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Capítulo XLIII

El albergue del Colombier‑Rouge

 

Apenas llegado al campamento, el rey, que tenía tanta prisa por encontrarse frente al enemigo y que, con mejor derecho que el carde­nal, compartía su odio contra Buckingham, quiso hacer todos los pre­parativos, primero para expulsar a los ingleses de la isla de Ré, luego para apresurar el asedio de La Rochelle; pero, a pesar suyo, se demo­ró por las disensiones que estallaron entre los señores de Bassompie­rre y Schomberg contra el duque de Angulema.

Los señores de Bassompiere y Schomberg eran mariscales de Fran­cia y reclamaban su derecho a mandar el ejército bajo las órdenes del rey; pero el cardenal, que temía que Bassompierre, hugonote en el fon­do del corazón, acosase débilmente a ingleses y rochelleses, sus her­manos de religión, apoyaba por el contrario al duque de Angulema, a quien el rey, a instigación suya, había nombrado teniente general. De ello resultó que, so pena de ver a los señores de Bassompierre y Schomberg abandonar el ejército, se vieron obligados a dar a cada uno un mando particular; Bassompierre tomó sus acuartemamientos al norte de la ciudad desde La Leu hasta Dompierre; el duque de Angulema al este, desde Dompierre hasta Périgny; y el señor de Schomberg al mediodía, desde Périgny hasta Angoutin.

El alojamiento de Monsieur estaba en Dompierre.

El alojamiento del rey estaba tanto en Etré como en La Jarrie.

Finalmente, el alojamiento del cardenal estaba en las dunas, en el puente de La Pierre en una simple casa sin ningún atrincheramiento.

De esta forma, Monsieur vigilaba a Bassompierre; el rey, al duque de Angulema, y el cardenal, al señor de Schomberg.

Una vez establecida esta organización, se ocuparon de echar a los ingleses de la isla.

La coyuntura era favorable: los ingleses, que ante todo necesitan buenos víveres para ser buenos soldados, al no comer más que carnes saladas y mal pan, tenían muchos enfermos en su campamento; ade­más el mar, muy malo en aquella época del año en todas las costas del Océano, estropeaba todos los días algún pequeño navío; y con ca­da marea la playa, desde la punta del Aiguillon hasta la trinchera, se cubría literalmente de restos de pinazas, de troncos de roble y de fa­lúas; de lo cual resultaba que, aunque las gentes del rey se mantuvie­sen en su campamento, era evidente que un día a otro Buckingham, que sólo permanecía en la isla de Ré por obstinación, se vena obligado a levantar el sitio.

Pero como el señor de Toiras hizo decir que en el campamento ene­migo se preparaba todo par un nuevo asalto, el rey juzgó que había que terminar y dio las órdenes necesarias para un ataque de­cisivo.

No siendo nuestra intención hacer un diario de asedio, sino por el contrario contar sólo los sucesos que tienen que ver con la historia que contamos, nos contentaremos con decir en dos palabras que la empre­sa tuvo éxito para gran asombro del rey y a la mayor gloria del señor cardenal. Los ingleses, rechazados paso a paso, batidos en todos los encuentros, aplastados al pasar por la isla de Loix, se vieron obligados a embarcar de nuevo, dejando en el campo de batalla dos mil hom­bres, entre ellos cinco coroneles, tres tenientes coroneles, doscientos cincuenta capitanes y veinte gentileshombres de calidad, cuatro piezas de cañón y sesenta banderas, que fueron llevadas a París por Claude de Saint‑Simon y colgadas con gran pompa en las bóvedas de Notre­-Dame.



Fueron cantados tedéum en el campamento, y de ahí se esparcie­ron por toda Francia.

El cardenal quedó, pues, dueño de proseguir el asedio sin tener, al menos momentáneamente, nada que temer de parte de los ingleses.

Pero como acabamos de decir, el reposo era solo momentáneo.

Un enviado del duque de Buckingham, llamado Montaigu[L170] , ha­bía sido capturado, y se le había encontrado la prueba de una liga en­tre el Imperio, España, Inglaterra y Lorena.

Aquella liga estaba dirigida contra Francia.

Además, en el alojamiento de Buckingham, que se había visto obli­gado a abandonar más precipitadamente de lo que habría creído, se habían encontrado papeles que confirmaban aquella liga y que, por lo que afirma el señor cardenal en sus Memorias, comprometían mucho a la señora de Chevreuse y por consiguiente a la reina.

Era sobre el cardenal sobre el que pesaba toda la responsabilidad, porque no se es ministro absoluto sin ser responsable; por eso todos los recursos de su vasto ingenio estaban tensos día y noche, y ocupa­dos en escuchar el menor rumor que se alzara en uno de los grandes reinos de Europa.

El cardenal conocía la actividad y sobre todo el odio de Bucking­ham; si la liga que amenazaba a Francia triunfaba, toda su influencia estaba perdida; la política española y la política austríaca tenían sus re­presentantes en el gabinete del Louvre, donde aún no tenían más que partidarios; él, Richelieu, el ministro francés, el ministro nacional por excelencia, estaba perdido. El rey, que pese a obedecerlo como un ni­ño, lo odiaba como un niño odia a su maestro, lo abandonaba a las venganzas reunidas de Monsieur y de la reina; estaba por tanto perdi­do, y quizá Francia con él. Había que remediar todo aquello.

Por eso se vieron correos, a cada instante más numerosos, suce­derse día y noche en aquella casita del puente de La Pierre, donde el cardenal había establecido su residencia.

Eran monjes que llevaban tan mal el hábito que era fácil reconocer que pertenecían sobre todo a la Iglesia militante; mujeres algo moles­tas en sus trajes de pajes, y cuyos largos calzones no podían disimilar por entero las formas redondeadas; en fin, campesinos de manos en­negrecidas pero de pierna fina, y que olían a hombre de calidad a una legua a la redonda.

Luego otras visitas menos agradables, porque dos o tres veces co­rrió el rumor de que el cardenal había estado a punto de ser asesinado.

Cierto que los enemigos de Su Eminencia decían que era ella mis­ma la que ponía en campaña a asesinos torpes, a fin de tener, llegado el caso, el derecho de adoptar represalias; pero no hay que creer ni lo que dicen los ministros ni lo que dicen sus enemigos.

Lo cual, por lo demás, no impedía al cardenal, a quien jamás ni sus más encarnizados detractores han negado el valor personal, hacer sus recorridos nocturnos para comunicar al duque de Angulema órde­nes importantes, tanto para ir a ponerse de acuerdo con el rey como para ir a conferenciar con algún mensajero que no quería que se deja­se entrar en su casa.

Por su lado los mosqueteros, que no tenían gran cosa que hacer en el asedio, no eran severamente controlados y llevaban una vida ale­gre. Y esto les era tanto más fácil, sobre todo a nuestros tres amigos, cuanto que, siendo amigos del señor de Tréville, obtenían fácilmente de él el llegar tarde y quedarse tras el cierre del campamento con per­misos particulares.

Pero una noche en que D'Artagnan, que estaba de trinchera, no había podido acompañarlos, Athos, Porthos y Aramis, montados en sus caballos de batalla, envueltos en capas de guerra y con una mano sobre la culata de sus pistolas, volvían los tres de una cantina que Athos había descubierto dos días antes en el camino de La Jarrie, y que se llamaba el Colombier‑Rouge, siguiendo el camino que llevaba al cam­pamento estando en guardia, como hemos dicho, por temor a una emboscada, cuando a un cuarto de legua más o menos de la aldea de Boisnar[L171] , creyeron oír el paso de una cabalgata que venía hacia ellos; al punto los tres se detuvieron, apretados uno contra otro, y espe­raron, en medio del camino. Al cabo de un instante, y cuando pre­cisamente salía la luna de una nube, vieron aparecer en una vuelta del camino dos caballeros que al divisarlos se detuvieron también, pa­reciendo deliberar si debían continuar su ruta o volver atrás. Esta duda proporcionó algunas sospechas a los tres amigos y Athos, dando algu­nos pasos hacia adelante, gritó con su firme voz:

‑¿Quién vive?

‑¿Quién vive, vos? ‑respondió uno de aquellos caballeros.

‑Eso no es contestar ‑dijo Athos‑. ¿Quién vive? Responded o cargamos.

‑¡Tened cuidado con lo que vais a hacer señores! ‑dijo enton­ces una voz vibrante que parecía tener el hábito de mando.

‑¿Es algún oficial superior que hace su ronda de noche? ‑dijo Athos‑. ¿Qué queréis hacer, señores?

‑¿Quiénes sois? ‑dijo la misma voz con el mismo tono de man­do. Responded o podríais pasarlo mal por vuestra desobediencia.

‑Mosqueteros del rey ‑dijo Athos, más y más convencido de que quien los interrogaba tenía derecho a ello.

‑ Qué compañía?

‑ Compañía de Tréville.

‑Avanzad en orden y venid a darme cuenta de lo que hacíais aquí a esta hora.

Los tres mosqueteros avanzaron, con la cabeza algo gacha, por­que los tres estaban ahora convencidos de que tenían que vérselas con alguien más fuerte que ellos; se dejó por lo demás a Athos el cuidado de portavoz.

Uno de los caballeros, el que había tomado la palabra en segundo lugar, estaba diez pasos por delante de su compañero; Athos hizo señas a Porthos y a Aramis de quedarse, por su parte, atrás, y avan­zó solo.

‑¡Perdón, mi oficial! ‑dijo Athos‑. Pero ignorábamos con quién teníamos que vérnoslas, y como podéis ver estábamos ojo avizor.

‑¿Vuestro nombre? ‑dijo el oficial que se cubría una parte del rostro con su capa.

‑¿Y el vuestro, señor? ‑dijo Athos que comenzaba a revolverse contra aquel interrogatorio‑. Dadme, por favor, una prueba de que tenéis derecho a interrogarme.

‑¿Vuestro nombre? ‑repitió por segunda vez el caballero dejan­do caer su capa de tal forma que dejaba el rostro al descubierto.

‑¡Señor cardenal! ‑exclamó el mosquetero estupefacto.

‑¡Vuestro nombre! ‑repitió por tercera vez Su Eminencia.

‑Athos ‑dijo el mosquetero.

El cardenal hizo una seña al escudero, que se acercó.

‑Estos tres mosqueteros nos seguirán ‑dijo en voz baja‑, no quie­ro que se sepa que he salido del campamento, y siguiéndonos estare mos más seguros de que no lo dirán a nadie.

‑Nosotros somos gentileshombres, Monseñor ‑dijo Athos‑; pe­didnos, pues, nuestra palabra y no os inquietéis por nada. A Dios gra­cias, sabemos guardar un secreto.

El cardenal clavó sus ojos penetrantes sobre aquel audaz inter­locutor.

‑Tenéis el oído fino, señor Athos ‑dijo el cardenal‑; pero aho­ra escuchad esto: os ruego que me sigáis, no por desconfianza, sino por mi seguridad. Sin duda vuestros dos compañeros son los señores Porthos y Aramis.

‑Sí, Eminencia ‑dijo Athos mientras los dos mosqueteros que se habían quedado atrás se acercaban con el sombrero en la mano.

‑Os conozco, señores ‑dijo el cardenal‑, os conozco; sé que no sois completamente amigos míos y estoy molesto por ello, pero sé que sois valientes y leales gentileshombres y que se puede fiar de vosotros. Señor Athos, hacedme, pues, el honor de acompañarme, vos y vuestros amigos, y entonces tendré una escolta como para dar envidia a Su Majestad si nos lo encontramos.

Los tres mosqueteros se inclinaron hasta el cuello de sus caballos.

‑Pues bien, por mi honor ‑dijo Athos‑, que Vuestra Eminencia hace bien en llevarnos con ella: hemos encontrado en el camino caras horribles, a incluso con cuatro de esas caras hemos tenido una quere­lla en el Colombier‑Rouge.

‑¿Una querella? ¿Y por qué, señores? ‑dijo el cardenal‑. No me gustan los camorristas, ¡ya lo sabéis!

‑Por eso precisamente tengo el honor de prevenir a Vuestra Emi­nencia de lo que acaba de ocurrir; porque podría enterarse por otras personas distintas a nosotros y creer, por la falsa relación, que estamos en falta.

‑¿Y cuáles han sido los resultados de esa querella? ‑pregunté el cardenal frunciendo el ceño.

‑Pues mi amigo Aramis, que está aquí, ha recibido una leve estocada en el brazo, lo cual no le impedirá, como Vuestra Eminencie podrá ver, subir al asalto mañana si Vuestra Excelencia ordena h escalada.

‑Pero no sois hombres para dejaros dar estocadas de esa forma ‑dijo el cardenal‑; vamos, sed francos, señores, algunas habréis de vuelto; confesaos, ya sabéis que tengo derecho a dar la absolución

‑Yo, Monseñor ‑dijo Athos‑, no he puesto siquiera la espada en la mano, pero he agarrado al que me tocaba por medio del cuerpo y lo he tirado por la ventana. Parece que al caer ‑continuó Athos cor cierta duda‑ se ha roto una pierna.

‑¡Ah, ah! ‑dijo el cardenal‑. ¿Y vos, señor Porthos?

‑Yo, Monseñor, sabiendo que el duelo está prohibido, he cogido un banco y le he dado a uno de esos bergantes un golpe que, según creo, le ha partido el hombro.

‑Bien ‑dijo el cardenal‑. ¿Y vos, señor Aramis?

‑Yo, Monseñor, como soy de temperamento dulce y como además, cosa que igual no sabe Monseñor, estoy a punto de tomar el hábito, quería separarme de mis camaradas cuando uno de aquellos miserables me dio traidoramente una estocada de través en el brazo úquierdo. Entonces me faltó paciencia, saqué la espada a mi vez, y, cuando volvía a la carga, creo haber notado que al arrojarse sobre mí se había atravesado el cuerpo; sólo sé con certeza que ha caído y me ha parecido que se lo llevaban con sus dos compañeros.

‑¡Diablos, señores! ‑dijo el cardenal‑. Tres hombres fuera de combate por una disputa de taberna; no os vais de vacío. ¿Y a proposito, ¿de qué vino la querella?

‑Aquellos miserables estaban borrachos ‑dijo Athos‑, y sabiendo que había una mujer que había llegado por la noche a la taberna querían forzar la puerta.

‑¿Forzar la puerta? ‑dijo el cardenal‑. ¿Y eso para qué?

‑Para violentarla sin duda ‑dijo Athos‑; tengo el honor de de­cir a Vuestra Eminencia que aquellos miserables estaban borrachos.

‑¿Y esa mujer era joven y hermosa? ‑preguntó el cardenal con cierta inquietud.

‑No la hemos visto, Monseñor ‑dijo Athos.

‑¡No la habéis visto! ¡Ah, muy bien! ‑replicó vivamente el cardenal‑. Habéis hecho bien en defender el honor de una mujer, y como es al albergue del Colombier‑Rouge a donde yo voy, sabré si me habéis dicho la verdad.

‑Monseñor ‑dijo altivamente Athos‑, somos gentileshombres, y para salvar nuestra cabeza no diríamos una mentira.

‑Por eso no dudo de lo que me decís, señor Athos, no lo dudo ni un solo instante, pero ‑añadió para cambiar de conversación‑, ¿aquella dama estaba, por tanto, sola?

‑Aquella dama tenía encerrado con ella un caballero ‑dijo Athos‑; pero como pese al alboroto el caballero no ha aparecido, es de presumir que es un cobarde.

‑¡No juzguéis temerariamente!, dice el Evangelio ‑replicó el car­denal.

Athos se inclinó.

‑Y ahora, señores, está bien ‑continuó Su Eminencia‑. Sé lo que quería saber; seguidme.

Los tres mosqueteros pasaron tras el cardenal, que se envolvió de nuevo el rostro con su capa y echó su caballo a andar manteniéndose a ocho o diez pasos por delante de sus acompañantes.

Llegaron pronto al albergue silencioso y solitario; sin duda el hos­telero sabía qué ilustre visitante esperaba, y por consiguiente había des­pedido a los importunos.

Diez pasos antes de llegar a la puerta, el cardenal hizo seña a su escudero y a los tres mosqueteros de detenerse. Un caballo completa­mente ensillado estaba atado al postigo. El cardenal llamó tres veces y de determinada manera.

Un hombre envuelto en una capa salió al punto y cambió algunas rápidas palabras con el cardenal, tras lo cual volvió a subir a caballo y partió en la dirección de Surgères, que era también la de París.

‑Avanzad, señores ‑dijo el cardenal.

‑Me habéis dicho la verdad, gentileshombres ‑dijo dirigiéndose a los tres mosqueteros‑. Sólo a mí me atañe que nuestro encuentro de esta noche os sea ventajoso; mientras tanto, seguidme.

El cardenal echó pie a tierra y los tres mosqueteros hicieron otro tanto; el cardenal arrojó la brida de su caballo a las manos de su escu­dero y los tres mosqueteros ataron las bridas de los suyos a los postigos.

El hotelero permanecía en el umbral de la puerta; para él el carde­nal no era más que un oficial que venía a visitar a una dama.

‑¿Tenéis alguna habitación en la planta baja donde estos señore puedan esperarme junto a un buen fuego? ‑dijo el cardenal.

El hostelero abrió la puerta de una gran sala, en la que precisament acababan de reemplazar una mala estufa por una gran chimenea excelente.

‑Tengo ésta ‑respondió.

‑Está bien ‑dijo el cardenal‑. Entrad ahí, señores, y tened a bie esperarme; no tardaré más de media hora.

Y mientras los tres mosqueteros entraban en la habitación de la planta baja, el cardenal, sin pedir informes más amplios, subió la escaler como hombre que no necesita que le indiquen el camino.

 

Capítulo XLIV

De la utilidad de los tubos de estufa

 

Era evidente que, sin sospecharlo, y movidos solamente por su carácter caballeresco y aventurero, nuestros tres amigos acababan de prestar algún servicio a alguien a quien el cardenal honraba con su proteción particular.

Pero ¿quién era ese alguien? Es la pregunta que se hicieron primero los tres mosqueteros; luego, viendo que ninguna de las respuesta que podía hacer su inteligencia era satisfactoria, Porthos llamó al hotelero y pidió los dados.

Porthos y Aramis se sentaron ante una mesa y se pusieron a jugar, Athos se paseó reflexionando.

Al reflexionar y pasearse, Athos pasaba una y otra vez por delante del tubo de la estufa roto por la mitad y cuya otra extremidad daba a la habitación superior, y cada vez que pasaba y volvía a pasar, de un murmullo de palabras que terminó por centrar su atención. Athos se acercó y distinguió algunas palabras que sin duda le parecieron merecer un interés tan grande que hizo seña a sus compañeros de callasen quedando él inclinado, con el oído puesto a la altura del orificio interior.

‑Escuchad, Milady ‑decía el cardenal‑; el asunto es importarte; sentaos ahí y hablemos.

‑¡Milady! ‑murmuró Athos.

‑Escucho a Vuestra Excelencia con la mayor atención ‑respondió una voz de mujer que hizo estremecer al mosquetero.

‑Un pequeño navío con tripulación inglesa, cuyo capitán está de mi parte, os espera en la desembocadura del Charente, en el fuerte de La Pointe: se hará a la vela mañana por la mañana.

‑Entonces, ¿es preciso que vaya allí esta noche?

‑Ahora mismo, es decir, cuando hayáis recibido mis instruccio­nes. Dos hombres que encontraréis a la puerta al salir os servirán de escolta; me dejaréis salir a mí primero; luego, media hora después de mí, saldréis vos.

‑Sí, monseñor. Ahora volvamos a la misión que tenéis a bien en­cargarme; y como quiero seguir mereciendo la confianza de Vuestra Eminencia, dignaos exponérmela en términos claros y precisos para que no cometa ningún error.

Hubo un instante de profundo silencio entre los dos interlocutores; era evidente que el cardenal media por adelantado los términos en que iba a hablar y que Milady reunía todas sus facultades intelectuales para comprender las cosas que él iba a decir y grabarlas en su memoria cuan­do estuviesen dichas.

Athos aprovechó ese momento para decir a sus dos compañeros que cerraran la puerta por dentro y para hacerles seña de que vinieran a escuchar con él.

Los dos mosqueteros, que amaban la comodidad, trajeron una si­lla para cada uno de ellos y otra silla para Athos. Los tres se sentaron entonces con las cabezas juntas y el oído al acecho.

‑Vais a partir para Londres ‑continuó el cardenal‑. Una vez lle­gada a Londres, iréis en busca de Buckingham.

‑Haré observar a Su Eminencia ‑dijo Milady‑ que, desde el asunto de los herretes de diamantes, que el duque siempre sospechó obra mía, Su Gracia desconfía de mí.

‑Esta vez ‑dijo el cardenal‑ no se trata de captar su confianza, sino de presentarse franca y lealmente a él como negociadora.

‑Franca y lealmente ‑repitió Milady con una indecible expresión de duplicidad.

‑Sí, franca y lealmente ‑replicó el cardenal en el mismo tono‑; toda esta negociación debe ser hecha al descubierto.

‑Seguiré al pie de la letra las instrucciones de Su Eminencia, y espero que me las dé.

‑Iréis en busca de Buckingham de parte mía, y le diréis que sé todos los preparativos que hace, pero que apenas me preocupo por ello, dado que, al primer movimiento que haga, pierdo a la reina.

‑¿Creerá él que Vuestra Eminencia está en condiciones de cumplir la amenaza que le hace?

‑Sí, porque tengo pruebas.

‑Es preciso que yo pueda presentar estas pruebas a su conside­ración.

‑Por supuesto, y le diréis que publico el informe de Bois‑Robert y del marqués de Beutru sobre la entrevista que el duque tuvo en casa de la señora condestable con la reina, la noche en que la señora con­destable dio una fiesta de máscaras; le direis, para que no dude de na­da, que el fue vestido de Gran Mogol, traje que debía llevar el caballe­ro de Guisa, y que compró a este último mediante la suma de tres mil pistolas.

‑De acuerdo, monseñor.

‑Todos los detalles de su entrada en el Louvre y de su salida, du­rante la noche en que se introdujo en Palacio con el traje de decidor de la buenaventura italiano, me son conocidos; le diréis, para que tam­poco dude de la autenticidad de mis informes, que tenía bajo su capa un gran traje blanco sembrado de lágrimas negras, de calaveras y de huesos en forma de aspa; porque en caso de sorpresa, debía hacerse pasar por el fantasma de la Dama blanca que, como todo el mundo sabe, vuelve al Louvre cada vez que va a ocurrir algún gran suceso[L172] .

‑¿Eso es todo, monseñor?

‑Decidle que también sé todos los detalles de la aventura de Amiens, que haré escribir una novelita, ingeniosamente disfrazada, con un plano del jardín y los retratos de los principales actores de aquella escena nocturna.

‑Le diré eso.

‑Decidle además que tengo en mi poder a Montaigu, está en la Bastilla, que no le han sorprendido ninguna carta encima, es cierto, pero que la tortura puede hacerle decir lo que sabe, a incluso... lo que no sabe.

‑De acuerdo.

‑En fin, añadid que Su Gracia, en la precipitación que puso al dejar la isla de Ré, olvidó en su alojamiento cierta carta de la señora de Chevreuse que compromete especialmente a la reina, en la que ella demuestra no sólo que Su Majestad puede amar a los enemigos del rey, sino que incluso conspira con los de Francia. Habéis retenido todo lo que os he dicho, ¿no es así?

‑Juzgue Vuestra Eminencia: el baile de la señora condestable; la noche del Louvre; la velada de Amiens; el arresto de Montaigu; la car­ta de la señora de Chevreuse.

‑Eso es ‑dijo el cardenal‑, eso es; tenéis una memoria afortu­nada, Milady.

‑Pero ‑replicó aquella a quien el cardenal acababa de dirigir su cumplido adulador‑ ¿si pese a todas estas razones el duque no se rin­de y continúa amenazando a Francia?

‑El duque está enamorado como un loco, o mejor, como un ne­cio ‑contestó Richelieu con profunda amargura‑; como los antiguos paladines, ha emprendido esta guerra nada más que por obtener una mirada de su bella. Si sabe que esta guerra puede costarle el honor y quizá la libertad de la dama de sus pensamientos, como él dice, os respondo de que se lo pensará dos veces.

‑Sin embargo ‑dijo Milady con una persistencia que probaba que quería ver claro hasta el fin en la misión de que iba a encargarse‑, sin embargo, ¿si persiste?

‑Si persiste... ‑dijo el cardenal‑... No es probable.

‑Es posible ‑dijo Milady.

‑Si persiste... ‑Su Eminencia hizo una pausa y prosiguió‑. Pues bien, si persiste, esperaré uno de esos acontecimientos que cambian la faz de los Estados.

‑Si Su Eminencia quisiera citarme alguno de esos acontecimientos en la historia ‑dijo Milady­ quizá comparta yo su confianza en el futuro.

Pues bien, mirad, por ejemplo –dijo Richelieu-, cuando en 1610, por un motivo más o menos parecido al que hace conmoverse al duque, el rey Enrique IV, de gloriosa memoria, iba a invadir a la vez Flandes y Italia para golpear a un mismo tiempo a Austria por dos lados, ¿no ocurrió entonces un acontecimiento que salvó a Austria? ¿Por qué el rey de Francia no habría de tener la misma suerte que el emperador?

‑¿Vuestra Eminencia se refiere a la cuchillada de la calle de la Fe­rronerie?

‑Precisamente ‑dijo el cardenal.

‑¿Vuestra Eminencia no teme que el suplicio de Ravaillac espanto a quienes tengan por un instante la idea de imitarlo?

‑En todo tiempo y en todos los países, sobre todo si esos países están divididos por la religión, habrá fanáticos que no pedirán otra co­la que convertirse en mártires. Y ved, precisamente ahora recuerdo que los puritanos están furiosos contra el duque de Buckingham y que sus predicadores lo designan como el Anticristo.

‑¿Y entonces? ‑preguntó Milady.

‑Pues que ‑continuó el cardenal con un sire indiferente‑ por el momento no se trataría, por ejemplo, sino de buscar una mujer hermosa, joven, hábil, que tuviera que vengarse del duque. Tal mujer puede encontrarse: el duque es hombre de aventuras galantes y si ha sembrado muchos amores con sus promesas de constancia eterna, ha debido sembrar muchos odios también por sus continuas infidelidades.

‑Sin duda ‑dijo fríamente Milady‑, se puede encontrar una mu­jer semejante.

‑Pues bien, una mujer semejante, que pusiera el cuchillo de Ja­ques Clément o de Ravaillac en las manos de un fanático, salvaría a Francis.

‑Sí, pero sería cómplice de un asesinato.

‑¿Se ha conocido alguna vez a los cómplices de Ravaillac o de Jacques Clément?

‑No, porque quizá estaban situados demasiado alto para que se atrevieran a irlos a buscar donde estaban; no se quemaría el Palacio de Justicia por todo el mundo, monseñor.

‑¿Creéis, pues, que el incendio del Palacio de Justicia [L173] tiene una causa distinta a la del azar? ‑preguntó Richelieu en un tono como el de quien hace una pregunta sin ninguna importancia.

‑Yo, monseñor ‑respondió Milady‑, no creo nada, cito un he­cho, eso es todo; sólo digo que si yo me llamara señorita de Montpen­sier[L174] , o reina Maria de Médicis, tomaría menos precauciones de las que tomo por llamarme simplemente lady Clarick.

‑Eso es justo ‑dijo Richelieu‑. ¿Qué queréis entonces?

‑Querría una orden que ratificase de antemano todo cuanto yo crea deber hacer para mayor bien de Francia.

‑Pero primero habría que buscar la mujer que he dicho y que tu­viera que vengarse del duque.

‑Está encontrada ‑dijo Milady.

‑Luego habría que encontrar ese miserable fanático que servirá de instrumento a la justicia de Dios.

‑Se encontrará.

‑Pues bien ‑dijo el duque‑, entonces será el momento de re­clamar la orden que pedís ahora mismo.

‑Vuestra Eminencia tiene razón ‑dijo Milady‑, y soy yo quien está equivocada al ver en la misión con que me honra otra cosa de lo que realmente es, es decir, anunciar a Su Gracia, de parte de Su Eminencia, que conocéis los diferentes disfraces con ayuda de los cua­les ha conseguido acercarse a la reina durante la fiesta dada por la se­ñora condestable; que tenéis pruebas de la entrevista concedida en el Louvre por la reina a cierto astrólogo italiano que no es otro que el duque de Buckingham; que habéis encargado una novelita, de las más ingeniosas, sobre la aventura de Amiens, con el plano del jardín don­de esa aventura ocurrió y retratos de los actores que figuraron en ella; que Montaigu está en la Bastilla, y que la tortura puede hacerle decir cosas que recuerde, incluso cosas que habría olvidado; finalmente, que vos poseéis cierta carta de la señora de Chevreuse, encontrada en el alojamiento de Su Gracia, que compromete de modo singular, no sólo a quien la escribió, sino que incluso a aquella en cuyo nombre fue es­crita. Luego, si pese a todo esto persiste, como es a lo que acabo de decir a lo que se limita mi misión, no tendré más que rogar a Dios que haga un milagro para salvar a Francia. ¿Basta con eso, Monseñor? ¿Ten­go que hacer alguna otra cosa?

‑Basta con eso ‑replicó secamente monseñor.

‑Pues ahora ‑dijo Milady sin parecer observar el cambio de tono del cardenal respecto a ella‑, ahora que he recibido las instrucciones de Vuestra Eminencia a propósito de sus enemigos, ¿monseñor me per­mitirá decirle dos palabras de los míos?

‑¿Tenéis entonces enemigos? ‑preguntó Richelieu.

‑Sí, monseñor; enemigos contra los cuales me debéis todo vues­tro apoyo, porque me los he hecho sirviendo a Vuestra Eminencia.

‑¿Y cuáles? ‑replicó el cardenal.

‑En primer lugar una pequeña intrigante llamada Bonacieux.

‑Está en la prisión de Nantes.

‑Es decir, estaba allí ‑prosiguió Milady‑, pero la reina ha sor­prendido una orden del rey, con ayuda de la cual la ha hecho llevar a un convento.

‑¿A un convento? ‑dijo el cardenal.

‑Sí, a un convento.

‑Y ¿a cuál?

‑Lo ignoro, el secreto ha sido bien guardado.

‑¡Yo lo sabré!

‑¿Y Vuestra Eminencia me dirá en qué convento está esa mujer?

‑No veo ningún inconveniente ‑dijo el cardenal.

‑Bien; ahora tengo otro enemigo muy de temer por distintos mo­tivos que esa pequeña señora Bonacieux.

‑¿Cuál?

‑Su amante.

‑¿Cómo se llama?

-¡Oh! Vuestra Eminencia lo conoce bien –exclamó Milady llevada por la cólera-. Es el genio malo de nosotros dos; es ése que en un encuentro con los guardias de Vuestra Eminencia decidió la victoria de los mosqueteros del rey; es el que dio tres estocadas a de Wardes, vuestro emisario, y que hizo fracasar el asunto de los herretes; es el que, finalmente, sabiendo que era yo quien le había raptado a la seño­ra Bonacieux, ha jurado mi muerte.

‑¡Ah, ah! ‑dijo el cardenal‑. Sé a quién os referís.

‑Me refiero a ese miserable de D'Artagnan.

‑Es un intrépido compañero ‑dijo el cardenal.

‑Y precisamente porque es un intrépido compañero es más de temer.

‑Sería preciso ‑dijo el duque‑ tener una prueba de su inteligencia con Buckingham.

‑¡Una prueba! ‑exclamó Milady‑. Tendré diez.

‑Pues bien entonces es la cosa más sencilla del mundo, presen­tadrne esa prueba y lo mando a la Bastilla.

‑¡De acuerdo, monseñor! Pero ¿y después?

‑Cuando se está en la Bastilla, no hay después ‑dijo el cardenal con voz sorda‑. ¡Ah, diantre ‑continuó‑, si me fuera tan fácil de­sembarazarme de mi enemigo como fácil me es desembarazarme de los vuestros, y si fuera contra personas semejantes por lo que pedís vos la impunidad!...

‑Monseñor ‑replicó Milady‑, trueque por trueque, vida por vi­da, hombre por hombre; dadme a mí ese y yo os doy el otro.

‑No sé lo que queréis decir ‑replicó el cardenal‑, y no quiero siquiera saberlo; pero tengo el deseo de seros agradable y no veo nin­gún inconveniente en daros lo que pedís respecto a una criatura tan ínfima; tanto más, como vos me decís, cuanto que ese pequeño D'Ar­tagnan es un libertino, un duelista y un traidor.

‑¡Un infame, monseñor, un infame!

‑Dadme, pues, un papel, una pluma y tinta ‑dijo el cardenal.

‑Helos aquí, monseñor.

Se hizo un instante de silencio que probaba que el cardenal estaba ocupado en buscar los términos en que debía escribirse el billete, o in­cluso si debía escribirlo. Athos, que no había perdido una palabra de la conversación, cogió a cada uno de sus compañeros por una mano y los llevó al otro extremo de la habitación.

‑¡Y bien! ‑dijo Porthos‑. ¿Qué quieres y por qué no nos dejas escuchar el final de la conversación?

‑¡Chis! ‑dijo Athos hablando en voz baja‑. Hemos oído todo cuanto es necesario oír; además no os impido escuchar el resto, pero es preciso que me vaya.

‑¡Es preciso que te vayas! ‑dijo Porthos‑. Pero si el cardenal pregunta por ti, ¿qué responderemos?

‑No esperaréis a que pregunte por mí, le diréis los primeros que he partido como explorador porque algunas palabras de nuestro hos­telero me han hecho pensar que el camino no era seguro; primero diré dos palabras sobre ello al escudero del cadernal; el resto es cosa mía, no os preocupéis.

‑¡Sed prudente, Athos! ‑dijo Aramis.

‑Estad tranquilos ‑respondió Athos‑, ya sabéis, tengo sangre fría.

Porthos y Aramis fueron a ocupar nuevamente su puesto junto al tubo de estufa.

En cuanto a Athos, salió sin ningún misterio, fue a tomar su caballo atado con los de sus amigos a los molinetes de los postigos, convenció con cuatro palabras al escudero de la necesidad de una vanguardia Pa­ra el regreso, inspeccionó con afectación el fulminante de sus pistolas, se puso la espada en los dientes y siguió, como hijo pródigo, la ruta que llevaba al campamento.

 


Date: 2015-12-17; view: 53


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