Home Random Page


CATEGORIES:

BiologyChemistryConstructionCultureEcologyEconomyElectronicsFinanceGeographyHistoryInformaticsLawMathematicsMechanicsMedicineOtherPedagogyPhilosophyPhysicsPolicyPsychologySociologySportTourism






ZOMBIS ICTIÓFAGOS

Al anochecer decidimos regresar. Estaba tan oscuro que ni siquiera se distinguía la orilla de la laguna o la blanca espuma de la cascada al caer. Sin la ayuda de Jed no me habría resultado nada fácil atravesar la selva.

Tenía intención de comer un bocado e irme corriendo a nadar para disfrutar de la fosforescencia. También quería contarles a mis amigos la historia del centinela dormido, ya que la noche anterior me había olvidado de hacerlo, pero cuando llegué a la cabaña donde funcionaba la cocina me encontré con que nuestras raciones envueltas en hoja de banano no estaban allí. Todo lo que había era un montoncito de arroz cocido frío. Busqué en la olla a ver si Antihigiénix se había olvidado de sacar el pescado y las verduras, pero estaba vacía. Eso era aún más extraño, porque los cocineros siempre dejaban unas sobras para el desayuno de la mañana siguiente. Me froté el vientre vacío y miré pensativo alrededor. Entonces caí en la cuenta de algo todavía más inusual. Aparte de Jed, que se había sentado a unos metros de distancia, el claro parecía estar completamente vacío. No se veían brasas de canutos ni luces de ningún tipo en las tiendas.

-¿No notas nada raro? -pregunté a Jed.

-Lo único raro es que no encuentro mi comida -contestó, encogiéndose de hombros.

-Bueno... Eso. No hay comida. Ni gente.

-¿Gente? -dijo Jed, moviendo la linterna por encima de su cabeza.

-¿Lo ves ahora?

-Sí... -respondió a la vez que se ponía de pie-. Sí que es bastante curioso.

Durante unos segundos seguimos con la mirada el haz de luz de la linterna. Entonces oímos un gemido cercano, el indudable aviso de alguien que se quejaba.

-¡Dios mío! -murmuró Jed, apagando la linterna-. ¿Has oído eso?

-¡Ya lo creo!

-¿Quién se ha quejado?

-¿Cómo voy a saberlo?

Permanecimos en silencio, alertas. Los pelos se me pusieron de punta cuando lo oímos de nuevo.

-¡Por Dios, Jed! ¡Enciende la linterna! ¡Me estoy poniendo nervioso!

-¿Por qué te ríes entonces?

-¿Cómo sabes que me estoy riendo?

-Lo noto perfectamente en tu voz.

-¡Enciende la puta linterna de una vez!

-No lo haré mientras no sepamos qué pasa -susurró.

Al aguzar de nuevo el oído recordé mi primera mañana en la playa, cuando me había recuperado ya de la fiebre y salí a un claro vacío. A plena luz del sol el sitio era espectral. Siempre desconcierta un poco descubrir que un lugar que se esperaba encontrar lleno de gente no lo está. En la densa oscuridad y con aquellos pavorosos gemidos, la cosa era diez veces peor.



-Es como una película de zombis -murmuré con voz temblorosa. Dejé escapar una risa tonta y añadí-: Los zombis caníbales.

Jed no dijo nada.

Cuando el gemido se repitió conseguimos localizarlo. Procedía de nuestra izquierda, donde se levantaba la mayor parte de las tiendas.

-Bien -dijo Jed-, Investigaremos. Toma posición.

-¿Yo? Eres tú quien tiene la linterna.

-Por eso. Yo tengo la linterna y tú tienes las manos libres.

-¿Libres? ¿Para qué?

-Para luchar contra los zombis.

Jed barrió el terreno con la luz de la linterna hasta dar con la tienda de Antihigiénix; mascullé un juramento y avancé lentamente hacia ella.

No había dado más que unos pasos cuando la puerta de lona se abrió y Ella asomó la cabeza.

-¿Jed? -preguntó, bizqueando por el resplandor.

-Richard.

-Y Jed. ¿Qué pasa, Ella?

Ella agitó la cabeza.

-Pasad. Esto es un desastre. Y todo por culpa de Keaty -dijo al tiempo que secaba el sudor de la frente de Antihigiénix, que era quien se quejaba. Tenía los ojos cerrados y se apretaba con las dos manos la enorme barriga oscura. No creo que se hubiese enterado de nuestra presencia en la tienda-. Menudo imbécil.

-¿Por qué? -pregunté, enarcando las cejas-. ¿Qué ha hecho?

-Dejó un calamar en uno de los cubos para pescado. Lo cortamos y lo añadimos al guiso.

-¿Y qué?

-El calamar ya estaba muerto cuando lo arponeó.

Jed dio un respingo.

-Están casi todos enfermos. El retrete está lleno de vómitos, y más vale que no os acerquéis al Paso de Jaibar.

-Y tú ¿cómo estás? -pregunté-. No pareces enferma.

-Nos hemos salvado cinco o seis. Me duele un poco el vientre, pero he tenido suerte.

-¿Y por qué arponeó Keaty un calamar muerto?

-Eso es lo que me gustaría preguntarle -respondió Ella, entornando los ojos-. Eso es lo que todos querríamos preguntarle.

-Ya... ¿Dónde está? ¿En su tienda?

-Quizá.

-Bien. Voy a ver si lo encuentro.

Escogí el momento oportuno para irme, pues según retrocedía, Antihigiénix se irguió de golpe y soltó una vomitona. Desaparecí en la oscuridad con los chillidos de Ella resonándome en los oídos.

Tardé siglos en dar con Keaty. No estaba en su tienda, y nadie respondió a los gritos con que lo llamé en el claro. Luego se me ocurrió buscarlo en la playa, donde lo descubrí sentado a la luz de la luna.

Cuando advirtió que me acercaba hizo un movimiento, como si su primera reacción fuera salir corriendo. Después se relajó y dijo en voz baja:

-Hola.

Lo saludé con un movimiento de cabeza y me senté a su lado.

-Si buscas buena compañía, no te acerques a mí, Rich.

-Ni a los calamares.

No conseguí que se riera.

-¿Qué ha pasado?

-¿No lo sabes? He envenenado a! campamento.

-Ya, pero...

-Llevaba puesta la máscara de Greg. Vi el calamar, lo arponeé y lo eché al cubo. Hemos comido calamar cientos de veces; ¿cómo iba a saber que estaba muerto?

-Porque no se movía, quizás.

-Eso lo sé ahora -repuso, mirándome a los ojos-, pero creía... pensaba que los calamares son como las medusas: flotan, sencillamente, y sus tentáculos parecían moverse...

-Entonces no ha sido más que una equivocación. No es culpa tuya.

-Así es, Richard. La culpa es de Jean. -Hizo una pausa, dio una patada a la arena entre sus piernas y añadió-: Ya lo creo que es mi culpa. ¡Mierda!

-De acuerdo, es culpa tuya, pero tú no podías...

-Rich, por favor -me interrumpió.

Me encogí de hombros y miré hacia otro lado. En la orilla opuesta de la laguna, la luna iluminaba la fisura que corría por los acantilados hasta el jardín de corales.

-Buuum -dije en voz baja.

-¿Qué? -preguntó Keaty, echándose hacia delante.

-Buuum.

-¿Qué...?

-Es el sonido de los truenos. -Señalé la fisura-. ¿La ves?

CASA DE LOCOS

No me quedé mucho rato con Keaty porque quería ver cómo estaban Françoise y Étienne. Rehusó acompañarme, pues no se atrevía a mirar a la gente a la cara. Pobre muchacho. Era duro haberse esforzado tanto por trabajar en el equipo de pesca y luego cagarla de semejante modo. Lo que más le dolía era ser uno de los pocos que no se habían intoxicado. Intenté convencerlo de que era una tontería sentirse culpable por tener un buen sistema inmunológico, pero no lo conseguí.

Cuando vi lo que pasaba dentro del barracón, me alegré de que Keaty no me acompañara. La escena sólo habría hecho que se sintiese peor. No me imaginaba que los efectos del envenenamiento pudieran llegar a ser tan graves, y supuse que tampoco se lo imaginaba Keaty, pues de lo contrario habría regresado al campamento para echar una mano.

El camino hasta el centro del barracón estaba marcado por una hilera de velas, que habían sido colocadas de esa manera, supuse, para evitar que quienes ocupaban las camas las tiraran con sus movimientos convulsos. El agrio olor de los vómitos y el humo de la cera impregnaban la atmósfera. Todos gemían -no todo el rato, probablemente, pero sí de modo tal que los gemidos se solapaban produciendo un nivel uniforme de sonido- y su lenguaje parecía haber involucionado hasta convertirse en un balbuceo caótico en el que, sin embargo, era posible reconocer algunas palabras, lo cual lo volvía aún más surreal. Pedían que les diesen agua o les limpiaran la vomitona del pecho. Jesse me agarró el tobillo al pasar y me suplicó que lo llevara al retrete.

-¡Me corre la mierda por las putas piernas! -exclamó en tono de incredulidad-. ¡Me estoy cagando vivo! ¡Mira!

Vi a Cassie y a Moshe correr entre las camas, tratando desesperadamente de atender las diversas llamadas. Cuando Cassie me vio hizo un ademán de desolación.

-¿Se están muriendo? -preguntó.

Negué con un movimiento de cabeza.

-¿Cómo lo sabes, Richard?

-No se están muriendo.

-¿Cómo lo sabes?

-No lo sé. -Sacudí de nuevo la cabeza-, Jesse te llama.

Cassie se fue corriendo a atender a su novio y yo seguí recorriendo el barracón en busca de Françoise y Étienne.

Françoise era la que peor estaba, en mi opinión. Étienne dormía, y lo di por inconsciente; su respiración era regular y no le ardía demasiado la frente. Pero Françoise estaba despierta y sufría grandes dolores, con retortijones que se repetían a intervalos de un minuto. No gritaba como los demás, sino que se mordía el labio inferior, y su vientre mostraba las marcas de las uñas allí donde se las había clavado.

-No hagas eso -le dije con firmeza, por temor a que se lastimara el labio.

—Richard... -susurró, mirándome con ojos vidriosos.

-Sí. Te vas a destrozar los labios. Deja de mordértelos.

-Es que duele.

-Ya lo sé... -Metí la mano en el bolsillo y saqué una cajetilla de cigarrillos de la que arranqué la tapa para doblarla y apretar-la-. Muerde esto.

-Sigue doliendo.

Le retiré el pelo mojado de la cara.

-Claro que duele, pero así dejarás los labios en paz.

-Ya -musitó en un intento de mostrarse divertida, e incluso habría esbozado una sonrisa de no haber sido por un nuevo ataque de retortijones-. ¿Qué está ocurriendo, Richard? -preguntó una vez que éstos hubieron pasado.

-Os habéis intoxicado con la comida.

-Me refiero a qué está ocurriendo ahora.

-Bueno... -Miré alrededor. No sabía qué decir para no asustarla- Pues que la gente no para de vomitar y... Moshe y Cassie andan de un lado para otro...

-¿Crees que es grave?

-No, no -contesté y me eché a reír para animarla-. Mañana os encontraréis mucho mejor, ya verás.

-Richard...

-¿Sí?

-Cuando Étienne y yo visitamos Sumatra, supimos de gente que murió por comer marisco en mal estado.

-Sí -contesté, asintiendo lentamente con la cabeza-, pero vosotros sólo habéis comido un bocado, así que os pondréis bien.

-¿De veras?

-Seguro.

-Bueno. -Suspiró-. Richard, ¿puedes traerme un poco de agua?

-Desde luego.

En el instante en que me levantaba volvió a sentir retortijones. La observé sin saber si irme o quedarme hasta que se le pasara el dolor, y luego eché a correr por el barracón, sin hacer caso de las súplicas que me dirigían.

Iacute;NCUBO

Para mi sorpresa, Jed estaba sentado junto a la puerta de la cocina, comiendo arroz blanco bajo la luz de su linterna Maglite colocada delante de él.

-Deberías comer algo -masculló, tendiéndome la escudilla y lanzando un abanico de granos blancos al haz de luz.

-No tengo hambre. ¿Has ido al barracón?

-He asomado la cabeza -respondió cuando hubo tragado el bocado-, y he visto lo suficiente como para no entrar. Ya hay bastante que hacer en las tiendas.

-¿Qué pasa en las tiendas?

-Lo mismo que en el barracón. Los suecos se encuentran bien, pero los demás tienen muy mal aspecto.

-¿Estás preocupado?

-¿Lo estás tú?

-No lo sé. Françoise dice que la gente se puede morir de cosas así.

-Mmm. -Se llevó otra cucharada a la boca y masticó concienzudamente-. Hemos de almacenar mucha agua. No podemos dejar que se deshidraten. Y debemos estar en forma para poder atenderlos. Por eso te digo que comas. Llevas sin hacerlo desde esta mañana.

-Ya lo haré -contesté, pensando en Françoise mientras metía una jarra en el barril de agua potable-. Si los suecos están bien, di-les que vengan a echar una mano.

Jed, que tenía la boca demasiado llena para hablar, asintió con la cabeza y yo volví a cruzar corriendo el claro.

Cuando entré en el barracón, Bugs se cagaba por la pata abajo metafórica y literalmente. Estaba acuclillado junto a la línea de velas, los ojos se le salían de las órbitas y un charco de heces se extendía a sus pies. Tenía muy cerca a Moshe, que en cuanto me vio se alejó, como si mi presencia significara que me hacía cargo de Bugs.

Bugs gemía. Un hilo de baba se le escapaba por la comisura de la boca y corría por la mandíbula.

-Richard -farfulló-, sácame de aquí.

Miré alrededor. Cassie estaba varias camas más allá y Moshe atendía a una de las yugoslavas.

-Tengo prisa -le dije, tapándome la nariz y la boca con el brazo doblado.

-¿Qué?

-Que tengo prisa. Esta agua es para Françoise.

-Que espere. Tengo que salir de aquí.

Agité la cabeza con un gesto de repugnancia. Olía tan mal que empezaba a marearme.

-Ya lleva mucho rato aguantando -expliqué.

Pareció que iba echarme una bronca, pero se contuvo ante mi mirada impasible al tiempo que lanzaba un nuevo chorro de mierda entre gorgoteos.

-¡Por favor! -imploró. Le fallaron las piernas y se desplomó hacia atrás.

-Venga, Bugs -dije, retrocediendo para evitar la negra expansión del charco-. ¡Contrólate!

Bugs lloriqueó, doblado en posición fetal. Intentó enderezarse, pero le fue imposible.

Yo seguía mirándolo por encima del brazo doblado, aunque no había forma de evitar aquel hedor. Una ira creciente agudizaba la sensación de mareo, y noté que me zumbaban los oídos. Me dio la impresión de que Bugs se regodeaba en su propio envilecimiento. ¿Cómo era posible que no sacase fuerzas para arrastrarse hasta la puerta? Además de no dejarme llevar el agua a Françoise, estaba poniéndolo todo perdido, y alguien tendría que limpiarlo. Recordé el estoicismo del que había hecho gala cuando se hirió la pierna, y estuve a punto de soltar una carcajada.

-Tengo que llevarle agua a Françoise -repetí fríamente, pero sin conseguir que se moviera-. Ya ha esperado demasiado.

Bugs abrió la boca como para contestar, pero todo cuanto hizo fue soltar un débil espumarajo por la boca.

-Mírate -me oí decirle-. ¿Quién demonios crees que va a limpiar toda esta porquería?

De pronto sentí una mano sobre el hombro.

Me volví y me encontré con la mirada de Cassie. Parecía muy enfadada, pero al advertir mi expresión, exclamó, alarmada:

-¡Richard!

-¿Sí?

-¿Te encuentras bien?

-Desde luego.

-¿No te...? -Hizo una pausa- Échame una mano. Vamos a sacarlo entre los dos.

-He de llevarle agua...

-Tenemos que sacar a Bugs de aquí.

Me restregué los ojos y deseé que dejaran de zumbarme los oídos.

-Vamos, Richard.

-Sí... Vamos.

Dejé la jarra a una prudente distancia del charco de mierda y la ayudé a levantar a Bugs.

Era un peso muerto, sin fuerzas para moverse por sí mismo, de modo que no hubo más remedio que arrastrarlo. Afortunadamente, Sten, uno de los suecos, apareció y nos ayudó a sacarlo del barracón y llevarlo a uno de los arroyuelos, donde lo dejamos para que se limpiara.

Sten se quedó con él -probablemente feliz de hacerlo, habida cuenta de lo que pasaba en el barracón- y Cassie y yo regresamos. Yo quería correr, pero ella me detuvo para ponerme la mano en la frente.

-¿Qué pasa? -pregunté malhumorado.

-He pensado que quizá tenías fiebre.

-¿Y qué?

-Estás un poco caliente, pero no... gracias a Dios. No podemos permitirnos un enfermo más. -Me apretó la mano-. Hemos de ser fuertes.

-Ya.

-Y conservar la sangre fría.

-Lo sé, Cassie. Lo sé.

-Bien.

-Ahora voy a llevarle el agua a Françoise.

-Muy bien. -A pesar de la oscuridad me pareció que fruncía el entrecejo. Echamos a andar-. De acuerdo.

Françoise se encontraba peor. Aún podía hablar, pero le ardían las mejillas. Tenía fiebre y estaba somnolienta. Conseguí que se recostara en mi regazo para darle de beber sin que se atragantara, aunque ni aun así logré evitar que la mayor parte del agua se le derramara en el pecho.

-Lamento haber tardado tanto -dije mientras la secaba con una camiseta-. Bugs se puso de por medio, y tuve que atenderle.

-Richard -susurró, y a continuación dijo algo en francés que no entendí pero di por supuesto.

-Estoy bien. No probé el calamar.

-Étienne...

-Está aquí, a tu derecha... Dormido.

-Te amo -musitó, volviendo la cabeza hacia él, aunque por un instante pensé que se dirigía a mí. No. Estaba claro que le hablaba a Étienne. Tampoco tenía tanta importancia. Era agradable oírselo decir. Sonreí y le arreglé el pelo. Su mano descansó, flácida, sobre la mía.

Intenté no moverme durante un rato, dejando que descansara sobre mis piernas cruzadas. Después, cuando su respiración se hizo más pausada, me eché hacia atrás para acomodarla entre las sábanas, un poco húmedas debido al agua derramada.

Hay algo que quiero explicar por innecesario que sea. Cuando yo había caído víctima de la fiebre, Françoise me dio un beso, de modo que hice lo propio ahora que estaba enferma. No fue un beso en los labios, sino en la mejilla, afectuoso, sin más.

Técnicamente hablando, si tal cosa es posible en esta clase de asuntos, quizá me demoré un par de segundos. Recuerdo la suavidad de su piel. Era de una delicadeza súbita e inesperada en aquella noche infernal de gemidos, vómitos y velas siniestras. Un pequeño oasis que me pilló por sorpresa. Bajé la guardia y me permití una breve ensoñación que me evadiera de todo aquel mal rollo.

Sin embargo, cuando me incorporé después del beso y vi la forma en que Étienne me miraba, comprendí que él no lo interpretaba del mismo modo.

-¿Qué estabas haciendo? -me preguntó al cabo de un breve y significativo silencio.

-Nada.

-Estabas besando a Françoise.

-¿Y qué? -dije, encogiéndome de hombros.

-¿Qué quieres decir con «y qué»?

-Pues eso, y qué. -Si mi voz sonó algo irritada hay que atribuirlo al cansancio y, quizás, a las molestias causadas por Bugs-. Le he dado un beso en la mejilla. Me has visto hacerlo antes, como también la has visto besarme en otras ocasiones.

-Françoise nunca te ha besado así.

-¿Te refieres a que nunca me ha besado en la mejilla?

-¡No, a que nunca te ha dado un beso tan prolongado!

-No sabes lo que dices.

Étienne se incorporó.

-¿Y qué quieres que diga?

Suspiré. El zumbido en los oídos estaba convirtiéndose en un dolor agudo.

-Estoy muy cansado -repuse-, y tú estás muy enfermo. Por eso dices lo que dices.

-¿Y qué quieres que diga? -repitió.

-No lo sé. Da igual. Le di un beso porque estaba preocupado y porque estoy cuidando de ella... Como cuido de ti.

Étienne me miró en silencio.

-¿Quieres que te dé un beso -pregunté, para quitar hierro al asunto- y así equilibramos la cosa?

El tardó en responder, hasta que finalmente sacudió la cabeza.

-Lo siento, Richard -susurró en tono de abatimiento-. Tienes razón. Estoy enfermo, eso es lo que me pasa. Pero ahora ya me ocupo yo de ella. Quizás haya otros que necesitan tu ayuda.

-Sí. Seguro que los hay. -Me levanté-. Si necesitas algo, llámame.

-Sí.

Miré de nuevo a Françoise, que, gracias a Dios, dormía profundamente, y eché a andar pegado a una de las paredes del barracón porque no quería que Moshe aprovechara para pedirme que le ayudase a limpiar la mierda de Bugs.

BUENOS DÍAS

Dormí en el claro, como lo habría hecho aunque no hubiera tenido que mantenerme a distancia de Étienne. El hedor ya no me afectaba y era capaz de distinguir qué gemidos quería oír y cuáles no, pero me resultaba imposible resistir las velas; la condensación acumulada en el techo a causa del calor que éstas generaban caía en forma de llovizna a través del humo. Al llegar la medianoche ya no había un palmo seco en el barracón. Además, Gregorio ocupaba mi cama. Le había dicho que lo hiciera para que no tuviese que estar junto a Jesse, que padecía el mismo problema de incontinencia que Bugs.

Lo último que recuerdo antes de dormirme es la voz de Sal, que ya estaba lo bastante repuesta como para salir y llamar a Keaty. Decidí no decirle que estaba en la playa. Había algo amenazador en su voz, que sonó como la del padre que llama a los hijos para que salgan de sus escondites y acudan a oír su regañina. Unos minutos después, percibí el resplandor de su antorcha a través de los párpados cerrados cuando me preguntó si sabía dónde se había metido Keaty. Fingí no enterarme, y se fue. La segunda molestia de la noche fue el sollozo de alguien cerca de mí. Intenté incorporarme para averiguar de quién se trataba, pero me fallaron las fuerzas.

Jed me despertó hacia las seis y media, con una escudilla de arroz y un caramelo de los que quedaban de Ko Pha-Ngan.

-Buenos días -dijo, zarandeándome por los hombros-. ¿Sigues sin comer?

-Sí -farfullé.

-¿Qué te aconsejé anoche?

-Que comiera algo.

-Pues eso. -Hizo que me sentara y me puso la escudilla entre las manos. El caramelo, de un tono rojizo artificial, parecía ridículo en lo alto del montoncito de granos viscosos-. Cómete esto.

-Estoy medio dormido.

-Cómetelo, Richard.

Hice una bolita de arroz con los dedos, me lo llevé a la boca y comencé a masticarla.

-Agua -pedí cuando intenté, sin éxito, tragarla.

Jed fue en busca de una jarra y me echó un chorrito directamente en la escudilla. Aquello no sabía tan mal, si es que sabía a algo.

Mientras yo comía, Jed se puso a hablar, aunque no presté atención a lo que contaba. Estaba concentrado en el arroz, blanco como el hueso, y a mi mente acudió la imagen del muerto de la playa de Ko Pha-Ngan. Tenía la certeza de que las hormigas ya habrían acabado con él. Trabajan rápido. Lo más probable era que no le hubiesen dado tiempo ni a pudrirse. Imaginé el cadáver de espaldas, la mueca de un esqueleto mondo y lirondo a través de una fina capa de hojas, moteado por los alfilerazos de los rayos del sol. En realidad, lo había dejado caído de bruces sobre los brazos cruzados, pero no tenía sentido imaginarme su cogote, de modo que retoqué la imagen guiándome por criterios meramente estéticos, incluido el efecto de moteado de los rayos del sol.

En efecto, la espesa capa de hojarasca que cubría aquella tumba somera no dejaría pasar nada de luz, pero me gustaba la otra idea.

-Estupendo -dije al tiempo que me metía el caramelo en la boca-. Tampoco estaría mal un mono hocicándole el costillar.

Jed me miró.

-¿Eh?

-Bueno, un mono quizá resulte un poco... kitsch.

-¿Kitsch?

-Los monos.

-¿Has oído algo de lo que te estaba diciendo?

-No, no. -Mordí el caramelo y sentí el súbito cosquilleo ácido de la lima en la lengua-. Estaba pensando en el muerto de Ko Pha-Ngan.

-¿Te refieres al cadáver que escondiste?

-Sí. ¿Crees que ya lo habrán encontrado?

-Bueno... -Jed parecía perplejo-. Supongo que habrán dado con él si la chica... -Se dio una palmada en la frente-. ¡Mierda! ¿De qué coño estoy hablando? ¿A quién le importa ese muerto?

Deberías haberlo dejado donde estaba. ¡Aquí tenemos cosas mucho más importantes que hacer!

-Sólo estaba pensando en que un día de éstos lo descubrirán.

-¡Cierra el pico y atiende! Uno de nosotros ha de ir a averiguar qué pasa con Zeph y Sammy.

-Bien. ¿Por qué no los dos?

-¿Tú eres tonto o qué? -soltó, exasperado-. Alguien tiene que quedarse aquí a cuidar de los enfermos. El equipo de pesca no cuenta más que con los suecos y Keaty, y nadie sabe dónde está Keaty.

-Eso significa que quien se queda soy yo.

-No. Significa que soy yo el que se queda, porque tengo conocimientos de primeros auxilios. De modo que te encargarás de la vigilancia. ¿Estás listo?

-Claro que sí -contesté, entusiasmado-. No hay problema.

-Bien. Quiero que encuentres a Keaty antes de irte. Hay unas quince personas lo bastante repuestas como para querer comer, así que alguien deberá ocuparse de conseguir comida. Puesto que yo no estaré en condiciones de salir de pesca, tendrá que salir él.

-De acuerdo. ¿Y qué hago si Zeph y Sammy se ponen en marcha?

-No lo harán.

-Pero ¿y si lo hacen?

-No quiero pensar en ello -repuso Jed tras una pausa-, pero si ocurre, te vienes tan rápido como puedas y me lo cuentas.

-¿Y si no me da tiempo?

-Aplicas el plan B.

-¿Cuál de ellos?

-Esperas a ver qué pasa. Estoy seguro de que se echarán atrás cuando lleguen a las plantaciones de marihuana, pero si no es así, los sigues hasta la cascada. Y si descienden, los interceptas y te las ingenias como sea para no hablar del mapa.

Jesse salió del barracón por el otro lado del claro y se dirigió con paso vacilante hacia el retrete. No había andado ni la mitad del camino cuando vomitó.

-Perfecto -dije en tono de sorna-. Después de la noche que pasamos, no me esperaba empezar tan bien el día. Será mejor que vaya a buscar a Keaty.

La mañana, sin embargo, no fue perfecta. Sal me llamó desde la puerta del barracón cuando me dirigía hacia la playa. Estaba sentada con Bugs y éste, que me miraba de mala manera, le había contado lo ocurrido entre nosotros. Sal quería una explicación.

Se la di. Le expliqué que cuando Bugs me había pedido ayuda, yo estaba tan cansado que me vi obligado a decirle que aguardara un poco a que recuperase el aliento, y que si Bugs tenía algo más que reprocharme, yo lo lamentaba muchísimo, pero lo más probable era que él no recordase los hechos tal como habían ocurrido debido al estado lamentable en que se encontraba. Después sugerí que siguiéramos tan amigos, con lo que Sal se mostró de acuerdo, pues se sentía tan agobiada debido a lo sucedido que lo último que quería era una nueva preocupación.

Bugs no estaba tan por la labor. Cuando seguí mi camino hacia la playa, se puso a cojear detrás de mí mientras me llamaba hijo de puta. Parecía realmente enfadado, y me hundió un dedo en el pecho al tiempo que me espetaba que me daría una lección si estuviese en condiciones. Esperé a que terminara y lo mandé a tomar por el culo. No estaba dispuesto a que me pusiese de mal humor.

EPITAFIO

Keaty dormía en el mismo sitio donde lo había dejado. La marea estaba subiendo y no tardaría en alcanzarle los pies, de modo que en vez de despertarlo me fumé un cigarrillo. Supuse que había pasado una mala noche y que le vendría bien un cuarto de hora más de sueño. Los suecos aparecieron cuando la brasa del pitillo estaba a punto de quemar el filtro. Me llevé un dedo a los labios, señalé a Keaty y nos alejamos lo suficiente para no molestarlo.

Karl, Sten, Christo. Teniendo en cuenta que dos murieron y el otro acabó pirado, lamento que sus nombres signifiquen tan poco para mí.

Al igual que Jed, los suecos habían llegado a la playa sin que nadie los invitase, y aunque es probable que el hecho de presentarse después facilitara su integración, no lo hizo hasta el punto de que dejaran de buscarse la vida pescando fuera de la laguna. Nunca se implicaron en la vida de la playa tanto como los demás. Andaban por allí, pero mantenían su reserva, vivían todos en la misma tienda y hacían sus comidas aparte. Sólo los vi hacer vida social los domingos. Jugaban bien al fútbol y todos los querían en su equipo.

Otro obstáculo importante en lo que a la integración se refería, era que sólo uno de ellos, Sten, hablaba inglés con soltura. Christo lograba hacerse entender a duras penas, y Karl era un caso perdido. Por lo que sé, su vocabulario se limitaba a unas pocas palabras relacionadas con la pesca, como «pez» y «arpón», y a un par de fórmulas de cortesía, una de las cuales consistía en darme los buenos días aunque fuera la hora de irse a la cama.

-Hoy no tendréis mucho trabajo -comenté cuando nos encontramos a una distancia prudencial de Keaty.

-Sí, bastará con la mitad de pescado -concedió Sten asintiendo con la cabeza-. Con quince piezas. No es demasiado, supongo. ¿Quieres venir a pescar con nosotros?

-No. Prefiero quedarme aquí.

-¿Seguro? Hay sitio para cuatro en la barca; pescar solo puede ser muy aburrido.

-Gracias -repuse con una sonrisa-, pero Keaty no tardará en despertar.

-Ah, sí. Keaty. ¿Está mal?

-No. Está bien. Un poco fastidiado. No llegó a probar el pescado podrido.

-Mejor. Bueno, nos vamos. Más tarde te veo, Richard.

-Bien.

Sten dijo algo en sueco a sus compañeros mientras cruzaban la playa. Luego se fueron nadando en dirección a las cuevas.

Fue una conversación breve e insustancial, y a pesar de mis intentos por dotarla del dramatismo suficiente para convertirla en una especie de epitafio, no conseguí más que perder el tiempo con juegos de palabras sin sentido, del tipo «no lo vi más tarde sino demasiado tarde», o «lo vi más tarde, pero no de la forma en que esperaba verlo».

También intenté saber algo más sobre su manera de ser, aparte de ciertas coincidencias con Jed y sus habilidades como futbolistas, pero nuestra relación no había pasado de rivalizar para ver quién pescaba el pez más grande. Apenas los conocía, y dudo que les hubiera prestado más atención si dos de ellos no hubiesen muerto.

Supongo que, para ser honesto, su epitafio debería rezar, aproximadamente: «Si te encuentras con un viejo amigo del colegio y os ponéis a recordar los nombres de vuestros compañeros de clase, los suecos serían los últimos que mencionaríais».

Al fin y al cabo, lo único que puedo decir de ellos es que parecían buenos tipos y que no merecían morir como murieron. Sobre todo Sten.

Cuando me aburrí de esperar a que la marea alcanzara los pies de Keaty, junté un poco de agua en el hueco de las manos y se la eché a la cara.

-Hola -dije cuando se hubo recuperado del sobresalto—. ¿Has dormido bien?

Sacudió la cabeza.

-Yo tampoco. -Me agaché a su lado-. Apenas cuatro horas.

-¿Sigue todo igual de mal en el campamento?

-Ha sido una noche terrible, pero las cosas han mejorado, aunque todavía hay mucha gente enferma.

-Debería haberme presentado -dijo sacudiéndose la arena de las piernas y los brazos-. Debería haberlos ayudado.

-Entonces no vuelvas. Tu puesto está aquí. Quieren que salgas a pescar.

-¿Que quieren qué?

-Eso es lo que me ha dicho Jed. Todos los pescadores están enfermos, excepto los suecos y Moshe, que debe cuidar de los del barracón. Así que sólo quedas tú.

-Y tú.

-Sí, pero... -Hice una pausa-. Tengo que dormir un poco. Exageré al decir que había dormido cuatro horas. En realidad fueron tres. O dos y media para ser exacto. Me va a dar algo si no echo una cabezada... -Como Keaty no parecía muy convencido, añadí-: Además, si vuelves con algo de comida Sal se mostrará menos enfadada. Está muy cabreada porque no les has echado una mano.

-La oí llamarme por la noche. Por eso no dormí en mi tienda. —Sacudió la cabeza con gesto cansino-. Pero tengo que volver en un momento u otro, aunque... no creo que sea tan buena idea eso de salir a pescar. Quiero decir, después de haber sido el causante de todo este follón.

-Nadie piensa eso de ti.

-Quizá necesitan mi presencia en el campamento.

-Lo que necesitan es pescado -señalé.

-¿De verdad crees que debo ir a pescar?

-Ajá. Eso es lo que me dijeron, que te buscara para darte este recado.

Keaty frunció el entrecejo y se pasó la mano por la barba.

-Muy bien... Si ésa es tu opinión.

-Estupendo. -Le di una palmada en la espalda-. Yo echaré un sueñecito entre los árboles.

-¿Quieres que vuelva para despertarte?

No contesté. Me limité a mirar el círculo de acantilados al otro lado de la laguna y me pregunté cómo me las ingeniaría para llegar allí sin que me viese.

Keaty repitió la pregunta.

-No... No.

Si Keaty se iba a pescar a la roca grande, yo podría bucear entre las pequeñas, ocultándome detrás de ellas cuando necesitara salir a la superficie para respirar.

-¿Qué va a pasar si no te despiertas? Sal también se cabreará contigo.

-Claro que me despertaré. Sólo necesito unas pocas horas de sueño.

-De acuerdo. ¿Cuántos peces debo pescar?

-Unos diez. Los suecos también están pescando, y la mayoría de la gente no comerá. -Eché a andar hacia los árboles-. Nos vemos en el campamento.

-Bien. En el campamento.

Me pareció sentir una mirada en la nuca, así que me puse a arrastrar los pies en señal de cansancio. Cuando llegué a la hierba, me llamó.

-Oye, Richard. Siento que no hayas podido dormir por mi culpa. Debería...

-No te preocupes -lo interrumpí, agitando una mano, antes de deslizarme entre los matorrales.

Cruzar a nado la laguna sin que Keaty me viera fue muy fácil, aunque tardé más de treinta y cinco minutos en llegar a las grutas, casi el doble de lo normal. La lentitud me provocó una sensación desagradable. Era como si uno intentase tragar una gran bocanada de aire pero le resultase imposible llenar los pulmones por completo. La sensación no desapareció hasta que comencé a trepar por los acantilados en dirección al interior de la isla.


Date: 2015-12-11; view: 140


<== previous page | next page ==>
LA ZONA DESMILITARIZADA | EL VIETCONG, LA ZONA DESMILITARIZADA Y YO
doclecture.net - lectures - 2014-2017 year. Copyright infringement or personal data (0.035 sec.)