se ha llegado a sugerir que los zombis poseen visión nocturna, un hecho que explica su habilidad para la caza nocturna. Esta teoría ha sido desacreditada por el hecho de que todos los zombis son expertos alimentándose de noche, incluso aquellos que no tienen ojos.

 

B. Oído

No cabe duda alguna de que los zombis poseen un oído exce­lente. No sólo pueden detectar el sonido, también pueden deter­minar su dirección. El alcance básico parece ser el mismo de los humanos. Los experimentos con frecuencias extremadamente altas y bajas han producido resultados negativos. Los exáme­nes también han mostrado que los zombis se sienten atraídos por cualquier sonido, no sólo por los que producen las criatu­ras con vida. Se ha documentado que los gules perciben soni­dos que el oído humano ignora. La más probable, aunque inde­mostrable, explicación es que los zombis dependen de todos sus sentidos en igual medida. Los humanos se orientan con la vista desde su nacimiento y dependen de otros sentidos sólo si pier­den el primero. Tal vez, esta discapacidad no la comparten con los muertos andantes. De ser así, esto explicaría su habilidad para cazar, luchar y alimentarse en total oscuridad.

 

C. Olfato

A diferencia del oído, los no muertos tienen un sentido del olfato más agudo. Tanto en situaciones de combate como en las pruebas de laboratorio, han sido capaces de distinguir el olor de una presa viva de las otras. En muchos casos, y contando con una orienta­ción del viento ideal, se ha comprobado que los zombis huelen los cadáveres frescos a una distancia de más de un kilómetro. De nuevo, esto no significa que los gules tengan un sentido del olfato mayor que el de los humanos, simplemente es que ellos se valen más de él. No se sabe exactamente qué secreción en parti­cular es la que indica la presencia de la presa: el sudor, las fero-monas, la sangre, etc. En el pasado, la gente pretendía moverse sin ser detectada por las áreas infestadas intentando camuflar el olor humano con perfumes, desodorantes u otro producto químico de olor fuerte. Ninguno tuvo éxito. En la actualidad se llevan a cabo experimentos con vistas a sintetizar el olor de los seres vivos para usarlo como señuelo o incluso repelente de los muertos andantes. Quedan años para que se encuentre un producto que funcione.

 

D. Gusto

No se sabe mucho sobre las papilas gustativas alteradas de los muertos andantes. Los zombis tienen la habilidad de distinguir la carne humana de la de los animales, y prefieren la primera. Los gules poseen también una habilidad asombrosa para recha­zar la carroña en favor de la carne fresca recién muerta. Un cuerpo humano que lleve muerto entre doce y dieciocho horas será rechazado como comida. Lo mismo pasa con los cadáve­res que han sido embalsamados o preservados de cualquier otra forma. Todavía no sabemos si esto tiene algo que ver con el gusto. Puede que tenga que ver con el olfato o, quizá, con otra clase de instinto que no hemos descubierto. ¿Por qué exacta­mente la carne humana es preferible? La ciencia todavía tiene que encontrar una respuesta a esta confusa, frustrante y terrorí­fica pregunta.

 

E. Tacto

Los zombis no perciben, literalmente, los estímulos físicos. Todos los receptores nerviosos siguen muertos después de la resurrección. Verdaderamente se trata de su ventaja más grande y terrorífica sobre los vivos. Nosotros, como humanos, tene­mos la habilidad de experimentar el dolor físico como un signo de deterioro corporal. Nuestro cerebro clasifica tales sensacio­nes, las agrupa teniendo en cuenta el estímulo que las provoca y después archiva la información para usarla como aviso en futuras lesiones. Este es el don de la fisiología y el instinto que nos permite sobrevivir como especie. Por esta razón valoramos virtudes como el coraje, que inspira a las personas a realizar acciones a pesar de las señales de peligro. La incapacidad de reconocer y evitar el dolor es lo que convierte a los muertos andantes en criaturas tan formidables. No notan las heridas y, además, estas no les impiden atacar. Aunque el cuerpo de un zombi sufra daños severos, continuará atacando hasta que no quede nada de él.

 

F. Sexto sentido

Las investigaciones realizadas a través de la historia, combi­nadas con los estudios de campo y de laboratorio, han demos­trado que los muertos andantes atacan incluso cuando todos sus órganos sensoriales han sido dañados o se han descompuesto por completo. ¿Significa esto que los zombis poseen un sexto sentido? Tal vez. Los seres vivos usan menos del 5 % de su capacidad cerebral. Es posible que el virus pueda estimular otras habilidades sensoriales que la evolución ha olvidado. Esta teoría es la que se discute más acaloradamente en la guerra contra los no muertos. Hasta ahora, no hay pruebas científicas que apoyen a ningún bando.

 

G. Cicatrización

A pesar de las leyendas y las tradiciones antiguas, la fisiología de los no muertos ha demostrado no poseer poderes de rege­neración. Las células que están dañadas siguen estando daña­das. Cualquier herida, sin importar su tamaño o su naturaleza, seguirá abierta mientras que esté en fase de resurrección. Se han llevado a cabo una variedad de tratamientos médicos para esti­mular el proceso de cicatrización en gules capturados. Ninguno resultó positivo. Esta incapacidad para repararse a sí mismos, algo que los seres vivos poseemos, supone una importante desventaja para los no muertos. Por ejemplo, cada vez que nos esforzamos físicamente, nuestros músculos se desgastan. Con el tiempo, estos músculos se reconstruyen y pasan a ser más fuer­tes que antes. La masa muscular de un gul permanecerá dañada, reduciendo su efectividad cada vez que la use.

 

H. Descomposición

La esperanza de vida media para los zombis -cuánto tiempo es capaz de funcionar antes de descomponerse del todo- es de tres a cinco años. Por muy fantástico que suene -el cuerpo humano es capaz de prevenir los efectos naturales de descomposición- lo que causa su putrefacción es biología básica. Cuando un cuerpo humano muere, su carne inmediatamente se cubre de billones de organismos microscópicos. Estos organismos siempre estuvie­ron presentes en el entorno externo y dentro del cuerpo. Mien­tras vivimos, el sistema inmunológico funciona como una barrera entre estos organismos y su objetivo. Cuando morimos, la barrera se abre. Los organismos empiezan a multiplicarse exponencial-mente cuando se alimentan y, por esa razón, el cadáver sufre un colapso a nivel celular. El olor y la decoloración asociados con la carne en descomposición son el efecto del proceso biológico del trabajo de estos microbios. Cuando pides un bistec «muy hecho», estás pidiendo un trozo de carne que ha empezado a pudrirse; lo que antes era carne dura, ha sido reblandecida por microorga­nismos que han colapsado su fibra robusta. En un periodo corto de tiempo, ese bistec, igual que un cadáver humano, se quedará en nada, dejando tan sólo material demasiado duro y falto de nutrientes para ningún microbio, como huesos, dientes, uñas y pelo. Este es el ciclo de la vida normal, la forma en que la natura­leza recicla los nutrientes y los hace volver a la cadena alimenti­cia. Para parar este proceso y preservar el tejido muerto, es nece­sario situarlo en un entorno inapropiado para las bacterias, como puede ser un lugar con temperaturas muy bajas o muy altas, o en compuestos químicos tóxicos como el formaldehído, o, en este caso, saturarlo con Solanum.

Casi todas las especies de microbios que están implicadas en la descomposición humana normal han rechazado en repe­tidas ocasiones la carne infectada por el virus, embalsamando al zombi eficazmente. Si este no fuera el caso, combatir a los muertos vivientes sería tan fácil como evitarlos durante varias semanas o incluso días hasta que se pudrieran y quedaran únicamente los huesos. Los investigadores deben aún encon­trar la causa exacta de esta condición. Se ha descubierto que al menos una especie de microbio ignora los efectos de repulsión del Solanum: de otro modo, los no muertos permanecerían en perfecto estado de conservación para siempre. Asimismo, se ha determinado que las condiciones naturales como la humedad y la temperatura juegan un papel importante. Los no muertos que frecuentan los pantanos de Luisiana puede que no duren tanto como los que viven en zonas frías, o en el seco desierto de Gobi. Las situaciones extremas, como el frío intenso o la inmersión en líquidos conservantes, podrían, hipotéticamente hablando, permitir a la especie de los no muertos vivir indefinidamente. Se sabe que estas técnicas permiten a los zombis actuar durante décadas, incluso siglos. (Véase «Ataques registrados», p. 239 y ss.) La descomposición no supone que un miembro, de los muer­tos andantes simplemente se desplome. La putrefacción afecta­ría a varias partes del cuerpo en momentos diferentes. Se han encontrado especímenes con el cerebro intacto pero el cuerpo descompuesto. Otros con el cerebro parcialmente podrido podían mantener ciertas funciones corporales, pero el resto esta­ban totalmente paralizadas. Recientemente, circula una teoría popular que intenta explicar la historia de la momia del antiguo Egipto como uno de los primeros ejemplos del embalsamado de un zombi. Las técnicas de conservación permitían que vivieran durante varios miles de años después de haber sido sepultados. Cualquiera con un conocimiento mínimo del antiguo Egipto encontraría esta historia falsa y ridicula: ¡El paso más impor­tante y complicado en la preparación del faraón para su entierro era la extracción del cerebro!

 

I. Digestión

Pruebas recientes han descartado, de una vez por todas, la teoría de que la carne humana supone el combustible para los no muer­tos. El tracto digestivo de un zombi está completamente inac­tivo. El sistema complejo que procesa la comida, que extrae los nutrientes y excreta los restos no se tiene en cuenta en la fisiología de un zombi. Las autopsias que se han llevado a cabo en no muertos controlados han demostrado que su alimento permanece en su estado original, sin digerir en ninguna de las secciones del tracto. La materia, que mastican parcialmente y que se pudre de forma lenta, continuará acumulándose mien­tras el zombi devore más víctimas, hasta que salga, a la fuerza, por el ano, o literalmente haga que estallen el estómago o los intestinos. Aunque estos ejemplos que resultan impresionantes sobre la falta de digestión son escasos, cientos de informes de testigos oculares confirmaron que los no muertos tenían el vien­tre hinchado. ¡Un espécimen capturado y analizado detenida­mente contenía 96 kilos de carne dentro de su sistema! Existen casos aún menos numerosos que han confirmado que los zombis continúan alimentándose hasta mucho después de que su tracto digestivo le haya explotado desde dentro.

 

J. Respiración

Los pulmones de los no muertos continúan funcionando en lo que se refiere a inhalar aire y expulsarlo de su cuerpo. Esta función otorga a los zombis su firma personal: el gemido. Lo que los pulmones y la química del cuerpo no consiguen, sin embargo, es extraer el oxígeno y eliminar el dióxido de carbono. Dado que el Solanum obvia la necesidad de ambas funciones, el sistema respiratorio queda obsoleto en el cuerpo de un gul. Esto explica cómo los muertos vivientes pueden caminar bajo el agua o sobrevivir en entornos letales para los humanos. Sus cerebros, como ya se dijo antes, no dependen del oxígeno para sobrevivir.

 

K. Circulación

Resultaría inapropiado decir que los zombis no tienen corazón. Lo que no sería inapropiado decir, sin embargo, es que no han encontrado ninguna utilidad para él. El sistema circulatorio de un no muerto es poco más que una red de tubos inútiles llenos de sangre coagulada. Pasa lo mismo con el sistema linfático, así como con otros fluidos corporales. A pesar de que esta mutación pareciera otorgarle a los no muertos una ventaja sobre el resto de la humanidad, en realidad ha demostrado ser una bendición. La falta de masa de fluidos previene la fácil transmisión del virus. Si esto no fuera cierto, el combate cuerpo a cuerpo sería prác­ticamente imposible, ya que el humano que se defendiera sería salpicado con toda seguridad con sangre u otros fluidos.

 

L. Reproducción

Los zombis son criaturas estériles. Sus órganos sexuales están necróticos y son impotentes. Se han hecho intentos para fertili­zar óvulos de zombi con esperma humano y viceversa. Ninguno tuvo éxito. Los no muertos tampoco muestran signos de deseo sexual, ni hacia su especie ni hacia los vivos. Hasta que las investigaciones puedan demostrar algo diferente, el gran miedo de la humanidad -que los muertos se reprodujeran y trajeran al mundo más muertos- resulta ser una imposibilidad reconfor­tante.

 

M. Fuerza

Los gules poseen la misma fuerza bruta que los vivos. Qué potencia pueda ser ejercida depende en gran medida del zombi en cuestión. La masa muscular que posee una persona viva será toda la que posea muerta. A diferencia de un cuerpo vivo, no se ha descubierto si las glándulas suprarrenales funcionan en los muertos, despojando a los zombis del estallido temporal de potencia del que disfrutamos los humanos. La única ventaja sólida que los muertos vivientes poseen es una resistencia increí­ble. Imagina que estás entrenándote o realizando cualquier otro acto de ejercicio físico. Lo más probable es que el dolor y la extenuación dicten tus límites. Estos factores no se aplican a los muertos. Continuarán una acción, con la misma energía diná­mica, hasta que los músculos literalmente acaben por descomponerse. A pesar de que los gules van debilitándose progresi­vamente, esto les permite un poderoso primer ataque. Muchos grupos de tres o incluso cuatro humanos, físicamente en forma, cayeron ante un único zombi decidido.

 

N. Velocidad

Los muertos andantes suelen moverse con los hombros caídos o cojeando. Incluso sin heridas o una descomposición muy avanzada, su falta de coordinación provoca que anden a gran­des zancadas de forma inestable. La velocidad viene determi­nada principalmente por la longitud de las piernas. Los gules más altos darán zancadas más largas que sus homólogos de pier­nas más cortas. Al parecer los zombis son incapaces de correr. El índice de velocidad más rápido es de apenas un paso cada 1,5 segundos. Al igual que con la fuerza, la ventaja de los muertos sobre los vivos es su falta de cansancio. Los humanos que crean que pueden aventajar a los no muertos que los persigan, deberían acordarse del cuento de la liebre y la tortuga, teniendo en cuenta, claro, que en este caso la liebre tiene muchas posibilidades de ser devorada viva.

 

O. Agilidad

Un humano posee una destreza un 90 % mayor que la del gul más fuerte. En algunos casos se debe a la rigidez general que sufre el tejido de sus músculos necrosados (de ahí sus pasos torpes). El resto se debe a sus primitivas funciones cerebrales. Los zombis apenas tienen coordinación mano-ojo, una de sus grandes debilidades. Nadie ha visto jamás saltar a un zombi, ni de un lado a otro, ni, simplemente, de arriba abajo. Balancearse por una superficie estrecha es, del mismo modo, lo más hábiles que pueden ser. Nadar es también una función reser­vada exclusivamente para los vivos. La teoría demuestra que, si el cadáver de un no muerto está lo suficientemente hinchado para alcanzar la superficie, puede suponer un peligro a flote. Sin embargo, esto no es muy común, porque si el cuerpo se encuen­tra en un índice bajo de descomposición, no puede acumularse el gas dentro del cuerpo. Los zombis que caminan o caen en el agua deambularán sin rumbo por el fondo hasta terminar disolviéndose. Pueden ser escaladores con éxito, pero sólo en ciertas circunstancias. Si los zombis perciben que la presa se encuentra encima, por ejemplo, en el segundo piso de una casa, siempre intentarán llegar hasta ellos. Intentarán escalar cualquier super­ficie sin importar lo inviable o imposible que resulte. En todas, excepto en las situaciones más fáciles, estos intentos han termi­nado en derrota. Incluso en el caso de las escaleras, donde sólo se requiere la coordinación mano-mano, únicamente uno de cada cuatro zombis lo consigue.

 

2. Patrones de comportamiento

 

A. Inteligencia

En repetidas ocasiones se ha demostrado que nuestra mayor ventaja sobre los no muertos es nuestra habilidad para pensar. La capacidad mental promedio del zombi se encuentra por debajo de la de un insecto. En ninguna ocasión han demostrado habili­dad alguna para razonar o usar la lógica. Intentar llevar a cabo una tarea, fallar, entonces por ensayo y error descubrir una nueva solución es una habilidad que comparten muchos miembros del reino animal pero que los muertos andantes han perdido. Los zombis han fallado repetidas veces en los laboratorios los test de inteligencia ajustados al nivel de los roedores. Un caso realizado en exteriores exponía a un humano de pie al final de un puente desplomado frente a una docena de zombis al otro lado. Uno por uno, los muertos andantes caían por uno de los lados al inten­tar inútilmente alcanzarlo. En ningún momento ni uno sólo de ellos se dio cuenta de lo que estaba pasando y cambió su táctica en modo alguno. De forma contraria al mito y a la especulación, nunca se ha visto a los zombis usando herramientas de ningún tipo. Incluso coger una piedra para usarla como arma está más allá de su entendimiento. Esta simple tarea probaría un proceso de pensamiento básico que implica comprender que la roca es un arma más eficiente que la mano desnuda. De un modo irónico, la era de la inteligencia artificial nos ha permitido identificarnos más fácilmente con la mente del zombi que con la de nues­tros más primitivos ancestros. Existen escasas excepciones, pero incluso los ordenadores más avanzados carecen de la habilidad para pensar por sí solos. Hacen lo que están programados para hacer, nada más. Imagina un ordenador programado para llevar a cabo una función. Esta función no se puede parar, modificar o eliminar. No puede almacenarse ningún dato nuevo. No puede instalarse ninguna orden nueva. Este ordenador desempeñará una única función, una y otra vez, hasta que la fuente de energía finalmente se termine. Así es el cerebro de un zombi. Conducido por el instinto, es una máquina monotarea impenetrable, que no puede forzarse y que únicamente puede ser destruida.

B. Emociones

No se conocen sentimientos de ningún tipo en los muertos andan­tes. Toda clase de guerra psicológica, desde enfurecer a los no muertos a provocar que sientan piedad, ha acabado en desastre. Alegría, tristeza, fe, ansiedad, amor, odio, miedo; todos estos sentimientos y miles más que constituyen el corazón humano resultan tan inútiles para los muertos vivientes como el órgano del mismo nombre. ¿Quién sabe si esto supone para la humani­dad su mayor debilidad o su mayor fuerza? El debate continúa, y probablemente lo haga para siempre.

C. Recuerdos

En la actualidad, creemos en vano que un zombi retenga los conocimientos de su anterior vida. Oímos historias sobre muer­tos que vuelven a sus lugares de residencia o de trabajo, utili­zando maquinaria que les es familiar, o incluso mostrando compasión para con sus allegados. En realidad, no existe ni una mínima prueba que avale esta falsa esperanza. Probablemente, los zombis no podrían mantener los recuerdos de su anterior vida ni a nivel consciente ni subconsciente, porque ¡ninguno de estos existe! Nunca podrán entretener a un gul con la mascota de la familia, con los parientes vivos, con sus vecinos, etc. No importa qué persona fuera en su anterior vida, esa persona se ha ido, ha sido reemplazada por un autómata desprovisto de mente con el único instinto de alimentarse. Esta situación implora la siguiente pregunta: ¿Por qué los zombis prefieren las zonas urbanas a las afueras? Para empezar, los no muertos no prefie­ren la ciudad, sino que simplemente se quedan en el lugar donde resucitaron. En segundo lugar, la principal razón por la que los zombis tienden a quedarse en las ciudades en lugar de desplegarse hacia las afueras es debido a que las zonas urbanas contie­nen una mayor concentración de presas.

D. Necesidades físicas

Además del hambre (que discutiremos más tarde), los muertos no han mostrado ninguna de las necesidades o carencias expre­sadas en vida mortal. Nunca se ha visto a los zombis dormir o descansar bajo ninguna circunstancia. No han reaccionado ni al frío ni al calor extremo. En condiciones meteorológicas extre­mas, nunca han buscado refugio. Incluso algo tan simple como la sed es desconocido para los muertos vivientes. Desafiando a todas las leyes de la naturaleza, el Solanum ha creado lo que podría describirse como un organismo autosuficiente en todos los aspectos.

E. Comunicación

Los zombis no poseen habilidades para el lenguaje. Aunque sus cuerdas vocales están capacitadas para el habla, su cerebro no. La única habilidad vocal parece ser un lamento profundo. Los zombis liberan este gemido cuando identifican a la presa. El sonido perdura bajo y constante hasta que se realiza el contacto físico. Entonces, cambia de tono y volumen cuando el zombi comienza su ataque. Este sonido espeluznante, asociado común­mente con los muertos andantes, sirve como llamada para otros zombis y, tal y como se ha descubierto recientemente, es un arma psicológica muy potente. (Véase «Defendiendo», p. 105)

F. Dinámicas sociales

Siempre han proliferado teorías de que los no muertos funcio­nan como una fuerza colectiva, como un ejército comandado por Satán o una colmena de algún tipo de insecto que se siente atraído por las feromonas; la idea más reciente afirma que consiguen consenso de grupo mediante telepatía. Lo cierto es que los zombis no poseen organización social de la que hablar. No hay jerarquía, no hay una cadena de mando, no se dirigen hacia ningún tipo de colectivización. Una horda de no muer­tos, sin tener en cuenta tamaño o apariencia, es, simple y llana­mente, un grupo de individuos. Si cientos de gules convergen en el emplazamiento de una víctima, se debe a que cada uno se ha dejado llevar por su propio instinto. Los zombis parecen ignorarse entre ellos. No se ha observado nunca que reaccio­nen a la visión de otro a ningún alcance. Esto nos devuelve a la cuestión de la percepción: ¿Cómo puede un zombi distinguir entre uno de los suyos y un humano u otra presa en el mismo campo de acción? Aún no se ha encontrado una respuesta. Los zombis eluden la presencia de otros zombis del mismo modo que eluden objetos inanimados. Cuando se chocan con otro de ellos, no expresan ningún intento de relacionarse o comuni­carse. Los zombis que se alimentan del mismo cadáver tiran de la carne en repetidas ocasiones en lugar de apartar a empu­jones a sus competidores. La única sugerencia de esfuerzo en común se ha observado en ataques en grupo notorios: el gemido de un gul llamando a otros que puedan percibir tal sonido. Una vez que oyen el lamento, otros muertos andantes casi siempre convergen en su emplazamiento. Un estudio antiguo expuso la teoría de que se trataba de un acto deliberado cuando un explo­rador usaba su gemido como señal para que los otros atacaran. Sin embargo, ahora sabemos que esto ocurre por puro accidente. El gul que gime cuando detecta a una presa lo hacen debido a una reacción instintiva, y no como alerta.

G. Cazar

Los zombis son organismos migratorios, no muestran aprecio alguno hacia el territorio o el concepto de hogar. Viajarán kiló­metros y quizá, con el tiempo suficiente, cruzarán continentes en su búsqueda de comida. Su patrón de búsqueda es fortuito. Los gules se alimentan por la noche y durante el día. En reali­dad, más que buscar una zona de forma deliberada, se topan con ella. No detectan ciertas zonas ni edificios a no ser que en ellas haya alguna presa. Por ejemplo, algunos han buscado en gran­jas y otras construcciones rurales mientras que otros del mismo grupo han ignorado por completo aquel lugar. Las zonas urbanas requieren más tiempo para explorarlas, por eso los no muertos permanecen más tiempo en dichas áreas, aunque ningún edifi­cio servirá de precedente sobre otro. Los zombis parecen igno­rar totalmente lo que les rodea. Por ejemplo, no mueven los ojos de ninguna manera para obtener información sobre un nuevo objeto. Arrastran los pies en silencio, miran al infinito, deam­bulan sin rumbo fijo hasta detectar a la presa. Tal y como se ha discutido anteriormente, los no muertos poseen la extraña habi­lidad de dirigir un ataque a la localización exacta de la víctima. Una vez que se produce el contacto, el anteriormente callado y abstraído autómata se transforma en algo más parecido a un misil dirigible. La cabeza se vuelve inmediatamente en la direc­ción de la víctima. La mandíbula cae, los labios se contraen y desde las profundidades de su diafragma surge un gemido. Una vez que se realiza el contacto, los zombis no pueden distraerse en modo alguno. Continuarán persiguiendo a la presa y pararán sólo si pierden el contacto, si realizan una matanza con éxito o si son destruidos.

H. Motivación

¿Por qué los no muertos atacan a los vivos si se ha demostrado que la carne humana no tiene una función nutritiva? ¿Por qué su instinto les lleva al asesinato? La verdad intenta eludirnos.

La ciencia moderna, combinada con datos históricos, ha demos­trado que los vivos no son las únicas delicias del menú de los no muertos. Los equipos de rescate cuando entran en zonas infes­tadas las describen, de modo consecuente, como desprovistas de toda vida. Cualquier criatura, sin importar su tamaño o espe­cie, será consumida por un zombi en pleno ataque. La carne humana, sin embargo, siempre será preferible a otras formas de vida. Un experimento consistía en exponer ante un espécimen capturado dos cubos idénticos de carne: uno de carne humana y otro de carne animal. En repetidas ocasiones el zombi prefi­rió la humana. No se sabe aún por qué. Lo que sí puede confir­marse, más allá de toda duda, es que el instinto provocado por el Solanum convierte a los no muertos en asesinos y devorado-res de cualquier criatura viva que descubran. Al parecer, no hay excepciones.

 

I. Matar a los muertos

Aunque parezca que destruir a un zombi puede ser simple, no hay nada más lejos de la realidad. Tal y como hemos visto, los zombis no requieren ninguna de las funciones fisiológicas que los humanos necesitamos para sobrevivir. La destruc­ción o el daño severo al sistema circula­torio, digestivo o respiratorio no harían nada a un miembro de los muertos andan­tes, en tanto en cuanto esas funciones no se mantienen en el cerebro. Simplemente piensa que existen miles de formas de matar a un humano y sólo una de matar a un zombi. El cerebro debe ser destruido, de cualquier manera posible.

 

J. Deshacerse del cuerpo

Los estudios muestran que el Solanum puede vivir en el cuerpo de un zombi destruido durante otras cuarenta y ocho horas. Se ha de tener un cuidado extremo a la hora de deshacerse del cadáver de un no muerto. La cabeza en particular conlleva el mayor riesgo, dada su concentración del virus. Nunca cargues con el cadáver de un no muerto sin ropa protectora. Trátalo como si fuera cualquier clase de material tóxico o altamente letal. La cremación es la forma más segura y efectiva de eliminarlo. A pesar de los rumores de que quemar un grupo de cadá­veres podría propagar Solanum en forma de plaga a través del aire, el sentido común nos diría que ningún virus es capaz de sobrevivir al calor intenso, por no hablar de un incendio.

 

K. ¿Domesticación?

Repetimos, el cerebro de un zombi ha demostrado ser, hasta el momento, inalterable. Los experimentos que se han realizado con productos químicos, cirugía e incluso descargas electromag­néticas, han dado resultados negativos. La terapia para cambiar su comportamiento y otros intentos para entrenar a los muertos vivientes como bestias de carga o algo parecido también han acabado en fracaso. De nuevo, no podemos cambiarle el chip a la máquina. Será tal como es o no será.

 

 

EL ZOMBI VUDÚ

 

Si los zombis son la creación de un virus y no de la magia negra, entonces ¿cómo se explican los llamados «zombis vudú», muer­tos que han sido desenterrados y condenados a pasar la eter­nidad como esclavos de los vivos? Sí, es cierto que la pala­bra «zombi» originalmente proviene de la palabra kimbundu «nzúmbe», término que describe el alma de una persona muerta, y sí, los zombis y la zombificación forman parte integral de la religión afrocaribeña conocida como vudú. Sin embargo, el origen de su nombre es la única similitud entre el zombi vudú y el zombi viral. Aunque se dice que los houngan vudú (sacerdo­tes) pueden convertir humanos en zombis mediante la magia, la práctica se basa, fuera de toda duda, en ciencia pura. El «polvo zombi», la herramienta usada por el houngan para la zombificación, contiene una neurotoxina muy potente (los ingredientes exactos se guardan en el más estricto secreto). La toxina para­liza de forma temporal el sistema nervioso del humano, creando un estado de hibernación extrema. Con el corazón, los pulmo­nes y otras funciones corporales operando al más mínimo nivel, sería comprensible que un médico forense con poca experiencia declarara muerto al sujeto paralizado. Muchos humanos fueron enterrados en este estado y se despertaron gritando en la oscu­ridad más absoluta en sus ataúdes. ¿Entonces, qué hace a los humanos convertirse en zombis? La respuesta es simple: el daño cerebral. Muchos de los que fueron enterrados vivos acabaron muy pronto el aire que había en sus ataúdes. Los que se recu­peraron (si son afortunados) casi siempre habían sufrido daño cerebral por la falta de oxígeno. Estas pobres almas caminan arrastrándose con pocas habilidades cognitivas, o, ciertamente, en libre albedrío, y a menudo se confunden con los muertos vivientes. ¿Cómo distingues a un zombi vudú de una especie auténtica? Las señales son obvias.

Los zombis vudú muestran emociones. Las personas que sufren daño cerebral a causa del polvo aún son capaces de mostrar los sentimientos normales de un humano. Sonríen, lloran, incluso gruñen con furia si se hacen daño o, por el contrario, lo han provocado (algo que los zombis de verdad nunca harían).

Los zombis vudú piensan. Tal y como se ha afirmado antes, cuando un zombi de verdad se topa contigo, inme­diatamente se dirige hacia a ti como una bomba inteligente. Un zombi vudú tratará por un momento de averiguar quién o qué eres. Tal vez se te acerque, tal vez recule, o quizá continúe su observación mientras su cerebro dañado trata de analizar la información que se le da. Lo que un zombi vudú nunca hará es alzar sus brazos, dejar caer su mandí­bula, desatar un infernal gemido y andar a tropezones direc­tamente hacia ti.

Un zombi vudú siente dolor. Un zombi vudú que tropieza y se cae, sin duda alguna sujetará su rodilla magullada y gimoteará. Asimismo, uno que sufra por otra herida ante­rior se la cuidará o, por lo menos, será consciente de la exis­tencia de la herida. A diferencia de un zombi de verdad, los zombis vudú no ignoran cuándo sufren cortes profundos.

Los zombis vudú reconocen el fuego. Eso no quiere decir que les den miedo las llamas. Aquellos que han sufrido un daño cerebral severo tal vez no recuerden lo que es el fuego. Se pararán a examinarlo, tal vez incluso lleguen a tocarlo, pero retrocederán una vez sepan que causa dolor.

Los zombis vudú reconocen lo que hay a su alrededor. Al contrario que un zombi de verdad, que sólo reconoce a su presa, los zombis vudú reaccionan a los cambios repentinos de luz, sonido, sabor y olor. Se ha observado que los zombis vudú ven la televisión o los flashes de luz de gran colorido, escuchan música, se encogen por un trueno e incluso perci­ben a otros como ellos. Esto último ha resultado crítico en algunos casos en los que se equivocaron al identificarlos. Al no reaccionar en modo alguno ante otros zombis (se miran, hacen ruidos, incluso se tocan las caras) pudieron ser exter­minados por accidente.

Los zombis vudú NO tienen supersentidos. La persona que sufre los efectos debilitantes del polvo zombi continúa dependiendo de su vista antes que de otros sentidos. No se puede mover a la perfección en la oscuridad, oír una pisada a 450 metros u oler a un ser vivo en el viento. Los zombis vudú en realidad pueden ser sorprendidos por alguien que camina justo delante de ellos. Sin embargo, esto no es reco­mendable, puesto que un zombi asustado puede reaccionar de forma violenta.

Los zombis vudú pueden comunicarse. Aunque no siem­pre es el caso, muchos de estos individuos pueden respon­der a las señales audiovisuales. Muchos entienden palabras, algunos incluso comprenden oraciones simples. Muchos zombis vudú poseen la habilidad de hablar, de forma simple por supuesto, y en raras ocasiones mantienen conversacio­nes extensas.

Los zombis vudú pueden ser controlados. Aunque no siempre es cierto, muchos de los cerebros humanos daña­dos pierden mucha de su autorrealización y se convierten en seres muy susceptibles a la sugestión. Ordenarle a un sujeto que pare o se vaya puede ser suficiente para librarse de un zombi vudú. Esto ha dado lugar a una situación peligrosa: las personas que se equivocan pensando que pueden controlar o adiestrar a zombis de verdad. En varias ocasiones, algunos tercos insistieron en que, de manera simple, podían ordenar a sus muertos vivientes que pararan. Cuando sintieron que unas manos frías y podridas les agarraban por las extremi­dades y unos dientes sucios y raídos estaban mordiéndoles, descubrieron, demasiado tarde, a lo que se estaban enfren­tando en realidad.

 

Estas características deberían darte una buena idea sobre cómo diferenciar a un zombi vudú de uno de verdad. Una nota final: los zombis vudú se encuentran sobre todo en la África subsaha­riana, el Caribe, América Central y del Sur, y el sur de Estados Unidos. Aunque no es imposible encontrar a alguien convertido en zombi por un houngan, las posibilidades de tal encuentro son escasas.

 

 

EL ZOMBI DE HOLLYWOOD

 

Desde que los muertos vivientes llegaron a la gran pantalla, su mayor enemigo no han sido los cazadores, sino los críti­cos. Estudiosos, investigadores, incluso ciudadanos preocupa­dos, han afirmado que estas películas retrataban a los muertos vivientes de manera fantástica y poco realista. Abrumadoras armas, secuencias de acción físicamente imposibles, persona­jes humanos de características imponentes y, encima de todo eso, gules mágicos, invencibles, incluso cómicos que han añadido colores al arcoíris de controversia que supone el «cine de zombis». Críticas ulteriores admitían que este «estilo recar­gado» cercano al cine de sonámbulos enseñaba a los especta­dores lecciones que acabarían con su muerte en un encuentro real. Estas acusaciones serias exigían una defensa igualmente seria. Mientras que algunas películas de zombis están basa­das en hechos reales, su objetivo, de hecho el objetivo de casi cada película de todo género, siempre ha sido, ante todo, entre­tener. A no ser que discutamos sobre documentales de verdad (e incluso algunos son edulcorados), los realizadores deben tomarse algunas licencias artísticas para hacer su trabajo más apetecible a la audiencia. Incluso las películas que están basa­das en hechos reales sacrifican la pura realidad por el bien de la historia. Algunos personajes serán una amalgama de indivi­duos de la vida real. Otros serán pura ficción con el fin de expli­car ciertos hechos, facilitar la línea narrativa o simplemente añadir sabor a la escena. Uno podría argumentar que el papel de un actor es desafiar, educar e instruir a la audiencia. Podría ser cierto, pero intenta impartir conocimiento a una audiencia que se va o se queda dormida durante los primeros diez minu­tos de la película. Si aceptas esto para producir una película entenderás por qué el cine de zombis en Hollywood se desvía, en ocasiones a lo loco, de la realidad en la que está basado. En resumen, usa estas imágenes según la intención de sus realiza­dores: como un modo de entretenimiento temporal, de forma alegre y no como modo de ayuda para tu supervivencia.

 

 

LOS BROTES

 

Aunque cada ataque zombi es diferente, dado el número, el terreno, la reacción del pueblo en general, etc., su nivel de inten­sidad puede medirse en cuatro categorías diferentes.

 

Clase 1

Este es un brote leve, normalmente en países del Tercer Mundo o en zonas rurales del Primer Mundo. El número de zombis para esta clase de brote oscila entre uno y veinte. El número total de víctimas (incluyendo a los infectados) puede variar entre uno y cincuenta. La duración, desde el primer caso hasta el último (conocido), va desde veinticuatro horas hasta catorce días. La zona infestada será pequeña, no más de un radio de treinta kiló­metros. En muchos casos, los límites vendrán determinados por las fronteras naturales. La reacción es limitada, puede que exclu­sivamente provenga de los ciudadanos o de alguna ayuda adicio­nal de las fuerzas locales de la ley. La cobertura de los medios de comunicación será mínima, y si se presenta. Si los medios de comunicación se encuentran allí, busca historias comunes como homicidios o «accidentes». Este es el tipo de brote más común y también el que más fácilmente pasa desapercibido.

 

Clase 2

En este nivel de brote se incluyen las zonas urbanas o las zonas rurales con alta densidad de población. El número total de zombis oscilará entre veinte y cien. Las víctimas humanas llegarán a ser hasta varios cientos de personas. La duración de un ataque de clase 2 no es mucho más larga que la de un brote de clase 1. En algunos casos, un mayor número de zombis hará desencadenar una respuesta más inmediata. Un brote en una zona rural de poca población podría extenderse a un radio de ciento sesenta kilómetros, mientras que un brote urbano podría comprender únicamente algunos edificios. La eliminación sería, por supuesto, más organizada. La actuación civil sería reem­plazada por fuerzas locales, nacionales e incluso federales. Si es un ataque leve se puede buscar ayuda militar adicional, a la Guardia Nacional si estamos en Estados Unidos o a su equiva­lente fuera de este país. La mayoría de las veces, para aliviar el pánico, estas unidades toman una actitud menos combatiente, aportando asistencia médica, control de multitudes y apoyo logístico. Los brotes de clase 2 casi siempre atraen a la prensa. A no ser que el ataque ocurra en una zona aislada por completo del mundo, o una donde los medios de comunicación se contro­len estrictamente, la historia será contada. Esto no quiere decir, sin embargo, que vaya a contarse fielmente.

 

Clase 3

Una crisis de verdad. Los brotes de clase 3, más que cualquier otro, demuestran la amenaza real a la que nos exponen los muertos vivientes. Los zombis son miles y abarcan una zona de varios cientos de kilómetros. La duración del ataque y un posi­ble proceso de limpieza lento podrían durar hasta varios meses. No habría cabida para la censura de los medios o los encubri­mientos. Incluso sin la atención de los medios, la magnitud del ataque al completo dejaría demasiados testigos oculares. Se trata de una batalla completamente desarrollada, donde las fuer­zas de la ley serían reemplazadas por unidades de tropas regula­res. En la zona infestada quedaría declarado el estado de alarma, así como en las áreas colindantes. Cuenta con la ley marcial, viajes restringidos, suministros racionados, control federal de los servicios y custodia estricta de las comunicaciones. Llevará tiempo desarrollar todas estas medidas. La fase inicial será un caos hasta que aquellos que están en el poder lleguen a contro­lar la crisis. Disturbios, saqueos y pánico generalizado se añadi­rán a sus dificultades, atrasando más aún una respuesta efec­tiva. Mientras esto ocurriera, los que viven en el área infestada estarían a merced de los no muertos. Aislados, abandonados y rodeados de gules, dependerían únicamente de ellos mismos.

 

Clase 4

(Véase «Vivir en un mundo no muerto», pp. 194-226)

 

DETECCIÓN

Todo brote de no muertos, sin tener en cuenta la clase, tiene un principio. Ahora que hemos definido al enemigo, el siguiente paso es la alarma previa.

Saber qué es un zombi no te servirá de nada si no eres capaz de reconocer un brote antes de que sea demasiado tarde. Esto no quiere decir que construyas un puesto de mando contra zombis en el sótano, claves alfileres en un mapa y acapares la radio de onda corta. Lo único que se requiere es buscar las señales que a una mente desentrenada se le pasarían por alto. Estas señales incluyen:

Homicidios donde las víctimas son ejecutadas mediante un tiro en la cabeza o por decapitación. Ha ocurrido muchas veces: la gente reconoce qué tipo de brote es e intenta afron­tar el problema con sus propias manos. Casi siempre, las autoridades locales los acusan de asesinos y son persegui­dos como tales.

Personas desaparecidas, particularmente en zonas salvajes o deshabitadas. Hay que prestar mucha atención a si uno o más miembros de la búsqueda desaparecen también. Si la historia se televisa o fotografía, fíjate en el nivel de arma­mento que lleva el equipo de búsqueda. Más de un rifle por grupo podría significar que se trata de algo más que una simple operación de rescate.

Casos de «enajenación violenta» en los que el sujeto ataca a amigos o familiares sin usar armas. Date cuenta de si el atacante muerde o intenta morder a las víctimas. Si lo hace, ¿aún permanece alguna de las víctimas en el hospital? Trata de descubrir si alguna de las víctimas murió, de forma miste­riosa, en los días posteriores al mordisco.

Disturbios u otro altercado civil que empiece sin ser provo­cado u otra causa lógica. El sentido común te dirá que la violencia en cualquier estrato social no ocurre sin un cata­lizador como la tensión racial, las acciones políticas o las decisiones legales. Incluso la llamada «histeria colectiva» puede llevarnos hasta el origen del problema. Si no lo descu­bre nadie, encontrarán la respuesta en alguna otra parte.

Muertes por enfermedad en las que no se determina la causa o parecen altamente sospechosas. Los decesos por enfermedades infecciosas son, si comparamos con hace un siglo, escasos en el mundo industrializado. Por esa razón, los nuevos casos siempre atraen a los medios. Fíjate en los casos donde la naturaleza exacta de la enfermedad quede sin explicar. También estáte alerta de aquellas explicaciones sospechosas como el virus del Nilo occidental o la enfer­medad de las «vacas locas». Podría tratarse de ejemplos de encubrimiento. Cualquiera de las anteriormente citadas donde se prohíba la presencia de los medios de comunicación. Es extraño que en Estados Unidos se censure por completo una noticia. Si se da el caso debemos observarlo inmediatamente como una luz roja. Por supuesto, puede haber muchas razones diferen­tes a un ataque de muertos vivientes. Por otra parte, cual­quier evento que provoque restricciones de un gobierno tan consciente como nosotros de los medios merece gran aten­ción. Lo cierto es que, sea lo que sea, no puede ser bueno.

 

Una vez que el acontecimiento capta tu atención, síguele el rastro. Anota la localización y la distancia a la que se encuentra de ti. Busca incidentes similares en los a


Date: 2015-12-24; view: 960


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